Quinta novela que leo de Arkadi y Borís Strugatski, genios de la ciencia ficción en la Unión Soviética. (Iba a escribir "genios de la ciencia ficción soviéticos", pero, leyendo esta novela, me queda claro que ellos habrían rechazado esa adscripción política o nacional). El caracol en la pendiente es una novela difícil, al menos para no iniciados, pero no iniciados en la ciencia ficción, sino iniciados en el mundo político y social, porque, para mí, es un alegato anticomunista y antisoviético. Eso sí, de forma muy sutil, con mil y un tapujos y disimulos para que la brutal censura soviética no lo prohibiera y acabara con los buenos de Arkadi y Borís en un remoto gulag siberiano. Porque El caracol en la pendiente fue publicada en la URSS en 1968, ya pasada la brutalidad del estalinismo (finiquitado en 1953) y en pleno revisionismo aperturista (dentro de lo que cabe) de la época de Leónidas Brezhnev.
Obviando la situación política y social (lo cual sería inapropiado) se argumenta que la novela es kafkiana, pues muestra una burocracia absurda y aplastante que oprime brutalmente a sus ciudadanos. Es decir, el comunismo puro y duro. Es difícil no recordar obras del genial checo como El castillo o El proceso, en las que el protagonista se enfrenta a una autoridad delirante como un muro irracional incapaz de comprender, incapaz de apiadarse de los administrados. Es un sistema que tiene como fin el mantenimiento del sistema, nada más. No busca mejorar la vida de las personas bajo su mando, no busca el progreso, es pura maquinaria sosteniéndose a sí misma.
El caracol en la pendiente tiene dos líneas argumentales que nunca llegan a cruzarse. Por un lado está la historia de Perets, un lingüista que vive en la ciudad y ansía llegar al bosque; pero la poderosa Administración no le deja abandonar sus tareas con excusas ridículas y absurdas. Por el otro está el relato de Kandid, un investigador que vive en el bosque y quiere llegar a la ciudad; pero, igualmente, todo le impide salir del bosque. Las situaciones son asfixiantemente absurdas, pues la simple y frecuentemente expuesta determinación de ambos para salir de sus respectivos lugares choca con pretextos sin fundamento o imposibilidades físicas. ¡Puro Kafka!
Ciertamente, al igual que con las novelas del autor praguense, la sensación desasosiego, de alienación, de extrema pequeñez del individuo frente a la maquinaria estatal marca la novela de principio a fin con situaciones "pesadillescas".
Pero es al final de la misma cuando se aprecia más claro la evidente relación entre la sociedad política en la que tuvieron que sobrevivir los hermanos Strugatski: Perets y Kandid, aparentes víctimas del sistema son, en realidad, dirigentes del mismo. Perets es un alto directivo, con multitud de secuaces a sus órdenes, con un regio despacho y posibilidad de amargar la vida de cualquiera con una simple orden. Kandid, que parecía ser un tipo perdido al que ayudan las personas cercanas es, a fin de cuentas, otro gerifalte del sistema, capaz de cualquier tropelía contra sus semejantes. Tal y como se plantea, se insinúa que el bosque es la dirección política de la sociedad, el politburó en el caso soviético. Por otro lado, la ciudad representaría al conjunto social del país. Eso explicaría que tantos ciudadanos quisieran llegar al bosque, pero éste fuera inalcanzable, que no tuviera relación ninguna con la ciudad, es decir que los dirigentes vivieran en un mundo aparte del resto.
Lo anterior, claro está, es mi propia interpretación, aunque por lo que he leído en otros blogs no difiere de la opinión generalizada de los lectores con sentido crítico.
En fin, una novela compleja, quizá un tanto pasada de moda en cuanto la brutalidad soviética desapareció, aunque, ya se sabe, el ser humano es capaz de tropezar en la misma piedra una y otra vez.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.