domingo, 20 de septiembre de 2026

"Papillon", de Henri Charriere.

 Alternando con literatura de mucho más alto fuste, me gusta leer lo que podría llamarse "narrativa de aventuras", la mayoría, autobiográficas. Así, hace un par de años leí Kon-Tiki, la travesía oceánica con una balsa hecha con totora que emprendió el noruego Thor Heyerdahl para demostrar que los antiguos andinos pudieron poblar la Polinesia; Siete años en el Tíbet, de Heinrich Harrer, en la que el expedicionario austriaco se interna en aquel país austriaco antes y durante la invasión china; o Nadadores en el desierto, en la que el noble húngaro Ladislaus Almásy relata sus aventuras en el desierto líbico y el descubrimiento de importantes restos arqueológicos. Papillon de Henri Charrière podría encajar en esa narrativa de aventuras, pero tras haberla leído (con gran dificultad y desagrado) he llegado a la conclusión de que no es sino la narración de un farsante, un mentiroso, un fanfarrón y, por supuesto lo peor de todo, un asesino. Porque es evidente que, por ejemplo, Heinrich Harrer tuvo conexiones con el nacionalsocialismo o, al menos, se dejó querer por las estúpidas ideas racistas de Heinrich Himmler, para que el ministro del Interior del Tercer Reich financiara la extraordinariamente cara expedición al Tíbet; pero está claro que Harrer mismo no fue nazi y, mucho más claro todavía, no participó en las aberraciones de ese abominable credo político que ensangrentó Europa en los años 40 del pasado siglo. Más o menos lo mismo se puede decir de Almásy, cuyas correrías por el norte de África también estuvieron sufragadas por el Tercer Reich, y aunque parece que tuvo una creencia demasiado pagada de sí mismo y su pertenencia a la nobleza, nunca participó de los terribles desatinos nacionalsocialistas. Todo lo más, de ambos se puede decir que no llegaron a denunciar el nazismo por puro interés, que se aprovecharon de ellos para conseguir financiación para sus expediciones, ya fueran asiáticas o africanas. Del noruego Thor Heyerdahl no queda duda ninguna, pues luchó contra la ocupación nazi de su país y en su obra principal, la citada Kon-Tiki, expresa a menudo su creencia en la igualdad de todos los seres humanos, especialmente ante la adversidad, rechazando de plano cualquier estupidez racista de superioridad de unos sobre otros.
 Todo lo anterior viene a cuento porque mucho me temo que con la edad me estoy volviendo un moralista. O quizá lo fui siempre y ahora lo admito, no lo sé. Pero lo cierto es que cuando leo obras que no son de ficción tiendo a enterarme de quién fue el autor, que vida llevó (fijándome especialmente si se trata de un caso de doble moral o hipocresía, tan desgraciadamente abundante en nuestros días) y cómo lo defiende. Si se trata de ficción, obviamente, ya no entro en lo que se narra o en su catadura moral (sería una buena broma valorar la bonhomía de las criaturas primordiales de Lovecraft, ¡ja!). Pero claro, la culpa, una vez más, es mía, al querer meter en esa supuesta "narrativa de aventuras" a las peripecias de un criminal durante su reclusión penitenciaria.
 En fin, Papillon relata con una prosa rápida, con poca adjetivación, mucho diálogo y pocas frases subordinadas, lo que comúnmente se llama "prosa periodística", eso sí, bastante correcta, relata, digo, como Henri Charrière, un joven francés de Ardèche, habitual residente de los bajos fondos, es juzgado por el asesinato de un proxeneta. Él jura y perjura que es inocente, pero el testimonio de un testigo directo lo inculpa ante el tribunal popular que lo juzga, condenándolo a perpetuidad en la colonia francesa de la Guayana. El nombre de la novela es el apodo del protagonista, es bien conocido, ya que tiene tatuada una mariposa en el pecho. Todo lo demás es una sucesión inverosímil de andanzas que tienen como finalidad escapar del brutal presidio para vengarse del juez, del chivato que testificó en su contra y del tribunal popular (obviamente, no se quería vengar a besos, la idea de "acabar con ellos" ronda en todo momento por el libro). Así, el autor describe desde el terrible viaje en barco hasta la Guayana, durante el cual ya muere un preso, a la prisión en un penal rodeado de marismas plagadas de cocodrilos y los salvajes malos tratos de los guardianes. Con todo, Charrière consigue escapar en una frágil canoa junto con otros dos presos y refugiarse inicialmente en una cueva abandonada para luego llegar a Trinidad, isla en aquel momento administrada por los británicos; llegar a Colombia, donde será de nuevo encarcelado, aunque conseguirá, una vez más de forma inverosímil, escapar; llegar a la Península de la Guajira, habitada por los supuestamente fieros indios guajiros, con los que sin embargo el propio Charrière se entiende muy bien, hasta el punto de convivir con dos indias y dejarlas embarazadas; de ahí de nuevo a Colombia, donde los entregarán a las autoridades coloniales francesas que lo recluirán en lo más duro de la Guayana, en penales en pequeñas islas a poca distancia de la costa del continente, en aislamiento absoluto; después volverá al penal principal, de conseguirá escaparse por enésima vez; llegando a Venezuela, donde vivirá como hombre libre hasta que en su país prescriba la pena a perpetuidad que le fue impuesta.
 Toda esa relación apresurada y confusa que acabo de hacer es el resumen de la tormentosa vida de ese joven que de ser condenado a perpetuidad, acabó cumpliendo trece años de reclusión. Y recalco lo de apresura y confusa porque es lo que el lector acaba sacando en conclusión tras tragarse las más de seiscientas páginas de la novela. Eso y la absoluta inverosimilitud de la mayor parte de la misma. Y es que de puro fantasiosa, la narración de Charrière acaba siendo la concatenación de una trola tras otra, pero trolas infantiles, de esas que por lo absurdas que son son increíbles. Buscando en los océanos internáuticos se encuentra uno con declaraciones de algunos correligionarios de prisión que cuentan que buena parte de la novela es inventada, otra es exageración y otra lo que le ocurrió a otros presos. En definitiva, que el bueno de Charrière sí que escribió al final una obra de ficción.
 Pero lo peor, a mi humilde entender, es que un tema fundamental de la novela es la denuncia de la brutalidad de los sistemas judicial y penal franceses de la época, donde la tortura era una herramienta perfectamente engrasada para doblegar la cerviz de los presos y convertirlos en zombis sumisos. Esa denuncia es evidentemente justa, más cuanto más tiempo pasa, toda vez que hoy Francia es una nación totalmente democrática que respeta los derechos humanos de todos sus ciudadanos, incluidos los recluidos en centros penitenciarios. Pero, claro, otra cosa era hace cien años. Lo cierto es que el propio Charrière ejerce de moralista aquí al denunciar esas brutalidades, pero él mismo participa de ellas. Al margen de que asesinara o no al proxeneta de marras, razón por la que fue encarcelado, en la novela narra cómo asesina a varios hombres, alguno preso y otros carceleros. En estos casos siempre se justifica, bien como defensa propia, bien porque las víctimas eran series despreciables. Pero los asesinó, eso no lo niega. Tendrá menos importancia que los asesinatos, pero hoy en día no parece aceptable que, habiendo convivido con dos indias guajiras, las abandone estando éstas embarazadas; quizá en los años cincuenta del pasado siglo esto fuera visto como la "machada" de un hombrón, pero ahora no parece más que la cobardía de un miserable. En fin, estas cosas no dejan de ser juicios morales que un servidor emite, pero que, como decía antes, al no ser ficción, no puedo dejar de pensarlo. 
 En conclusión: me ha costado horrores leer esta novela, como digo, por la inmoralidad patente y militante del autor, como por la sucesión de trolas infantiles de principio a fin. Como anécdota, comentaré que en 1973 se rodó la famosísima versión cinematográfica dirigida por Franklin J. Schaffner, protagonizada por Steve McQueen como Henri Charrière y Dustin Hoffman en el papel de Louis Dega. Bien, lo cierto es que la película está sólo inspirada en la novela, pasando muy por encima en determinados momentos (la estancia con los indios guajiros, por ejemplo), cambiando algunos pasajes más ásperos y eliminando otros (sobre todo los relacionados con la violencia extrema que el protagonista ejerce sobre otros). No me ha gustado la novela, no la recomiendo.

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