Esta brevísima novela de Sciascia (casi un relato, 78 páginas de letra bastante grande) es el paradigma de la concisión, de la brevedad máxima manteniendo una calidad altísima. El título es, en realidad, lo opuesto a la historia, pues es una historia compleja y enrevesada, no tanto por la inclusión de otros personajes, sino porque abarca a casi toda la sociedad siciliana.
Siempre digo que no me gusta la novela policíaca, pero con autores de la categoría de Sciascia, cualquier subgénero narrativo gusta. Sciascia es capaz de simplificar en esas setenta y tantas páginas una pequeña historia que retrata la sociedad de su momento. Sí, la famosa mafia es la protagonista, pero el autor no la menciona en ningún momento. No hace falta, la genialidad del siciliano pone en la cabeza del lector conceptos que no llega a nombrar. Por otro lado, la cortedad extrema del relato permite al escritor hacer todo tipo de piruetas argumentales para dejar al lector (que debe leer el relato de un tirón, por supuesto) sorprendido y entusiasmado de su talento narrativo.
El argumento es, en su planteamiento inicial, sencillo, pero luego se complica y acaba implicar a todos los personajes descritos. Análogamente, las actividades mafiosas (uno de los temas principales en las novelas de Sciascia) comienzan con un asesinato aislado, pero finalmente acaban involucrando a toda la sociedad siciliana.
En una localidad rural de Sicilia, Monterosso, se recibe una llamada en la comisaría sobre un famoso cuadro encontrado en una finca semiabandonada. Al día siguiente, el sargento investiga y se encuentra con el propietario, un ex-diplomático, muerto, sentado a un escritorio, con un disparo en la cabeza y la pistola en el suelo. Todo apunta a un suicidio, salvo por la llamada telefónica del día anterior y un extraño apunte en una hoja de papel que dice "he descubierto". El inspector se había tomado el día anterior, el de la llamada, libre por ser fiesta en el pueblo, y a su regreso opta por la versión del suicidio como principal. Pero al sargento no le cuadran las cosas. Además, un testigo ha visto comportamientos extraños en la estación de tren cercana, como alguien enrollando una alfombra o un cuadro de grandes dimensiones sin su marco; en esa estación, el jefe y el guardavías aparecerán asesinados. La distancia personal y profesional entre el inspector y el sargento no puede ser mayor. En un momento dado, el superior intenta asesinar al subordinado, pero éste, prevenido ya, acaba disparando y matando a aquél. Tras el esclarecimiento del caso, el lector comprende que fue el inspector quien asesinó al ex-diplomático, que se inmiscuyó en la venta fraudulenta de ese famoso cuadro. Los asesinatos de los empleados del ferrocarril fueron el ajuste de cuentas con compinches que cambiaron de opinión. Además, había más gente involucrada.
En fin, una historia en absoluto sencilla, debido a la cantidad de gente que está en el ajo, unos directa y otros indirectamente, unos actuando y otros mirando para otro lado.
Leonardo Sciascia fue un maestro retratando su propia sociedad, y esta pequeña novela es, como diría un italiano, un piccolo capolavoro, una pequeña obra maestra, no tanto por el argumento sino por el dominio de la lengua para mostrar todo sin enseñar nada.




