Todo llega a su fin. También las temporadas sinfónicas de la OSCyL. Y no hay mejor colofón posible que la Novena Sinfonía de Beethoven. Así se culmina ese noble proyecto de interpretar las nueve sinfonías del genial compositor de Bonn en tres temporadas consecutivas. La enorme complejidad que supone representar cualquier sinfonía de Beethoven se ve elevada a la enésima potencia con la Novena, la más exigente instrumentalmente hablando, además de la participación del coro y su sincronización con la orquesta. Para el concierto de ayer, además de la OSCyL dirigida por su batuta oficial, Thierry Fischer, se contó con el Coro de la OSCyL, dirigido por Jordi Casas; el Orfeón Pamplonés, dirigido por Igor Ijurra; además de la soprano Louise Foor, la mezzosoprano Carmen Artaza, el tenor Werner Güra y el barítono José Antonio López. Todos y cada uno de ellos, no me cabe duda, en los más altos niveles interpretativos de la música clásica vocal. Con todo, lo hablaba con al final con un compañero de auditorio, quizá porque estemos acostumbrados a escuchar en grabaciones de alta calidad en la que se han ecualizado todos los sonidos, elevando la potencia de la música vocal en cada momento... lo cierto es que ayer, en el Auditorio Miguel Delibes, a los solistas apenas se los podía escuchar, quedaban arramblados por la potencia del coro y de la orquesta. Ayer, como en todos los conciertos en vivo, no había técnico de sonido que incrementara la potencia del tenor o de la soprano para compensarlo con el ímpetu de la orquesta. Al margen de esto, la ejecución fue impecable, una vez más.
Porque, reconozco, la Novena sinfonía de Beethoven no es mi favorita, ni mucho menos; especialmente su cuarto movimiento, Oda a la alegría incluida, que luego, ya sabemos, fue elegida como himno de Europa. Prefiero el intimismo clasicista, lejano todavía el Romanticismo, de las dos primeras sinfonías, o la energía todavía contenida del periodo heroico y sus seis sinfonías siguientes. Pero el Finale acaba siendo demasiado enérgico y desbordado; eso sí, de puro vigor acaba por levantar al público de sus butacas. Pero comprendo las terribles censuras que recibió de parte de acreditados críticos de la época, llegando a llamar "monstruoso", "de mal gusto" y "trivial" la inclusión de la Oda a la alegría de Schiller.
En fin... para gustos, opiniones. Como bien se sabe la Sinfonía nº9 de Beethoven está estructurada en cuatro movimientos. El primero de ellos, Allegro ma non troppo, un poco maestoso es en sí mismo una sonata. La apertura del movimiento es uno de las melodías más conocidas de la música culta, tanto que cualquiera, incluso sin ser melómano, podrá atribuir su autoría a Beethoven. Es, pues, una pieza ya incluida en la cultura popular occidental. El segundo movimiento, Molto vivace - presto, es un scherzo. Al igual que el primero, también su primera melodía es conocidísima, otra de esas piezas que el genial sordo legó al acerbo común de la humanidad. El tercer movimiento, Adagio molto e cantabile es, para quien esto escribe el más querido de toda la sinfonía, con esa delicadeza y sensibilidad que tanto se echa de menos en el resto de la obra. Pero es sólo un oasis, enseguida vuelve la energía arrolladora con el cuarto movimiento, Finale presto, con la participación del coro y los solistas interpretando la adaptación del citado poema de Schiller.
Con un final tan apabullante, el público se embelesa y acaba con un aplauso en pie durante más de diez minutos. Eso y que es el último concierto de la temporada lleva al respetable a una emotividad que no puede controlar si no es con manotazos sin fin e incluso algún estentóreo "¡bravo!". Bien, servidor es más comedido, incluso cuando está eufórico.
Y se acabó la temporada 25-26. La próxima, D.m., será el próximo 2 de octubre, con Haydn y Prokófiev. Pero eso ya será otro cantar.


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