lunes, 16 de marzo de 2026

"Enemigos del sistema", de Brian Aldiss.

  Un autor tan longevo y prolífico como Brian Aldiss (92 años de vida, centenares de relatos, más de treinta novelas, además de poemarios y obras de teatro) tuvo que tener por fuerza distintas épocas creativas además de altibajos de calidad. He leído bastante de este tipo; me gusta, pero reconozco que algunos relatos son demasiado enrevesados al intentar darle un sesgo intelectual que acaba siendo pretencioso e intelectualoide. En otros textos, sin embargo, Aldiss opta por una ciencia-ficción clásica, sin ambiciones ilegítimas. Enemigos del sistema es una de este último grupo, al igual que su obra más lograda, la trilogía de Heliconia. Con todo, que no se vaya por las ramas hasta perder el hilo de la narración no quiere decir que no haya alguna consideración sobre la sociedad o la civilización. En ese sentido Brian Aldiss siempre ha gustado de expresar reflexiones a través de personajes o de las situaciones que estos experimentan, para que el lector también medite sobre su propia sociedad. Y, bien pensado, es sencillo, toda vez que el escritor de ciencia-ficción ha de crear una sociedad paralela con semejanzas y diferencias a la actual sociedad humana, lo cual lleva irremediablemente  a comparaciones.
 En Enemigos del sistema se narra un futuro distópico en el que una evolucionada civilización derivada de la humana (ellos se llaman a sí mismos Homo uniformis para diferenciarse del Homo sapiens) que se ha desarrollado a partir del comunismo, con regímenes autoritarios, uniformador y utopista domina buena parte del Universo. Estos individuos dominan la ciencia hasta el punto de que no crían a sus propios hijos sino que son fertilizados in vitro y criados en una suerte de comunas donde son adoctrinados. Su instrucción política, social y económica es tan intensa que son todos copias uniformadas, con un pensamiento único que no dudan en delatarse unos a otros a la mínima diferencia. Son, a pesar de su supuesta brillantez, seres cuadriculados, carentes de imaginación; su individualidad ha sido sustituida por un comportamiento colectivo que facilita la prevalencia del sistema.
 Bien, pues seis turistas de estos Homo uniformis se encuentran en el planeta Lysenka II, un planeta que se encuentra en el periodo devónico (el de los helechos, los trilobites y los grandes peces acorazados) si no fuera por la existencia de extrañas criaturas mitad hombre mitad animal que los utopistas consideran que son formas humanas degeneradas a partir de naves espaciales de cientos de miles de años atrás, naves tripuladas y ocupadas por Homo sapiens a los que ellos llaman "colonos capitalistas". Para los protagonistas de la novela, los sapiens eran formas primitivas de las cuales evolucionaron ellos mismos, con lo cual, si esas criaturas son degeneradas de los sapiens se puede entender el desprecio con el que los tratan: como si fueran animales irracionales, con una mezcla de asco y miedo. Bien, pues una tribu de estas criaturas capturará a seis turistas tras una avería en el autobús que los transportaba. El comprensible terror de los más avanzados cuando son hechos prisioneros por unos individuos en estado paleolítico es sustituido por la sorpresa al descubrir hechos biológicos que consideran anacrónicos (fecundación, gestación y crianza de los hijos de la forma natural), así como que no pretendan matarlos sino más bien entronizarlos a la categoría de dioses. Todo esto hace que los menos adoctrinados de ellos empiecen a replantearse todo lo que creen como dogma indubitable. Finalmente serán rescatados, pero la guía de la expedición los denunciará como enemigos del sistema para que sean detenidos y reeducados.
 Como se puede ver, la novela tiene un afán reflexivo sobre esas sociedades comunistas que eran más estrictas en la creación de dogmas que las propias religiones en la Edad Media. Brian Aldiss escribió esta narración en 1978, cuando el comunismo arrasaba media Europa. Leído en 2026 hay que recordarse de cuando en cuando cómo eran esos países, aunque todavía quedan unos pocos como Corea del Norte, cuyos pobres súbditos, oprimidos e uniformados, son verdaderos esclavos.