Hasta la saciedad he alabado la altísima calidad del Premio Nobel de literatura de 1978, Isaac Bashevis Singer, del cual me siento rendido admirador como lector, habiendo disfrutado de la totalidad de sus obras vertidas al castellano. Bien, pues es sabido que Isaac Bashevis se sentía deudor de su hermano mayor Israel Yehoshua, al que consideraba su maestro y mentor. Parece cierto que, debido a la diferencia de edad, casi diez años, Israel ejercía cierta autoridad sobre Isaac, especialmente en el ámbito de radicarse en Nueva York y salir de Europa ante la temible ola antisemita que se abatía entonces sobre el viejo mundo. Afortunadamente, Isaac siguió su consejo, y gracias a ello Isaac vivió hasta los ochenta y siete años y dejó para la posterioridad un puñado de extraordinarias novelas sobre un mundo, el de los judíos askenazíes en Europa, que fue borrado brutalmente mediante pogromos, campos de exterminio y asesinatos masivos desde finales del siglo XIX hasta 1945. Desgraciadamente, Israel Yehoshua murió a la tempranísima edad de cincuenta años, víctima de un infarto de miocardio. A esa edad es cuando la mayoría de los escritores entran en la madurez creativa, concibiendo sus mejores obras. Leyendo Los hermanos Ashkenazi, sin embargo, comprueba el lector que, efectivamente, el talento de Israel para crear personajes y darles un carácter, una personalidad que evoluciona en el tiempo es extraordinario. Israel Yehoshua Singer pergeña un verdadero mundo en apenas setecientas páginas, recreando la vida de esos "ciudadanos de segunda" en la Polonia ocupada por el Imperio ruso, con sus pasiones, sus luchas, sus alegrías, sus decepciones. Es un verdadero tratado de sociología en forma de novela. Uno llega a conocer el alma humana hasta lo más íntimo, pues Singer es capaz de describir de una forma tan verosímil a sus personajes que se es capaz de conocerlos como si de un viejo amigo se tratara. Usa, por ejemplo, una técnica de descripción psicológica muy interesante, en la que un cónyuge describe al otro y a la relación que tienen tal cual él o ella los ve. Así uno es como una suerte de consejero matrimonial que tiene las dos versiones para poder comparar y hacerse una idea más objetiva de la relación y los dos individuos. Por otro lado, algo que me ha sorprendido gratamente, pues indica el alto grado de independencia de pensamiento del autor, es que en la novela se recogen todos los estereotipos y clichés que presentan a los judíos como vagos, perezosos y fanáticos que sólo saben rezar en sus sinagogas, mientras los gentiles son trabajadores y esforzados; también, por supuesto, el estereotipo de judío usurero que presta dinero con intereses abusivos a estúpidos nobles que quieren seguir viviendo a cuerpo de rey cuando están arruinados... Ese último es un cliché antisemita que aparece en Los protocolos de Sión, uno de los tratados racistas que han circulado por todo el mundo y que los nazis llegaron a rodar en forma de documental para justificar su odio a los judíos. Luego también, claro está, Singer muestra ese antisemitismo nacido de la ignorancia y el rencor en los propios cristianos hacia los judíos cuando éstos consiguen prosperar económicamente, algo de lo que ellos son incapaces.
El periodo que abarca la narración, aunque no se explicita, es de finales del XIX hasta la Revolución rusa, tiempos por tanto de cambios sociales, políticos y económicos, con una guerra mundial de por medio que reventó las ya desgastadas costuras nacionales europeas. Pero también el mundo judío cambió, del tradicionalismo religioso más invariable al laicismo más absoluto, pasando por todas las etapas intermedias (abandono de la estética propia de cada culto, descuidar los ritos tradicionales, interesarse por la sociedad y la política de los gentiles...). En esos tres o cuatro decenios la sociedad judía del Este de Europa cambió más que en los siglos precedentes. En ese periodo tan convulso es cuando sitúa su acción el autor.
Como su nombre indica, la novela se centra en una pareja de hermanos, gemelos, pero opuestos en lo físico y en la personalidad. El mayor por unos minutos, Simja Meir es físicamente delicado pero desarrollará una personalidad agresiva y dominante; el menor, Yanke Bunem crecerá hasta hacerse casi un gigante, pero de naturaleza apocada y pusilánime. Es fácil hacer comparativas con hermanos sacados del Antiguo Testamento, y aunque desde la editorial Acantilado nos recuerdan a Caín y Abel, con la envidia que se convierte en arma mortal (el primer homicidio de la historia, según la Biblia); pero también podría tratarse de las enemistades entre los hijos de Abraham, Isaac e Ismael; o Jacob y Esaú, hijos de Isaac, que desde su infancia luchan por obtener la primogenitura, con la intervención definitiva de su madre, Rebeca. En realidad, la mala relación entre hermanos que son opuestos en carácter y apariencia es algo muy manido en la literatura de todos los tiempos, sacra o profana, y es muy rentable para cualquier escritor. Por otro lado, Singer se basa en un personaje real, el industrial textil y magnate polaco de origen judío Israel Poznanski para retratar a Simja Meir, que luego hará llamar Max. Lo cierto es que desde la infancia los caminos de los dos hermanos se separan, siendo Simja un claro hombre de negocios, aprovechando cualquier resquicio para ganar dinero, mientras que Yánke parece más interesado por la vida contemplativa en un sentido poco religioso. Los enfrentamientos de los hermanos se dan en todos los campos: el aprecio de los padres, la búsqueda de compañera, el terreno económico, la opinión de los demás...
La conjunción del gran talento emprendedor con la total falta de escrúpulos de Simja Meir le facilitará trepar socialmente, aprovechar la debilidad de sus coetáneos (especialmente, como decía antes, la de ciertos nobles alemanes que sólo querían vivir a todo tren aun cuando están arruinados), endeudándolos a su favor hasta comprar sus fábricas a precio de ganga. A Simja Meir no lo quiere nadie en Lodz, pero todos lo respetan e incluso temen. Yánke Bunem, por el contrario triunfa en el ámbito amoroso, aunque el plano económico y social parece tenerle sin cuidado. Llegará el hermano mayor, pues, a ser el hombre más rico de toda la ciudad, concitando más odio que admiración y provocando en la población cristiana el mito del judío usurero que con viles artimañas consigue enriquecerse a costa de los demás.
Pero en aquellos convulsos tiempos la riqueza y la fama vale de poco cuando llega la revolución comunista. A partir de entonces, Simja Meir, que ha abandonado su nombre judío para hacerse llamar Max, así como su atuendo judío para usar uno occidental, pasará por todo tipo de infortunios provocados por los comunistas, para los que es un capitalista explotador; para los judíos, para los que es un asimilado traidor; para los cristianos, para los que es un judío usurero. Acabará encarcelado en una lóbrega cárcel soviética en San Petersburgo (pues había abandonado la polaca Lodz para buscar más riquezas en la entonces renombrada Petrogrado). Sólo su hermano Yanke Bunem, ahora renombrado como Yakub, lo sacará de presidio y tratará de llevárselo de nuevo a Lodz. En el interminable viaje de retorno, una vez superado el peligro comunista, caerán en el nacionalista, pues Polonia, recién recuperada su identidad nacional tras tantos años de ocupación rusa, vivirá un nacionalismo exaltado que busca enemigos, no sólo los rusos, sino también los judíos. (Aquí Singer recuerda con voz narrativa que pogromos se dieron bajo todos los sistemas económicos y todas las nacionalidades, pues los judíos siempre fueron chivos expiatorios en aquella época). En la frontera polaca, exaltados guardias ultranacionalistas acabarán matando a Yakub, que se resiste a las humillaciones públicas a las que someten a los judíos y que Max, de mala gana, tolera.
A pesar de que a Max (Simja Meir) Ashkenazi le confiscaron sus bienes los comunistas, su talante emprendedor le hace volver a levantar un emporio empresarial en pocos años. Pero la gran enemiga de todos, aquélla que juzga por igual a ricos y pobres, grandes y pequeños acaba haciendo aparición. La muerte se lo llevará cuando había vuelto a reiniciar su vida.
Lo anterior es un resumen muy simplón de Los hermanos Ashkenazi, pero, como decía antes, eso es lo de menos. Lo más importante es la genial capacidad de Israel Yehoshua Singer para pergeñar unos personajes redondos, verosímiles, que casi respiran como el lector que lee sus aventuras y desventuras. Eso y la inclusión de esos personajes en una época de cambios radicales, narrando así una época que todavía marca nuestras vidas.
Es una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos. Una de esas novelas que cuesta dejar de leer y que cuando se termina se tiene una sensación agridulce: la de haber leído una obra maestra y la de no estar haciéndolo ya.
Por último, tengo que rendir un pequeño tributo a los traductores de esta novela, el matrimonio formado por Rhoda Henelde y Jacob Abecasís. Creo haber comentado con anterioridad en este modesto blog, que he leído novelas de los Singer con traducciones antiguas, pésimas porque son traducciones de traducciones, normalmente del inglés, no directamente del yidis; además, esas traducciones antiguas ignoraban por completo los aspectos culturales de los judíos askenazíes, cometiendo errores de bulto que incluso para alguien no judío pero con un nivel cultural alto eran evidentes. Para subsanar aquellas malas traducciones, excelentes profesionales como Henelde y Abecasís traducen directamente del yidis (según parece, lengua materna de Rhoda) al español; y su conocimiento de la cultura judía a la que ambos pertenecen (aparentemente, a la askenazí ella y a la sefardita él) les evita cometer esos errores tan burdos que antes mencionaba. Es un lujo tener tan excelentes traductores como Rhoda Henelde y Jacob Abecasís, que nos permiten disfrutar a los hispanohablantes del lujo de estos grandes escritores.

















