miércoles, 15 de julio de 2026

"Estaciones", de Mario Rigoni Stern.

  Tercera novela que leo de Rigoni, y por fin una que me gusta de veras. Pero no quiero ser injusto, tanto El sargento en la nieve como Historia de Tönle tienen un gran valor, tal como yo lo interpreto, como textos antibelicistas, pero de un pacifismo sutil, que no abomina explícitamente de la guerra, sino que narra la estupidez sin fin, la crueldad absurda de que los hombres se maten entre sí. En El sargento en la nieve lo narrado es autobiográfico, toda vez que Rigoni combatió en la división alpina tanto en Albania como en Rusia, con resultado desastroso sobre todo en ese último país, donde sus tropas fueran masacradas; eso y el posterior encarcelamiento en un campo de concentración nazi (como todos los italianos, que fueron considerados traidores por las autoridades nacionalsocialistas cuando se retiraron voluntariamente de la contienda) forma el cuerpo principal de la novela. Historia de Tönle no es autobiográfica pero sí bélica, basada en la vida simple de un pastor de las montañas vénetas (tierra también de Rigoni) que se ve abocado involuntariamente  a combatir en la Primera Guerra Mundial, él, que no era más que un pastor analfabeto funcional que no rendía pleitesía alguna hacia Italia o hacia Austria-Hungría. Son ambas novelas, pues, narraciones de guerra, pero en la que el lector inteligente siente esa inutilidad mortal de todo conflicto bélico del que hablaba antes.
 Bien, un servidor empezó a leer a Rigoni Stern no tanto por su supuesto amor a la naturaleza y cómo lo describió en sus textos. Hablé en otra entrada de la relación entre Rigoni y uno de mis autores dilectos de siempre, Primo Levi, así como de otro de gusto más reciente, Paolo Cognetti, cuyas relaciones con el escritor nacido en Asiago tenían más que ver con el disfrute de la montaña, de su flora y de su fauna, algo que tanto en Levi como en Cognetti son una constante. Bueno, pues las dos primera novelas, como digo, me dejaron un tanto frío en este sentido, aun valorando notablemente su vertiente pacifista, algo que creo propio de cualquier humano medianamente inteligente, pero no encontré esa unión con la naturaleza que buscaba, hasta ahora. Estaciones, ahora lo desarrollo en profundidad, sí muestra la unión entre el hombre y el medio natural, su admiración por la belleza del paso de las estaciones, de todo los ciclos vitales de animales y plantas. Y lo hace con la sencillez del niño que descubre la vida, sin prejuicios, sin afán utilitarista, simplemente disfrutando de ello.
 Por lo que puedo colegir, las obras de Rigoni Stern que versan sobre el medio natural sobrepasan considerablemente en número a aquéllas que lo hacen sobre el ámbito bélico, aunque estas últimas hayan tenido más éxito de público y crítica que las primeras. Desgraciadamente, en nuestra noble lengua sólo están editadas las tres novelas que ya he leído, estando el resto disponible en su lengua original, el italiano, claro. Bueno, sin ánimo de presumir, diré que un servidor, con gran dificultad y esfuerzo, lleva varios meses intentando aprender italiano por varios métodos (por internet, con guías, lecturas, hablando con italianos...), y quizá, sólo quizá, no quiero vanagloriarme, pueda, con ayuda del sempiterno diccionario, leer alguna obra de Rigoni en la lengua de Dante... En fin, lo intentaré, tal vez, en un futuro próximo.
 Pero, vamos, sin adelantarme a anhelos futuros, reseñaré brevemente la novela Estaciones de Mario Rigoni Stern. Como hace presumir el título, la novela se estructura en las cuatro estaciones, que sirven de capítulos. Comienza con el invierno, época de grandes nieves en las montañas del Véneto y de quietud biológica que contrasta grandemente con sus vivencias en los años cuarenta, su juventud, en época bélica, especialmente en la campaña de Rusia y en la prisión de los campos de concentración alemanes, con su brutalidad, la muerte sin sentido y la violencia extrema. Pero Rigoni sólo lo usa, en este caso como comparación, centrándose en la vida, adormilada, de árboles y animales, en espera de tiempos mejores.
 La primavera, como no podía ser de otro modo, supone la vuelta a la vida, la explosión biológica. El despertar de la sexualidad animal, que el autor lo centra en un animal icónico de esas montañas, el urogallo, cuyos cortejo y cópula son muy vistosos y están muy estudiados por los ornitólogos. Rigoni no se comporta aquí como científico, claro, sino como naturalista aficionado que disfruta de la belleza de unos comportamientos milenarios que están al margen de las estupideces humanas, tan coyunturales.
 El verano es la plenitud de la vida, incluso en la dura montaña. Sus experiencias en los paseos con su abuelo, que ejercía de cicerone de ese ecosistema hasta cierto punto hostil para el hombre, a pesar del endurecimiento natural de los que lo habitan.
 Es en el otoño, cuando cierra el ciclo natural, cuando el autor, en compañía de un tío abuelo suyo, combatiente de la Primera Guerra Mundial, escalan hasta las cumbres en las que en aquellos aciagos años se libraron cruentos combates entre tropas italianas y austrohúngaras, dejando cadáveres que, incluso hoy en día, permanecen allí, momificados por los fríos perennes, como recuerdo de la supina estupidez humana.
 Así que, como puede verse, la guerra no está totalmente ausente de la narración. Es evidente que ésta marcó indeleblemente a Mario Rigoni (como es normal en cualquier ser inteligente), pero, con todo, y quizás aún más como contraste, la descripción del medio natural es lo dominante en la novela. Como contraste digo, porque frente a la muerte en un instante, la naturaleza sigue otro camino muy diferente, de milenios, desdeñosa de las veleidades humanas.
 En fin, éste sí es el Rigoni Stern del que había leído en las obras de Primo Levi y Paolo Cognetti. Éste sí me interesa de verdad, en cuanto me reconcilia con la existencia (en general la observación de la naturaleza, desde mi más tierna infancia). Intentaré en un futuro, ya digo, leer a Rigoni en su lengua original. No prometo nada, en cualquier caso.