domingo, 5 de julio de 2026

"Turlupin", de Leo Perutz.

  Otro ejercicio de magia narrativa del gran Leo Perutz. El autor praguense habrá sido categorizado como escritor de novelas históricas, toda vez que sus ambientaciones en siglos pasados y su fidelidad a los acontecimientos históricos así lo indican, pero su capacidad de fintar literariamente con bruscos giros argumentales lo elevan a una categoría sui géneris. Porque pocos autores son capaces de sorprender al lector como Perutz, dejándole con una sonrisa en la cara y un poco de melancolía al terminar la novela. Turlupin narra la historia de ese personaje ficticio, Tancrède Turlupin, simple barbero expósito en el París de 1642, que por puro artificio acaba por mediar en las luchas entre el rey (en manos del todopoderoso cardenal Richelieu) y los intrigantes nobles. Pero, una vez más, la línea argumental principal es lo de menos. Lo mejor es cómo urde la trama Perutz, cómo engaña al propio lector y lo despierta abruptamente después con un humor irónico que engancha al más soso. ¡Un placer leer a este tío!
 Y, sí, la fidelidad de Perutz a la Historia es innegable. La novela se sitúa temporalmente en un momento crítico de Francia: 1642, año de la muerte de Richelieu, hombre poderosísimo, riquísimo, inteligentísimo... y terriblemente impopular. Pero mientras las clases populares no podían decir ni mu, la nobleza tenía poder suficiente para montar revoluciones con tal de acabar con la Corona. No en vano, la monarquía sería decapitada (literalmente) en 1789. Ya desde mediados del siglo XVII el desasosiego social era dominante en Francia. 
 Y luego está el personaje impagable de Tancrède Turlupin, una especie de Quijote romántico, ingenuo, locamente afortunado. Se trata de un joven desgarbado, traumatizado por su origen, ya que no conoció a su padre y su madre murió en su más tierna infancia. Como consecuencia, pasa por distintos orfanatos hasta que es adoptado por una viuda con afán de madre y... algo más. Esta viuda lo es de un barbero, de modo que el chico aprende el oficio. Pero Turlupin sueña despierto y no se resigna a una vida tan modesta. La viuda le ha regalado un guardapelo en la que hay dos retratos, el de la viuda y el del chico. Turlupin entrará accidentalmente (en el sentido de que entra equivocado) en un funeral que cree de un mendigo cuando es del duque de Laval. Allí conocerá a la duquesa, que no para de mirarlo (cree él) y le robarán el famoso guardapelo. En la febril mente del chico, creerá que el simple chorizo que le ha robado el colgante era un lacayo que seguía órdenes de la duquesa, que no cesaba de mirarlo porque lo reconocía, ¿por qué? Él cree que la duquesa es su verdadera madre, que, por tanto, estaba asintiendo sin saberlo al funeral de su padre. Y ya no puede dejar de pensar en ello hasta que entre en la mansión de los duques de Laval, que cree su propia casa. Allí entrará en contacto con nobles que complotan contra el rey y el omnipotente Richelieu. En un momento de sublime embeleso, Turlupin cree que la duquesa, que le toca la cara de una forma peculiar, le está, en realidad, bendiciendo. Ya no le queda duda: la duquesa, su madre, sin decirle nada le está animando a que tome partido. Lo hará hasta perder su vida. Y entonces Perutz mete el giro argumental que todo lo explica: todo estaba en la cabeza del chico, la duquesa, en verdad, es ciega, con lo que en el funeral no lo miraba y en la mansión no lo bendijo, sino que trataba de reconocerlo con sus manos. Todo ha sido una pura ensoñación de un barbero expósito. 
  Es, pues, la historia de un equívoco, de un pobre hombre, Turlupin, que nunca supo quién era, o que no se supo conocer. La novela acaba con una frase, dicha por un personaje secundario, que acaba por resumirlo: Tal vez Dios se haya divertido un rato, como hacen los señores, a costa de un simple.
 En fin, otra joya literaria, prematuramente olvidada por las masas de lectores que son aturdidos de cuando en cuando con Premios Planeta y otras zarandajas por el estilo. Los de la editorial Muchnik dicen, con toda la razón del mundo: "Con sus libros, los escritores aprenden a narrar y los lectores vibran al ritmo de su palabra".