miércoles, 23 de septiembre de 2026

Equinoccio de otoño.

Brueghel, Abraham, 1660-1669, Alegoría del otoño, [óleo sobre lienzo]. Colección privada.
Imagen tomada de Wikimedia Commons.

domingo, 20 de septiembre de 2026

"Papillon", de Henri Charriere.

 Alternando con literatura de mucho más alto fuste, me gusta leer lo que podría llamarse "narrativa de aventuras", la mayoría, autobiográficas. Así, hace un par de años leí Kon-Tiki, la travesía oceánica con una balsa hecha con totora que emprendió el noruego Thor Heyerdahl para demostrar que los antiguos andinos pudieron poblar la Polinesia; Siete años en el Tíbet, de Heinrich Harrer, en la que el expedicionario austriaco se interna en aquel país austriaco antes y durante la invasión china; o Nadadores en el desierto, en la que el noble húngaro Ladislaus Almásy relata sus aventuras en el desierto líbico y el descubrimiento de importantes restos arqueológicos. Papillon de Henri Charrière podría encajar en esa narrativa de aventuras, pero tras haberla leído (con gran dificultad y desagrado) he llegado a la conclusión de que no es sino la narración de un farsante, un mentiroso, un fanfarrón y, por supuesto lo peor de todo, un asesino. Porque es evidente que, por ejemplo, Heinrich Harrer tuvo conexiones con el nacionalsocialismo o, al menos, se dejó querer por las estúpidas ideas racistas de Heinrich Himmler, para que el ministro del Interior del Tercer Reich financiara la extraordinariamente cara expedición al Tíbet; pero está claro que Harrer mismo no fue nazi y, mucho más claro todavía, no participó en las aberraciones de ese abominable credo político que ensangrentó Europa en los años 40 del pasado siglo. Más o menos lo mismo se puede decir de Almásy, cuyas correrías por el norte de África también estuvieron sufragadas por el Tercer Reich, y aunque parece que tuvo una creencia demasiado pagada de sí mismo y su pertenencia a la nobleza, nunca participó de los terribles desatinos nacionalsocialistas. Todo lo más, de ambos se puede decir que no llegaron a denunciar el nazismo por puro interés, que se aprovecharon de ellos para conseguir financiación para sus expediciones, ya fueran asiáticas o africanas. Del noruego Thor Heyerdahl no queda duda ninguna, pues luchó contra la ocupación nazi de su país y en su obra principal, la citada Kon-Tiki, expresa a menudo su creencia en la igualdad de todos los seres humanos, especialmente ante la adversidad, rechazando de plano cualquier estupidez racista de superioridad de unos sobre otros.
 Todo lo anterior viene a cuento porque mucho me temo que con la edad me estoy volviendo un moralista. O quizá lo fui siempre y ahora lo admito, no lo sé. Pero lo cierto es que cuando leo obras que no son de ficción tiendo a enterarme de quién fue el autor, que vida llevó (fijándome especialmente si se trata de un caso de doble moral o hipocresía, tan desgraciadamente abundante en nuestros días) y cómo lo defiende. Si se trata de ficción, obviamente, ya no entro en lo que se narra o en su catadura moral (sería una buena broma valorar la bonhomía de las criaturas primordiales de Lovecraft, ¡ja!). Pero claro, la culpa, una vez más, es mía, al querer meter en esa supuesta "narrativa de aventuras" a las peripecias de un criminal durante su reclusión penitenciaria.
 En fin, Papillon relata con una prosa rápida, con poca adjetivación, mucho diálogo y pocas frases subordinadas, lo que comúnmente se llama "prosa periodística", eso sí, bastante correcta, relata, digo, como Henri Charrière, un joven francés de Ardèche, habitual residente de los bajos fondos, es juzgado por el asesinato de un proxeneta. Él jura y perjura que es inocente, pero el testimonio de un testigo directo lo inculpa ante el tribunal popular que lo juzga, condenándolo a perpetuidad en la colonia francesa de la Guayana. El nombre de la novela es el apodo del protagonista, es bien conocido, ya que tiene tatuada una mariposa en el pecho. Todo lo demás es una sucesión inverosímil de andanzas que tienen como finalidad escapar del brutal presidio para vengarse del juez, del chivato que testificó en su contra y del tribunal popular (obviamente, no se quería vengar a besos, la idea de "acabar con ellos" ronda en todo momento por el libro). Así, el autor describe desde el terrible viaje en barco hasta la Guayana, durante el cual ya muere un preso, a la prisión en un penal rodeado de marismas plagadas de cocodrilos y los salvajes malos tratos de los guardianes. Con todo, Charrière consigue escapar en una frágil canoa junto con otros dos presos y refugiarse inicialmente en una cueva abandonada para luego llegar a Trinidad, isla en aquel momento administrada por los británicos; llegar a Colombia, donde será de nuevo encarcelado, aunque conseguirá, una vez más de forma inverosímil, escapar; llegar a la Península de la Guajira, habitada por los supuestamente fieros indios guajiros, con los que sin embargo el propio Charrière se entiende muy bien, hasta el punto de convivir con dos indias y dejarlas embarazadas; de ahí de nuevo a Colombia, donde los entregarán a las autoridades coloniales francesas que lo recluirán en lo más duro de la Guayana, en penales en pequeñas islas a poca distancia de la costa del continente, en aislamiento absoluto; después volverá al penal principal, de conseguirá escaparse por enésima vez; llegando a Venezuela, donde vivirá como hombre libre hasta que en su país prescriba la pena a perpetuidad que le fue impuesta.
 Toda esa relación apresurada y confusa que acabo de hacer es el resumen de la tormentosa vida de ese joven que de ser condenado a perpetuidad, acabó cumpliendo trece años de reclusión. Y recalco lo de apresura y confusa porque es lo que el lector acaba sacando en conclusión tras tragarse las más de seiscientas páginas de la novela. Eso y la absoluta inverosimilitud de la mayor parte de la misma. Y es que de puro fantasiosa, la narración de Charrière acaba siendo la concatenación de una trola tras otra, pero trolas infantiles, de esas que por lo absurdas que son son increíbles. Buscando en los océanos internáuticos se encuentra uno con declaraciones de algunos correligionarios de prisión que cuentan que buena parte de la novela es inventada, otra es exageración y otra lo que le ocurrió a otros presos. En definitiva, que el bueno de Charrière sí que escribió al final una obra de ficción.
 Pero lo peor, a mi humilde entender, es que un tema fundamental de la novela es la denuncia de la brutalidad de los sistemas judicial y penal franceses de la época, donde la tortura era una herramienta perfectamente engrasada para doblegar la cerviz de los presos y convertirlos en zombis sumisos. Esa denuncia es evidentemente justa, más cuanto más tiempo pasa, toda vez que hoy Francia es una nación totalmente democrática que respeta los derechos humanos de todos sus ciudadanos, incluidos los recluidos en centros penitenciarios. Pero, claro, otra cosa era hace cien años. Lo cierto es que el propio Charrière ejerce de moralista aquí al denunciar esas brutalidades, pero él mismo participa de ellas. Al margen de que asesinara o no al proxeneta de marras, razón por la que fue encarcelado, en la novela narra cómo asesina a varios hombres, alguno preso y otros carceleros. En estos casos siempre se justifica, bien como defensa propia, bien porque las víctimas eran series despreciables. Pero los asesinó, eso no lo niega. Tendrá menos importancia que los asesinatos, pero hoy en día no parece aceptable que, habiendo convivido con dos indias guajiras, las abandone estando éstas embarazadas; quizá en los años cincuenta del pasado siglo esto fuera visto como la "machada" de un hombrón, pero ahora no parece más que la cobardía de un miserable. En fin, estas cosas no dejan de ser juicios morales que un servidor emite, pero que, como decía antes, al no ser ficción, no puedo dejar de pensarlo. 
 En conclusión: me ha costado horrores leer esta novela, como digo, por la inmoralidad patente y militante del autor, como por la sucesión de trolas infantiles de principio a fin. Como anécdota, comentaré que en 1973 se rodó la famosísima versión cinematográfica dirigida por Franklin J. Schaffner, protagonizada por Steve McQueen como Henri Charrière y Dustin Hoffman en el papel de Louis Dega. Bien, lo cierto es que la película está sólo inspirada en la novela, pasando muy por encima en determinados momentos (la estancia con los indios guajiros, por ejemplo), cambiando algunos pasajes más ásperos y eliminando otros (sobre todo los relacionados con la violencia extrema que el protagonista ejerce sobre otros). No me ha gustado la novela, no la recomiendo.

martes, 15 de septiembre de 2026

"Las hojas caídas", de Wilkie Collins.

  Después de la desafortunada lectura de Auto de fe, de Canetti, tenía que volver a mi hogar literario, a mi "zona de confort" en la lectura, a aquellos autores en los que me regocijo habitualmente y encuentro la alta calidad que busco, en definitiva, tenía que volver a la literatura victoriana. Y para ello nada mejor que una de las obras más valoradas de William Wilkie Collins, Las hojas caídas, que contiene todas las características tan admirables de la literatura victoriana. Por cierto, antes de comenzar la recensión, diré que el título (The Fallen Leaves) hace referencia a aquéllos que han caído del árbol, símil para los desafortunados de nuestra sociedad, un tema también muy victoriano.
 Según el traductor, Miguel Martínez-Lage, la novela tiene un evidente carácter autobiográfico, pues las complicaciones amatorias y matrimoniales que refleja fueron experimentadas por el propio Collins, que llegó a tener simultáneamente dos familias. La novela fue publicada en 1879 y quedó como la última de alta calidad del autor, toda vez que en adelante las novelas publicadas fueron de menor categoría, tal vez provocado por el consumo adictivo al láudano, aspecto que también recoge el traductor en su posfacio. Ignoro si esta novela fue escrita con la colaboración de su amigo Charles Dickens, que tanto y tan bien le influiría para adquirir esa categoría de gran escritor que lo acompaña hasta nuestros días, pero desde luego se aprecian temas muy "dickensianos" en esta novela, siendo el más destacado quizá el tratamiento importante de las desigualdades sociales en la Inglaterra de la época reflejadas en los niños de la calle, la cara más triste y vergonzosa de la era victoriana.
 El argumento de Las hojas caídas es, grosso modo, el siguiente: en un prólogo dieciséis años anterior a la acción de la novela, el autor da a conocer el abandono de una pobre criatura tras su nacimiento, instigado por su progenitor, que la cree un obstáculo para su futura felicidad con la joven madre. Dieciséis años después, comienza la novela con un joven, Amelius Goldenheart (nótese el sugerente apellido, "Corazón de oro", truco un tanto pueril habitual en Collins) que regresa a Inglaterra tras pasar más de veinte años en una colonia para socialistas cristianos de América. Tras ponerse en contacto con su familia lejana en Europa, los Farnaby, es, inicialmente, recibido con los brazos abiertos, llegando a establecer un compromiso de matrimonio con su sobrina, Regina. Pero, siguiendo el clásico planteamiento de "presentación-embrollo-resolución" que seguían las novelas de la época, todo se complica cuando la señora Farnaby le encarga la inverosímil tarea de encontrar a la hija que le fue arrebatada al nacimiento. Por otro lado, en esos capítulos tan "dickensianos" a los que hacía referencia antes, Amelius se encuentra en los bajos fondos londinenses con una criatura maltratada, apaleada hasta casi su exterminio (si no físico, sí anímico) que es Sally "la simple". Tan terrible impresión causará en ese corazón de oro del socialista cristiano, que la recogerá en su casa, la alimentará, vestirá y protegerá en adelante. Para complicar más las cosas aparecerá un siniestro personaje: Jervy, un "vagabundo irlandés" que, enterado de la búsqueda de la señora Farnaby sobre su hija, la extorsionará con ayuda de la criada despedida de ésta, Phoebe. El resultado de tal extorsión será el suicidio con estricnina de la señora Farnaby. 
 La falsedad y la maledicencia social, otros temas muy "dickensianos" aparecen cuando los biempensantes Farnaby, con su sobrina Regina a la cabeza (aquella prometida de Amelius) sospechan que la relación del joven con la tal Sally no es meramente caritativa, sino que sospechan una relación sentimental o carnal entre ellos. Tanto es así, que, con la participación de un intrigante que desea sacar provecho personal, un tal Melton, consigue que Regina rompa su compromiso de matrimonio con Amelius. El argumento se complica más cuando Sally se entera de dicha ruptura y sale de casa de su protector, volviendo al arroyo del que salió.
 Tras todo tipo de peripecias, la novela termina con el castigo de los supuestos "malvados": Jervy, el extorsionador, aparece flotando en el Támesis con varias puñaladas; Farnaby y, consecuentemente, Regina se arruinan. Mientras que los protagonistas son premiados con la felicidad y el éxito: Amelius y Sally se casarán.
 Ese es el argumento muy por encima, los temas son la hipocresía social, las brutales diferencias socioeconómicas entre los señores y los pobres de la gran urbe londinense, así como el choque de ideales de una sociedad capitalista y deshumanizada con las pequeñas colonias socialistas cristianas que se establecían en el Nuevo Mundo.
 Es una gran novela, en suma. La he disfrutado mucho, tal vez más después de haber leído ese bodrio de Canetti. Me ha reconciliado con la buena literatura, esa que entretiene a la vez que te hace pensar en un mundo un poco mejor que este en el que nos movemos.

lunes, 7 de septiembre de 2026

"Auto de fe", de Elías Canetti.

  ¿Por qué no hay que hacer caso de las recomendaciones? Pues es obvio: porque cada lector es un mundo aparte, con sus preferencias, sus interpretaciones, su pasado lector, su cotidianeidad... Así que, lo que para uno es una obra maestra, una novela, por ejemplo, que nunca olvidará, que lo marcó incluso como persona, para otro puede ser un bodrio insoportable. Y es que por mucha amistad que nos una con cierta persona, incluso teniendo gustos literarios semejantes, hay que ser reticentes a sus recomendaciones (y evitar recomendar nada, en general). Eso es lo que me ha pasado a mí: que he cometido el error de escuchar el consejo de un amigo al que me unen muchos gustos culturales (musicales y literarios principalmente), y lo que para él era una obra maestra (capolavoro, diría él en su lengua materna) a mí me ha parecido un bodrio infumable.
 Y ¿qué obra era esa? Ni más ni menos que la única novela del Premio Nobel de literatura de 1981, el escritor búlgaro de nacimiento, sefardí de origen, británico de nacionalidad y alemán de lengua, Elías Canetti. Es éste un autor prolífico en ensayística, la mayoría de su obra, también tiene varias obras de teatro, alguna que otra biografía y una única novela: Auto de fe. Esta es la novela que he leído (me he tragado como a quien se le hace comulgar con ruedas de molino), más por deferencia a este amigo trasalpino que otra cosa. Porque, ya lo he dicho más de una vez, no tengo el más mínimo respeto por los premios literarios, comerciales o no. Los comerciales, como el Planeta en España, Strega en Italia o el Goncourt en Francia tienen, como su nombre indica, la única finalidad de publicitar y promocionar a un autor y su obra; en ellos el autor ya es frecuentemente conocido en los medios de comunicación (en los últimos años, por ejemplo una presentadora de televisión y un tertuliano ¡¡¡!!!), por tanto la calidad literaria de sus obras (en muchos casos se suele decir que ni siquiera lo han escrito ellos) no tiene interés, es pura literatura comercial, de batalla. Pero es que con los premios literarios institucionales, entre los que el Premio Nobel es, claro está, el más famoso y prestigioso, pasa tres cuartos de lo mismo. En este caso no se trata tanto de promocionar a un autor y su obra, sino de cumplir con directrices políticas, sociales y económicas en boga en el momento. Así, no es raro ver que cuando se quiere apoyar a un determinado país en el ámbito internacional, uno de sus escritores más señeros acabe obteniendo el Nobel, o que si un escritor pertenece a una categoría determinada y ésta quiera ser premiada vaya a obtenerla sin duda. Aquí tampoco, pues, importa mucho la calidad literaria del premiado. Tal vez pasó eso con Elías Canetti en 1981. O tal vez, y puede que esté siendo yo injusto, la obra importante de este autor esté en sus ensayos o en su teatro.
 Y, precisamente hablando de la ensayística de Elías Canetti, en ésta tiene un papel muy importante la crítica a la obra de Franz Kafka. Digo esto porque la novela que recensiono tiene unas clarísimas deudas estilísticas y temáticas con la obra de Kafka. Efectivamente, el planteamiento que hace Canetti tiene esas características que siempre se atribuyen al autor de La metamorfosis, esas que permiten aplicar el adjetivo kafkiano a  Auto de fe: situaciones opresivas, angustiosas, que se repiten en bucle sin  posibilidad de terminar, personajes alienados, sensación de estar en una pesadilla de la que no se puede despertar... No es, pues, casualidad, que si Canetti era un especialista en Kafka, se hubiera dejado influenciar en exceso por el praguense. 
 Auto de fe narra un fragmento de la vida de Peter Kien, experto sinólogo de vida casi eremítica, pues apenas sale de su piso con las paredes repletas de decenas de miles de libros, que llega a renunciar a cátedras y empleos relacionados con la literatura oriental por no alejarse nunca de su biblioteca personal. Tanto es así, que cuando sale a la calle lo hace acompañado de dos o tres libros para no perder totalmente el contacto con ellos. Por supuesto, las relaciones personales de Kien son absolutamente inexistentes, a no ser por la asistenta que limpia su piso. Precisamente con ella, con Teresa, empieza una relación con ella, mujer ignorante y mezquina, porque la cree altruista y desinteresada (también aquí hay mucho argumento kafkiano, con el protagonista pensando de forma caótica y obsesiva en todo momento). Tras casarse con ella, sin embargo, todo se tuerce: ella sólo está interesada en lo material, decepcionada ante la pobreza física de Kien, decide y consigue expulsarlo de su casa y comienza a vender sus libros. De ahí en adelante todo es cuesta abajo en la locura de Peter Lien, que se relacionará con los elementos más bajos y repulsivos del hampa de su ciudad, hasta que trate de que su hermano George, eminente psiquiatra parisino, lo cure (aquí, por cierto hay otro rasgo autobiográfico, pues Canetti tenía un hermano médico llamado Georges y residente en Francia). El final, ya delirante, consiste en que Kien vuelve a su piso, a su biblioteca, y prende fuego a la misma, inmolándose mientras ríe como un demente.
  En fin, una novela muy complicada, muy difícil de leer, que deja esa sensación de las novelas de Kafka (mucho más duro de leer El proceso o El castillo que La metamorfosis, quizá por una simple cuestión de duración, pues la locura en dosis pequeñas es más tolerable), pero con un escritor de un talento literario menor (o tal vez, como un imitador de Kafka, no original, por tanto). No recomiendo la lectura de Auto de fe salvo que se sepa con antelación hasta que punto puede ser desquiciante las enloquecidas digresiones en bucle de sus protagonistas, que acaban provocando una sensación angustiante y desasosegante en el lector.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

"Clouds beyond Branches", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"The Secret of Secrets", by Dan Brown.

  Preparando ya mi viaje a Praga este octubre, con parada obligatoria en el Rudolfinum para escuchar a la Orquesta Filarmónica de Chequia, estoy leyendo narrativa ambientada en la capital del Moldava. Siendo una ciudad relativamente pequeña, Praga disfruta de una enorme cantidad de escritores de altísima calidad que escribieron viviendo allí. Obviamente hay que pensar primero en Kafka, aunque en sus obras no se haga referencia a la ciudad; también Gustav Meyrink, vienés, pero que sitúa su principal obra allí: El Golem, como bien es sabido, con referencias continuas al barrio judío y sus sinagogas; también está Jaroslav Hasek y las Las aventuras del buen soldado Sveijk, con ese humor absurdo; también praguense era Leo Perutz; el italiano Umberto Eco y El cementerio de Praga; el excelente Jiri Weil con Mendelssohn en el tejado o Vida con estrella. En fin, son muchas las novelas que en algún modo tienen a Praga como coprotagonista de la trama. Y, aconsejado, incluí a un autor de best sellers con sus thriller, generalmente ambientados en ciudades Europeas, el multimillonario Dan Brown. Brown es el archiconocido autor de El código Da Vinci, con su protagonista favorito, alter ego del autor, Robert Langdon, mitad historiador del arte y mitad hombre de acción. Ese tal Langdon también protagoniza The Secret of Secrets, ambientado, claro está, en Praga de principio a fin. No lo voy a negar: de la calidad de los autores arriba citados a la de Dan Brown hay un bajón terrible. Me temo que Dan Brown es un autor de nuestro tiempo, en el sentido más cruel de la expresión. Es decir, es narrativa de batalla. No está mal escrita, el suspense está bien mantenido hasta el final, los personajes son relativamente verosímiles... ¡Vaya, que no está tan mal este Dan Brown! Pero está a años luz de Kafka, Perutz, Weil o Meyrink. Lo que sí he aprovechado es para leerlo en versión original, y así revivir algo mi oxidado inglés; es por ello por lo que pongo el título en la lengua en la que fue escrito.
 The Secret of Secrets narra las peligrosas aventuras que sufren el historiador del arte e investigador Robert Langdon y su pareja, la escritora especializada en la noesis, la ciencia (algunos dicen pseudociencia) que estudia el acto intencional de intelección, la doctora Katherine Solomon. Ésta está a punto de publicar un estudio sobre la conciencia, y parece que alguien está muy interesado en que esas avanzadas investigaciones no se publiquen nunca. En primer lugar, los originales que tenían en la red, tanto el editor como la propia autora desaparecen por completo, el manuscrito impreso también desaparece; después, una peligrosa unidad de inteligencia de la policía checa persigue a los dos estadounidenses con fines claramente criminales. Por otro lado, la doctora Brigita Gessner, otra renombrada especialista en conciencia desaparece igualmente, encontrándose su cadáver poco después. 
 Brown intercala las peripecias de Langdon y Solomon con las extrañas actuaciones de dos personajes, una bien delineada, Sasha Vesna, una antigua paciente de la doctora Gessner, que comenzó tratando su epilepsia y acabó como ayudante de la doctora; y otro mucho más neblinoso al que el autor da el nombre más conocido de la Edad Media praguense, El Golem. Curiosamente, esto no es casual, cuando aparece la una no está el otro. El Golem es un personaje violento, responsable de la muerte de Gessner y de un agente de la CIA agregado a la embajada. Además de esta otra línea argumental, también están las luchas intestinas de la propia embajada de Estados Unidos en Praga, con la embajadora (antigua agente de la CIA) en el punto de mira de los directores de la famosa agencia de inteligencia.
 Poco a poco, Langdon y Solomon se irán enterando de un secretísimo proyecto de investigación que el gobierno de los Estados Unidos tiene en la capital checa, conocido como Threshold (límite o umbral en español), con un laboratorio subterráneo en pleno centro de la ciudad. Con ayuda de Sasha Vesna y la agudeza investigadora de Langdon conseguirán entrar en el fortificado subterráneo, descubriendo que los estudios que se llevan a cabo son exactamente los que esboza en su desaparecido libro la doctora Solomon, pero en un estado mucho más avanzado.
 Los avances de El Golem, que parece querer vengarse de un tratamiento ignominioso y brutal que sufrió Vesna a manos de Gessner, con lo que acabará por provocar una devastadora explosión en el laboratorio subterráneo. Explosión que matará al directivo de la CIA que encabeza el proyecto Threshold, y de la cual se librarán por centímetros Solomon y Langdon.
 La novela finaliza cuando se descubre que Sasha Vesna no sólo es epiléptica, sino también esquizofrénica, llegando a tener dos personalidades totalmente disociadas: la propia y la del famoso Golem, siendo totalmente ignorante de cuándo actúa como tal. Por otro lado, la doctora Solomon consigue llegar a un acuerdo con la agencia de inteligencia que le permitirá publicar su estudio sin tapujos ni cortapisas; estudio, por otra parte, del que milagrosamente se ha salvado una copia.
 En fin, como decía antes, es una novela efectista con tanta persecución, asesinatos y explosiones. La tensión está bien mantenida hasta el final, aunque poco a poco (también esto es intencionado) el lector va comprendiendo lo que de verdad ocurre. Eso sí, es una prosa bastante ramplona en comparación con la más alta literatura. Alta literatura a la que un servidor está acostumbrado, felizmente.