Ya leí y reseñé algo de Emilio Carrere, un autor que me es especialmente simpático, aunque reconozco que, como literato, es una medianía. Lo que ocurre es que un servidor es, tal vez, demasiado anglófilo en lo literario, dedicando a la literatura en inglés, a uno y otro lado del Atlántico, la mayor parte de sus lecturas. Aquí debo aclarar que, como en todas las literaturas nacionales, en Reino Unido y en Estados Unidos se publica y se publicó mucha basura, pero la mayor parte de lo que se ha dado en llamar, sobre todo en la "pérfida Albión", "literatura victoriana" alcanza unas cotas de calidad excelsa que pocas veces se ha conseguido. Los lectores de este humilde blog sabrán que quien esto escribe adora a autores como Anthony Trollope, Wilkie Collins, Thomas Hardy, Henry James, Thackeray, Dickens, Jane Austen y demás. Pero, claro, uno nació en la "piel de toro" y no quiere ser desagradecido con este país que tanto despreció la inteligencia y la cultura; es por ello que, al menos de cuando en cuando, buceo en autores españoles (nunca actuales, desde luego) en busca de ese enganche emocional que tanto he ansiado tener.
De Emilio Carrere ya comenté que lo considero más un periodista que narrador, más prono a hacer crónicas sociales, muy agudas por cierto, que a pergeñar historias de ficción. Con todo, también hizo sus pinitos en estas lides y no está de más reconocerlo. La Editorial Valdemar publica este pequeño volumen de "relatos espiritistas", y es que parece que el autor madrileño era muy aficionado a esa, a esa, a esa... no sé si llamarla "creencia" o "engaño", según la cual se puede contactar con los espíritus a través de ciertas personas llamadas médiums. Queda fuera de toda duda que no yo creo en tales supercherías, pero, habiendo leído antes a Carrere, sé que este autor lo enfocará con un humor irónico y sarcástico que hará soportable esas actividades.
Comienza el volumen con Una rara anécdota escalofriante que es precisamente eso: una serie de anécdotas de personajes famosos, entre los que está, por ejemplo, la reina María Antonieta, que, gracias a un médium, consigue ver cuál será su futuro: el de morir decapitada. A este relato le falta una estructura clara, algo que, mucho me temo, afecta a todos los relatos del autor, y vuelve a uno y otro personaje, sin que haya un hilo conductor claro. Por otro lado, el relato es muy metaliterario, citando y comentando a autores como Galdós, Edgar Allan Poe o el cronista Pedro de Répide.
El destino payaso ya es otra cosa, esto sí es un relato que nace como tal. Y es una pena, porque a medida que se va leyendo va uno viendo la gran capacidad que tiene Carrere para el humor irónico y sarcástico que antes nombraba, así como el uso de germanías y jergas, sobre todo propias de Madrid, pero no acaba de rematar bien el cuento; por otra parte, el texto tiene dos partes diferenciadas, que da la impresión de que han sido escritas en distintos periodos y artificialmente pegadas a la fuerza, perdiendo la estructura de la narración. El argumento es un triángulo amoroso entre un bibliotecario rutinario y cuarentón que se enamora de una joven, y un joven y apuesto teniente. Es en la segunda parte cuando aparece la temática espiritista, cuando el protagonista, ya cincuentón, acude a sesiones en las que se convoca a los espíritus. Uno de ellos le asegura que su destino es matar a alguien, y el pobre bibliotecario, pacífico a más no poder, cree que no puede eludir su sino y comienza a buscar una víctima propiciatoria. Como se puede ver, el argumento es bueno, divertido y original, además, como antes decía, Carrere tiene gracejo para escribir con sorna, pero el relato se echa a perder por esas dos partes mal conciliadas y por la falta de remate final.
La narración que da nombre a la compilación, Los muertos huelen mal, relata a un banquero, Blas Garduño, que tras morir su espíritu sale del cementerio. Su viuda y su socio empresarial se casan, pero, de primeras, Garduño decide, puesto que está muerto, vivir la vida (este es un ejemplo del humor de Carrere), y pasa año y medio en Madrid de cabaré en cabaré y de casa de lenocinio en casa de lenocinio. Pero todo cansa, y vuelve a su casa para hablar con su viuda, que ahora es médium, y su ex-socio, esperando chantajearlos. Sin embargo, ellos, aprovechando que ya no tiene lugar en el mundo de los vivos, lo acaban de rematar y abandonar en un muladar.
Gil Balduquín y su ángel es uno de los mejores relatos del tomo. Un gris y anodino funcionario, el tal Gil Balduquín, harto de tantos decenios de rutina improductiva decide suicidarse. Lo hará tirándose a un estanque con un gran legajo de los que usan en su oficina al cuello. Sin embargo, su ángel de la guarda lo salva, al menos en forma espiritual, pero tendrá que ser un espíritu con el legajo al cuello y el estómago lleno de agua. El ángel le presentará a otros espíritus, entre ellos el de un fraile, una prostituta y un burgués; de ellos sólo el de la meretriz será tratado con cariño, a los otros se les trata de hipócritas y fariseos. Al final, el ángel se enamorará de una vicetiple y perderá su puesto para vivir con ella.
Por último, se incluye un apéndice con cuatro textos y artículos espiritistas, que son eso, meros artículos en los que se defiende esas prácticas ocultistas. Así es como parece que el autor se encuentra más cómodo.
En fin, releyendo las recensiones que hice hace ya muchos años sobre este mismo autor, sigo pensando lo mismo: es un escritor más de artículos periodísticos que de obra de ficción; tiene una gran capacidad para crear situaciones cómicas en la vida cotidiana, con un humor negro característico. Sin embargo, varios de sus textos no están bien aprovechados, con finales poco interesantes cuando otros más rotundos se intuyen, y estructuras un tanto deslavazadas, como si se hubieran juntado varias partes de forma inconexa.

