miércoles, 12 de agosto de 2026

"La desaparición de Majorana", de Leonardo Sciascia.

  Decía el propio Sciascia que sus novelas, más que narrativa son un híbrido entre ensayo y narrativa. Y no sé, la verdad, si esto es darse un poco de autobombo, porque con ello lo que quería decir es que su narrativa está muy documentada (casi como un ensayo en el que es obligatorio añadir citas y entradas), y que además elabora un razonamiento propio más de un estudio profundo, de una tesis que de una novela. No sé, visto así parece un poco pretencioso, algo que no encaja con la personalidad del siciliano; tal vez quería decir que su búsqueda de explicaciones a todo convierte su narrativa un poco en un ensayo... Por otro lado, el uso de hechos reales en la novelística de Sciascia permite que sus pesquisas, sus indagaciones y sus alegaciones den a la novela policiaca (en mi opinión, eso es lo que escribía realmente) un toque realista que lo aleja de la ficción. Esto ocurre con La desaparición de Majorana  o con El caso Aldo Moro, especialmente conocidos ambos para la sociedad italiana.
  Y, precisamente por eso, porque estos casos son archiconocidos para los italianos, pero no para nosotros, recordaré brevemente quién fue Ettore Majorana. El protagonista de la novela fue un físico nuclear de enorme talento que formó parte de un grupo de científicos encabezados por Enrico Fermi, quien recibiría el Premio Nobel de Física en 1938. Los estudios sobre la fisión nuclear de Fermi y sus discípulos se vieron continuados en el famosísimo Proyecto Manhattan encabezado por Robert Oppenheimer y que supuso la creación de la bomba atómica, que pocos años después se lanzarían sobre Hiroshima y Nagasaki con los horribles resultados en centenares de miles de muertos, la mayoría de ellos, civiles. Aunque Majorana estuvo en Estados Unidos en aquella época, no llegó a participar en ese monstruoso proyecto. Bien, lo cierto es que el talentoso físico nuclear Ettore Majorana desapareció en 1938 en el Mediterráneo, entre Nápoles y Palermo, considerándose como suicidio aunque nunca se encontró el cadáver, lo que dio lugar a todo tipo de especulaciones. Bien, Leonardo Sciascia continúa esas especulaciones, pero en un sentido más elevado, en negro sobre blanco, y aportando datos que sostienen sus insinuaciones (pues, en verdad, no llega a afirmar rotundamente nada). Como dato aparentemente irrelevante, pero que los lectores de Sciascia sabrán que no lo es, Ettore Majorana era siciliano.
 La naturaleza insular de Majorana no es secundario porque Sciascia no puede dejar de dar ese toque de "sicilianidad" a sus personajes, explicando su forma de pensar y actuar en función de un carácter especial que supuestamente da esa isla. Con todo, Majorana es descrito por todos como un tipo introvertido, huraño, misantrópico y solitario, algo que no encaja con el estereotipo siciliano en el que el grupo, principalmente la familia, toma gran importancia en la vida.
 Majorana era, según parece un pequeño genio desde su infancia: niño que no juega con otros niños y que prefiere estudiar libros de matemáticas y física teóricamente muy avanzados para su edad. Sus estudios lo llevan fuera de Sicilia, primero a Nápoles y luego a Roma, donde llamará la atención de ese Enrico Fermi del que antes hablaba. Fermi se rodea de jóvenes talentosos en el ámbito de la física nuclear, creando una élite que luego recalará en Estados Unidos. Por cierto, todo esto ocurre ya en plena época fascista de Mussolini, y Fermi recibe el trato de "Su Excelencia".
 Tras estar años después en América, con tan sólo veintisiete años, Ettore Majorana comienza a dar síntomas de estar a disgusto allí (a pesar de estar en el país más avanzado en su campo), y decide regresar a su país, obteniendo una cátedra en Nápoles. Con todo, en Nápoles tampoco se encuentra a gusto, y comienzan sus paseos cotidianos en soledad. Poco después, tras escribir dos cartas de despedida más que de suicidio, desaparece en el Mediterráneo como antes dije. El régimen da por seguro el suicidio, y sólo su familia se empeña en que se siga investigando, cosa que desde el ámbito policial y judicial se hace con poca intensidad, abandonándose en pocos meses.
 Leonardo Sciascia parte del carácter introvertido y huraño para buscar una explicación a una desaparición que no sea un suicidio, sólo un quitarse de en medio, pero, ¿por qué? Aquí surge una de las hipótesis más manidas en décadas posteriores y es que el propio Majorana anticipó que sus estudios sobre el átomo podrían utilizarse, como así fue, para la destrucción de miles de vidas humanas. Ante tal barbarie, él no quiso tener nada que ver y resolvió fingir un suicidio para esfumarse sin que nadie más lo molestara. ¿Y después? También hay varias teorías, ninguna bien fundamentada. Sciascia opta por su ingreso en un convento de cartujos, rumor que se ha mantenido hasta la fecha. Aunque Majorana, como científico  por los cuatro costados, se declaró ateo, Sciascia recurre a ese carácter propio de los sicilianos, que presenta en algunos individuos una espiritualidad sin apariencia externa. No hay pruebas del ingreso del físico en ningún monasterio, pero... 
 El pequeño volumen editado por Editorial Juventud incluye un breve ensayo de una tal Lea Ritter Santini en el que se apuntala la teoría de Sciascia, aportando unas cartas de científicos alemanes que corroboran el disgusto que sentía Majorana por el equipo de Fermi y por el posible uso bélico de sus investigaciones.
 En fin, es un relato un tanto abierto en el sentido de que se insinúa mucho pero se afirma poco y se demuestra nada. Eso sí, la maestría narrativa de Sciascia lo eleva a una categoría que permite leerlo sin pensar que está leyendo uno simples rumores populares.

lunes, 10 de agosto de 2026

"Ante la pintura. Narraciones y poemas", de Robert Walser.

  Puede que Robert Walser fuera un escritor compulsivo. O, tal vez, como nos ocurre a muchos, fuera más de escribir que de hablar. Lo que sí es cierto es que han quedado muchísimos escritos del autor suizo que, claramente, no pretendía publicar. Ejemplo de ellos son los "microgramas", nombre que algún crítico o estudioso inventó debido a la minúscula letra, que Walser escribía en cualquier papel en sus larguísimos paseos cotidianos. Lo más probable es que Walser necesitara poner sus pensamientos en negro sobre blanco, algo que, repito, nos pasa a muchos. 
 Ante la pintura. Narraciones y poemas, como su nombre indica, son un conjunto de anotaciones en prosa y poemas (algunos tan formales como sonetos y los más, de rima asonante) de lo que distintas pinturas sugerían al autor. No hay crítica academicista en ninguno de ellos, ni en la forma de la pintura, ni en el tema tratado, al contrario, son impresiones espontáneas que muchas veces no tiene tanto que ver con el cuadro en sí mismo, sino con lo que Walser imagina que ha pasado antes o pasará después de la imagen que está viendo.
 El escritor y estudioso que firma el epílogo, Bernhard Echte, recuerda que Robert Walser estuvo muy unido a su hermano Karl, que fue pintor, y que, de hecho, Karl inició a Robert en la admiración de la belleza, en la búsqueda de inspiración en las cosas más sencillas. También dice que Robert "fantasea" con la imagen pictórica, creando una historia  a partir de la misma.
  Con respecto a dónde disfrutó Walser de las pinturas, en algunos casos son exposiciones temporales en Berna, como la de arte belga; en otros casos son museos también suizos o berlineses; y en otros casos ya son reproducciones de libros de arte, que uno imagina de una calidad baja e inferior en cualquier caso a los espléndidos libros de arte que tenemos hoy en día. En todo caso, la calidad quizá sea poco importante, pues, como antes decía, no busca el análisis técnico, sino lo que inspira al escritor.
 Con el Apolo y Diana, de Lucas Cranach "el viejo" narra como tenía una reproducción en la habitación de su pensión, y cómo la patrona lo descolgó de la pared pues lo consideró indecente, ignorante mujer, claro, que no conocía la mitología grecorromana, y menos a los mellizos, hijos de Zeus y Leto. Curiosa malinterpretación, pues pensaba que era poco menos que pornográfica la representación de la luz solar, la música y la poesía (Apolo), y la caza, los bosques y la virginidad (Diana).
 En Soneto a una Venus de Tiziano, Walser concibe una de las formas más clásicas, que hoy se nos antoja anticuada, en poesía, un soneto. Por cierto, aquí es de justicia alabar al traductora, Rosa Pilar Blanco, por haber vertido al español con una métrica y rítmica tan estricta como un soneto sin alterar en absoluto el tema principal a partir de una lengua tan dispar a la nuestra como el alemán.
 El cuadro de Brueghel nos muestra al mejor Walser. A cuenta del cuadro Los ciegos de Brueghel, en el que un grupo de invidentes se dan golpes y bastonazos, él diserta sobre la vida y una visión optimista de la misma. No tiene desperdicio en este sentido el penúltimo párrafo del texto, así que lo transcribiré parcialmente:
 Es mejor que, en lugar de enfadarte por pequeñeces que te incomodan, pronuncies de vez en cuando una breve plegaria por los ciegos, y de vez en cuando pienses para provecho de tu espíritu en ese pobre hombre metido en el armario de hierro, antes de ser capaz, y serlo, de preocuparte por tu persona.
  También es interesante el Boceto para La caída de Ícaro en el que primero describe el cuadro de Breughel, para luego meditar sobre el afán comprensible de alcanzar el Sol, pero esto, claro, no está permitido. Sus cuatro últimos versos relacionan a Ícaro con la humanidad entera cuando dice:
 Cualquier afán
por elevarnos
sobre la vulgaridad
tiene un límite en la vida
 El escritor, el "imaginador", el creador surge con el Boceto para El bosque, de Díaz, pues a partir de un óleo con un chico sentado solo en el claro de un bosque, Walser idea lo que ha pasado previamente a esa imagen, cómo su madre le ha reprendido por estar muy mimado, que tiene que esforzarse, trabajar, buscarse la vida... El cuadro muestra a un adolescente sentado, cabizbajo, solo, quizá llorando... Muestra de la enorme capacidad imaginativa, unida a su gran sensibilidad, esa que tanto me gusta de sus composiciones cortas, tan diferentes de las novelas largas. 
 En general, son narraciones y poemas de muy distinta calidad, en la que Walser se entrena, diría yo, como escritor, forzándose a poner en el papel lo que siente al contemplar la pintura en cuestión. Como decía, la capacidad fabuladora del suizo permite que idee qué pasó o pasará antes o después de que el pintor plasmara la escena.

jueves, 6 de agosto de 2026

"No mires a los ojos de la gente". Golpes Bajos, (1983).

 No mires a los ojos de la gente
Me dan miedo, siempre mienten
No salgas a la calle cuando hay gente
¿Y si no vuelves? ¿Y si te pierdes?
Escóndete en el cuarto de los huéspedes
Con todo a oscuras no pueden verte
Las calles se van llenando de gente
Alguien te busca, alguien lo siente
Alguien lo siente.

Quédate a mi lado
No te marches más

 No mires a los ojos de la gente
Me dan miedo, siempre mienten
No salgas a la calle cuando hay gente
¿Y si no vuelves? ¿Y si te pierdes?
Escóndete en el cuarto de los huéspedes
Con todo a oscuras no pueden verte
Las calles se van llenando de gente
Alguien te busca, alguien lo siente
Alguien lo siente.

Quédate a mi lado
No te marches más
Quédate a mi lado
No te marches más
Quédate a mi lado
No te marches más
Quédate a mi lado
No te marches más
(Quédate, quédate)
(Quédate, quédate)

miércoles, 5 de agosto de 2026

"Huida y fin de Joseph Roth", de Soma Morgenstern.

  No me gustan mucho las biografías (menos aún las autobiografías) suelen ser demasiado subjetivas cuando el autor conoció al sujeto de la semblanza, o incluso totalmente inventado cuando no fue así. En este caso, Soma Morgenstern fue amigo (a veces, también enemigo), confidente y consejero del talentosísimo Joseph Roth. De hecho, Morgenstern, que fue más periodista (trabajando, sobre todo, para el mismo diario que Roth, el Frankfurter Zeitung) que novelista, pasará más a la Historia (si es que lo hace) como amigo y biógrafo de Roth y de Alban Berg (discípulo aventajado del compositor Arnold Schonberg). Esto, para cualquier escritor y periodista, no deja de ser una pequeña maldición, ser conocido por ser amigo de... que por uno mismo. En fin... El caso es que Morgenstern tuvo una vida terriblemente azarosa, tanto en Viena como en Berlín cuando podía trabajar como periodista, como en París, huyendo de los nazis, y ya en Nueva York, más como refugiado que como otra cosa. Pero, eso sí, se codeó con lo más granado de la intelectualidad austro-húngara, pues además de Roth, también trató frecuentemente a Stefan Zweig, Robert Musil, Ernest Bloch o incluso Theodor Adorno. Es más, desconocido como es del gran público, el escritor judío gozó de prestigio profesional y humano entre nombres ilustres coetáneos, ¡injusticias de la vida!
 Como su nombre indica, Huida y fin de Joseph Roth se centra en los últimos años del autor de Brody, ya envenenado por el alcohol y en clara decadencia personal, aunque sí esboza ligeramente su infancia (sobre todo un hecho que el autor cree fundamental en el carácter de Roth) y su juventud. Es un texto, no se puede negar, bastante negativo sobre la vida y el temperamento de Roth, pues es tratado como un enfermo incapaz de sobreponerse a la dolencia que lo está matando lentamente; en ningún momento se alaba la, por otro lado, excelsa categoría literaria de Roth, por eso decía que las biografías siempre tienen un punto negativo, casi de envidia hacia el descrito.
 La prosa de Morgenstern, al menos aquí, es ligera, periodística, sin florituras de ningún tipo, lo cual permite una lectura rápida y, no lo voy a ocultar, un tanto morbosa, conociendo cómo poco a poco se deteriora Roth. 
 Por otro lado, no hay que desconfiar de la veracidad de lo aquí narrado, pues concuerda plenamente con la correspondencia entre Roth y Zweig, que fue publicada bajo el título de Ser amigo mío es funesto, en nuestro país, por la Editorial Acantilado, y que reseñé en una entrada de hace más de seis años.
 Para hacer honor a la verdad, también he de afirmar que el propio Morgenstern, a pesar de centrarse en su relación con Roth, también habla mucho de sí mismo. Incluso hay varios capítulos en los que uno busca el nombre del autor de Brody y no lo encuentra por ningún lado. Que el biógrafo también aprovecha para hacerse un poco de autobombo, vamos. A ojo de buen cubero, estos capítulos en los que habla sólo de sí mismo llegarán al veinte o veinticinco por ciento, no es mucho, pero sí para que el lector lo perciba claramente.
 Comienza la narración cuando se encuentran en la Universidad de Viena, trabando relación por su condición de judíos orientales, concretamente de Galitzia, actual Ucrania, entonces en los márgenes orientales del Imperio Austrohúngaro. El hecho de la infancia de Roth al que hacía referencia antes, que según Morgenstern marcaría su carácter, fue que su padre murió siendo niño de una forma un tanto absurda e incomprensible para judíos asimilados como Roth o Morgenstern: se unió a una secta jasídica especialmente fanática y destructiva, abandonando a la familia y muriendo poco después. Según Morgenstern, Roth sintió su orfandad como una mella toda su vida, pero, como antes apuntaba, para alguien totalmente asimilado, de habla alemana, nivel universitario y vida moderna, la conversión y muerte del padre en ese fanatismo religioso de siglos anteriores tuvo que pesar como una verdadera losa toda su vida.
 A pesar de su origen oriental, Joseph Roth se sintió vienés toda su vida, incluso aunque viviera más tiempo en Berlín y París que en la capital austriaca. Pero a orillas del Danubio encontró la profesión que ansiaba mantener, la vida social que lo encumbró y deslumbró, y la ciudad que colmaba todas sus necesidades.
 El carácter de Joseph Roth es descrito como puntilloso e incluso con un punto de pendenciero, llegando a entablar largas disputas epistolares con lectores que no están de acuerdo con lo que publica en su columna del Frankfurter Zeitung. Para otras relaciones, también es caracterizado como difícil, con salidas de tono en lugares público que hacen peligrar sus relaciones sociales. Esto, claro, antes de que comience su adicción al alcohol, que multiplicará todas sus dificultades de socializar.
 Antes decía que la relación entre ellos era de amistad y enemistad, y un ejemplo muy claro es el que aporta el biógrafo, cuando asegura que Roth le robó un personaje de una novela que había leído previamente. El consecuente conflicto los llevó a dejar de verse durante tres años, hasta que Stefan Zweig, amigo común, los reconciliara.
 Además del fin del padre, Morgenstern afirma que Roth tuvo un alto sentimiento de culpabilidad por la enfermedad mental de su mujer, diagnosticada como esquizofrénica, que la recluyó en una institución psiquiátrica, hasta que los nazis, cumpliendo con sus brutales leyes eugenésicas la acabaron asesinando.
 El tema financiero también fue objeto de multitud de problemas para Roth, pues, incluso cuando publicaba en el diario de Frankfurt con regularidad y cobraba de forma más que aceptable, su dispendio y generosidad lo llevó a estar sin blanca muy frecuentemente y a dejar a deber sumas notables en los hoteles y restaurantes a los que asistía con demasiada regularidad.
 Todos estos problemas llevaron a Joseph Roth a ahogar sus penas en el alcohol, según el autor, en torno al año 1928, trasegando grandes cantidades de alcohol de alta graduación (sobre todo aguardiente, coñac  y armañac). Él era consciente de su alcoholismo, que tomaba como enfermedad, consiguiendo dejar de beber durante más de un mes, pero por su debilidad de carácter, su desprecio por la vida, su ateísmo militante, su pesimismo sin fin y la creencia de que necesitaba el alcohol para escribir le hicieron recaer.
 Finalmente, antes de llegar a cumplir los 45 años, habiendo pasado por etapas de delirium tremens, Joseph Roth muere alcoholizado en París. Como en los últimos tiempos había estado ligado al colectivo de emigrados austriacos monárquicos y católicos (más que nada por tomar estos dos aspectos como característicos de Austria-Hungría), Joseph Roth fue enterrado como católico, aunque nunca llegara a bautizarse. Cuenta Morgenstern que él mismo se ocupó de recitar el kaddish, la oración judía por los muertos, en la sinagoga de París.
 Fue, pues, una vida corta y atribulada. El enorme talento literario que disfrutó tuvo que enfrentarse a complejos de culpabilidad y el alcoholismo que lo acabó matando.
 Por cierto, como anécdota curiosa, relata Soma Morgenstern (en uno de esos capítulos en los que no habla más que de sí mismo) que él acabó huyendo a Nueva York, donde residiría más de veinticinco años, saliendo de Europa por Marsella hasta Casablanca, retornando a nuestro continente a Lisboa, y tomando allí el definitivo trayecto a la ciudad de los rascacielos. Curioso, digo, porque así es como se relata la huida de Europa de centenares de refugiados en la genial película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz en 1942 y protagonizada, como todo el mundo sabe, por Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains o Conrad Veidt, entre otros.
 En fin, biografía bien narrada, que deja un poso amargo por la dureza de la vida relatada. 
 Gracias a editoriales independientes como Pre-textos y alguna otra más, se ha publicado algo de este injustamente desconocido Soma Morgenstern, incluida su trilogía novelística. En un futuro no muy lejano, D.m., trataré de leer más de este autor.

domingo, 2 de agosto de 2026

"A cabeza descalza", de Brian Aldiss.

  Daría algo bueno de verdad por tener la capacidad premonitoria para saber cuándo voy a leer algo que me va a provocar tal desazón y odio hacia un escritor que, por otro lado, admiro. Claro,  alguien dirá: "hombre, hoy puedes leer mil y una reseñas, como éstas que tú escribes que te pueden orientar...". Y, sí, es cierto. Pero reconozco que el autor de este humilde blog apenas lee otros blogs de reseñas literarias. Así de contradictorio y paradójico soy. Vamos, hablando en plata: que (todavía) admiro y valoro sobresalientemente a Brian Aldiss como un gran escritor de ciencia ficción, que alguna de sus obras (principalmente, la trilogía Heliconia) se cuentan entre mis novelas de ciencia ficción favoritas; pero que A cabeza descalza es una de las peores novelas que he leído jamás. Me duele escribir algo así de Aldiss, pero lo pienso de veras.
 Antes de tratar de desentrañar este bodrio literario, tendré que decir que todo escritor, en tanto que ser humano, es hijo de su tiempo. Esto es más notable si cabe en los autores de ciencia ficción, que, quieran o no, se dejan influenciar por los temas más candentes de la actualidad social o política, especialmente aquellos que son novedosos y entrañan algún tipo de peligro futuro (ahí es donde los escritores de ciencia ficción cultivan su huerto creativo). Así, esta novela fue publicada en 1967, por lo que no es de extrañar que entre sus temas más destacados esté el uso de drogas (sobre todo de LSD), la sempiterna amenaza de la guerra mundial, así como el esoterismo y misticismo. Recordemos que en los años 60 del pasado siglo la juventud descubrió el uso recreativo de las drogas, ligada a la llamada "cultura pop"; que la amenaza de otra guerra mundial provocó la tensión política y militar que luego daría el nombre al periodo de "Guerra fría"; y que la búsqueda del sentido de la existencia que creara las religiones estalló en un esoterismo un tanto absurdo tras la Segunda Guerra Mundial. Brian Aldiss, hijo de su tiempo, incluye estos temas en esta chapuza ilegible.
 Comparando con otras novelas de Aldiss que he leído (consultando este blog, dieciséis, más que suficiente para hablar con sentido de un autor) la calidad de A cabeza descalza es bajísima, pero lo que más llama la atención es el estilo narrativo absolutamente diferente del resto de su obra, tanto que no sólo yo, sino reputados críticos de este tipo de literatura llegaron a preguntar al autor si no estaba él mismo bajo la influencia del ácido lisérgico que tan generosamente corría por ciertos ambientes sociales de Inglaterra en aquellos años 60, cuando escribió esta novela. Aldiss negó siempre esta acusación, pero incluso así, queda la duda de que la ingesta de esta droga alucinógena no contaminase la mente de este, por otro lado y en otros momentos, gran autor. Además del hipotético consumo de LSD, otros autores comparan la prosa rota, delirante y sin sentido de esta novela con fragmentos del Ulysses de James Joyce, como si Aldiss hubiera querido experimentar, imitando en las formas al autor irlandés. Pues, sí, habiendo leído casi dos decenas de novelas de Brian Aldiss, yo también dudo de si este tipo había consumido LSD cuando escribía la novela, o, por el contrario, era tan pretencioso que trató de imitar a un reconocidísimo y controvertido autor pasado, con el fin de darse fuste literario. No lo sé, la verdad, estoy un tanto confuso, pero tengo claro que por el bien de la literatura en general y de la propia obra en conjunto del autor inglés, esta novela no debió publicarse jamás.
 Bueno, el argumento de esta basura es el siguiente: Kuwait bombardea Europa con bombas cargadas de LSD, droga alucinógena que destruye la capacidad pensante y organizativa de los ciudadanos europeos. Un yugoslavo (serbio) que ha residido en el sur de Italia (ambas zonas con menor daño en sus habitantes) inicia un viaje hacia el norte, hacia Inglaterra y Escocia. En el camino encontrará no ya amigos, sino seguidores, pues el tipo acaba convertido en una suerte de mesías. En el camino de vuelta al continente, la semejanza con Cristo es mayor, estando amenazado de ser crucificado en Alemania. Bien, el argumento es flojo y poco interesante, pero eso es lo menos malo. Lo peor son las formas, lo que da lugar a pensar que Aldiss mismo estuviera drogado al escribirlo, porque hay centenares o miles de neologismos por no decir palabros, así como poesías que son verdaderos ripios e incluso caligramas. Aquí, por cierto, hay que destacar el trabajo inverosímil del traductor, Jesús Gómez García, que, supongo, tendría que acabar escribiendo él mismo más que traduciendo.
 El esoterismo marcado de esta novela hace que dos de los personajes más conocidos de esta corriente un tanto infantiloide que presume de conocer lo oculto sin decirlo abiertamente, claro, es decir, hacerse los importantes para que algún incauto los crea, dos de estos autores, digo, están presentes en el texto. Son el armenio George Gurdjieff, un supuesto filósofo, místico y maestro espiritual, así como su discípulo, el ruso Peter Ouspensky, que fue más un difusor en Occidente de las delirantes teorías de su maestro.
 En fin, no quiero gastar más tiempo en reseñar una novela que no merece la pena leer, que nunca debió publicarse, que emborrona la trayectoria literaria de un excelente autor y a la ciencia ficción en su conjunto.