martes, 15 de septiembre de 2026

"Las hojas caídas", de Wilkie Collins.

  Después de la desafortunada lectura de Auto de fe, de Canetti, tenía que volver a mi hogar literario, a mi "zona de confort" en la lectura, a aquellos autores en los que me regocijo habitualmente y encuentro la alta calidad que busco, en definitiva, tenía que volver a la literatura victoriana. Y para ello nada mejor que una de las obras más valoradas de William Wilkie Collins, Las hojas caídas, que contiene todas las características tan admirables de la literatura victoriana. Por cierto, antes de comenzar la recensión, diré que el título (The Fallen Leaves) hace referencia a aquéllos que han caído del árbol, símil para los desafortunados de nuestra sociedad, un tema también muy victoriano.
 Según el traductor, Miguel Martínez-Lage, la novela tiene un evidente carácter autobiográfico, pues las complicaciones amatorias y matrimoniales que refleja fueron experimentadas por el propio Collins, que llegó a tener simultáneamente dos familias. La novela fue publicada en 1879 y quedó como la última de alta calidad del autor, toda vez que en adelante las novelas publicadas fueron de menor categoría, tal vez provocado por el consumo adictivo al láudano, aspecto que también recoge el traductor en su posfacio. Ignoro si esta novela fue escrita con la colaboración de su amigo Charles Dickens, que tanto y tan bien le influiría para adquirir esa categoría de gran escritor que lo acompaña hasta nuestros días, pero desde luego se aprecian temas muy "dickensianos" en esta novela, siendo el más destacado quizá el tratamiento importante de las desigualdades sociales en la Inglaterra de la época reflejadas en los niños de la calle, la cara más triste y vergonzosa de la era victoriana.
 El argumento de Las hojas caídas es, grosso modo, el siguiente: en un prólogo dieciséis años anterior a la acción de la novela, el autor da a conocer el abandono de una pobre criatura tras su nacimiento, instigado por su progenitor, que la cree un obstáculo para su futura felicidad con la joven madre. Dieciséis años después, comienza la novela con un joven, Amelius Goldenheart (nótese el sugerente apellido, "Corazón de oro", truco un tanto pueril habitual en Collins) que regresa a Inglaterra tras pasar más de veinte años en una colonia para socialistas cristianos de América. Tras ponerse en contacto con su familia lejana en Europa, los Farnaby, es, inicialmente, recibido con los brazos abiertos, llegando a establecer un compromiso de matrimonio con su sobrina, Regina. Pero, siguiendo el clásico planteamiento de "presentación-embrollo-resolución" que seguían las novelas de la época, todo se complica cuando la señora Farnaby le encarga la inverosímil tarea de encontrar a la hija que le fue arrebatada al nacimiento. Por otro lado, en esos capítulos tan "dickensianos" a los que hacía referencia antes, Amelius se encuentra en los bajos fondos londinenses con una criatura maltratada, apaleada hasta casi su exterminio (si no físico, sí anímico) que es Sally "la simple". Tan terrible impresión causará en ese corazón de oro del socialista cristiano, que la recogerá en su casa, la alimentará, vestirá y protegerá en adelante. Para complicar más las cosas aparecerá un siniestro personaje: Jervy, un "vagabundo irlandés" que, enterado de la búsqueda de la señora Farnaby sobre su hija, la extorsionará con ayuda de la criada despedida de ésta, Phoebe. El resultado de tal extorsión será el suicidio con estricnina de la señora Farnaby. 
 La falsedad y la maledicencia social, otros temas muy "dickensianos" aparecen cuando los biempensantes Farnaby, con su sobrina Regina a la cabeza (aquella prometida de Amelius) sospechan que la relación del joven con la tal Sally no es meramente caritativa, sino que sospechan una relación sentimental o carnal entre ellos. Tanto es así, que, con la participación de un intrigante que desea sacar provecho personal, un tal Melton, consigue que Regina rompa su compromiso de matrimonio con Amelius. El argumento se complica más cuando Sally se entera de dicha ruptura y sale de casa de su protector, volviendo al arroyo del que salió.
 Tras todo tipo de peripecias, la novela termina con el castigo de los supuestos "malvados": Jervy, el extorsionador, aparece flotando en el Támesis con varias puñaladas; Farnaby y, consecuentemente, Regina se arruinan. Mientras que los protagonistas son premiados con la felicidad y el éxito: Amelius y Sally se casarán.
 Ese es el argumento muy por encima, los temas son la hipocresía social, las brutales diferencias socioeconómicas entre los señores y los pobres de la gran urbe londinense, así como el choque de ideales de una sociedad capitalista y deshumanizada con las pequeñas colonias socialistas cristianas que se establecían en el Nuevo Mundo.
 Es una gran novela, en suma. La he disfrutado mucho, tal vez más después de haber leído ese bodrio de Canetti. Me ha reconciliado con la buena literatura, esa que entretiene a la vez que te hace pensar en un mundo un poco mejor que este en el que nos movemos.

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