Segunda novela que escribió Joseph Conrad, pero primera en la cronología de esos pocos europeos que viven y comercian (tratan) en la lejana Malasia. Concretamente, la otra novela, reseñada aquí unas pocas entradas anteriores, es La locura de Almayer, en la que se narraba la dura existencia de ese tal Almayer y de su protector, el capitán Lingard, así como de la hija del primero, ya adulta joven, quien se escapa con un malayo, contradiciendo así la voluntad de su padre, que quería regresar con ella a Europa. Bien, Un paria de las islas se sitúa anteriormente a ella, cuando la joven, Nina, es una niña pequeña, e introduciendo a otro personaje, quizás el más interesante, Peter Willems, un holandés que, recogido por el Lindgard en Rotterdam con apenas diecisiete años, es también protegido por el capitán y llevado a Malasia. Allí trabajará para otro europeo, Hudig, pero acabará "metiendo la mano en la caja" y tendrá que huir. Lindgard se volverá a apiadar de él y lo llevará con Almayer a Simbar, en la desembocadura del río Pantai.
Y es más o menos en ese momento cuando comienza el meollo de la novela, con un Willems incapaz de controlar sus más bajos instintos, que choca frontalmente con Almayer, quien sólo quiere conseguir el dinero suficiente para llevarse a su hija a Europa y criarla como una blanca. Willems se enamora ciegamente de una nativa, Aissa, hasta el punto de perder la razón completamente por ella. Los nativos, mucho más serenos que los europeos, aprovecharán la lujuriosa ceguera del holandés para sonsacarle dónde están los pasos más seguros del río Pantai, libres de bajíos, que sólo él sabe. Además, los musulmanes (Aissa es hija de Omar, un musulmán en tratos con Babalatchi, intrigante zalamero, que a su vez trata con Abdullah, comerciante también musulmán) pretenden (y consiguen) enfrentar mortalmente a Almayer y Willems para hacerse con todo el comercio de Simbar.
Grosso modo, ese sería el argumento de Un paria de las islas, que terminará con la caída en desgracia absoluta de Willems, que vivirá retirado en un chamizo con Aissa hasta que Almayer, buscando vengarse de él, le lleve a su antigua mujer y su hijo, lo que provocará un enfrentamiento entre las dos mujeres que acabará costando la vida al holandés.
La extraordinaria maestría narrativa de Joseph Conrad crea un excelente cuadro tanto de ambientes exóticos, con una descripción minuciosa de esta parte de Malasia, como de los personajes, haciéndolos evolucionar para que el lector vea, por ejemplo, como Willems lentamente desciende a los infiernos hasta acabar siendo lo que el título indica, un paria de las islas.
La concepción de Conrad no cae en absoluto en el eurocentrismo, de hecho, los personajes europeos son estúpidos cuando no depravados y pervertidos. No es que los malayos sean criaturas celestiales, también tienen sus defectos evidentes, tendentes a la violencia en la mayor parte de los casos. A diferencia de otros escritores en los que se suele meter a Conrad, como los llamados "escritores de novelas de aventuras", los protagonistas del polaco-británico están tan bien delineados, son tan verosímiles que nunca cae en tendenciosidad alguna, ni geográfica ni cultural.
Las relaciones entre los personajes definen, claro, la novela, pero aquéllas son tan intensas que muchas podrían ser las típicas del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, el capitán Lingard es una suerte de Dios todopoderoso para el resto de europeos, tomando bajo su ala a sus criaturas, especialmente Almayer y Willems. Cuando Willems cae en desgracia, Lingard lo abandona como criatura descarriada que merece castigo.
Si al excelente argumento y los interesantes temas unimos la prosa pulcra, cuidada, muy adjetivada y erudita de Conrad conseguimos, claro está, una de las mejores novelas de todos los tiempos, una verdadera lección de literatura que los escritores de éxito de nuestro tiempo, mucho me temo, no alcanzan ni en sueños.


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