sábado, 17 de enero de 2026

"Jude el oscuro", de Thomas Hardy.

  Otra inmensa novela de uno de los autores victorianos menos reconocidos fuera de Inglaterra, Thomas Hardy. Como en Tess, la de los d'UbervilleLejos del mundanal ruido, El alcalde de Casterbridge o Unos ojos azules, los trágicos personajes de Jude el oscuro luchan contra unas pasiones que no pueden controlar y contra los prejuicios sociales que les impiden progresar. La novela fue publicada por entregas entre 1894 y 1895, y parece ser que un obispo anglicano llegó a quemar en pira pública varios ejemplares por ofender el "santo sacramento del matrimonio". Y sí, efectivamente, se denigran los matrimonios fracasados que hacen desgraciados a sus contrayentes, pero, sobre todo, se vituperan las estúpidas convenciones sociales que sacan lo peor del ser humano, como las murmuraciones, el afán de "hacer leña del árbol caído" y los prejuicios de clase. Todos esos vicios sociales, que son tan frecuentes al principio del siglo XXI como a finales del XIX, han emponzoñado el corruptible espíritu humano desde que el primer australopithecus se bajó del árbol, y eso no tiene nada que ver con la religión y con las costumbres occidentales... ¿o sí? Es muy fácil desde 2026 pensar que se reprueba la sociedad victoriana, pero lo cierto es que si bien hoy no existen esos matrimonios como verdaderos  grilletes, al menos en Occidente, los prejuicios sociales y la pura fortuna de haber nacido en una familia u otra (o, sobre todo, con una salud u otra) marca indeleblemente la vida del individuo también en nuestros días.
 El argumento de la novela narra la vida de Jude Fawley, un chico de familia humilde que añora la vida del estudiante de teología en la cercana ciudad de Christminster (evidente referencia a Oxford), pero su situación social lo obligan a emplearse como aprendiz de cantería. Además, apenas salido de la adolescencia, empieza el juego eterno del amor y el sexo con una vecina, Arabella, que, usando uno de los más viejos trucos para cazar a un hombre, fingir un embarazo, fuerza a Jude a abandonar sus sueños. Pero la atracción física no es amor. El matrimonio entre Jude y Arabella está fracasado desde el principio, cuando ella admite haber mentido sobre el embarazo. Arabella abandonará a Jude para irse a Australia con sus padres. Por otro lado, Jude conoce a Sue, totalmente diferente de Arabella, pues es un alma sensible con afán de erudición. El amor, ahora sí, surge entre ellos, pero de nuevo el dinero (su falta) se interpone y los separa. Ella se casará con un maestro, antiguo conocido de Jude, que le saca más de veinte años. Cuando ya parece que no pueden torcerse más las cosas, Arabella regresa de Australia, pero se casó fraudulentamente en las antípodas, es, pues, bígama. Por su parte, Sue es profundamente infeliz en su matrimonio, la diferencia de edad y de caracteres se interpone entre ellos; además, Sue sigue enamorada de Jude, aunque su férrea educación le impide incluso pensar en él. Otra complicación más: Arabella confiesa a Jude que se fue a Australia embarazada de un hijo suyo, que ahora es mozo, y que vuelve a Inglaterra. Arabella quiere que Jude lo críe, éste acepta. El otro lado de la pareja, Sue, se separa de mutuo acuerdo de su marido, quedando libre (en el sentido real aunque no en el legal) para juntarse con Jude, lo que hacen. Pasa el tiempo, Jude y Sue finalmente viven como pareja, tienen hijos (dos propios, otro en camino y el de Arabella), pero la presión social los margina. La gente sabe que ambos están casados por otro lado y que entre ellos no hay papel alguno, con lo que incluso un simple cantero no encuentra trabajo. Empieza a cundir en Sue la idea de que su vida en común es inmoral y que la vida los castiga; el chico mayor, el de Arabella, emponzoñado de tristeza, asesina a sus hermanastros y luego se suicida; Sue, de la aflicción aborta a su feto. La tristeza y la desesperanza se abate sobre los dos jóvenes. En un afán de normalizar sus respectivas situaciones de pareja ante la sociedad, vuelven con sus parejas anteriores; pero Jude está enfermo, no sólo psicológica sino también físicamente. Finalmente, Jude Fawley morirá, tras llevar una vida de perros, "con menos de treinta años".
 En fin, no diré que es una novela optimista, no me gusta mentir. Deja una sensación muy amarga, de incapacidad de luchar contra esas estúpidas convenciones sociales a las que antes hacía referencia, o incluso el destino fatal que a todos abruma.
 Entre los defectos de forma, si es que se puede decir que es tal, citaré que la novela tiene demasiados altibajos, quizá los necesarios para atrapar a los lectores que compraban la publicación  periódica en la que se fue editando la novela. Vaya, que era necesario enganchar a los seguidores con un desastre tras otro, alternando con esperanzas de solución. Este "defecto" es común  a toda la literatura victoriana y acaba dando una sensación un tanto deslavazada de las novelas.
 De las virtudes (citaré una porque son muchísimas las razones para seguir leyendo literatura de este periodo) destaca la perfecta armonía entre narración y descripción, dando lugar a un texto ágil, pero a la vez bien descrito. La descripción de personajes, en concreto, es excelsa, dando una verosimilitud a los protagonistas que es difícil de encontrar en otros autores; la evolución del carácter con respecto a las circunstancias vividas dan una redondez extraordinaria a esos personajes.

Inciso musical: octavo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Brahms, Schönberg y Beethoven.

  Ayer, el concierto de la OSCyL estuvo dirigido por el estadounidense Erik Nielsen, ya que la batuta habitual, Thierry Fischer, se encontraba enfermo. De nuevo, un concierto contrastante, con la delicadeza romántica con sabores clasicistas de Brahms, la ruptura estilística de Schönberg y la excelencia sin par de Beethoven. 
 Uno de los temas más recurrentes (y más interesantes) del Romanticismo musical es la llamada "Guerra de los románticos" (bendita guerra, la única que no mataba a nadie sino que sirve para enriquecernos culturalmente a todos) en la que unos pocos, relacionados o asentados en Leipzig, de gustos más conservadores, menos rompedores con el clasicismo, entre los que se encontraban Brahms o Mendelssohn por un lado; y, en el otro lado, asentados en Weimar, los más innovadores en las formas, encabezados por Liszt y Wagner. Los primeros preferían la sinfonía y otras formas musicales ampliamente desarrolladas en el periodo clásico, mientras que los segundos abogaban por la música programática, con el poema sinfónico como forma distinguida. Parece que esa "guerra" acabó incluso con silbidos y abucheos cuando se programaba la música de uno u otro compositor... Bueno, casi dos siglos después lo que queda son formas distintas de sentir y entender el nuevo estilo de entonces, el Romanticismo, pero está claro que tanto Brahms y Mendelssohn como Liszt y Wagner son inmensos compositores que han enriquecido la música culta de una forma que sólo antes habían conseguido Bach, Mozart o Beethoven. Que nos guste una forma más parecida al clasicismo o los poemas sinfónicos (que tantísimo disfruté en mi adolescencia y juventud) es pura cuestión de preferencia personal o del momento. 
 Bien, de Brahms se interpretó ayer las Variaciones sobre un tema de Haydn, pero parece ser que ese tema del padre de la sinfonía clásica, Coral de San Antonio, no era propiamente suyo sino una melodía popular interpretada por los peregrinos que iban hacia una capilla erigida en honor de San Antonio de Padua. Sea como fuere, Brahms eleva esa melodía popular a la categoría de música culta en una de las formas más bellas y exquisitas jamás creadas (y de las que Mozart fue gran maestro), los divertimenti
 Para contrastar a más no poder, las Variaciones para orquesta, opus 31 de Arnold Schönberg, obra clave del dodecafonismo, que acabaría (hay quien afirma "degeneraría") en la música atonal. De hecho, Schönberg inicia la técnica de los doce tonos con esta obra, siendo sus discípulos, luego maestros consagrados, Alban Berg y Anton Webern. El propio Schönberg era un erudito musical, y su dodecafonismo un desarrollo reflexivo sobre la música culta occidental desde sus inicios. Eso no lo duda nadie. Pero el resultado final de la música dodecafónica, no digamos ya la música atonal (sigo pensando que esa expresión es un oxímoron) acaba degenerando en piezas discordantes e inarmónicas que, todo lo más, podrían servir como música incidental de películas (de películas de terror, claro). En definitiva, que el gran público de los principales auditorios del mundo (a los cuales asiste un porcentaje insignificante de la humanidad, pero, al menos, los pocos que tienen afán de cultivarse) desdeña el dodecafonismo y la música atonal como un camino equivocado que tomó la música culta (ni siquiera, algunos compositores de música culta) y que, décadas después fue abandonado por todos. Si se sigue interpretando a Schönberg hoy en día es porque está fuera de toda duda que fue un autor de elevada erudición y, aquí está lo más terrible de todo, porque fue rechazado como "música degenerada" por las autoridades del Tercer Reich. Pero, claro, eso es precisamente lo que se llama "falacia ad hominem", que consiste en aplicar con generalidad los atributos de un individuo a otros que afirmen lo mismo. Así, con esa falacia ad hominem cabría decir la barbaridad de que si los nazis consideraron a Schönberg música degenerada, todos los que detestan a Schönberg son nazis. Una estupidez evidente, ¿verdad? Sí, evidente para todos, pero aun así, hoy en día, gente cultivada con grandes conocimientos musicales tiene miedo a decir públicamente que no soportan a Schönberg no vaya a ser que alguien, aplicando esta falacia ad hominem, pueda decir que no tienen ni idea de música o, peor aún, que tienen el mismo gusto musical que los nazis. Bueno, un servidor, a sus cincuenta y cinco años, no tiene ya necesidad alguna de aprobación externa, por lo que afirmo sin rubor: no soporto la música de Arnold Schönberg.
 Bien, para demostrarnos a todos que existe un futuro esperanzador, que siempre nos quedará París... quiero decir, Beethoven, la OSCyL interpretó la Sinfonía nº 8 de Beethoven, plasmación ineludible de ese magno proyecto que se planteó nuestra orquesta hace ya tres años, la de representar las nueve sinfonías del genio de Bonn a lo largo de tres temporadas. Y, claro, todo lo anterior sentido con Schönberg: desasosiego, incomodidad, un punto de indignación... es sustituido por sosiego, confort, regocijo y reconciliación con el mundo y la humanidad. 
 Hablando con un compañero y amigo de auditorio, la Octava sinfonía es una de las sinfonías de Beethoven que menos habíamos escuchado. Habré escuchado cientos de veces la Sexta, sobre todo para elevar el espíritu, pues, creo haberlo escrito ya en este humilde blog, es una obra de un optimismo que me permite seguir alentando y luchando contracorriente; la Novena, con su complejidad estructural, una obra inigualable, que a veces entusiasma y otras cansa un poco, pero nunca decepciona, también la escuché decenas de veces; la Quinta sinfonía con sus arpegios de inicio tan reconocibles, también escuchada en multitud de ocasiones; la Tercera, la Heroica, con esos movimientos tan enérgicos y distintivos... Pero las otras se han escuchado menos (en mi caso, al menos, poco en mi juventud, pero en mi madurez me ha dado alguna vez por escuchar las nueve sinfonías seguidas, lo cual supone casi diez horas de audición). En todo caso, es una sinfonía de Beethoven, por tanto una obra maestra que, escuchada con calma me reconcilia con el género humano, como decía antes. 
 Parece ser que el propio Beethoven daba menos importancia a esta sinfonía, llamándola su "pequeña sinfonía en fa", sin duda para diferenciarla de la Sexta, que también es en fa mayor. El tono es fa mayor también en la Octava, lo cual redunda en unas melodías optimistas que se estructuran en cuatro movimientos, todos allegro excepto el tercero, un minueto; en esos movimientos alterna los compases ternarios con los binarios. Ya expliqué con anterioridad como todos los musicólogos se ponen de acuerdo a la hora de dividir la obra beethoveniana en tres periodos, temprano, medio y tardío, suponiendo cada uno de ellos un alejamiento del clasicismo musical y una profundización en el estilo propio que lo haría inconfundible. Así, en el primer periodo, en el cual se encontrarían las dos primeras sinfonías entre otras obras, Beethoven mantiene las formas de sus tremendos predecesores, Haydn y Mozart; en el periodo intermedio o heroico, la crisis personal y la sordera incipiente lo lleva a crear una música más enérgica, más romántica, menos clásica, incluyendo aquí seis sinfonías, entre ellas la Octava; por último, en su periodo tardío, incluye muchísimas innovaciones en la forma y en el fondo, que tomarán cuerpo en la Novena sinfonía. Pues bien, a pesar de haberla compuesto en 1812-1813, la Octava sigue teniendo algunas melodías más clasicistas, no tan líricas y pasionales, sino más comedidas. En todo caso, una obra con melodías y arpegios perfectamente reconocibles y memorables, una obra maestra.