domingo, 22 de febrero de 2026

"Romance del ecuador", de Brian Aldiss.

  Dicen que "en la variedad está el gusto", y la verdad es que es difícil contradecirlo. Pero también ocurre que en la variedad uno encuentra más fácilmente las diferencias y, consecuentemente, aprueba algo y desaprueba lo otro, o, al menos, lo uno gusta mucho más que lo otro. Eso me ha pasado a mí recientemente, que he alternado la lectura de relatos de Leo Perutz con este otro tomo de relatos, pero de Brian Aldiss. Y, para decir la verdad, la diferencia de calidad entre el praguense y el inglés se me ha antojado inmensa. Y aunque alguien pudiera aducir que no se debe comparar autores, pues siempre hay diferencias de estilo, argumento, temas o estructura, habrá otros que afirmen que, en realidad, Perutz y Aldiss no se diferencian tanto. Porque sí, es cierto, Aldiss es un autor de ciencia ficción o fantasía puro (por cierto, este volumen incluye un prefacio del autor disertando precisamente sobre las diferencias entre ciencia ficción y fantasía), pero es que en casi todas las narraciones de Perutz hay un elemento digamos mágico o fantasioso. No llega al extremo de Aldiss, pero ahí está. Bueno, en cualquier caso, se me ha hecho difícil leer a Aldiss a la vez que a Perutz. La prosa del inglés me parecía demasiado prosaica, sus argumentos un tanto previsibles desde el principio, y sus temas muy manidos. Estoy seguro de que no habría sentido esto de no haber intercalado su lectura con los relatos de Perutz.
 Este volumen de la editorial Minotauro (Grupo Planeta) contiene veintiséis relatos, fechados desde 1960 hasta 1989, es decir, en el periodo más fructífero del autor, cuando publicó Barbagrís, Criptozóico, Frankenstein desencadenado o, sobre todo, su obra cumbre, la trilogía de Heliconia. Pero, claro, es una recopilación de obras menores, de aquellos relatos que quedan un tanto descolgados de las principales. Y eso, la verdad, se nota. En todo caso, son un puñado de relatos interesantes y que merece la pena conocer si a uno le gusta el autor.
 En El viejo centésimo los hombres, desaparecidos, han sido sustituidos por los animales a los que ellos mismos desarrollaron intelectualmente, siendo capaces de pensar y hablar. Es un relato un tanto confuso (para lo corto que es) y pretencioso.
 El rey encadenado está ambientado en la Península Balcánica en los días de la invasión del Imperio Otomano. El último rey serbio, herido, delira refugiado en un monasterio ortodoxo.
 El origen presenta una nave espacial con "buscadores" que llega al planeta Tierra en busca de sus orígenes. Los terrestres son animales primitivos. Aunque se trate del presente, los buscadores son humanos evolucionados y superinteligentes. A este relato le falta un buen final.
 Un embaucador de aldea. Este no es un relato de ciencia ficción o de fantasía, es un relato crudo de pobreza material y moral. Unos ingleses residentes en la India conviven con gente paupérrima. Las dolorosas diferencias entre ricos y pobres lleva a que éstos donen órganos a aquéllos como quien vende un cuadro familiar.
 En El gusano que vuela, en una Tierra futura los humanos son inmortales y han mutado a formas arbóreas. El gusano que vuela es otra adaptación, la muerte que acaba por alcanzar incluso a los inmortales. Relato con tintes filosóficos.
 Recién llegada de Java ha sido uno de los relatos que más me ha gustado: Un hombre de cuarenta y tantos años con vida anodina (trabajo, sin pareja, cuidando de su ancianísima abuela...) explica su vida. La habilidad de Aldiss consiste en que el personaje único del relato muere, y el lector sólo se da cuenta de esto en el párrafo final.
 El relato que da nombre al tomo, Romance del ecuador, es una fábula sobre el paso del tiempo, el amor y su evolución en el mismo. Un joven se encuentra con dos gacelas que se transforman en dos jóvenes mujeres. Se empareja con las dos. Cuando ha de elegir una,  no puede hacerlo. Aprende a amar a cada una de una forma distinta.
 La muchacha que cantaba es una historia de Heliconia. En plena guerra entre dos bandos humanos, un joven hace de profesor de niños para familias ricas y poderosas. Tiene la lectura de filosofía barata, filosofía de aplicación diaria que es tan típica en Aldiss.
 El fondo azul es un pequeño relato, en absoluto fantástico, ambientado en la Eslovaquia rural en la que un niño valora una imagen de Cristo de una vieja ermita abandonada. Un fotógrafo que pasa por allí y se interesa por la talla a instancias del crío. El niño, ya siendo adulto recibirá un libro de fotografías publicado por el fotógrafo con la foto de la ermita en cuestión.
 La llanura, la interminable llanura es un interesante relato con tintes antropológicos sobre una "Tribu" que deambula por una gigantesca llanura. Se narra el avance de generaciones, partiendo de veintiún individuos hasta la décima generación. Hay evoluciones e involuciones biológicas. Es de la época de Heliconia y participa de sus conceptos evolutivos.
 Y así hasta esos veintiséis relatos. Los hay mejores y peores, a mí me gustan más los más recientes, quizá por el mayor desarrollo filosófico (sí, aunque sea filosofía de andar por casa) y antropológico de los personajes.

"¡Señor, apiádate de mí!", de Leo Perutz.

  Cuando uno lee las tendencias lectoras del grueso de la sociedad uno queda un tanto entristecido. Porque, teniendo en cuenta que son los que leen, la mayoría opta por basura comercial promocionada por los medios de comunicación (la mayoría de ellos formando parte ya de conglomerados mediático-editoriales que publicitan sus propios productos). Ya ni hablamos de la mayoría de los "ciudadanos" que no leen un libro en su vida. Es una pena no porque uno quiera que la morralla social se enriquezca y culturice, eso ya está dado por imposible, sino porque si hubiese un mayor porcentaje de población interesado por la literatura de calidad, los buenos autores serían publicados con mayor frecuencia y, por tanto, sería más fácil acceder a ellos. Eso ocurriría con  esos insignes escritores austro-húngaros (les doy esa nacionalidad porque es la que tuvieron en su juventud y anhelaron después en su madurez) que firmaron novelas extraordinarias, pero que, habiendo pasado ya tantos decenios, la mayoría de las ediciones están descatalogadas y son prácticamente imposibles de conseguir. Eso me ha pasado con esta colección de relatos de Leo Perutz, tituladas como el primer cuento que contiene, que encontré arrumbada en el depósito de una de las mejores bibliotecas de la región.
 Son nueve relatos muy representativos de la narrativa de Perutz, si bien carecen de la alta calidad de De noche, bajo el puente de piedra, Mientras dan las nueve, El maestro del juicio final o ¿Adónde vas, manzanita? 
 El primer relato, homónimo del volumen, está ambientado en la Guerra Civil rusa, en la que un condenado a muerte en una checa comunista, traductor de textos cifrados, es encargado de traducir una nota. El soldado blanco pide atravesar la línea de guerra para ver por última vez a su mujer y a su hija, volviendo después voluntariamente para traducir ese texto y asumir su muerte. Contra todo sentido común, el soldado hará todo eso, ahora bien, su pena de muerte será conmutada por otra pena, la de trabajar para los comunistas en adelante. Este es quizá el mejor relato de todo el libro.
 El nacimiento del Anticristo es otro excelente relato, en el que un zapatero genovés se afinca en Palermo, casándose con una siciliana y teniendo un hijo que nacerá en Nochebuena. Resulta que él fue un condenado a galeras por asesinato, mientras que ella fue una monja que huyó del convento. En una pesadilla, el zapatero sueña que a su hijo neonato lo visitan tres reyes, pero no traen incienso, oro y mirra, sino pez, azufre y alquitrán. Preocupado, al zapatero le informa un supuesto sabio de que el Anticristo será un niño nacido en Nochebuena, hijo de un asesino y de una monja renegada. Ya no le queda más que matar a su propio hijo, lo que haría si no fuera porque su mujer le confiesa que él no es su padre, sino que lo fue un viejo cura. La mentira urdida por la madre sólo tiene la finalidad de salvar la vida del hijo, obviamente, y el padre se dará cuenta de ello, pero ella ya había escapado con la criatura. El relato termina con el niño ya adolescente, que quiere ser cura. Perutz lo convierte en Cagliostro, alquimista palermitano del siglo XVIII.
Leo Perutz. Imagen tomada del sitio blog.dnb.de
 La genialidad de Perutz convierte historias normales y anodinas en extraordinarias narraciones inolvidables. No es de extrañar que un fabulador tan magnífico como Jorge Luis Borges lo tuviera como uno de sus maestros.

Inciso musical: undécimo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Salina Fisher, Bernstein y Rimski-Kórsakov.

  La OSCyL estuvo dirigida anoche por la neozelandesa Gemma New; el papel solista recayó en la talentosísima violinista estadounidense Esther Yoo. Concierto, una vez más, contrastante, con las nuevas tendencias representadas por la compositora Salina Fisher, las ya casi centenarias composiciones del gran director Leonard Bernstein y la obra maestra del gran Nicolái Rimski-Kórsakov.
 A un servidor, en su humilde ignorancia, le interesa saber qué derroteros ha tomado la música culta en los últimos tiempos, y gracias a la introducción de estos compositores contemporáneos (Salina Fisher sólo tiene treinta y dos años) se aprecian distintas líneas estilísticas, además de diferentes calidades, obviamente, y se puede hipotetizar hacia dónde va la música culta. En todo caso, a juzgar por lo que se programa en los auditorios actualmente, me temo que las sublimes calidades conseguidas siglos atrás no estén al alcance de los compositores contemporáneos. Mirándolo desde un punto de vista positivo, hemos de congratularnos de vivir en una época en la que la reproducción musical de alta fidelidad es fácilmente asequible, para no tener que esperar a la interpretación en vivo en las distintas salas de concierto (a las que, por otro lado, también es fácil acceder hoy en día), con lo que podemos disfrutar de nuestra bella afición con una cotidianeidad absoluta.
 Así pues, el concierto comenzó con la obra Rainphase de la también neozelandesa Salina Fisher. Es una obra más cercana a la música incidental cinematográfica que a la música culta. La propia compositora admite que su intención era la de plasmar la "lluvia en Nueva Zelanda" (ignoro si la lluvia en aquel país austral es muy diferente de la del resto del planeta). Lo cierto es que lo logra, consiguiendo, como su nombre indica, representar distintas "fases" dentro de la lluvia, desde un simple goteo hasta la lluvia torrencial, así como el distinto sonido que provoca el susodicho meteoro en función de la superficie contra la que golpee. Fisher lo consigue al utilizar todos los instrumentos de percusión indeterminada, a muchos de los cuales el gran público no sabe ponerle nombre, como los idiófonos, triángulo, caja china, güiro, carraca y demás. Todo muy espectacular, disfrutando uno más como espectador que como oyente. En todo caso, como apuntaba antes, más parece música incidental de una película que música sinfónica.
 El genial director de orquesta Leonard Bernstein compuso su Serenata para violín y orquesta en 1954, es decir, años antes de la banda sonora de la famosísima West Side Story, obra también del director de Massachusetts. Y, recordando melodías inolvidables como aquella de Maria o America, las semejanzas con la Serenata para violín y orquesta son evidentes, especialmente en el último movimiento, que es jazz puro. Uno casi espera que salgan los bailarines ataviados con ropa de los años cincuenta para bailar conjuntamente en los callejones de los depauperados barrios de Nueva York. El resto de la obra es menos impactante y, desde luego, lo que no se encuentra en ningún momento es la relación con Platón y los distintos diálogos con otros tantos filósofos griegos. La música, por muy sinfónica que sea, es muy de mediados del siglo XX, no hay referencia alguna a la Grecia clásica.
 La violinista Esther Yoo estuvo espléndida, la verdad. La obra de Bernstein es excelente para que se luzca alguien tan virtuoso como ella. Más discutido fue el bis con el que obsequió al auditorio, unas variaciones de Yankee Doodle, canción popular americana, que, por sus connotaciones patrioteras, no gustan mucho a este lado del Atlántico. Obviamente, música es música, y obviando esas connotaciones, las variaciones de esa musiquilla permitían todo tipo de virguerías instrumentales que sí encandilaron a la mayor parte del público. Mi opinión: excelente interpretación de una melodía equivocada.
 Después del descanso, el plato fuerte, la obra cumbre de Nikolái Rimski-Kórsakov, Sherezade. Una obra enérgica, poderosa, con cuatro movimientos redondos capaces de levantar al público de sus asientos. El compositor ruso se inspiró en Las mil y una noches, recopilación medieval de cuentos escritos en árabe que narran la historia del sultán Shahriar, quien considera infieles a todas las mujeres tras haber sido traicionado por una de ellas, y ordena que le traigan cada noche a una de ellas para ejecutarla a la mañana siguiente. Una de ellas, Sherezade, idea cada noche una brillante historia que cuenta al sultán, sin desvelarle el final, con lo que Shahriar no puede asesinarla por la mañana. Tanto acaba por intrigar al sultán, que éste se acaba enamorando de la joven. 
 En la obra hay dos motivos musicales recurrentes, el del sultán y el de Sherezade. El primero incluye el viento metal al completo dando melodías enérgicas de ritmo acelerado; el segundo se basa de una melodía más melosa ejecutada por el violín solista. En el día de ayer, el concertino, Luis M. Suárez, interpretó a la perfección la seducción de Sherezade en sus cuatro cuerdas, con la sensualidad y la inteligencia que Rimski-Kórsakov otorgó a la concubina del sultán.