domingo, 12 de julio de 2026

"Stay-At-Home Reading", by Grant Snider. (www.incidentalcomics.com).

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"Andanzas de un granuja", de William Wilkie Collins.

  La llamada "literatura victoriana" fue pionera en muchos subgéneros narrativos admirados por millones de lectores a posteriori. Así, por ejemplo, aunque ya se había escrito algo de narrativa de terror, fue en el periodo victoriano cuando llegó a las grandes masas de lectores con el Frankenstein de Mary Shelley, los relatos de Edgar Allan Poe, Drácula de Bram Stoker, Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, Carmilla de Sheridan Le Fanu... La narrativa fantástica, tan en boga en nuestros días, tuvo el verdadero despertar en esos tiempos, con autores como H. G. Wells y su La guerra de los mundos o La máquina del tiempo; el propio Julio Verne con casi toda su obra... Luego está la narrativa policíaca y detectivesca, con impagables clásicos como Sherlock Holmes de Conan Doyle; el propio Wilkie Collins con La dama de blanco... Y, por supuesto, también el subgénero narrativo que nos ocupa: el humorístico. 
 Porque el humor fue tratado con profusión en época victoriana por casi todos los autores. Sorprendentemente, respetables autores que escribían sesudas novelas serias y moralistas, también se adentraban en la narración jocosa y de entretenimiento. Dickens usó en multitud de novelas la sátira para reírse de la estricta moralidad de su época; qué decir del humor absurdo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas; o el propio Oscar Wilde, siempre iconoclasta, poniendo en jaque la superficialidad y la hipocresía de las clases dominantes británicas. Bien, pues precisamente a ese subgénero humorístico pertenece la pequeña novela que reseño hoy: Andanzas de un granuja, de William Wilkie Collins.
 Andanzas de un granuja es, sin duda, una obra menor del autor inglés. De mucha mayor calidad es La mano muerta, relato de terror y misterio, o La dama de blanco, relato policíaco. Incluso alguna de las colaboraciones con su buen amigo Charles Dickens es de mayor calidad. Pero en esta breve novela también se aprecian chispas de alta calidad del que se llegó a considerar discípulo protegido del gran autor de Historia de dos ciudades.     
 Como su nombre indica, esta breve novela es la narración de una pintoresca y azarosa vida de alguien que se califica a sí mismo como truhan y pícaro. Está narrado en primera persona, con una prosa más rápida y sencilla de lo que es habitual en este autor y esta época, quizá para acentuar más el carácter de entretenimiento de la obra.
 Un tipo perteneciente a una familia que podría considerarse noble (aunque tienen que trabajar para ganarse la vida) elige inicialmente la profesión de su padre, médico, pero descubrirá que gana más y suda menos dibujando caricaturas que luego publica el periódico local. Las ganancias tal vez sean mayores como caricaturista que como galeno, pero no dan para el tren de vida que quiere llevar, lo cual lo lleva a endeudarse y, a causa de los débitos, a la cárcel. De las caricaturas pasa, tras un breve periodo en el que intenta vivir del retrato, a falsificar obras de arte famosas por encargo de un marchante judío. De entre la "clientela" del usurero y falsario hebreo está una joven de la que nuestro protagonista se enamora perdidamente. La joven, hija única de un viudo, parece en dificultades económicas, aunque su padre se da gran fuste y gasta con generosidad. Finalmente, el joven descubre que el padre de su amada es un falsificador de moneda, pero es, a su vez, descubierto por el criminal, que le obliga a convertirse en su empleado, o morir. Ante tal disyuntiva, el protagonista aprende a disgusto a crear verdaderas obras de arte en esa falsa ceca. Poco después, la policía allana la ilegal factoría, deteniendo a varios "trabajadores" y escapando nuestro héroe por los pelos. Por indagaciones casi detectivescas se entera de que su joven enamorada está en una casa al norte de Gales, donde la encontrará, y juntos partirán hacia Escocia con el afán de casarse. Tras el casorio, el joven es detenido, juzgado y deportado a Australia. Años después, su esposa aparecerá por la isla austral, y aprovechando que la penitenciaría considera válido como pena los trabajos como criado, lo toma como sirviente. Tras unos pocos años, la pareja, ya libre de la cárcel, medra en aquel país con la compra-venta de propiedades.
 Es, pues, una vida azarosa y complicada, pero siempre vivida con buen talante y  situaciones cómicas. 
 Leído en el siglo XXI, no parece tanta granujería, pareciendo casi más una novela de aventuras, pero hay que recordar que esta novela se publicó entre 1857 y 1879, época en que la hipocresía social campaba por sus respetos, con lo que la novela tiene algo de revolucionaria al mostrar un protagonista de tal condición social.