Todos aquellos que se han acercado aunque sea superficialmente al mundo literario de Howard Phillips Lovecraft sabrán que el propio autor de Providence animaba a sus colegas escritores, muchos de ellos en contacto epistolar con él mismo, a ahondar en los relatos que formaban parte de una mitología cósmica y que el propio Lovecraft denominó Mitos de Cthulhu. Son esos supuestos mitos una veintena de relatos (con alguna novela breve, como En las montañas de la locura) en los que ciudadanos de a pie o investigadores se ven arrastrados al descubrimiento de dioses antiguos y seres primordiales que cambian sus vidas (o acaban con ellas) para siempre. Son estos seres criaturas venidas de allende el espacio, bien en localizaciones geográficas concretas (como la de Cthulhu, el gigantesco dios antropomorfo con cabeza de cefalópodo, que habita en unas coordenadas fijas en el fondo del Océano Pacífico) o bien en realidades paralelas con portales de paso entre ambos mundos. Estos relatos fueron escritos por Lovecraft entre 1921 y 1935, poco antes de su muerte; e, inmediatamente, los cuentistas que quedaron deslumbrados por la creatividad del de Providence comenzaron a escribir nuevos relatos con esas criaturas como base argumental. Entre esos escritores se encontraban genios como Clark Ashton Smith, Robert E. Howard (el de Conan), Robert Bloch, Frank Belknap Long o August Derleth. Todos ellos engrandecieron la obra de Lovecraft, creando un verdadero subgénero narrativo dentro de la narrativa de terror, que algunos llamaron "Cosmicismo indiferente", por cuanto esas criaturas cuasi eternas destruían al género humano con una indiferencia total; eso era lo nuevo, que la muerte de los seres humanos era un simple accidente irrelevante en el devenir de los acontecimientos.
Esos relatos se han ido publicando en distintas compilaciones efectuadas. En nuestra lengua y nuestro país, la editorial Valdemar se ha encargado de traducirlos y publicarlos en su más que conocidas colecciones, todas de gran calidad. El tomo que recensiono fue recopilado por Ramsey Campbell, quien incluye uno de su autoría (no el mejor, por cierto), crítico y gran entendido de la obra del "solitario de Providence".
El tomo comienza con Crouch End, de un genio de la narrativa de terror contemporánea como es Stephen King, ambientado en el suburbio real del norte de Londres, en la que ocurren todo tipo de situaciones irreales a una pareja de estadounidenses que ha tenido la desgracia de perderse allí. Es un cuento muy parecido a La sombra de Innsmouth del propio Lovecraft, en el que un pueblo de Massachusetts se da un culto a Dagón, y los sectarios son mitad pez, mitad hombre, en distinto grado. Bueno, pues King imagina niños que son mitad rata y que llevan a los pobres americanos a la peor de sus pesadillas.
El relato más flojo de todos, a mi parecer, claro, es el de A. A. Attanasio, titulado La charca de las estrellas, que ya por su nombre nos recuerda a El color surgido del espacio, en el que una suerte de meteorito caía en una zona rural del nordeste de EEUU, provocando terribles mutaciones en todos los seres vivos, humanos incluidos. El relato de Attanasio incluye a dos traficantes de droga de poca monta, perseguidos por matones, que tienen (todos) la mala suerte de cruzarse con miembros de una secta adoradora de Cthulhu.
El segundo deseo, de Brian Lumley es, sin embargo, un extraordinario relato en el que una pareja inglesa, de turismo en Hungría, visita una vieja iglesia en ruinas. Allí, instados por el extraño custodio del templo, juran adorar a una momia situada en la cripta. Según ese raro guía, en esa iglesia no se daba culto cristiano sino al dios primordial Cthulhu. Después, en una fiesta gitana, una bella joven de esa etnia seduce al hombre; esa bella gitana se convertirá entonces en una momia putrefacta, provocando inmediatamente la momificación irreversible del inglés.
En Oscuro despertar, de Frank Belknap Long, un amuleto de Cthulhu hallado en un pesquero naufragado en la orilla lleva a quien lo posee a querer sumergirse en el océano en busca del dios primordial con cabeza de cefalópodo. Es un gran relato, muy bien pergeñado.
La sección 247 de Basil Copper cambia por completo de ambientación para llevar la acción a una estación espacial, en la que varios de sus trabajadores son fatalmente atraídos hacia esa sección, en la que se presume habita un ser primordial. Es un buen cuento, pero falla en la ausencia de remate final.
Un negro con un saxofón, de T.E.D. Klein es un relato muy lovecraftiano (en el sentido de que se insinúa mucho, pero no se muestra de forma evidente nada), que sólo es plenamente comprensible para quien haya leído previamente los textos de Lovecraft, pues se hacen continuas referencias a los mismos y se deja que el lector continúe su argumento mentalmente. El negro del título, por cierto, es una figura que toca un cuerno, estampado en una antigua capa de indígenas malayos. Ni que decir tiene que, hoy en día, el título, así como alguna referencia a los asiáticos convertirían el texto en políticamente incorrecto. Esto es, por otro lado, otra virtud de Lovecraft, que nunca creyó en corrección política alguna, expresando ideas sobre las determinadas razas que observaba en Nueva York sin ningún tipo de recato (ni falta que hace).
Maldita sea la oscuridad, de David Drake, está ambientado en el Congo belga, durante el reinado de Leopoldo II, época en la que el ejército belga sometía a la población indígena a sangre y fuego para explotar las riquezas naturales del país. En ese contexto de violencia y brutalidad, unos adoradores del dios primigenio Athu son confundidos con simples insurgentes. Es éste otro de los mejores relatos del volumen.
El tomo finaliza con Las caras de Pines Dunes, del compilador de los relatos, Ramsey Campbell, y, es, en mi humilde opinión, claro, el relato más flojo de todos. Un joven sospecha que sus padres, ropavejeros seminómadas, son brujos; en realidad son sacerdotes de los antiguos dioses.
En fin, ocho relatos que continúan los argumentos y temas iniciados por Lovecraft. Destacaré los de David Drake, Frank Belknap Long y Brian Lumley, aunque ninguno alcanza la excelsa calidad de los de Providence, pero no dejan de ser una forma de ahondar en esos temas tan arrolladoramente originales que incluso hoy en día siguen generando nuevos textos.

