Séptima novela (y, hasta donde sé, siete novelas publicadas en su lengua original) del sueco Jonas Jonasson, que rompió moldes editoriales con su éxito inicial, El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Las líneas generales, tanto en los argumentos y temas (sátira social con joyas de humor absurdo), como en la forma (prosa rápida, casi periodística, de lectura fácil y amable) permanecen en todas sus obras, pero, mucho me temo, la calidad va bajando lentamente. Y, además, los personajes carecen de la condición impagable de Allan Karlsson, el abuelo que saltó por la ventana y se largó, un tipo entrañable con el que el lector empatiza inmediatamente, por no decir que se enamora de él sin remedio. Los protagonistas de El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina son también verosímiles y redondos, pero carecen de ese atractivo del centenario. Sin embargo, diré que esta novela de Jonasson parece más trabajada en el ámbito de la documentación, recordándome por momento a las obras de Per Olov Enquist, quien destacaba por incluir fragmentos históricos absolutamente verídicos. Aquí, Jonasson opta por incluir personajes históricos como Óscar I de Suecia o su esposa, Josefina de Leuchtenberg. Por otro lado, la preocupación del autor sueco por cuestiones sociales, hasta favorecer una revolución pacífica no se había mostrado tan a las claras hasta ahora.
Entre los temas de la novela pues, están los cambios sociales que se produjeron en Suecia, a remolque de otros países europeos, especialmente de Francia, a mitad del siglo XIX, pero también la aceptación de la homosexualidad, así como una mayor igualdad en la capacidad de decisión entre los dos sexos. Por todo ello digo que quizá sea la novela más orientada hacia los aspectos sociales de Jonasson.
El argumento, grosso modo, narra esa revolución pacífica en una Suecia atrasada que había quedado al margen de las revoluciones que habían tenido lugar en buena parte de Europa en 1848 y que acabaría con el Absolutismo y el Antiguo Régimen como modos de gobierno. Jonasson lo particulariza en unos condes, los de Bielkegren, que quieren mantener todos su privilegios, incluido el "derecho de pernada" y el de poder despojar a aquellos de sus súbditos que prosperan de sus modos de vida, para enriquecerse ellos mismos. Pero esa avariciosa familia topará con un porquero espabilado, Algot Olsson, al que se unirá un impresor poco escrupuloso, Zimmermann, y su hija, Anna Stina. El método de enriquecimiento de estos desheredados de la tierra será la elaboración de un aguardiente, al que, de forma inventada pero efectiva, atribuirán características salutíferas. El conde, intentará apropiarse del lucrativo espirituoso aprovechando una visita del rey, al que cree su aliado, pero hete aquí que el monarca es ampliamente reconocido como un redomado abstemio y enemigo del consumo de alcohol por las clases populares, con lo que al conde le sale el tiro por la culata y en cuestión de horas pasa de ser rico a tener que hacer frente a unas deudas contraídas con el porquero tiempo atrás y que ahora no puede pagar. El resultado final será esa revolución pacífica de la que antes hablaba, con la familia condal reducida a meros porqueros y los ganaderos porcinos en dueños del palacio del conde y todas sus tierras.
En fin, como decía antes, son las formas y los temas clásicos de Jonas Jonasson, bastante más documentado que las anteriores, con un toque social más marcado, aunque con argumento y personajes menos atrayentes. Entiendo que el sueco no era un novelista profesional de primeras, ya que trabajó para televisiones de su país como guionista y productor, y quizá el enorme éxito internacional de su primera novela lo animó a continuar esta ardua senda, en la que, todo parece señalar, sigue bajando peldaños de calidad.

