lunes, 22 de junio de 2026

"Historias de amor", de Robert Walser.

  Y aquí estoy otra vez con Robert Walser, debatiéndome entre el gusto y el rechazo. Pero, como ya he escrito varias veces antes, creo que existen dos Robert Walser: el de las novelas largas (como Jakov von Gunten, Los hermanos Tanner o El ayudante), con una fuerte carga autobiográfica que deja traslucir ese complejo de inferioridad, ese afán de autodestrucción basado en el servilismo más abyecto que repugna; y el de los relatos cortos o, mejor aun, las anotaciones a vuelapluma sobre lo que el escritor (aquí más bien poeta) observaba de sus paseos cotidianos (aquí encontramos joyas como El paseo, Pequeño zoológico o La rosa). En este último grupo se aprecia textos muy emotivos, muestra de una sensibilidad y un gusto por la belleza más simple que reconcilia al lector con la vida. Nada que ver con las novelas largas, con las que uno, de tanto leer abusos de unos sobre otros, acaba abominando del género humano. Bueno, y estas Historias de amor, ¿a qué grupo pertenecen? Ahora lo desarrollo, pero diría que, por forma del texto más en el segundo, al bueno, pero por los sentimientos transcritos, al primer grupo, desgraciadamente.
 Obviamente, Historias de amor incluye relatos relacionados con el noble sentimiento, casi cien textos. Por duración de los mismos, sí, estamos en el lado bueno de Walser, el de los sentimientos recogidos en prosa poética, pero... Pero en la mayoría de los relatos se perciben sentimientos de rencor y resentimiento. Son narraciones en las que hay una acritud bastante desagradable, hasta el punto de que son más las "historias de desamor" que las de amor. Algunos textos, me he sorprendido bastante, la verdad, caen en una misoginia que no había percibido antes en el escritor suizo, pues ahondan en las tradicionales descalificaciones de otro tiempo a las mujeres en general: superficiales, veleidosas, caprichosas cuando no interesadas materialmente para iniciar una relación amorosa. Me ha desagradado mucho leerlo, ciertamente. Quizá la dura experiencia vital de Walser pueda explicar este comportamiento tan despreciable, toda vez que la historia sentimental del suizo fue prácticamente nula en sus setenta y ocho años de vida, pero por dentro, los sentimientos, pedían, necesitaban esa vida sentimental. En este sentido, es muy esclarecedor el epílogo firmado por Volker Michels al que luego acudiré más en detalle.
 Pero no quiero abonarme a la negatividad y el pesimismo (tan en boga en estos días) y trascribo algunos fragmentos en los que sí se aprecia ese Walser fino, sensible y amable:
 Quien no ama no existe, no vive, está muerto. Quien tiene ganas de amar se levanta de entre los muertos; y sólo está vivo quien ama.
 Ese sencillo pero irrefutable adagio pertenece al texto titulado La invitación y, a decir verdad, es el argumento de varias historias, de las más potables, de aquellas que no destilan esa amargura, ese rencor al que aludía antes.
 Sin embargo, se aprecia esos sentimientos, preñados además de autodesprecio e incluso complejo de inferioridad cuando afirma: Respecto a mi salario de ciento veinticinco francos, tenía la desfachatez de gritarme a mí mismo: ¡No mereces un salario tan alto ni en pintura, sinvergüenza! Por aquel entonces me destacaba, para bien o para mal, por tenerme en sumamente baja consideración, mientras que a la mayoría de la gente la tenía en alta consideración de un modo exagerado.
 Otros textos, en cambio, si tienen el optimismo que provoca la observación detallada y sensible de la belleza y que nos permite seguir alentando. Esto es particularmente notable en La flor.
 Con todo, acabaré con el epílogo antes mencionado, en el que el tal Volker Michels incluye una frase verdaderamente lapidaria del propio Walser que lo define: Qué desapasionado, prosaicamente práctico, noblemente soso es nuestro tiempo. Aunque tal vez tenga también su lado bueno: uno puede distinguirse por su extravagancia
 Parece ser que este tal Volker Michels es un crítico literario, especializado en la literatura de habla alemana y de cambio del siglo XIX al XX, especialmente de Hermann Hesse y Robert Walser. Y, desde luego, el epílogo contenido en este tomo de la Editorial Siruela es muy esclarecedor a la hora de arrojar luz sobre la personalidad dicotomizada de Walser. Y en concreto sobre el resentimiento y rencor del suizo en cuestiones amorosas, e incluso esa cierta misoginia a la que hacía referencia, quizá quede explicada con un desengaño amoroso que tuvo el escritor. El crítico Volker Michels lo describe así: tras escribir cartas de amor a una tal Frieda Mermet en la que llega a decirle "Creo que sería hermoso ser su marido", el crítico recuerda: Frieda Mermet, que era viuda, no aceptó, si bien siguió siendo, hasta el ingreso definitivo de Walser en el sanatorio de Herisau, lo que siempre fue para él, la socorrida amiga y destinataria de sus cartas más íntimas, en las que el prometedor papel de posible esposa de Walser se fue transformando poco a poco en el de una figura materna. Es probable que fuera este rechazo por parte de Frieda Mermet lo que provocó en Walser un disgusto no confesado que tuvo como consecuencia una paulatina aunque profunda alteración de su comportamiento. Creo que no se puede decir más claro.
 En fin, me quedaré con el Walser sensible y delicado, dejando esas amarguras y resentimiento de lado.

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