Decía el propio Sciascia que sus novelas, más que narrativa son un híbrido entre ensayo y narrativa. Y no sé, la verdad, si esto es darse un poco de autobombo, porque con ello lo que quería decir es que su narrativa está muy documentada (casi como un ensayo en el que es obligatorio añadir citas y entradas), y que además elabora un razonamiento propio más de un estudio profundo, de una tesis que de una novela. No sé, visto así parece un poco pretencioso, algo que no encaja con la personalidad del siciliano; tal vez quería decir que su búsqueda de explicaciones a todo convierte su narrativa un poco en un ensayo... Por otro lado, el uso de hechos reales en la novelística de Sciascia permite que sus pesquisas, sus indagaciones y sus alegaciones den a la novela policiaca (en mi opinión, eso es lo que escribía realmente) un toque realista que lo aleja de la ficción. Esto ocurre con La desaparición de Majorana o con El caso Aldo Moro, especialmente conocidos ambos para la sociedad italiana.
Y, precisamente por eso, porque estos casos son archiconocidos para los italianos, pero no para nosotros, recordaré brevemente quién fue Ettore Majorana. El protagonista de la novela fue un físico nuclear de enorme talento que formó parte de un grupo de científicos encabezados por Enrico Fermi, quien recibiría el Premio Nobel de Física en 1938. Los estudios sobre la fisión nuclear de Fermi y sus discípulos se vieron continuados en el famosísimo Proyecto Manhattan encabezado por Robert Oppenheimer y que supuso la creación de la bomba atómica, que pocos años después se lanzarían sobre Hiroshima y Nagasaki con los horribles resultados en centenares de miles de muertos, la mayoría de ellos, civiles. Aunque Majorana estuvo en Estados Unidos en aquella época, no llegó a participar en ese monstruoso proyecto. Bien, lo cierto es que el talentoso físico nuclear Ettore Majorana desapareció en 1938 en el Mediterráneo, entre Nápoles y Palermo, considerándose como suicidio aunque nunca se encontró el cadáver, lo que dio lugar a todo tipo de especulaciones. Bien, Leonardo Sciascia continúa esas especulaciones, pero en un sentido más elevado, en negro sobre blanco, y aportando datos que sostienen sus insinuaciones (pues, en verdad, no llega a afirmar rotundamente nada). Como dato aparentemente irrelevante, pero que los lectores de Sciascia sabrán que no lo es, Ettore Majorana era siciliano.
La naturaleza insular de Majorana no es secundario porque Sciascia no puede dejar de dar ese toque de "sicilianidad" a sus personajes, explicando su forma de pensar y actuar en función de un carácter especial que supuestamente da esa isla. Con todo, Majorana es descrito por todos como un tipo introvertido, huraño, misantrópico y solitario, algo que no encaja con el estereotipo siciliano en el que el grupo, principalmente la familia, toma gran importancia en la vida.
Majorana era, según parece un pequeño genio desde su infancia: niño que no juega con otros niños y que prefiere estudiar libros de matemáticas y física teóricamente muy avanzados para su edad. Sus estudios lo llevan fuera de Sicilia, primero a Nápoles y luego a Roma, donde llamará la atención de ese Enrico Fermi del que antes hablaba. Fermi se rodea de jóvenes talentosos en el ámbito de la física nuclear, creando una élite que luego recalará en Estados Unidos. Por cierto, todo esto ocurre ya en plena época fascista de Mussolini, y Fermi recibe el trato de "Su Excelencia".
Tras estar años después en América, con tan sólo veintisiete años, Ettore Majorana comienza a dar síntomas de estar a disgusto allí (a pesar de estar en el país más avanzado en su campo), y decide regresar a su país, obteniendo una cátedra en Nápoles. Con todo, en Nápoles tampoco se encuentra a gusto, y comienzan sus paseos cotidianos en soledad. Poco después, tras escribir dos cartas de despedida más que de suicidio, desaparece en el Mediterráneo como antes dije. El régimen da por seguro el suicidio, y sólo su familia se empeña en que se siga investigando, cosa que desde el ámbito policial y judicial se hace con poca intensidad, abandonándose en pocos meses.
Leonardo Sciascia parte del carácter introvertido y huraño para buscar una explicación a una desaparición que no sea un suicidio, sólo un quitarse de en medio, pero, ¿por qué? Aquí surge una de las hipótesis más manidas en décadas posteriores y es que el propio Majorana anticipó que sus estudios sobre el átomo podrían utilizarse, como así fue, para la destrucción de miles de vidas humanas. Ante tal barbarie, él no quiso tener nada que ver y resolvió fingir un suicidio para esfumarse sin que nadie más lo molestara. ¿Y después? También hay varias teorías, ninguna bien fundamentada. Sciascia opta por su ingreso en un convento de cartujos, rumor que se ha mantenido hasta la fecha. Aunque Majorana, como científico por los cuatro costados, se declaró ateo, Sciascia recurre a ese carácter propio de los sicilianos, que presenta en algunos individuos una espiritualidad sin apariencia externa. No hay pruebas del ingreso del físico en ningún monasterio, pero...
El pequeño volumen editado por Editorial Juventud incluye un breve ensayo de una tal Lea Ritter Santini en el que se apuntala la teoría de Sciascia, aportando unas cartas de científicos alemanes que corroboran el disgusto que sentía Majorana por el equipo de Fermi y por el posible uso bélico de sus investigaciones.
En fin, es un relato un tanto abierto en el sentido de que se insinúa mucho pero se afirma poco y se demuestra nada. Eso sí, la maestría narrativa de Sciascia lo eleva a una categoría que permite leerlo sin pensar que está leyendo uno simples rumores populares.

