Después de haber leído Frankenstein desencadenado, de Brian Aldiss, decidí cubrir una de mis más notables lagunas literarias: no haber leído el Frankenstein "original", el de Mary Shelley, algo que, dado mi vasto conocimiento de la literatura anglosajona del siglo XIX me avergonzaba en no pequeña medida. ¿Por qué no la había leído? No lo sé, tal vez por haber visto prácticamente todas las versiones cinematográficas, algunas muy buenas, la mayoría, infames, que tal vez me despistó hasta cometer el craso error de no acceder a la versión original, la literaria, en lugar de andarme por las ramas del celuloide. ¿Y qué conclusiones he sacado en claro? La primera y más importante es que, a veces, el cine pervierte lo mejor de la literatura, subvirtiéndola y trastocándola por completo. Porque ya había comentado en varias ocasiones en este humilde blog la excelente relación entre la literatura y el cine, éste siendo siempre deudor de aquélla. Pero lo que ocurrió con Frankenstein en sus múltiples adaptaciones cinematográficas es que los cineastas tomaron superficialmente la criatura de Frankenstein y modificaron radicalmente su comportamiento para hacerlo más comercial. Si Mary Shelley levantara la cabeza, supongo yo, se moriría de vergüenza e ira al ver cómo habían transformado a su personaje dilecto, el monstruo de Frankenstein en una criatura estúpida, violenta y animalesca, cuando ella ideó un ser sensible, necesitado de afecto, con afán de erudición y tendencia a filosofar. Sí, es verdaderamente desagradable ver hasta dónde se puede forzar a millones y millones de espectadores a lo largo de varias generaciones a equivocarse de lado a lado y confundir en primer lugar el nombre del doctor Víctor Frankenstein con el de su criatura (pregúntese al común de los ciudadanos, zote por culpa de las autoridades que así lo quieren y de él mismo que no se da cuenta, y se verá cómo llama Frankenstein a un monstruo tonto, mudo y violento), y a pervertir en última instancia la voluntad creadora de Mary Shelley. ¡Una pena!
Bien, en todo caso, los ignorantes consideran esta novela como "narrativa de terror", otro terrible error. Algunos la han categorizado como "novela gótica", que se acerca más a la realidad, pero, para ser más exacto, habría que considerar que es una novela psicológica y filosófica.
Aquéllos que sólo hayan visto las películas con ese apellido germánico en el título creerán que el argumento se basa en la creación, por parte de un brillante científico loco, de un monstruo, hecho con retazos de cadáveres, y cómo ese monstruo, brutal e iracundo, se vuelve loco y mata a diestro y siniestro hasta que es eliminado. ¡Pobre Mary Shelley, qué mal han tratado tu novela! No, el argumento de Frankenstein o El moderno Prometeo surge del ansia de un científico, Víctor Frankenstein por ayudar a la humanidad, liberándola del eterno y demoledor ciclo de nacimientos y muertes mediante la creación de un ser humano en el laboratorio. De ahí el subtítulo de la novela (que, por cierto, esta versión barata de Ediciones Rueda escamotea), el moderno Prometeo, que recuerda, claro está, al ser mitológico griego, que, apiadándose de la humanidad, roba el fuego para entregárselo a los humanos, razón por la que Zeus lo castigará, encadenándolo a una roca del Cáucaso y condenándole a que un águila devore su hígado, que se reproducía constantemente. Lo que ocurrirá es que, como Mary Shelley insinúa, todo ser humano, incluso uno artificial hecho con trozos de otros, necesita afecto, amor, cariño, una familia que lo críe, una pareja que lo ame... y la criatura de Frankenstein (que nunca tendrá nombre) no lo tiene, lo cual lo llevará al rencor, al resentimiento que acabará en el instinto homicida.
Pero la mayor parte de la novela se muestra a la criatura como un ser reflexivo, muy sensible, culto (lee a Plutarco y a Goethe) y que filosofa sobre la condición humana. ¿Qué hace humano a un hombre? Se pregunta la criatura. Al carecer de nombre se da a sí mismo el de Adán, el primer hombre (todo esto en un relato de origen veterotestamentario), equivaliendo así por tanto a Víctor Frankenstein como Dios. El supuesto monstruo, al buscar afecto, encuentra rechazo y repulsa horrorizada en los otros, provocándole una reacción de repudio a su vez a la humanidad, pero centrada en "su padre", su creador. Así, la criatura sentimental y afectuosa mata a los afectos de Víctor: su hermano, su prometida Elizabeth, su padre (de forma indirecta, pues éste muere "por la impresión") y de la criada Justine Moritz. De forma muy freudiana, en realidad, lo que quiere la criatura es "matar al padre", para encontrarse a sí mismo, para saber quién es. Pero, ¿cómo podrá saber quién es si está hecho con trozos de otros? Finalmente, lo acabará matando realmente, cuando está en el barco de Robert Walton, científico que buscaba una ruta marítima bordeando el Polo Norte y que se topará tanto con Víctor como con su criatura, contándole aquél toda el relato.
Por eso digo que Frankenstein o El moderno Prometeo es una novela de corte psicológico y filosófico, porque discursea sobre la naturaleza humana, su origen, su fin, sus problemas, sus virtudes y defectos... La criatura, ese horrible monstruo mudo de las películas, es, en verdad, un ser exquisito, superior en su intelectualidad a la mayoría de los seres humanos. Bien pensado, es curioso cómo se trastoca todo y como los mejores pasan a ser vistos como los peores y viceversa. Es esta una sociedad pervertida que cambia todo a peor por un mero afán comercial.























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