Muy de cuando en cuando se dan generaciones de escritores que alcanzan la excelencia y pertenecen todos a un mismo país y una misma época. Es el caso de mis muy admirados Stefan Zweig, Joseph Roth, Alexander Lernet-Holenia, Leo Perutz, Joseph von Horváth, Franz Werfel y demás; todos esos eran austrohúngaros y de finales del XIX y principios del XX. Otro ejemplo sería la literatura victoriana, todos anglosajones y de la misma época que los anteriores. Son las llamadas "generaciones literarias", verdaderas joyas en las que confluyen escritores, como las generaciones del 98 o del 27 en España. Bueno, pues David Vogel pertenecía, hasta cierto punto al grupo del que he desgranado unos pocos nombres. Como ellos, Vogel nació a finales del XIX, concretamente en 1891; como ellos vivió en Viena buena parte de su vida; como muchos de ellos era judío... Y, por supuesto, era escritor. Diferencias hay, claro. Por ejemplo, Vogel escribió en hebreo y en yidis, a diferencia de los otros que siempre escribieron en alemán; además, Vogel era judío practicante, se supone que reformado, mientras que aquellos del grupo que lo eran (Zweig, Roth, Werfel o Perutz) lo eran sólo nominalmente, nunca habían practicado, al menos en su vida adulta.
David Vogel, por otro lado, sufrió la suerte más brutal de los judíos (practicantes o no) que es la de ser repudiado por todos en la Europa de la primera mitad del siglo XX, hasta acabar siendo asesinado en un campo de exterminio nazi, el de Auschwitz. Previo a ello, como decía antes, Vogel sufrió el antisemitismo de otros, no nazis ni alemanes, sino franceses, que lo recluyeron en un campo de internamiento en los prolegómenos de la guerra. De esos años trata esta novela. Todos marcharon a la guerra es un libro publicado póstumamente, escrito en yidis, en el que relata la prisión en dos campos franceses.
Todos marcharon a la guerra no es un diario, tiene una calidad literaria muy superior, narra en primera persona, pero urdiendo el relato de forma continuada, sin el prosaísmo habitual de los diarios. Parece ser que el relato es totalmente veraz, a excepción del nombre y profesión del protagonista, que cambia del Vogel escritor al pintor Rudolf Weichert, lo demás está comprobado como cierto. Y lo que narra, como antes adelantaba, es la prisión que soportó Vogel por el hecho de ser de origen austriaco (aunque llevaba años residiendo en Francia). Inicialmente, como digo, fue por ser nacional de un país enemigo (Austria había sido anexionada por Alemania, y ésta había declarado la guerra a Francia), aunque queda claro en la novela que el maltrato infligido, tanto por quienes habían decidido encarcelarlos (supuestamente, grandes hombres de Estado franceses) como por los carceleros que los vejaban a diario (pequeños ciudadanos de a pie, convertidos coyunturalmente en militares de baja graduación), era maltrato por ser judíos. Así, los hebreos son aislados del resto de los ciudadanos extranjeros y sus condiciones de supervivencia son mucho más duras que las de aquéllos. El maltrato va desde el hacinamiento en edificios abandonados llenos de piojos y pulgas, a los trabajos físicos extenuantes y una pésima alimentación. Todo ello llevaba a la consunción física de los internos y a la desesperanza y depresión psicológica, de presos que no habían cometido delito alguno, salvo el hecho involuntario de haber nacido en uno u otro lugar, o de pertenecer a un grupo étnico usado como chivo expiatorio a lo largo de los siglos.
Esos campos de internamiento en Francia, pues, no eran tan terribles como los campos de exterminio nazis, en los que se mataba de forma deliberada a cientos o miles cada día, pero no estuvieron exentos de la brutalidad y el salvajismo de aquella época. Son verdaderos motivos que tenemos para avergonzarnos de nuestro pasado reciente, pero, claro, es mucho más cómodo buscar otro chivo expiatorio y cargar las tintas contra él. En el caso de la Europa de la primera mitad del siglo XX, ese chivo expiatorio es, claro, el nacionalsocialismo. Como si no se hubieran producido desmanes y barbaridades en todas partes.
Bien, volviendo al grupo de escritores austrohúngaros al que hacía referencia al principio, otra diferencia notable de este tipo con ellos es la belicosidad contra un cierto europeísmo defendido por aquellos. Me explico: es muy evidente en Zweig, también en Roth, en Perutz, en Werfel, algo menos en Lernet-Holenia, muy poco en von Horváth una añoranza por una Europa en paz, una Europa civilizada y respetuosa, quizás semejante a lo que ellos vivieron en esa Austria-Hungría tan diversa. Stefan Zweig, especialmente y de forma explícita, era un europeísta convencido, verdadero creyente en un crisol de culturas que, si se mantenía en paz y respeto, era la más floreciente sociedad humana jamás creada. Desgraciadamente, la paz y el respeto, como ya sabemos, nunca se mantuvo y esa alta civilización saltó por los aires en numerosas ocasiones. Esta creencia de que Europa podía ser un referente de estabilidad social y alta cultura no se aprecia por ningún sitio en David Vogel. Al contrario, hay una denuncia de esa Europa, siempre emponzoñada con el antisemitismo, preñada de mezquindades y envidias, dispuesta siempre a pelearse con el vecino a la más mínima. Es evidente que esas dos Europas existen, labor nuestra (de los europeos inteligentes y cultivados) es que la primera prevalezca sobre la segunda.
Diré, por último, que Todos marcharon a la guerra me ha recordado en numerosos momentos a la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, especialmente en la descripción pormenorizada y minuciosa de las barbaridades cometidas contra un grupo humano esclavizado. Eso sí, Primo Levi nunca se alistó en grupo social alguno (tampoco el de judío), sino que intentó que su espantosa experiencia personal, la de la prisión en el campo de exterminio, fuera una suerte de vacuna frente a los extremismos y sesgos (políticos, nacionales, étnicos, sociales...). Cuando Levi habla de antisemitismo lo hace para denunciar cualquier discriminación hacia una minoría por parte de la mayoría social, no particulariza en los judíos como víctimas. En Vogel sí se aprecia una suerte de corporativismo social en el ámbito hebreo, algo humanamente comprensible, pero que explica la mayor sensibilidad social e inteligencia de ese gran intelectual turinés que fue Primo Levi.


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