Puede que Robert Walser fuera un escritor compulsivo. O, tal vez, como nos ocurre a muchos, fuera más de escribir que de hablar. Lo que sí es cierto es que han quedado muchísimos escritos del autor suizo que, claramente, no pretendía publicar. Ejemplo de ellos son los "microgramas", nombre que algún crítico o estudioso inventó debido a la minúscula letra, que Walser escribía en cualquier papel en sus larguísimos paseos cotidianos. Lo más probable es que Walser necesitara poner sus pensamientos en negro sobre blanco, algo que, repito, nos pasa a muchos.
Ante la pintura. Narraciones y poemas, como su nombre indica, son un conjunto de anotaciones en prosa y poemas (algunos tan formales como sonetos y los más, de rima asonante) de lo que distintas pinturas sugerían al autor. No hay crítica academicista en ninguno de ellos, ni en la forma de la pintura, ni en el tema tratado, al contrario, son impresiones espontáneas que muchas veces no tiene tanto que ver con el cuadro en sí mismo, sino con lo que Walser imagina que ha pasado antes o pasará después de la imagen que está viendo.
El escritor y estudioso que firma el epílogo, Bernhard Echte, recuerda que Robert Walser estuvo muy unido a su hermano Karl, que fue pintor, y que, de hecho, Karl inició a Robert en la admiración de la belleza, en la búsqueda de inspiración en las cosas más sencillas. También dice que Robert "fantasea" con la imagen pictórica, creando una historia a partir de la misma.
Con respecto a dónde disfrutó Walser de las pinturas, en algunos casos son exposiciones temporales en Berna, como la de arte belga; en otros casos son museos también suizos o berlineses; y en otros casos ya son reproducciones de libros de arte, que uno imagina de una calidad baja e inferior en cualquier caso a los espléndidos libros de arte que tenemos hoy en día. En todo caso, la calidad quizá sea poco importante, pues, como antes decía, no busca el análisis técnico, sino lo que inspira al escritor.
Con el Apolo y Diana, de Lucas Cranach "el viejo" narra como tenía una reproducción en la habitación de su pensión, y cómo la patrona lo descolgó de la pared pues lo consideró indecente, ignorante mujer, claro, que no conocía la mitología grecorromana, y menos a los mellizos, hijos de Zeus y Leto. Curiosa malinterpretación, pues pensaba que era poco menos que pornográfica la representación de la luz solar, la música y la poesía (Apolo), y la caza, los bosques y la virginidad (Diana).
En Soneto a una Venus de Tiziano, Walser concibe una de las formas más clásicas, que hoy se nos antoja anticuada, en poesía, un soneto. Por cierto, aquí es de justicia alabar al traductora, Rosa Pilar Blanco, por haber vertido al español con una métrica y rítmica tan estricta como un soneto sin alterar en absoluto el tema principal a partir de una lengua tan dispar a la nuestra como el alemán.
El cuadro de Brueghel nos muestra al mejor Walser. A cuenta del cuadro Los ciegos de Brueghel, en el que un grupo de invidentes se dan golpes y bastonazos, él diserta sobre la vida y una visión optimista de la misma. No tiene desperdicio en este sentido el penúltimo párrafo del texto, así que lo transcribiré parcialmente:
Es mejor que, en lugar de enfadarte por pequeñeces que te incomodan, pronuncies de vez en cuando una breve plegaria por los ciegos, y de vez en cuando pienses para provecho de tu espíritu en ese pobre hombre metido en el armario de hierro, antes de ser capaz, y serlo, de preocuparte por tu persona.
También es interesante el Boceto para La caída de Ícaro en el que primero describe el cuadro de Breughel, para luego meditar sobre el afán comprensible de alcanzar el Sol, pero esto, claro, no está permitido. Sus cuatro últimos versos relacionan a Ícaro con la humanidad entera cuando dice:
Cualquier afán
por elevarnos
sobre la vulgaridad
tiene un límite en la vida
El escritor, el "imaginador", el creador surge con el Boceto para El bosque, de Díaz, pues a partir de un óleo con un chico sentado solo en el claro de un bosque, Walser idea lo que ha pasado previamente a esa imagen, cómo su madre le ha reprendido por estar muy mimado, que tiene que esforzarse, trabajar, buscarse la vida... El cuadro muestra a un adolescente sentado, cabizbajo, solo, quizá llorando... Muestra de la enorme capacidad imaginativa, unida a su gran sensibilidad, esa que tanto me gusta de sus composiciones cortas, tan diferentes de las novelas largas.
En general, son narraciones y poemas de muy distinta calidad, en la que Walser se entrena, diría yo, como escritor, forzándose a poner en el papel lo que siente al contemplar la pintura en cuestión. Como decía, la capacidad fabuladora del suizo permite que idee qué pasó o pasará antes o después de que el pintor plasmara la escena.

