¿Por qué no hay que hacer caso de las recomendaciones? Pues es obvio: porque cada lector es un mundo aparte, con sus preferencias, sus interpretaciones, su pasado lector, su cotidianeidad... Así que, lo que para uno es una obra maestra, una novela, por ejemplo, que nunca olvidará, que lo marcó incluso como persona, para otro puede ser un bodrio insoportable. Y es que por mucha amistad que nos una con cierta persona, incluso teniendo gustos literarios semejantes, hay que ser reticentes a sus recomendaciones (y evitar recomendar nada, en general). Eso es lo que me ha pasado a mí: que he cometido el error de escuchar el consejo de un amigo al que me unen muchos gustos culturales (musicales y literarios principalmente), y lo que para él era una obra maestra (capolavoro, diría él en su lengua materna) a mí me ha parecido un bodrio infumable.
Y ¿qué obra era esa? Ni más ni menos que la única novela del Premio Nobel de literatura de 1981, el escritor búlgaro de nacimiento, sefardí de origen, británico de nacionalidad y alemán de lengua, Elías Canetti. Es éste un autor prolífico en ensayística, la mayoría de su obra, también tiene varias obras de teatro, alguna que otra biografía y una única novela: Auto de fe. Esta es la novela que he leído (me he tragado como a quien se le hace comulgar con ruedas de molino), más por deferencia a este amigo trasalpino que otra cosa. Porque, ya lo he dicho más de una vez, no tengo el más mínimo respeto por los premios literarios, comerciales o no. Los comerciales, como el Planeta en España, Strega en Italia o el Goncourt en Francia tienen, como su nombre indica, la única finalidad de publicitar y promocionar a un autor y su obra; en ellos el autor ya es frecuentemente conocido en los medios de comunicación (en los últimos años, por ejemplo una presentadora de televisión y un tertuliano ¡¡¡!!!), por tanto la calidad literaria de sus obras (en muchos casos se suele decir que ni siquiera lo han escrito ellos) no tiene interés, es pura literatura comercial, de batalla. Pero es que con los premios literarios institucionales, entre los que el Premio Nobel es, claro está, el más famoso y prestigioso, pasa tres cuartos de lo mismo. En este caso no se trata tanto de promocionar a un autor y su obra, sino de cumplir con directrices políticas, sociales y económicas en boga en el momento. Así, no es raro ver que cuando se quiere apoyar a un determinado país en el ámbito internacional, uno de sus escritores más señeros acabe obteniendo el Nobel, o que si un escritor pertenece a una categoría determinada y ésta quiera ser premiada vaya a obtenerla sin duda. Aquí tampoco, pues, importa mucho la calidad literaria del premiado. Tal vez pasó eso con Elías Canetti en 1981. O tal vez, y puede que esté siendo yo injusto, la obra importante de este autor esté en sus ensayos o en su teatro.
Y, precisamente hablando de la ensayística de Elías Canetti, en ésta tiene un papel muy importante la crítica a la obra de Franz Kafka. Digo esto porque la novela que recensiono tiene unas clarísimas deudas estilísticas y temáticas con la obra de Kafka. Efectivamente, el planteamiento que hace Canetti tiene esas características que siempre se atribuyen al autor de La metamorfosis, esas que permiten aplicar el adjetivo kafkiano a Auto de fe: situaciones opresivas, angustiosas, que se repiten en bucle sin posibilidad de terminar, personajes alienados, sensación de estar en una pesadilla de la que no se puede despertar... No es, pues, casualidad, que si Canetti era un especialista en Kafka, se hubiera dejado influenciar en exceso por el praguense.
Auto de fe narra un fragmento de la vida de Peter Kien, experto sinólogo de vida casi eremítica, pues apenas sale de su piso con las paredes repletas de decenas de miles de libros, que llega a renunciar a cátedras y empleos relacionados con la literatura oriental por no alejarse nunca de su biblioteca personal. Tanto es así, que cuando sale a la calle lo hace acompañado de dos o tres libros para no perder totalmente el contacto con ellos. Por supuesto, las relaciones personales de Kien son absolutamente inexistentes, a no ser por la asistenta que limpia su piso. Precisamente con ella, con Teresa, empieza una relación con ella, mujer ignorante y mezquina, porque la cree altruista y desinteresada (también aquí hay mucho argumento kafkiano, con el protagonista pensando de forma caótica y obsesiva en todo momento). Tras casarse con ella, sin embargo, todo se tuerce: ella sólo está interesada en lo material, decepcionada ante la pobreza física de Kien, decide y consigue expulsarlo de su casa y comienza a vender sus libros. De ahí en adelante todo es cuesta abajo en la locura de Peter Lien, que se relacionará con los elementos más bajos y repulsivos del hampa de su ciudad, hasta que trate de que su hermano George, eminente psiquiatra parisino, lo cure (aquí, por cierto hay otro rasgo autobiográfico, pues Canetti tenía un hermano médico llamado Georges y residente en Francia). El final, ya delirante, consiste en que Kien vuelve a su piso, a su biblioteca, y prende fuego a la misma, inmolándose mientras ríe como un demente.
En fin, una novela muy complicada, muy difícil de leer, que deja esa sensación de las novelas de Kafka (mucho más duro de leer El proceso o El castillo que La metamorfosis, quizá por una simple cuestión de duración, pues la locura en dosis pequeñas es más tolerable), pero con un escritor de un talento literario menor (o tal vez, como un imitador de Kafka, no original, por tanto). No recomiendo la lectura de Auto de fe salvo que se sepa con antelación hasta que punto puede ser desquiciante las enloquecidas digresiones en bucle de sus protagonistas, que acaban provocando una sensación angustiante y desasosegante en el lector.

