Siempre que acabo de leer una novela de Perutz tengo unas sensaciones contradictorias de euforia e incredulidad. Euforia por descubrir la capacidad de Perutz para combinar novela histórica con la ficción más inverosímil; incredulidad por la dificultad para acabar de comprender la intención última del escritor praguense en el dédalo de argumentos y temas.
El marqués de Bolíbar (sí, las dos con "b", no sé si por afán de diferenciarlo o por puro error) está ambientada en la Guerra de Independencia española, en la ficticia localidad asturiana de La Bisbal, donde un grupo de oficiales alemanes, al servicio de Napoleón, tratan de sofocar la rebelión y atrapar al supuesto líder de la misma, el marqués de Bolíbar. La novela resulta la lectura del diario de uno de esos oficiales, un tal Eduard von Jochberg, muerto recientemente.
Pero lo más asombroso de Perutz, como siempre, son los sorprendentes giros argumentales al combinar una narración histórica, sin aparente elementos fuera de natura con aspectos mágicos, fantásticos, totalmente ajenos a la ley natural. El efecto final, como digo, es asombroso.
En esa localidad asturiana, los oficiales tratan de atrapar al famoso marqués para desactivar la rebelión local, pero lo que no saben es que dicho noble fue asesinado por ellos mismos en el principio, cuando fusilan a un arriero, que, en realidad, era el marqués. Sólo Jochberg se dará cuenta. Los oficiales, todos jóvenes rondando los veinte años, fanfarronean durante toda la novela con supuestas aventuras amorosas con la mujer del coronel, Françoise-Marie, fallecida poco antes, y con "la Monjita", hija de un hidalgo empobrecido. Mención aparte supone el capitán Salignac, personaje extraño donde los haya, pues, aparentemente, no puede morir. Tanto es así, que uno de los alemanes, el cabo Thiele, acaba por identificarlo con el judío errante. Como ese personaje legendario, Salignac no podría morir hasta la Parusía, por lo que su temerario arrojo bélico estaría justificado, apareciendo siglo tras siglo donde se producen graves tragedias. En un momento dado, Salignac llega a rezar al Diablo, anticipando la llegada del Anticristo. Ese personaje es, digamos, un añadido de Perutz, una inclusión fantástica más en una narración por momentos delirantes.
En la propia actitud desenfrenada de los oficiales alemanes se presiente el desastre al que están atraídos irremediablemente. Así, en la batalla final todos irán cayendo, uno tras otro, bajo las balas y armas blancas de los españoles. Pero el giro argumental del final de la novela es el que deja al lector sin aliento: el joven oficial Jochberg, que todo había narrado, acaba resultando ser el marqués de Bolíbar. A pesar de su incredulidad, se ha convertido (lo puede ver en un espejo) en el propio noble español, un anciano en las últimas etapas de la vida. Y es que, sin darse cuenta, Jochberg-Bolíbar ha ido llevando a todos y cada uno de sus camaradas a la muerte; ha sido por tanto el líder de la revolución hispana. Esa revelación deja, ya digo, un regusto sorprendente que deja al lector en un estupor de admiración por la creatividad de Perutz.
No es una novela de fácil lectura. De hecho, es de las que obliga a pensar y repensar el argumento una y otra vez hasta comprender la intención del autor, algo frecuente no sólo en Perutz sino también en su contemporáneo y amigo Alexander Lernet-Holenia, que utiliza todos los recursos a su alcance para romper la línea temporal, forzando al lector a un esfuerzo intelectual que ya está en desuso en la bazofia que son los escritores de los últimos decenios. No es de extrañar que Borges tuviera a Perutz por uno de sus maestros.


.jpg)
