Tenía muchas ganas de leer a Alejandro Sawa. Convertido ya más en un personaje mítico y legendario que un verdadero escritor, hoy se le recuerda más por haber inspirado a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella en Luces de Bohemia y como ejemplo de escritor bohemio, volcado en las artes y pasando más hambre y miseria que otra cosa. Así, para todos los "letraheridos", el nombre de un tipo como Sawa sólo puede mentarse con admiración, como quien nombra a una deidad periclitada; porque, ¿a quién no le hubiera gustado pasar los años de juventud entre la bohemia parisina, hablando de literatura hasta las tantas con Verlaine entre copa y copa de absenta? Bueno, pues a mis cincuenta y cinco tacos, he de decir que yo, decididamente, no. Tal vez en alguna melopea juvenil lo hubiera deseado, pero hoy no cambiaría mi vulgar pero acomodada vida por la excelsa pero arrastrada vida de Sawa, acabada con sólo cuarenta y seis años. No quiero decir que Alejandro Sawa esté sobrevalorado en ciertos ambientes, pero sí que esa aura de literato maldito supone que tenía gran talento que no pudo aprovechar por la mediocridad del mundillo literario oficial, pero lo cierto es que el pobre de Sawa llevó una vida de práctica indigencia y que su talento literario... no parece ser para tanto.
Y de nuevo gracias a la editorial Valdemar se puede valorar este talento no tan descollante del escritor sevillano. Contiene dos de las obras más señeras de Sawa: La sima de Igúzquiza y la Historia de una reina, dos textos muy diferentes entre sí, tanto en su estructura como en su estilo.
La sima de Igúzquiza es un relato con una prosa muy galdosiana, en prácticamente todos los sentidos: es un texto que narra con una minuciosidad en su documentación que parece propio de una narración notarial; por otro lado describe de forma muy profunda la psicología de los protagonistas, en este caso de los criminales; además muestra un anticlericalismo muy en boga en la época, personalizado en el Padre Contento, otro asesino sin salvación. Eso sí, los hechos narrados son tan brutales y se regodea tanto Sawa en ese salvajismo, que, ya puestos a hacer una crítica literaria clásica, estaríamos más ante un relato de corte naturalista (con especial hincapié en los aspectos más crudos y sórdidos) que realista. En esencia, La sima de Igúzquiza narra las barbaridades cometidas en la Tercera Guerra Carlista por una partida de combatientes carlistas, encabezada por un ex-presidiario, Félix Rosa Samaniego, que, no contentos con los muertos en batalla, arrojaron a una sima natural cerca de la población navarra de Estella a un grupo de combatientes y civiles supuestamente ligados al bando realista. Lo más terrible es que esos hechos ocurrieron realmente. Otro recordatorio más de las barbaries de la actividad más animalesca del ser humano: la guerra.
Pero Historia de una reina es algo completamente diferente: es un relato que cae por completo en el modernismo, con un preciosismo en la descripción, que busca la belleza formal, justo al contrario que el relato anterior; los lugares comunes del modernismo (palacios, princesas, cisnes...) está presente en todo el texto; y la descripción psicológica del personaje principal se centra en el intimismo melancólico. Difícilmente se puede escribir un texto más diferente del anterior. Desde el punto de vista estructural, Historia de una reina también es muy diverso, pues, de forma un tanto irregular, la verdad, conjuga formas propias de un drama teatral (con los personajes al inicio de sus diálogos y con acotaciones) con la de la novela e incluso el diario. El argumento, que también se inspira en una historia real, habla de la princesa Beatriz (¿como la Beatriz de Dante?), que es todo idealismo y romanticismo en un mundo burdo y materialista. Su padre la casa, contra su voluntad, con el rey de Moravia, con la vista en asuntos terrenales y en absoluto teniendo en cuenta los sentimientos de su hija. Ésta accede finalmente y vivirá una vida triste y llena de frustraciones. En el texto, el caballero Dimitrio, consejero y voz espiritual de Beatriz, la anima a que sea "reina de los corazones de sus súbditos", que ansían poderla amar como mujer y no como reina.
En fin, no sé si habrá mucho más de Sawa disponible hoy en día, pero supongo que esto será lo más destacable, y debo decir que, efectivamente, sobrevaloraba al bohemio escritor sevillano. Puede que su vida, por terrible y dura, contrastando con un cierto talento literario fuera chocante, pero lo uno (la vida dura y terrible) no justifica lo otro (la fama y el mito). No quiero ser duro, pero, una vez más, "las apariencias engañan" y "el tiempo pone a cada uno en su lugar", y mucho me temo que el lugar de Alejandro Sawa en la literatura española es irrelevante. Tal vez su vida dé para una película sensiblera de esas que tanto gustan ahora, poco más.

