sábado, 3 de octubre de 2026

"Los hermanos Ashkenazi", de Israel Yehoshua Singer.

  Hasta la saciedad he alabado la altísima calidad del Premio Nobel de literatura de 1978, Isaac Bashevis Singer, del cual me siento rendido admirador como lector, habiendo disfrutado de la totalidad de sus obras vertidas al castellano. Bien, pues es sabido que Isaac Bashevis se sentía deudor de su hermano mayor Israel Yehoshua, al que consideraba su maestro y mentor. Parece cierto que, debido a la diferencia de edad, casi diez años, Israel ejercía cierta autoridad sobre Isaac, especialmente en el ámbito de radicarse en Nueva York y salir de Europa ante la temible ola antisemita que se abatía entonces sobre el viejo mundo. Afortunadamente, Isaac siguió su consejo, y gracias a ello Isaac vivió hasta los ochenta y siete años y dejó para la posterioridad un puñado de extraordinarias novelas sobre un mundo, el de los judíos askenazíes en Europa, que fue borrado brutalmente mediante pogromos, campos de exterminio y asesinatos masivos desde finales del siglo XIX hasta 1945. Desgraciadamente, Israel Yehoshua murió a la tempranísima edad de cincuenta años, víctima de un infarto de miocardio. A esa edad es cuando la mayoría de los escritores entran en la madurez creativa, concibiendo sus mejores obras. Leyendo Los hermanos Ashkenazi, sin embargo, comprueba el lector que, efectivamente, el talento de Israel para crear personajes y darles un carácter, una personalidad que evoluciona en el tiempo es extraordinario. Israel Yehoshua Singer pergeña un verdadero mundo en apenas setecientas páginas, recreando la vida de esos "ciudadanos de segunda" en la Polonia ocupada por el Imperio ruso, con sus pasiones, sus luchas, sus alegrías, sus decepciones. Es un verdadero tratado de sociología en forma de novela. Uno llega a conocer el alma humana hasta lo más íntimo, pues Singer es capaz de describir de una forma tan verosímil a sus personajes que se es capaz de conocerlos como si de un viejo amigo se tratara. Usa, por ejemplo, una técnica de descripción psicológica muy interesante, en la que un cónyuge describe al otro y a la relación que tienen tal cual él o ella los ve. Así uno es como una suerte de consejero matrimonial que tiene las dos versiones para poder comparar y hacerse una idea más objetiva de la relación y los dos individuos. Por otro lado, algo que me ha sorprendido gratamente, pues indica el alto grado de independencia de pensamiento del autor, es que en la novela se recogen todos los estereotipos y clichés que presentan a los judíos como vagos, perezosos y fanáticos que sólo saben rezar en sus sinagogas, mientras los gentiles son trabajadores y esforzados; también, por supuesto, el estereotipo de judío usurero que presta dinero con intereses abusivos a estúpidos nobles que quieren seguir viviendo a cuerpo de rey cuando están arruinados... Ese último es un cliché antisemita que aparece en Los protocolos de Sión, uno de los tratados racistas que han circulado por todo el mundo y que los nazis llegaron a rodar en forma de documental para justificar su odio a los judíos. Luego también, claro está, Singer muestra ese antisemitismo nacido de la ignorancia y el rencor en los propios cristianos hacia los judíos cuando éstos consiguen prosperar económicamente, algo de lo que ellos son incapaces. 
 El periodo que abarca la narración, aunque no se explicita, es de finales del XIX hasta la Revolución rusa, tiempos por tanto de cambios sociales, políticos y económicos, con una guerra mundial de por medio que reventó las ya desgastadas costuras nacionales europeas. Pero también el mundo judío cambió, del tradicionalismo religioso más invariable al laicismo más absoluto, pasando por todas las etapas intermedias (abandono de la estética propia de cada culto, descuidar los ritos tradicionales, interesarse por la sociedad y la política de los gentiles...). En esos tres o cuatro decenios la sociedad judía del Este de Europa cambió más que en los siglos precedentes. En ese periodo tan convulso es cuando sitúa su acción el autor.
 Como su nombre indica, la novela se centra en una pareja de hermanos, gemelos, pero opuestos en lo físico y en la personalidad. El mayor por unos minutos, Simja Meir es físicamente delicado pero desarrollará una personalidad agresiva y dominante; el menor, Yanke Bunem crecerá hasta hacerse casi un gigante, pero de naturaleza apocada y pusilánime. Es fácil hacer comparativas con hermanos sacados del Antiguo Testamento, y aunque desde la editorial Acantilado nos recuerdan a Caín y Abel, con la envidia que se convierte en arma mortal (el primer homicidio de la historia, según la Biblia); pero también podría tratarse de las enemistades entre los hijos de Abraham, Isaac e Ismael; o Jacob y Esaú, hijos de Isaac, que desde su infancia luchan por obtener la primogenitura, con la intervención definitiva de su madre, Rebeca. En realidad, la mala relación entre hermanos que son opuestos en carácter y apariencia es algo muy manido en la literatura de todos los tiempos, sacra o profana, y es muy rentable para cualquier escritor. Por otro lado, Singer se basa en un personaje real, el industrial textil y magnate polaco de origen judío Israel Poznanski para retratar a Simja Meir, que luego hará llamar Max. Lo cierto es que desde la infancia los caminos de los dos hermanos se separan, siendo Simja un claro hombre de negocios, aprovechando cualquier resquicio para ganar dinero, mientras que Yánke parece más interesado por la vida contemplativa en un sentido poco religioso. Los enfrentamientos de los hermanos se dan en todos los campos: el aprecio de los padres, la búsqueda de compañera, el terreno económico, la opinión de los demás... 
 La conjunción del gran talento emprendedor con la total falta de escrúpulos de Simja Meir le facilitará trepar socialmente, aprovechar la debilidad de sus coetáneos (especialmente, como decía antes, la de ciertos nobles alemanes que sólo querían vivir a todo tren aun cuando están arruinados), endeudándolos a su favor hasta comprar sus fábricas a precio de ganga. A Simja Meir no lo quiere nadie en Lodz, pero todos lo respetan e incluso temen. Yánke Bunem, por el contrario triunfa en el ámbito amoroso, aunque el plano económico y social parece tenerle sin cuidado. Llegará el hermano mayor, pues, a ser el hombre más rico de toda la ciudad, concitando más odio que admiración y provocando en la población cristiana el mito del judío usurero que con viles artimañas consigue enriquecerse a costa de los demás.
 Pero en aquellos convulsos tiempos la riqueza y la fama vale de poco cuando llega la revolución comunista. A partir de entonces, Simja Meir, que ha abandonado su nombre judío para hacerse llamar Max, así como su atuendo judío para usar uno occidental, pasará por todo tipo de infortunios provocados por los comunistas, para los que es un capitalista explotador; para los judíos, para los que es un asimilado traidor; para los cristianos, para los que es un judío usurero. Acabará encarcelado en una lóbrega cárcel soviética en San Petersburgo (pues había abandonado la polaca Lodz para buscar más riquezas en la entonces renombrada Petrogrado). Sólo su hermano Yanke Bunem, ahora renombrado como Yakub, lo sacará de presidio y tratará de llevárselo de nuevo a Lodz. En el interminable viaje de retorno, una vez superado el peligro comunista, caerán en el nacionalista, pues Polonia, recién recuperada su identidad nacional tras tantos años de ocupación rusa, vivirá un nacionalismo exaltado que busca enemigos, no sólo los rusos, sino también los judíos. (Aquí Singer recuerda con voz narrativa que pogromos se dieron bajo todos los sistemas económicos y todas las nacionalidades, pues los judíos siempre fueron chivos expiatorios en aquella época). En la frontera polaca, exaltados guardias ultranacionalistas acabarán matando a Yakub, que se resiste a las humillaciones públicas a las que someten a los judíos y que Max, de mala gana, tolera.
 A pesar de que a Max (Simja Meir) Ashkenazi le confiscaron sus bienes los comunistas, su talante emprendedor le hace volver a levantar un emporio empresarial en pocos años. Pero la gran enemiga de todos, aquélla que juzga por igual a ricos y pobres, grandes y pequeños acaba haciendo aparición. La muerte se lo llevará cuando había vuelto a reiniciar su vida.
 Lo anterior es un resumen muy simplón de Los hermanos Ashkenazi, pero, como decía antes, eso es lo de menos. Lo más importante es la genial capacidad de Israel Yehoshua Singer para pergeñar unos personajes redondos, verosímiles, que casi respiran como el lector que lee sus aventuras y desventuras. Eso y la inclusión de esos personajes en una época de cambios radicales, narrando así una época que todavía marca nuestras vidas. 
 Es una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos.  Una de esas novelas que cuesta dejar de leer y que cuando se termina se tiene una sensación agridulce: la de haber leído una obra maestra y la de no estar haciéndolo ya.
 Por último, tengo que rendir un pequeño tributo a los traductores de esta novela, el matrimonio formado por Rhoda Henelde y Jacob Abecasís. Creo haber comentado con anterioridad en este modesto blog, que he leído novelas de los Singer con traducciones antiguas, pésimas porque son traducciones de traducciones, normalmente del inglés, no directamente del yidis; además, esas traducciones antiguas ignoraban por completo los aspectos culturales de los judíos askenazíes, cometiendo errores de bulto que incluso para alguien no judío pero con un nivel cultural alto eran evidentes. Para subsanar aquellas malas traducciones, excelentes profesionales como Henelde y Abecasís traducen directamente del yidis (según parece, lengua materna de Rhoda) al español; y su conocimiento de la cultura judía a la que ambos pertenecen (aparentemente, a la askenazí ella y a la sefardita él) les evita cometer esos errores tan burdos que antes mencionaba. Es un lujo tener tan excelentes traductores como Rhoda Henelde y Jacob Abecasís, que nos permiten disfrutar a los hispanohablantes del lujo de estos grandes escritores. 

Inciso musical: primer concierto de abono de la temporada 26/27 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Haydn y Prokófiev.

  Todo llega y todo pasa en esta vida. A finales de junio pasado parecía que este caluroso y largo verano no llegaría a su fin y no veíamos la hora de comenzar una nueva temporada de música sinfónica en la ciudad. Bien, ya empezamos. Comienza la temporada 26/27 que, una vez que se completó el reto de interpretar las nueve sinfonías de Beethoven en tres temporadas, se afronta el propósito de tocar las óperas primas de genios como Haydn, Mozart, Schubert, Schumann y Mendelssohn. Que sí, que serán óperas primas, con todo lo que supone de obras de juventud, cuando la maestría final no había sido alcanzada, pero ante talentos tan descomunales como los de los cinco compositores mencionados no hay obra mala, evidentemente. Quizá hubiera sido preferible, desde un punto de vista didáctico pero también "disfrutón", compaginar la interpretación de esas óperas primas con una obra señera de la madurez del compositor, e incluso con una de la fase final del mismo. En fin, disfrutaremos de los que se nos ofrece, que ya tiene de por sí suficiente valor y calidad.
 El grueso de la OSCyL continúa, así como Thierry Fischer como director titular. Para el concierto de hoy, el artista invitado es el oboísta francés François Leleux.
 Y así, la primera ópera prima corresponde al padre de las sinfonías, Joseph Haydn, con la primera de sus 106. Y sí, efectivamente, si Fischer y los programadores querían mostrar la evolución de los compositores, lo lograron. Uno de los compositores definitorios del periodo clásico de la música culta, junto con Mozart, claro, presenta en su Sinfonía nº1 en re mayor una obra todavía con reminiscencias barrocas, con tres movimientos alternados rápido-lento-rápido. El genio de Rohrau tenía veintisiete años cuando la compuso y estaba protegido por el mecenas musical conde Carl von Morzin. Es una pequeña obra, quince minutos de duración, estructurada, como decía, en tres movimientos. El primer movimiento, presto, comienza con un crescendo de las cuerdas y continúa con unas estruendosas fanfarrias de trompas, recordando la forma de sonata. A pesar de la predominancia de la cuerda, los instrumentos de viento tienen una gran importancia, especialmente los oboes y las trompas. El segundo movimiento, andante, tiene la dulzura y melancolía propia de un modo menor. El último movimiento, de nuevo presto, retoma la tonalidad del primero, mayor, siendo así más dinámico y optimista.
 El oboísta francés françois Leleux, como artista invitado, continuó con Haydn, con una obra atribuida al compositor austriaco, aunque hoy se considera que en absoluto fue obra suya. El famoso musicólogo Hoboken lo incluyó en su archiconocido catálogo y desde entonces nadie lo ha sacado de ahí. Se trata del Concierto para oboe en do mayor. Los musicólogos actuales consideran que lo compuso alguien muy cercano, puede que incluso su hermano Michael. En cualquier caso, la fama de Joseph Haydn facilitó su incorporación al catálogo de ese gran musicólogo, erudito y bon vivant que fue Anthony van Hoboken. De sus tres movimientos, de nuevo rápido-lento-rápido, el más hermoso es el segundo, andante, con una delicadeza y sensibilidad exquisita, para la que el timbre del oboe es, obviamente, el instrumento preciso. Leleux interpretó con una genialidad y una exquisitez memorable. El oboe, de nuevo, con ese timbre tan nasal y dulce es capaz de transmitir los más bellos sentimientos que un genio como Joseph Haydn (o algún adlátere) pueda pergeñar.
 Tras el descanso, toca pasar del periodo clásico al modernismo de Sergéi Prokófiev y su Romeo y Julieta. Creo haber dejado en este humilde blog mi creencia de que la música escénica es para disfrutarla con el ballet correspondiente, que si no es así se corre el riesgo de no comprenderla plenamente. Esto es especialmente patente en obras como El pájaro de fuego de Stravinsky, con disonancias y discordancias que llegan a molestar al espectador no cultivado y que tampoco ha tenido la precaución de informarse con anterioridad sobre lo que va a escuchar. Así (esto es algo verídico, que un servidor pudo constatar cuando, en la temporada pasada, un tipo ignorante salió de la sala sinfónica con un audible "me duelen los oídos") para la gran masa no es plenamente comprensible si no hay un ballet que acompaña con sus movimientos y coreografías a la música. En el caso de Romeo y Julieta no ocurre con tanta frecuencia, porque el argumento general, amores trágicos entre miembros de dos familias mortalmente enemistadas, es menos complicado que, por ejemplo, los ritos paganos que incluían sacrificios humanos de El pájaro de fuego y que piden por tanto melodías estridentes y estresantes. Bueno, en todo caso, lo que se interpretó ayer en el Auditorio Miguel Delibes fue una selección de la obra de Stravinsky, comenzando por el archiconocido primer movimiento, Montescos y Capuletos (andante - allegro pesante - moderato tranquillo - allegro pesante), con la imponente energía de su tutti, que ha sido utilizado incluso en publicidad televisiva; contrastando con movimientos de una extremada sensibilidad y belleza como la Escena del balcón o Romeo en la tumba de Julieta. Comentaba algún compañero de auditorio que la selección se le había hecho larga, con algunos movimientos un tanto insípidos que podían haberse ahorrado, y aquí, de nuevo hago referencia a la concomitancia del ballet, que facilita la comprensión de la música.
 En fin, fue un concierto perfectamente ejecutado, una vez más, por la OSCyL dirigida por Fischer, con un Leleux excelente como artista invitado. Una nueva temporada que comienza, diecinueve momentos para disfrutar.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Equinoccio de otoño.

Brueghel, Abraham, 1660-1669, Alegoría del otoño, [óleo sobre lienzo]. Colección privada.
Imagen tomada de Wikimedia Commons.

domingo, 20 de septiembre de 2026

"Papillon", de Henri Charriere.

 Alternando con literatura de mucho más alto fuste, me gusta leer lo que podría llamarse "narrativa de aventuras", la mayoría, autobiográficas. Así, hace un par de años leí Kon-Tiki, la travesía oceánica con una balsa hecha con totora que emprendió el noruego Thor Heyerdahl para demostrar que los antiguos andinos pudieron poblar la Polinesia; Siete años en el Tíbet, de Heinrich Harrer, en la que el expedicionario austriaco se interna en aquel país austriaco antes y durante la invasión china; o Nadadores en el desierto, en la que el noble húngaro Ladislaus Almásy relata sus aventuras en el desierto líbico y el descubrimiento de importantes restos arqueológicos. Papillon de Henri Charrière podría encajar en esa narrativa de aventuras, pero tras haberla leído (con gran dificultad y desagrado) he llegado a la conclusión de que no es sino la narración de un farsante, un mentiroso, un fanfarrón y, por supuesto lo peor de todo, un asesino. Porque es evidente que, por ejemplo, Heinrich Harrer tuvo conexiones con el nacionalsocialismo o, al menos, se dejó querer por las estúpidas ideas racistas de Heinrich Himmler, para que el ministro del Interior del Tercer Reich financiara la extraordinariamente cara expedición al Tíbet; pero está claro que Harrer mismo no fue nazi y, mucho más claro todavía, no participó en las aberraciones de ese abominable credo político que ensangrentó Europa en los años 40 del pasado siglo. Más o menos lo mismo se puede decir de Almásy, cuyas correrías por el norte de África también estuvieron sufragadas por el Tercer Reich, y aunque parece que tuvo una creencia demasiado pagada de sí mismo y su pertenencia a la nobleza, nunca participó de los terribles desatinos nacionalsocialistas. Todo lo más, de ambos se puede decir que no llegaron a denunciar el nazismo por puro interés, que se aprovecharon de ellos para conseguir financiación para sus expediciones, ya fueran asiáticas o africanas. Del noruego Thor Heyerdahl no queda duda ninguna, pues luchó contra la ocupación nazi de su país y en su obra principal, la citada Kon-Tiki, expresa a menudo su creencia en la igualdad de todos los seres humanos, especialmente ante la adversidad, rechazando de plano cualquier estupidez racista de superioridad de unos sobre otros.
 Todo lo anterior viene a cuento porque mucho me temo que con la edad me estoy volviendo un moralista. O quizá lo fui siempre y ahora lo admito, no lo sé. Pero lo cierto es que cuando leo obras que no son de ficción tiendo a enterarme de quién fue el autor, que vida llevó (fijándome especialmente si se trata de un caso de doble moral o hipocresía, tan desgraciadamente abundante en nuestros días) y cómo lo defiende. Si se trata de ficción, obviamente, ya no entro en lo que se narra o en su catadura moral (sería una buena broma valorar la bonhomía de las criaturas primordiales de Lovecraft, ¡ja!). Pero claro, la culpa, una vez más, es mía, al querer meter en esa supuesta "narrativa de aventuras" a las peripecias de un criminal durante su reclusión penitenciaria.
 En fin, Papillon relata con una prosa rápida, con poca adjetivación, mucho diálogo y pocas frases subordinadas, lo que comúnmente se llama "prosa periodística", eso sí, bastante correcta, relata, digo, como Henri Charrière, un joven francés de Ardèche, habitual residente de los bajos fondos, es juzgado por el asesinato de un proxeneta. Él jura y perjura que es inocente, pero el testimonio de un testigo directo lo inculpa ante el tribunal popular que lo juzga, condenándolo a perpetuidad en la colonia francesa de la Guayana. El nombre de la novela es el apodo del protagonista, es bien conocido, ya que tiene tatuada una mariposa en el pecho. Todo lo demás es una sucesión inverosímil de andanzas que tienen como finalidad escapar del brutal presidio para vengarse del juez, del chivato que testificó en su contra y del tribunal popular (obviamente, no se quería vengar a besos, la idea de "acabar con ellos" ronda en todo momento por el libro). Así, el autor describe desde el terrible viaje en barco hasta la Guayana, durante el cual ya muere un preso, a la prisión en un penal rodeado de marismas plagadas de cocodrilos y los salvajes malos tratos de los guardianes. Con todo, Charrière consigue escapar en una frágil canoa junto con otros dos presos y refugiarse inicialmente en una cueva abandonada para luego llegar a Trinidad, isla en aquel momento administrada por los británicos; llegar a Colombia, donde será de nuevo encarcelado, aunque conseguirá, una vez más de forma inverosímil, escapar; llegar a la Península de la Guajira, habitada por los supuestamente fieros indios guajiros, con los que sin embargo el propio Charrière se entiende muy bien, hasta el punto de convivir con dos indias y dejarlas embarazadas; de ahí de nuevo a Colombia, donde los entregarán a las autoridades coloniales francesas que lo recluirán en lo más duro de la Guayana, en penales en pequeñas islas a poca distancia de la costa del continente, en aislamiento absoluto; después volverá al penal principal, de conseguirá escaparse por enésima vez; llegando a Venezuela, donde vivirá como hombre libre hasta que en su país prescriba la pena a perpetuidad que le fue impuesta.
 Toda esa relación apresurada y confusa que acabo de hacer es el resumen de la tormentosa vida de ese joven que de ser condenado a perpetuidad, acabó cumpliendo trece años de reclusión. Y recalco lo de apresura y confusa porque es lo que el lector acaba sacando en conclusión tras tragarse las más de seiscientas páginas de la novela. Eso y la absoluta inverosimilitud de la mayor parte de la misma. Y es que de puro fantasiosa, la narración de Charrière acaba siendo la concatenación de una trola tras otra, pero trolas infantiles, de esas que por lo absurdas que son son increíbles. Buscando en los océanos internáuticos se encuentra uno con declaraciones de algunos correligionarios de prisión que cuentan que buena parte de la novela es inventada, otra es exageración y otra lo que le ocurrió a otros presos. En definitiva, que el bueno de Charrière sí que escribió al final una obra de ficción.
 Pero lo peor, a mi humilde entender, es que un tema fundamental de la novela es la denuncia de la brutalidad de los sistemas judicial y penal franceses de la época, donde la tortura era una herramienta perfectamente engrasada para doblegar la cerviz de los presos y convertirlos en zombis sumisos. Esa denuncia es evidentemente justa, más cuanto más tiempo pasa, toda vez que hoy Francia es una nación totalmente democrática que respeta los derechos humanos de todos sus ciudadanos, incluidos los recluidos en centros penitenciarios. Pero, claro, otra cosa era hace cien años. Lo cierto es que el propio Charrière ejerce de moralista aquí al denunciar esas brutalidades, pero él mismo participa de ellas. Al margen de que asesinara o no al proxeneta de marras, razón por la que fue encarcelado, en la novela narra cómo asesina a varios hombres, alguno preso y otros carceleros. En estos casos siempre se justifica, bien como defensa propia, bien porque las víctimas eran series despreciables. Pero los asesinó, eso no lo niega. Tendrá menos importancia que los asesinatos, pero hoy en día no parece aceptable que, habiendo convivido con dos indias guajiras, las abandone estando éstas embarazadas; quizá en los años cincuenta del pasado siglo esto fuera visto como la "machada" de un hombrón, pero ahora no parece más que la cobardía de un miserable. En fin, estas cosas no dejan de ser juicios morales que un servidor emite, pero que, como decía antes, al no ser ficción, no puedo dejar de pensarlo. 
 En conclusión: me ha costado horrores leer esta novela, como digo, por la inmoralidad patente y militante del autor, como por la sucesión de trolas infantiles de principio a fin. Como anécdota, comentaré que en 1973 se rodó la famosísima versión cinematográfica dirigida por Franklin J. Schaffner, protagonizada por Steve McQueen como Henri Charrière y Dustin Hoffman en el papel de Louis Dega. Bien, lo cierto es que la película está sólo inspirada en la novela, pasando muy por encima en determinados momentos (la estancia con los indios guajiros, por ejemplo), cambiando algunos pasajes más ásperos y eliminando otros (sobre todo los relacionados con la violencia extrema que el protagonista ejerce sobre otros). No me ha gustado la novela, no la recomiendo.

martes, 15 de septiembre de 2026

"Las hojas caídas", de Wilkie Collins.

  Después de la desafortunada lectura de Auto de fe, de Canetti, tenía que volver a mi hogar literario, a mi "zona de confort" en la lectura, a aquellos autores en los que me regocijo habitualmente y encuentro la alta calidad que busco, en definitiva, tenía que volver a la literatura victoriana. Y para ello nada mejor que una de las obras más valoradas de William Wilkie Collins, Las hojas caídas, que contiene todas las características tan admirables de la literatura victoriana. Por cierto, antes de comenzar la recensión, diré que el título (The Fallen Leaves) hace referencia a aquéllos que han caído del árbol, símil para los desafortunados de nuestra sociedad, un tema también muy victoriano.
 Según el traductor, Miguel Martínez-Lage, la novela tiene un evidente carácter autobiográfico, pues las complicaciones amatorias y matrimoniales que refleja fueron experimentadas por el propio Collins, que llegó a tener simultáneamente dos familias. La novela fue publicada en 1879 y quedó como la última de alta calidad del autor, toda vez que en adelante las novelas publicadas fueron de menor categoría, tal vez provocado por el consumo adictivo al láudano, aspecto que también recoge el traductor en su posfacio. Ignoro si esta novela fue escrita con la colaboración de su amigo Charles Dickens, que tanto y tan bien le influiría para adquirir esa categoría de gran escritor que lo acompaña hasta nuestros días, pero desde luego se aprecian temas muy "dickensianos" en esta novela, siendo el más destacado quizá el tratamiento importante de las desigualdades sociales en la Inglaterra de la época reflejadas en los niños de la calle, la cara más triste y vergonzosa de la era victoriana.
 El argumento de Las hojas caídas es, grosso modo, el siguiente: en un prólogo dieciséis años anterior a la acción de la novela, el autor da a conocer el abandono de una pobre criatura tras su nacimiento, instigado por su progenitor, que la cree un obstáculo para su futura felicidad con la joven madre. Dieciséis años después, comienza la novela con un joven, Amelius Goldenheart (nótese el sugerente apellido, "Corazón de oro", truco un tanto pueril habitual en Collins) que regresa a Inglaterra tras pasar más de veinte años en una colonia para socialistas cristianos de América. Tras ponerse en contacto con su familia lejana en Europa, los Farnaby, es, inicialmente, recibido con los brazos abiertos, llegando a establecer un compromiso de matrimonio con su sobrina, Regina. Pero, siguiendo el clásico planteamiento de "presentación-embrollo-resolución" que seguían las novelas de la época, todo se complica cuando la señora Farnaby le encarga la inverosímil tarea de encontrar a la hija que le fue arrebatada al nacimiento. Por otro lado, en esos capítulos tan "dickensianos" a los que hacía referencia antes, Amelius se encuentra en los bajos fondos londinenses con una criatura maltratada, apaleada hasta casi su exterminio (si no físico, sí anímico) que es Sally "la simple". Tan terrible impresión causará en ese corazón de oro del socialista cristiano, que la recogerá en su casa, la alimentará, vestirá y protegerá en adelante. Para complicar más las cosas aparecerá un siniestro personaje: Jervy, un "vagabundo irlandés" que, enterado de la búsqueda de la señora Farnaby sobre su hija, la extorsionará con ayuda de la criada despedida de ésta, Phoebe. El resultado de tal extorsión será el suicidio con estricnina de la señora Farnaby. 
 La falsedad y la maledicencia social, otros temas muy "dickensianos" aparecen cuando los biempensantes Farnaby, con su sobrina Regina a la cabeza (aquella prometida de Amelius) sospechan que la relación del joven con la tal Sally no es meramente caritativa, sino que sospechan una relación sentimental o carnal entre ellos. Tanto es así, que, con la participación de un intrigante que desea sacar provecho personal, un tal Melton, consigue que Regina rompa su compromiso de matrimonio con Amelius. El argumento se complica más cuando Sally se entera de dicha ruptura y sale de casa de su protector, volviendo al arroyo del que salió.
 Tras todo tipo de peripecias, la novela termina con el castigo de los supuestos "malvados": Jervy, el extorsionador, aparece flotando en el Támesis con varias puñaladas; Farnaby y, consecuentemente, Regina se arruinan. Mientras que los protagonistas son premiados con la felicidad y el éxito: Amelius y Sally se casarán.
 Ese es el argumento muy por encima, los temas son la hipocresía social, las brutales diferencias socioeconómicas entre los señores y los pobres de la gran urbe londinense, así como el choque de ideales de una sociedad capitalista y deshumanizada con las pequeñas colonias socialistas cristianas que se establecían en el Nuevo Mundo.
 Es una gran novela, en suma. La he disfrutado mucho, tal vez más después de haber leído ese bodrio de Canetti. Me ha reconciliado con la buena literatura, esa que entretiene a la vez que te hace pensar en un mundo un poco mejor que este en el que nos movemos.

lunes, 7 de septiembre de 2026

"Auto de fe", de Elías Canetti.

  ¿Por qué no hay que hacer caso de las recomendaciones? Pues es obvio: porque cada lector es un mundo aparte, con sus preferencias, sus interpretaciones, su pasado lector, su cotidianeidad... Así que, lo que para uno es una obra maestra, una novela, por ejemplo, que nunca olvidará, que lo marcó incluso como persona, para otro puede ser un bodrio insoportable. Y es que por mucha amistad que nos una con cierta persona, incluso teniendo gustos literarios semejantes, hay que ser reticentes a sus recomendaciones (y evitar recomendar nada, en general). Eso es lo que me ha pasado a mí: que he cometido el error de escuchar el consejo de un amigo al que me unen muchos gustos culturales (musicales y literarios principalmente), y lo que para él era una obra maestra (capolavoro, diría él en su lengua materna) a mí me ha parecido un bodrio infumable.
 Y ¿qué obra era esa? Ni más ni menos que la única novela del Premio Nobel de literatura de 1981, el escritor búlgaro de nacimiento, sefardí de origen, británico de nacionalidad y alemán de lengua, Elías Canetti. Es éste un autor prolífico en ensayística, la mayoría de su obra, también tiene varias obras de teatro, alguna que otra biografía y una única novela: Auto de fe. Esta es la novela que he leído (me he tragado como a quien se le hace comulgar con ruedas de molino), más por deferencia a este amigo trasalpino que otra cosa. Porque, ya lo he dicho más de una vez, no tengo el más mínimo respeto por los premios literarios, comerciales o no. Los comerciales, como el Planeta en España, Strega en Italia o el Goncourt en Francia tienen, como su nombre indica, la única finalidad de publicitar y promocionar a un autor y su obra; en ellos el autor ya es frecuentemente conocido en los medios de comunicación (en los últimos años, por ejemplo una presentadora de televisión y un tertuliano ¡¡¡!!!), por tanto la calidad literaria de sus obras (en muchos casos se suele decir que ni siquiera lo han escrito ellos) no tiene interés, es pura literatura comercial, de batalla. Pero es que con los premios literarios institucionales, entre los que el Premio Nobel es, claro está, el más famoso y prestigioso, pasa tres cuartos de lo mismo. En este caso no se trata tanto de promocionar a un autor y su obra, sino de cumplir con directrices políticas, sociales y económicas en boga en el momento. Así, no es raro ver que cuando se quiere apoyar a un determinado país en el ámbito internacional, uno de sus escritores más señeros acabe obteniendo el Nobel, o que si un escritor pertenece a una categoría determinada y ésta quiera ser premiada vaya a obtenerla sin duda. Aquí tampoco, pues, importa mucho la calidad literaria del premiado. Tal vez pasó eso con Elías Canetti en 1981. O tal vez, y puede que esté siendo yo injusto, la obra importante de este autor esté en sus ensayos o en su teatro.
 Y, precisamente hablando de la ensayística de Elías Canetti, en ésta tiene un papel muy importante la crítica a la obra de Franz Kafka. Digo esto porque la novela que recensiono tiene unas clarísimas deudas estilísticas y temáticas con la obra de Kafka. Efectivamente, el planteamiento que hace Canetti tiene esas características que siempre se atribuyen al autor de La metamorfosis, esas que permiten aplicar el adjetivo kafkiano a  Auto de fe: situaciones opresivas, angustiosas, que se repiten en bucle sin  posibilidad de terminar, personajes alienados, sensación de estar en una pesadilla de la que no se puede despertar... No es, pues, casualidad, que si Canetti era un especialista en Kafka, se hubiera dejado influenciar en exceso por el praguense. 
 Auto de fe narra un fragmento de la vida de Peter Kien, experto sinólogo de vida casi eremítica, pues apenas sale de su piso con las paredes repletas de decenas de miles de libros, que llega a renunciar a cátedras y empleos relacionados con la literatura oriental por no alejarse nunca de su biblioteca personal. Tanto es así, que cuando sale a la calle lo hace acompañado de dos o tres libros para no perder totalmente el contacto con ellos. Por supuesto, las relaciones personales de Kien son absolutamente inexistentes, a no ser por la asistenta que limpia su piso. Precisamente con ella, con Teresa, empieza una relación con ella, mujer ignorante y mezquina, porque la cree altruista y desinteresada (también aquí hay mucho argumento kafkiano, con el protagonista pensando de forma caótica y obsesiva en todo momento). Tras casarse con ella, sin embargo, todo se tuerce: ella sólo está interesada en lo material, decepcionada ante la pobreza física de Kien, decide y consigue expulsarlo de su casa y comienza a vender sus libros. De ahí en adelante todo es cuesta abajo en la locura de Peter Lien, que se relacionará con los elementos más bajos y repulsivos del hampa de su ciudad, hasta que trate de que su hermano George, eminente psiquiatra parisino, lo cure (aquí, por cierto hay otro rasgo autobiográfico, pues Canetti tenía un hermano médico llamado Georges y residente en Francia). El final, ya delirante, consiste en que Kien vuelve a su piso, a su biblioteca, y prende fuego a la misma, inmolándose mientras ríe como un demente.
  En fin, una novela muy complicada, muy difícil de leer, que deja esa sensación de las novelas de Kafka (mucho más duro de leer El proceso o El castillo que La metamorfosis, quizá por una simple cuestión de duración, pues la locura en dosis pequeñas es más tolerable), pero con un escritor de un talento literario menor (o tal vez, como un imitador de Kafka, no original, por tanto). No recomiendo la lectura de Auto de fe salvo que se sepa con antelación hasta que punto puede ser desquiciante las enloquecidas digresiones en bucle de sus protagonistas, que acaban provocando una sensación angustiante y desasosegante en el lector.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

"Clouds beyond Branches", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"The Secret of Secrets", by Dan Brown.

  Preparando ya mi viaje a Praga este octubre, con parada obligatoria en el Rudolfinum para escuchar a la Orquesta Filarmónica de Chequia, estoy leyendo narrativa ambientada en la capital del Moldava. Siendo una ciudad relativamente pequeña, Praga disfruta de una enorme cantidad de escritores de altísima calidad que escribieron viviendo allí. Obviamente hay que pensar primero en Kafka, aunque en sus obras no se haga referencia a la ciudad; también Gustav Meyrink, vienés, pero que sitúa su principal obra allí: El Golem, como bien es sabido, con referencias continuas al barrio judío y sus sinagogas; también está Jaroslav Hasek y las Las aventuras del buen soldado Sveijk, con ese humor absurdo; también praguense era Leo Perutz; el italiano Umberto Eco y El cementerio de Praga; el excelente Jiri Weil con Mendelssohn en el tejado o Vida con estrella. En fin, son muchas las novelas que en algún modo tienen a Praga como coprotagonista de la trama. Y, aconsejado, incluí a un autor de best sellers con sus thriller, generalmente ambientados en ciudades Europeas, el multimillonario Dan Brown. Brown es el archiconocido autor de El código Da Vinci, con su protagonista favorito, alter ego del autor, Robert Langdon, mitad historiador del arte y mitad hombre de acción. Ese tal Langdon también protagoniza The Secret of Secrets, ambientado, claro está, en Praga de principio a fin. No lo voy a negar: de la calidad de los autores arriba citados a la de Dan Brown hay un bajón terrible. Me temo que Dan Brown es un autor de nuestro tiempo, en el sentido más cruel de la expresión. Es decir, es narrativa de batalla. No está mal escrita, el suspense está bien mantenido hasta el final, los personajes son relativamente verosímiles... ¡Vaya, que no está tan mal este Dan Brown! Pero está a años luz de Kafka, Perutz, Weil o Meyrink. Lo que sí he aprovechado es para leerlo en versión original, y así revivir algo mi oxidado inglés; es por ello por lo que pongo el título en la lengua en la que fue escrito.
 The Secret of Secrets narra las peligrosas aventuras que sufren el historiador del arte e investigador Robert Langdon y su pareja, la escritora especializada en la noesis, la ciencia (algunos dicen pseudociencia) que estudia el acto intencional de intelección, la doctora Katherine Solomon. Ésta está a punto de publicar un estudio sobre la conciencia, y parece que alguien está muy interesado en que esas avanzadas investigaciones no se publiquen nunca. En primer lugar, los originales que tenían en la red, tanto el editor como la propia autora desaparecen por completo, el manuscrito impreso también desaparece; después, una peligrosa unidad de inteligencia de la policía checa persigue a los dos estadounidenses con fines claramente criminales. Por otro lado, la doctora Brigita Gessner, otra renombrada especialista en conciencia desaparece igualmente, encontrándose su cadáver poco después. 
 Brown intercala las peripecias de Langdon y Solomon con las extrañas actuaciones de dos personajes, una bien delineada, Sasha Vesna, una antigua paciente de la doctora Gessner, que comenzó tratando su epilepsia y acabó como ayudante de la doctora; y otro mucho más neblinoso al que el autor da el nombre más conocido de la Edad Media praguense, El Golem. Curiosamente, esto no es casual, cuando aparece la una no está el otro. El Golem es un personaje violento, responsable de la muerte de Gessner y de un agente de la CIA agregado a la embajada. Además de esta otra línea argumental, también están las luchas intestinas de la propia embajada de Estados Unidos en Praga, con la embajadora (antigua agente de la CIA) en el punto de mira de los directores de la famosa agencia de inteligencia.
 Poco a poco, Langdon y Solomon se irán enterando de un secretísimo proyecto de investigación que el gobierno de los Estados Unidos tiene en la capital checa, conocido como Threshold (límite o umbral en español), con un laboratorio subterráneo en pleno centro de la ciudad. Con ayuda de Sasha Vesna y la agudeza investigadora de Langdon conseguirán entrar en el fortificado subterráneo, descubriendo que los estudios que se llevan a cabo son exactamente los que esboza en su desaparecido libro la doctora Solomon, pero en un estado mucho más avanzado.
 Los avances de El Golem, que parece querer vengarse de un tratamiento ignominioso y brutal que sufrió Vesna a manos de Gessner, con lo que acabará por provocar una devastadora explosión en el laboratorio subterráneo. Explosión que matará al directivo de la CIA que encabeza el proyecto Threshold, y de la cual se librarán por centímetros Solomon y Langdon.
 La novela finaliza cuando se descubre que Sasha Vesna no sólo es epiléptica, sino también esquizofrénica, llegando a tener dos personalidades totalmente disociadas: la propia y la del famoso Golem, siendo totalmente ignorante de cuándo actúa como tal. Por otro lado, la doctora Solomon consigue llegar a un acuerdo con la agencia de inteligencia que le permitirá publicar su estudio sin tapujos ni cortapisas; estudio, por otra parte, del que milagrosamente se ha salvado una copia.
 En fin, como decía antes, es una novela efectista con tanta persecución, asesinatos y explosiones. La tensión está bien mantenida hasta el final, aunque poco a poco (también esto es intencionado) el lector va comprendiendo lo que de verdad ocurre. Eso sí, es una prosa bastante ramplona en comparación con la más alta literatura. Alta literatura a la que un servidor está acostumbrado, felizmente.

miércoles, 12 de agosto de 2026

"La desaparición de Majorana", de Leonardo Sciascia.

  Decía el propio Sciascia que sus novelas, más que narrativa son un híbrido entre ensayo y narrativa. Y no sé, la verdad, si esto es darse un poco de autobombo, porque con ello lo que quería decir es que su narrativa está muy documentada (casi como un ensayo en el que es obligatorio añadir citas y entradas), y que además elabora un razonamiento propio más de un estudio profundo, de una tesis que de una novela. No sé, visto así parece un poco pretencioso, algo que no encaja con la personalidad del siciliano; tal vez quería decir que su búsqueda de explicaciones a todo convierte su narrativa un poco en un ensayo... Por otro lado, el uso de hechos reales en la novelística de Sciascia permite que sus pesquisas, sus indagaciones y sus alegaciones den a la novela policiaca (en mi opinión, eso es lo que escribía realmente) un toque realista que lo aleja de la ficción. Esto ocurre con La desaparición de Majorana  o con El caso Aldo Moro, especialmente conocidos ambos para la sociedad italiana.
  Y, precisamente por eso, porque estos casos son archiconocidos para los italianos, pero no para nosotros, recordaré brevemente quién fue Ettore Majorana. El protagonista de la novela fue un físico nuclear de enorme talento que formó parte de un grupo de científicos encabezados por Enrico Fermi, quien recibiría el Premio Nobel de Física en 1938. Los estudios sobre la fisión nuclear de Fermi y sus discípulos se vieron continuados en el famosísimo Proyecto Manhattan encabezado por Robert Oppenheimer y que supuso la creación de la bomba atómica, que pocos años después se lanzarían sobre Hiroshima y Nagasaki con los horribles resultados en centenares de miles de muertos, la mayoría de ellos, civiles. Aunque Majorana estuvo en Estados Unidos en aquella época, no llegó a participar en ese monstruoso proyecto. Bien, lo cierto es que el talentoso físico nuclear Ettore Majorana desapareció en 1938 en el Mediterráneo, entre Nápoles y Palermo, considerándose como suicidio aunque nunca se encontró el cadáver, lo que dio lugar a todo tipo de especulaciones. Bien, Leonardo Sciascia continúa esas especulaciones, pero en un sentido más elevado, en negro sobre blanco, y aportando datos que sostienen sus insinuaciones (pues, en verdad, no llega a afirmar rotundamente nada). Como dato aparentemente irrelevante, pero que los lectores de Sciascia sabrán que no lo es, Ettore Majorana era siciliano.
 La naturaleza insular de Majorana no es secundario porque Sciascia no puede dejar de dar ese toque de "sicilianidad" a sus personajes, explicando su forma de pensar y actuar en función de un carácter especial que supuestamente da esa isla. Con todo, Majorana es descrito por todos como un tipo introvertido, huraño, misantrópico y solitario, algo que no encaja con el estereotipo siciliano en el que el grupo, principalmente la familia, toma gran importancia en la vida.
 Majorana era, según parece un pequeño genio desde su infancia: niño que no juega con otros niños y que prefiere estudiar libros de matemáticas y física teóricamente muy avanzados para su edad. Sus estudios lo llevan fuera de Sicilia, primero a Nápoles y luego a Roma, donde llamará la atención de ese Enrico Fermi del que antes hablaba. Fermi se rodea de jóvenes talentosos en el ámbito de la física nuclear, creando una élite que luego recalará en Estados Unidos. Por cierto, todo esto ocurre ya en plena época fascista de Mussolini, y Fermi recibe el trato de "Su Excelencia".
 Tras estar años después en América, con tan sólo veintisiete años, Ettore Majorana comienza a dar síntomas de estar a disgusto allí (a pesar de estar en el país más avanzado en su campo), y decide regresar a su país, obteniendo una cátedra en Nápoles. Con todo, en Nápoles tampoco se encuentra a gusto, y comienzan sus paseos cotidianos en soledad. Poco después, tras escribir dos cartas de despedida más que de suicidio, desaparece en el Mediterráneo como antes dije. El régimen da por seguro el suicidio, y sólo su familia se empeña en que se siga investigando, cosa que desde el ámbito policial y judicial se hace con poca intensidad, abandonándose en pocos meses.
 Leonardo Sciascia parte del carácter introvertido y huraño para buscar una explicación a una desaparición que no sea un suicidio, sólo un quitarse de en medio, pero, ¿por qué? Aquí surge una de las hipótesis más manidas en décadas posteriores y es que el propio Majorana anticipó que sus estudios sobre el átomo podrían utilizarse, como así fue, para la destrucción de miles de vidas humanas. Ante tal barbarie, él no quiso tener nada que ver y resolvió fingir un suicidio para esfumarse sin que nadie más lo molestara. ¿Y después? También hay varias teorías, ninguna bien fundamentada. Sciascia opta por su ingreso en un convento de cartujos, rumor que se ha mantenido hasta la fecha. Aunque Majorana, como científico  por los cuatro costados, se declaró ateo, Sciascia recurre a ese carácter propio de los sicilianos, que presenta en algunos individuos una espiritualidad sin apariencia externa. No hay pruebas del ingreso del físico en ningún monasterio, pero... 
 El pequeño volumen editado por Editorial Juventud incluye un breve ensayo de una tal Lea Ritter Santini en el que se apuntala la teoría de Sciascia, aportando unas cartas de científicos alemanes que corroboran el disgusto que sentía Majorana por el equipo de Fermi y por el posible uso bélico de sus investigaciones.
 En fin, es un relato un tanto abierto en el sentido de que se insinúa mucho pero se afirma poco y se demuestra nada. Eso sí, la maestría narrativa de Sciascia lo eleva a una categoría que permite leerlo sin pensar que está leyendo uno simples rumores populares.

lunes, 10 de agosto de 2026

"Ante la pintura. Narraciones y poemas", de Robert Walser.

  Puede que Robert Walser fuera un escritor compulsivo. O, tal vez, como nos ocurre a muchos, fuera más de escribir que de hablar. Lo que sí es cierto es que han quedado muchísimos escritos del autor suizo que, claramente, no pretendía publicar. Ejemplo de ellos son los "microgramas", nombre que algún crítico o estudioso inventó debido a la minúscula letra, que Walser escribía en cualquier papel en sus larguísimos paseos cotidianos. Lo más probable es que Walser necesitara poner sus pensamientos en negro sobre blanco, algo que, repito, nos pasa a muchos. 
 Ante la pintura. Narraciones y poemas, como su nombre indica, son un conjunto de anotaciones en prosa y poemas (algunos tan formales como sonetos y los más, de rima asonante) de lo que distintas pinturas sugerían al autor. No hay crítica academicista en ninguno de ellos, ni en la forma de la pintura, ni en el tema tratado, al contrario, son impresiones espontáneas que muchas veces no tiene tanto que ver con el cuadro en sí mismo, sino con lo que Walser imagina que ha pasado antes o pasará después de la imagen que está viendo.
 El escritor y estudioso que firma el epílogo, Bernhard Echte, recuerda que Robert Walser estuvo muy unido a su hermano Karl, que fue pintor, y que, de hecho, Karl inició a Robert en la admiración de la belleza, en la búsqueda de inspiración en las cosas más sencillas. También dice que Robert "fantasea" con la imagen pictórica, creando una historia  a partir de la misma.
  Con respecto a dónde disfrutó Walser de las pinturas, en algunos casos son exposiciones temporales en Berna, como la de arte belga; en otros casos son museos también suizos o berlineses; y en otros casos ya son reproducciones de libros de arte, que uno imagina de una calidad baja e inferior en cualquier caso a los espléndidos libros de arte que tenemos hoy en día. En todo caso, la calidad quizá sea poco importante, pues, como antes decía, no busca el análisis técnico, sino lo que inspira al escritor.
 Con el Apolo y Diana, de Lucas Cranach "el viejo" narra como tenía una reproducción en la habitación de su pensión, y cómo la patrona lo descolgó de la pared pues lo consideró indecente, ignorante mujer, claro, que no conocía la mitología grecorromana, y menos a los mellizos, hijos de Zeus y Leto. Curiosa malinterpretación, pues pensaba que era poco menos que pornográfica la representación de la luz solar, la música y la poesía (Apolo), y la caza, los bosques y la virginidad (Diana).
 En Soneto a una Venus de Tiziano, Walser concibe una de las formas más clásicas, que hoy se nos antoja anticuada, en poesía, un soneto. Por cierto, aquí es de justicia alabar al traductora, Rosa Pilar Blanco, por haber vertido al español con una métrica y rítmica tan estricta como un soneto sin alterar en absoluto el tema principal a partir de una lengua tan dispar a la nuestra como el alemán.
 El cuadro de Brueghel nos muestra al mejor Walser. A cuenta del cuadro Los ciegos de Brueghel, en el que un grupo de invidentes se dan golpes y bastonazos, él diserta sobre la vida y una visión optimista de la misma. No tiene desperdicio en este sentido el penúltimo párrafo del texto, así que lo transcribiré parcialmente:
 Es mejor que, en lugar de enfadarte por pequeñeces que te incomodan, pronuncies de vez en cuando una breve plegaria por los ciegos, y de vez en cuando pienses para provecho de tu espíritu en ese pobre hombre metido en el armario de hierro, antes de ser capaz, y serlo, de preocuparte por tu persona.
  También es interesante el Boceto para La caída de Ícaro en el que primero describe el cuadro de Breughel, para luego meditar sobre el afán comprensible de alcanzar el Sol, pero esto, claro, no está permitido. Sus cuatro últimos versos relacionan a Ícaro con la humanidad entera cuando dice:
 Cualquier afán
por elevarnos
sobre la vulgaridad
tiene un límite en la vida
 El escritor, el "imaginador", el creador surge con el Boceto para El bosque, de Díaz, pues a partir de un óleo con un chico sentado solo en el claro de un bosque, Walser idea lo que ha pasado previamente a esa imagen, cómo su madre le ha reprendido por estar muy mimado, que tiene que esforzarse, trabajar, buscarse la vida... El cuadro muestra a un adolescente sentado, cabizbajo, solo, quizá llorando... Muestra de la enorme capacidad imaginativa, unida a su gran sensibilidad, esa que tanto me gusta de sus composiciones cortas, tan diferentes de las novelas largas. 
 En general, son narraciones y poemas de muy distinta calidad, en la que Walser se entrena, diría yo, como escritor, forzándose a poner en el papel lo que siente al contemplar la pintura en cuestión. Como decía, la capacidad fabuladora del suizo permite que idee qué pasó o pasará antes o después de que el pintor plasmara la escena.