No me gustan mucho las biografías (menos aún las autobiografías) suelen ser demasiado subjetivas cuando el autor conoció al sujeto de la semblanza, o incluso totalmente inventado cuando no fue así. En este caso, Soma Morgenstern fue amigo (a veces, también enemigo), confidente y consejero del talentosísimo Joseph Roth. De hecho, Morgenstern, que fue más periodista (trabajando, sobre todo, para el mismo diario que Roth, el Frankfurter Zeitung) que novelista, pasará más a la Historia (si es que lo hace) como amigo y biógrafo de Roth y de Alban Berg (discípulo aventajado del compositor Arnold Schonberg). Esto, para cualquier escritor y periodista, no deja de ser una pequeña maldición, ser conocido por ser amigo de... que por uno mismo. En fin... El caso es que Morgenstern tuvo una vida terriblemente azarosa, tanto en Viena como en Berlín cuando podía trabajar como periodista, como en París, huyendo de los nazis, y ya en Nueva York, más como refugiado que como otra cosa. Pero, eso sí, se codeó con lo más granado de la intelectualidad austro-húngara, pues además de Roth, también trató frecuentemente a Stefan Zweig, Robert Musil, Ernest Bloch o incluso Theodor Adorno. Es más, desconocido como es del gran público, el escritor judío gozó de prestigio profesional y humano entre nombres ilustres coetáneos, ¡injusticias de la vida!
Como su nombre indica, Huida y fin de Joseph Roth se centra en los últimos años del autor de Brody, ya envenenado por el alcohol y en clara decadencia personal, aunque sí esboza ligeramente su infancia (sobre todo un hecho que el autor cree fundamental en el carácter de Roth) y su juventud. Es un texto, no se puede negar, bastante negativo sobre la vida y el temperamento de Roth, pues es tratado como un enfermo incapaz de sobreponerse a la dolencia que lo está matando lentamente; en ningún momento se alaba la, por otro lado, excelsa categoría literaria de Roth, por eso decía que las biografías siempre tienen un punto negativo, casi de envidia hacia el descrito.
La prosa de Morgenstern, al menos aquí, es ligera, periodística, sin florituras de ningún tipo, lo cual permite una lectura rápida y, no lo voy a ocultar, un tanto morbosa, conociendo cómo poco a poco se deteriora Roth.
Por otro lado, no hay que desconfiar de la veracidad de lo aquí narrado, pues concuerda plenamente con la correspondencia entre Roth y Zweig, que fue publicada bajo el título de Ser amigo mío es funesto, en nuestro país, por la Editorial Acantilado, y que reseñé en una entrada de hace más de seis años.
Para hacer honor a la verdad, también he de afirmar que el propio Morgenstern, a pesar de centrarse en su relación con Roth, también habla mucho de sí mismo. Incluso hay varios capítulos en los que uno busca el nombre del autor de Brody y no lo encuentra por ningún lado. Que el biógrafo también aprovecha para hacerse un poco de autobombo, vamos. A ojo de buen cubero, estos capítulos en los que habla sólo de sí mismo llegarán al veinte o veinticinco por ciento, no es mucho, pero sí para que el lector lo perciba claramente.
Comienza la narración cuando se encuentran en la Universidad de Viena, trabando relación por su condición de judíos orientales, concretamente de Galitzia, actual Ucrania, entonces en los márgenes orientales del Imperio Austrohúngaro. El hecho de la infancia de Roth al que hacía referencia antes, que según Morgenstern marcaría su carácter, fue que su padre murió siendo niño de una forma un tanto absurda e incomprensible para judíos asimilados como Roth o Morgenstern: se unió a una secta jasídica especialmente fanática y destructiva, abandonando a la familia y muriendo poco después. Según Morgenstern, Roth sintió su orfandad como una mella toda su vida, pero, como antes apuntaba, para alguien totalmente asimilado, de habla alemana, nivel universitario y vida moderna, la conversión y muerte del padre en ese fanatismo religioso de siglos anteriores tuvo que pesar como una verdadera losa toda su vida.
A pesar de su origen oriental, Joseph Roth se sintió vienés toda su vida, incluso aunque viviera más tiempo en Berlín y París que en la capital austriaca. Pero a orillas del Danubio encontró la profesión que ansiaba mantener, la vida social que lo encumbró y deslumbró, y la ciudad que colmaba todas sus necesidades.
El carácter de Joseph Roth es descrito como puntilloso e incluso con un punto de pendenciero, llegando a entablar largas disputas epistolares con lectores que no están de acuerdo con lo que publica en su columna del Frankfurter Zeitung. Para otras relaciones, también es caracterizado como difícil, con salidas de tono en lugares público que hacen peligrar sus relaciones sociales. Esto, claro, antes de que comience su adicción al alcohol, que multiplicará todas sus dificultades de socializar.
Antes decía que la relación entre ellos era de amistad y enemistad, y un ejemplo muy claro es el que aporta el biógrafo, cuando asegura que Roth le robó un personaje de una novela que había leído previamente. El consecuente conflicto los llevó a dejar de verse durante tres años, hasta que Stefan Zweig, amigo común, los reconciliara.
Además del fin del padre, Morgenstern afirma que Roth tuvo un alto sentimiento de culpabilidad por la enfermedad mental de su mujer, diagnosticada como esquizofrénica, que la recluyó en una institución psiquiátrica, hasta que los nazis, cumpliendo con sus brutales leyes eugenésicas la acabaron asesinando.
El tema financiero también fue objeto de multitud de problemas para Roth, pues, incluso cuando publicaba en el diario de Frankfurt con regularidad y cobraba de forma más que aceptable, su dispendio y generosidad lo llevó a estar sin blanca muy frecuentemente y a dejar a deber sumas notables en los hoteles y restaurantes a los que asistía con demasiada regularidad.
Todos estos problemas llevaron a Joseph Roth a ahogar sus penas en el alcohol, según el autor, en torno al año 1928, trasegando grandes cantidades de alcohol de alta graduación (sobre todo aguardiente, coñac y armañac). Él era consciente de su alcoholismo, que tomaba como enfermedad, consiguiendo dejar de beber durante más de un mes, pero por su debilidad de carácter, su desprecio por la vida, su ateísmo militante, su pesimismo sin fin y la creencia de que necesitaba el alcohol para escribir le hicieron recaer.
Finalmente, antes de llegar a cumplir los 45 años, habiendo pasado por etapas de delirium tremens, Joseph Roth muere alcoholizado en París. Como en los últimos tiempos había estado ligado al colectivo de emigrados austriacos monárquicos y católicos (más que nada por tomar estos dos aspectos como característicos de Austria-Hungría), Joseph Roth fue enterrado como católico, aunque nunca llegara a bautizarse. Cuenta Morgenstern que él mismo se ocupó de recitar el kaddish, la oración judía por los muertos, en la sinagoga de París.
Fue, pues, una vida corta y atribulada. El enorme talento literario que disfrutó tuvo que enfrentarse a complejos de culpabilidad y el alcoholismo que lo acabó matando.
Por cierto, como anécdota curiosa, relata Soma Morgenstern (en uno de esos capítulos en los que no habla más que de sí mismo) que él acabó huyendo a Nueva York, donde residiría más de veinticinco años, saliendo de Europa por Marsella hasta Casablanca, retornando a nuestro continente a Lisboa, y tomando allí el definitivo trayecto a la ciudad de los rascacielos. Curioso, digo, porque así es como se relata la huida de Europa de centenares de refugiados en la genial película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz en 1942 y protagonizada, como todo el mundo sabe, por Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains o Conrad Veidt, entre otros.
En fin, biografía bien narrada, que deja un poso amargo por la dureza de la vida relatada.
Gracias a editoriales independientes como Pre-textos y alguna otra más, se ha publicado algo de este injustamente desconocido Soma Morgenstern, incluida su trilogía novelística. En un futuro no muy lejano, D.m., trataré de leer más de este autor.

