domingo, 7 de junio de 2026

"Historia de Tönle", de Mario Rigoni Stern.

  Segunda novela que leo de Rigoni Stern, un autor con una producción intermedia en cuanto a cantidad, pero cuyas obras más conocidas se pueden contar con los dedos de una mano. Y releyendo la entrada que publiqué hace ya cuatro años largos coincido en las conclusiones principales: la sutil condición antibélica de la novela de Rigoni, que no llega en ningún momento a afirmar abiertamente la maldad de la guerra, pero que muestra al lector inteligente cómo la guerra destruye todo lo bueno del ser humano, sea individual o colectivo. Otro tema repetido en Rigoni es la labilidad de la identidad colectiva o nacional, como suele ocurrir en personas que viven en zonas fronterizas, regiones que se han visto históricamente influenciadas por dos o más nacionalidades. Mario Rigoni nació en Asiago, Vicenza, donde viviría prácticamente toda su vida, y precisamente esa región, el Véneto, fue fronteriza entre Italia y Austria durante el principio del siglo pasado. Como es frecuente en las regiones colindantes entre dos Estados, se hablan las dos lenguas nacionales, además de un dialecto propio.
 Historia de Tönle es la narración de la vida, casi completa de Tönle Bintarn, un campesino analfabeto del Trentino (hoy incluido en la región italiana Trentino-Alto Adigio, pero que antes de la Primera Guerra Mundial formaba parte de Austria) desde su juventud hasta su muerte. el tal Tönle, nacido en un hermoso paisaje montañoso pero pobre, ha de ganarse el pan con el contrabando de distintos bienes de uno al otro lado de la frontera. En uno de esos viajes es sorprendido por la pareja de carabinieri. Tönle consigue escapar pero hiriendo con su cayado a uno de los uniformados; como consecuencia, tiene que huir a la montaña, esa montaña que conoce tan bien. Será juzgado en ausencia y condenado a cuatro años de reclusión por contrabando y atentado a la autoridad. Así que Bintarn no puede volver a su casa y acompañará a un vendedor ambulante de grabados por media Europa. 
 La mayor parte de la novela está ambientada temporalmente en la Primera Guerra Mundial, que tan intensa fue en el Trentino. Tönle, por supuesto, no tiene nada que ver con los altos intereses geopolíticos de las dos potencias litigantes. Él es un simple campesino que quiere cuidar de sus ovejas y su familia, no le interesa ni el italiano ni el alemán, pues, aun hablando las dos lenguas, el se expresa en su propio dialecto. Pero sobre todo es el cambio de las fronteras lo que él no entiende, pues él las traspasa normalmente y es consciente de que la naturaleza no tiene fronteras, él que está inmerso en el mundo natural. Para glosar esto copiaré un fragmento que lo aclara perfectamente: Además, de qué valían esas fronteras que había para ellos si los aeroplanos las podían cruzar sin más? Y si en el aire no había fronteras, ¿por qué tenía que haberlas en la tierra? En ese "ellos" incluía a todos los que consideraban las fronteras como algo concreto y sagrado. Pero para él y los que eran como él, no tan pocos como podría suponerse, sino la mayoría de los hombres, las fronteras no habían existido nunca sino como guardias a los que había que pagar o gendarmes que esquivar. En una palabra, si el aire era libre y también lo era el agua, también debía ser libre la tierra.
 En cualquier caso, Tönle acabará siendo detenido por tropas austriacas (lo podía haber sido igualmente por los italianos), a los que no gusta que un simple paisano analfabeto hable perfectamente alemán e italiano además de su propio dialecto. Todo muy sospechoso, probablemente sea un espía. Así, Bintarn pasará años en una y otra prisión hasta que sea finalmente liberado, siendo ya un anciano al que no le falta más que morir. Pero antes podrá volver a su pueblo, que ha sido arrasado por las bombas.
  Es, pues, un relato antibelicista, no de forma evidente, pero el lector sensible y sensato percibe la sinrazón de la guerra, que todo lo destruye.
 Desde el punto de vista formal, la prosa de Rigoni no tiene nada de artificiosa o enrevesada, todo lo contrario, es una prosa sencilla, directa, casi periodística, que facilita la transmisión de ese mensaje pacifista tan evidente por el contraste entre el sereno mundo de la naturaleza y el agitado mundo de los hombres.

Inciso musical: decimoséptimo concierto de abono de la temporada 26--27 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Dvorák y Haydn.

  Penúltimo concierto de la temporada. La OSCyL estuvo ayer dirigida por Thierry Fischer, director titular de nuestra amada orquesta. El concierto de anoche fue un mano a mano entre dos gigantes de la música culta, un barroco y un romántico: Joseph Haydn y Antonín Dvorák. 
 Si existiera la amable persona que siguiera con interés este humilde blog, sabrá que comento el afán, comprensible por otro lado, de los programadores de conciertos para que éstos sean contrastantes. Se espera así, supongo, adular los más variados gustos del público, además de ofrecer un rango lo más amplio posible dentro de la ya inabarcable amplitud de la música culta. Muy loable objetivo, que alcanzan con frecuencia. Pero el concierto de anoche llevó esto del contraste a cotas nunca antes conocidas, ya que, en la segunda parte, se llegó a intercalar Danzas eslavas de Dvorák con los movimientos de la Sinfonía nº 8  de Haydn. Sí, sí, así como lo leen: se tocaron esas danzas y los movimientos de la sinfonía como si fuera una obra única, sin apenas descanso y sin permitir, claro, aplausos. ¿El resultado? Ahora lo desarrollo, pero para quien esto escribe, tras la sorpresa inicial, fue francamente positivo, sorprendente pero positivo.
 Pero antes de eso, en la primera mitad, la OSCyL "calentó motores" con La paloma del bosque, op. 110 del compositor posromántico nacido en Praga. Es esta composición un poema orquestal muy cercano, en su concepción, a un poema sinfónico, en cuanto que está inspirado por una obra literaria a la que trata de emular, cambiando las palabras por notas musicales. Concretamente, se basa en el poema homónimo del poeta checo Karel Jaromír Erben, dramático hasta la saciedad, pues describe la historia de una mujer que envenenó a su marido para poder disfrutar con el amante, pero una paloma se posará en la tumba del marido asesinado cantando una triste canción. La asesina desarrollará un profundo sentimiento de culpa y acabará suicidándose. En fin... La composición de Dvorák capta ese dramatismo con frases musicales llevadas por la cuerda que anticipan el terrible fin y castigo que tendrá la homicida. La OSCyL, una vez más, de sobresaliente.
 A continuación, la orquesta da un salto hacia atrás en el tiempo de más de ciento treinta años para interpretar el Concierto para violonchelo nº 1 en do mayor de Joseph Haydn, con la participación estelar del violonchelista madrileño, Pablo Ferrández. Y aquí, ya, el contraste se hizo notar de forma extrema: De la voluptuosidad arrebatada (aunque trágica) de la obra de Dvorák, a la belleza inalterable de Haydn. Dicho de otro modo, de la vehemencia posromántica al equilibrio melódico del Barroco. Porque la genialidad de Joseph Haydn, padre de la sinfonía, con más de cien espléndidas sinfonías en su haber, muestra una belleza en la que la tragedia no tiene lugar. Uno se reconcilia con la vida al escuchar las composiciones de Haydn. En su desarrollo no hay altisonancias o efectos contrastantes. Es como si te dijeran que no habrá más problemas en la vida, o, al menos, que esos problemas se podrán sobrellevar sin dificultad. Por otro lado, como es habitual en el compositor vienés, se exige gran maestría del solista, algo para lo que el talentosísimo Pablo Ferrández cumple sobradamente. El Concierto para violonchelo nº 1 está estructurado en tres movimientos, Moderato, Adagio y Finale, y en los dos primeros, las cadencias (los acordes últimos de cada movimiento) no son originales de Haydn, sino de compositores anónimos, lo cual permite la digresión musical de virtuosos como Ferrández. Después, como bis, Pablo Ferrández nos regaló una de las obras más frecuentemente interpretadas como solo por los chelistas: el archiconocido Preludio de la Suite nº 1 de Bach. El público del auditorio, naturalmente, se deshizo en aplausos.
 Y, como anticipaba, después del descanso llegó el ejemplo máximo de la programación contrastante: la alternancia entre Danzas eslavas de Dvorák  la Sinfonía nº 8 de Haydn. Y, como también adelantaba, al menos para mí, tras la sorpresa inicial llega la aprobación. Sin embargo, sí he podido leer y escuchar en compañeros y conocidos del público el rechazo a este "invento", decía uno, "experimento", decía otro. Y, hasta cierto punto, no les falta razón, pues es indudable que es muy infrecuente "trocear" una obra como la sinfonía de Haydn en sus movimientos y alternarlos con otras obras, encima tan dispares como las posrománticas Danzas eslavas de Dvorák. Es una osadía, no cabe duda. Pero también es cierto que si los distintos compositores no se hubieran atrevido a romper las formas dominantes en cada periodo, no se hubiera desarrollado ni un solo estilo musical. Poniendo un ejemplo irrebatible: Beethoven fue un rompedor temible en su época, si no hubiera sido por su sordera y su carácter huraño e indiferente a los halagos de crítica y público (además de su genialidad, obviamente) no hubiera evolucionado hasta encontrar un estilo musical único y excelso, no hubiera compuesto, por ejemplo, su Novena sinfonía (que, por cierto, se interpretará en el último concierto de abono de esta temporada). Así que, a todos esos puristas indignados, habrá que recordar que en la experimentación está el avance, el progreso, por mucho que nos cueste aceptarlo de primeras. 
 Bien, volviendo al concierto de ayer, el contraste extremo entre Dvorák y Haydn también afectaba a la orquesta, claro, que tenía dos configuraciones a la vez, digamos, ya que para las Danzas eslavas se trataba de una orquesta sinfónica al completo, con más de setenta músicos, gran desarrollo de la percusión y el viento-metal, mientras que lara la Sinfonía nº 8 se reducía a la orquesta barroco, de poco más de treinta músicos, principalmente de cuerda. En fin, tal vez un experimento, sí, pero, por lo que a mí respecta, bienvenido, ya que nos abre un camino a la reflexión sobre la enorme variedad de estilos dentro de la música culta, función formativa de esta música, pues, que no sólo es para gozar de su sublime calidad.
 Y así terminó el penúltimo concierto de la temporada 25-26, entre sorpresas y sentimientos de aprobación o de repulsa, por tanto favoreciendo que cada uno desarrolle su criterio, algo que, desgraciadamente, escasea en nuestra sociedad.