jueves, 5 de febrero de 2026

"Una historia sencilla", de Leonardo Sciascia.

  Esta brevísima novela de Sciascia (casi un relato, 78 páginas de letra bastante grande) es el paradigma de la concisión, de la brevedad máxima manteniendo una calidad altísima. El título es, en realidad, lo opuesto a la historia, pues es una historia compleja y enrevesada, no tanto por la inclusión de otros personajes, sino porque abarca a casi toda la sociedad siciliana.
 Siempre digo que no me gusta la novela policíaca, pero con autores de la categoría de Sciascia, cualquier subgénero narrativo gusta. Sciascia es capaz de simplificar en esas setenta y tantas páginas una pequeña historia que retrata la sociedad de su momento. Sí, la famosa mafia es la protagonista, pero el autor no la menciona en ningún momento. No hace falta, la genialidad del siciliano pone en la cabeza del lector conceptos que no llega a nombrar. Por otro lado, la cortedad extrema del relato permite al escritor hacer todo tipo de piruetas argumentales para dejar al lector (que debe leer el relato de un tirón, por supuesto) sorprendido y entusiasmado de su talento narrativo.
 El argumento es, en su planteamiento inicial, sencillo, pero luego se complica y acaba implicar a todos los personajes descritos. Análogamente, las actividades mafiosas (uno de los temas principales en las novelas de Sciascia) comienzan con un asesinato aislado, pero finalmente acaban involucrando a toda la sociedad siciliana. 
 En una localidad rural de Sicilia, Monterosso, se recibe una llamada en la comisaría sobre un famoso cuadro encontrado en una finca semiabandonada. Al día siguiente, el sargento investiga y se encuentra con el propietario, un ex-diplomático, muerto, sentado a un escritorio, con un disparo en la cabeza y la pistola en el suelo. Todo apunta a un suicidio, salvo por la llamada telefónica del día anterior y un extraño apunte en una hoja de papel que dice "he descubierto". El inspector se había tomado el día anterior, el de la llamada, libre por ser fiesta en el pueblo, y a su regreso opta por la versión del suicidio como principal. Pero al sargento no le cuadran las cosas. Además, un testigo ha visto comportamientos extraños en la estación de tren cercana, como alguien enrollando una alfombra o un cuadro de grandes dimensiones sin su marco; en esa estación, el jefe y el guardavías aparecerán asesinados. La distancia personal y profesional entre el inspector y el sargento no puede ser mayor. En un momento dado, el superior intenta asesinar al subordinado, pero éste, prevenido ya, acaba disparando y matando a aquél. Tras el esclarecimiento del caso, el lector comprende que fue el inspector quien asesinó al ex-diplomático, que se inmiscuyó en la venta fraudulenta de ese famoso cuadro. Los asesinatos de los empleados del ferrocarril fueron el ajuste de cuentas con compinches que cambiaron de opinión. Además, había más gente involucrada. 
 En fin, una historia en absoluto sencilla, debido a la cantidad de gente que está en el ajo, unos directa y otros indirectamente, unos actuando y otros mirando para otro lado. 
 Leonardo Sciascia  fue un maestro retratando su propia sociedad, y esta pequeña novela es, como diría un italiano, un piccolo capolavoro, una pequeña obra maestra, no tanto por el argumento sino por el dominio de la lengua para mostrar todo sin enseñar nada.

En estos días de lluvia, una reflexión sobre el amor y la lluvia de Julio Cortázar, en "Rayuela".

 

Julio Cortázar. Imagen tomada del sitio www.redbibliotecasmunicipalesgetafe.wordpress.com

 Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.

                               Julio Cortázar. Rayuela

"Todos marcharon a la guerra", de David Vogel.

  Muy de cuando en cuando se dan generaciones de escritores que alcanzan la excelencia y pertenecen todos a un mismo país y una misma época. Es el caso de mis muy admirados Stefan Zweig, Joseph Roth, Alexander Lernet-Holenia, Leo Perutz, Joseph von Horváth, Franz Werfel y demás; todos esos eran austrohúngaros y de finales del XIX y principios del XX. Otro ejemplo sería la literatura victoriana, todos anglosajones y de la misma época que los anteriores. Son las llamadas "generaciones literarias", verdaderas joyas en las que confluyen escritores, como las generaciones del 98 o del 27 en España. Bueno, pues David Vogel pertenecía, hasta cierto punto al grupo del que he desgranado unos pocos nombres. Como ellos, Vogel nació a finales del XIX, concretamente en 1891; como ellos vivió en Viena buena parte de su vida; como muchos de ellos era judío... Y, por supuesto, era escritor. Diferencias hay, claro. Por ejemplo, Vogel escribió en hebreo y en yidis, a diferencia de los otros que siempre escribieron en alemán; además, Vogel era judío practicante, se supone que reformado, mientras que aquellos del grupo que lo eran (Zweig, Roth, Werfel o Perutz) lo eran sólo nominalmente, nunca habían practicado, al menos en su vida adulta.
 David Vogel, por otro lado, sufrió la suerte más brutal de los judíos (practicantes o no) que es la de ser repudiado por todos en la Europa de la primera mitad del siglo XX, hasta acabar siendo asesinado en un campo de exterminio nazi, el de Auschwitz. Previo a ello, como decía antes, Vogel sufrió el antisemitismo de otros, no nazis ni alemanes, sino franceses, que lo recluyeron en un campo de internamiento en los prolegómenos de la guerra. De esos años trata esta novela. Todos marcharon a la guerra es un libro publicado póstumamente, escrito en yidis, en el que relata la prisión en dos campos franceses.
 Todos marcharon a la guerra no es un diario, tiene una calidad literaria muy superior, narra en primera persona, pero urdiendo el relato de forma continuada, sin el prosaísmo habitual de los diarios. Parece ser que el relato es totalmente veraz, a excepción del nombre y profesión del protagonista, que cambia del Vogel escritor al pintor Rudolf Weichert, lo demás está comprobado como cierto. Y lo que narra, como antes adelantaba, es la prisión que soportó Vogel por el hecho de ser de origen austriaco (aunque llevaba años residiendo en Francia). Inicialmente, como digo, fue por ser nacional de un país enemigo (Austria había sido anexionada por Alemania, y ésta había declarado la guerra a Francia), aunque queda claro en la novela que el maltrato infligido, tanto por quienes habían decidido encarcelarlos (supuestamente, grandes hombres de Estado franceses) como por los carceleros que los vejaban a diario (pequeños ciudadanos de a pie, convertidos coyunturalmente en militares de baja graduación), era maltrato por ser judíos. Así, los hebreos son aislados del resto de los ciudadanos extranjeros y sus condiciones de supervivencia son mucho más duras que las de aquéllos. El maltrato va desde el hacinamiento en edificios abandonados llenos de piojos y pulgas, a los trabajos físicos extenuantes y una pésima alimentación. Todo ello llevaba a la consunción física de los internos y a la desesperanza y depresión psicológica, de presos que no habían cometido delito alguno, salvo el hecho involuntario de haber nacido en uno u otro lugar, o de pertenecer a un grupo étnico usado como chivo expiatorio a lo largo de los siglos. 
 Esos campos de internamiento en Francia, pues, no eran tan terribles como los campos de exterminio nazis, en los que se mataba de forma deliberada a cientos o miles cada día, pero no estuvieron exentos de la brutalidad y el salvajismo de aquella época. Son verdaderos motivos que tenemos para avergonzarnos de nuestro pasado reciente, pero, claro, es mucho más cómodo buscar otro chivo expiatorio y cargar las tintas contra él. En el caso de la Europa de la primera mitad del siglo XX, ese chivo expiatorio es, claro, el nacionalsocialismo. Como si no se hubieran producido desmanes y barbaridades en todas partes. 
 Bien, volviendo al grupo de escritores austrohúngaros al que hacía referencia al principio, otra diferencia notable de este tipo con ellos es la belicosidad contra un cierto europeísmo defendido por aquellos. Me explico: es muy evidente en Zweig, también en Roth, en Perutz, en Werfel, algo menos en Lernet-Holenia, muy poco en von Horváth una añoranza por una Europa en paz, una Europa civilizada y respetuosa, quizás semejante a lo que ellos vivieron en esa Austria-Hungría tan diversa. Stefan Zweig, especialmente y de forma explícita, era un europeísta convencido, verdadero creyente en un crisol de culturas que, si se mantenía en paz y respeto, era la más floreciente sociedad humana jamás creada. Desgraciadamente, la paz y el respeto, como ya sabemos, nunca se mantuvo y esa alta civilización saltó por los aires en numerosas ocasiones. Esta creencia de que Europa podía ser un referente de estabilidad social y alta cultura no se aprecia por ningún sitio en David Vogel. Al contrario, hay una denuncia de esa Europa, siempre emponzoñada con el antisemitismo, preñada de mezquindades y envidias, dispuesta siempre a pelearse con el vecino a la más mínima. Es evidente que esas dos Europas existen, labor nuestra (de los europeos inteligentes y cultivados) es que la primera prevalezca sobre la segunda.
 Diré, por último, que Todos marcharon a la guerra me ha recordado en numerosos momentos a la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, especialmente en la descripción pormenorizada y minuciosa de las barbaridades cometidas contra un grupo humano esclavizado. Eso sí, Primo Levi nunca se alistó en grupo social alguno (tampoco el de judío), sino que intentó que su espantosa experiencia personal, la de la prisión en el campo de exterminio, fuera una suerte de vacuna frente a los extremismos y sesgos (políticos, nacionales, étnicos, sociales...). Cuando Levi habla de antisemitismo lo hace para denunciar cualquier discriminación hacia una minoría por parte de la mayoría social, no particulariza en los judíos como víctimas. En Vogel sí se aprecia una suerte de corporativismo social en el ámbito hebreo, algo humanamente comprensible, pero que explica la mayor sensibilidad social e inteligencia de ese gran intelectual turinés que fue Primo Levi.