domingo, 7 de junio de 2026

Inciso musical: decimoséptimo concierto de abono de la temporada 26--27 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Dvorák y Haydn.

  Penúltimo concierto de la temporada. La OSCyL estuvo ayer dirigida por Thierry Fischer, director titular de nuestra amada orquesta. El concierto de anoche fue un mano a mano entre dos gigantes de la música culta, un barroco y un romántico: Joseph Haydn y Antonín Dvorák. 
 Si existiera la amable persona que siguiera con interés este humilde blog, sabrá que comento el afán, comprensible por otro lado, de los programadores de conciertos para que éstos sean contrastantes. Se espera así, supongo, adular los más variados gustos del público, además de ofrecer un rango lo más amplio posible dentro de la ya inabarcable amplitud de la música culta. Muy loable objetivo, que alcanzan con frecuencia. Pero el concierto de anoche llevó esto del contraste a cotas nunca antes conocidas, ya que, en la segunda parte, se llegó a intercalar Danzas eslavas de Dvorák con los movimientos de la Sinfonía nº 8  de Haydn. Sí, sí, así como lo leen: se tocaron esas danzas y los movimientos de la sinfonía como si fuera una obra única, sin apenas descanso y sin permitir, claro, aplausos. ¿El resultado? Ahora lo desarrollo, pero para quien esto escribe, tras la sorpresa inicial, fue francamente positivo, sorprendente pero positivo.
 Pero antes de eso, en la primera mitad, la OSCyL "calentó motores" con La paloma del bosque, op. 110 del compositor posromántico nacido en Praga. Es esta composición un poema orquestal muy cercano, en su concepción, a un poema sinfónico, en cuanto que está inspirado por una obra literaria a la que trata de emular, cambiando las palabras por notas musicales. Concretamente, se basa en el poema homónimo del poeta checo Karel Jaromír Erben, dramático hasta la saciedad, pues describe la historia de una mujer que envenenó a su marido para poder disfrutar con el amante, pero una paloma se posará en la tumba del marido asesinado cantando una triste canción. La asesina desarrollará un profundo sentimiento de culpa y acabará suicidándose. En fin... La composición de Dvorák capta ese dramatismo con frases musicales llevadas por la cuerda que anticipan el terrible fin y castigo que tendrá la homicida. La OSCyL, una vez más, de sobresaliente.
 A continuación, la orquesta da un salto hacia atrás en el tiempo de más de ciento treinta años para interpretar el Concierto para violonchelo nº 1 en do mayor de Joseph Haydn, con la participación estelar del violonchelista madrileño, Pablo Ferrández. Y aquí, ya, el contraste se hizo notar de forma extrema: De la voluptuosidad arrebatada (aunque trágica) de la obra de Dvorák, a la belleza inalterable de Haydn. Dicho de otro modo, de la vehemencia posromántica al equilibrio melódico del Barroco. Porque la genialidad de Joseph Haydn, padre de la sinfonía, con más de cien espléndidas sinfonías en su haber, muestra una belleza en la que la tragedia no tiene lugar. Uno se reconcilia con la vida al escuchar las composiciones de Haydn. En su desarrollo no hay altisonancias o efectos contrastantes. Es como si te dijeran que no habrá más problemas en la vida, o, al menos, que esos problemas se podrán sobrellevar sin dificultad. Por otro lado, como es habitual en el compositor vienés, se exige gran maestría del solista, algo para lo que el talentosísimo Pablo Ferrández cumple sobradamente. El Concierto para violonchelo nº 1 está estructurado en tres movimientos, Moderato, Adagio y Finale, y en los dos primeros, las cadencias (los acordes últimos de cada movimiento) no son originales de Haydn, sino de compositores anónimos, lo cual permite la digresión musical de virtuosos como Ferrández. Después, como bis, Pablo Ferrández nos regaló una de las obras más frecuentemente interpretadas como solo por los chelistas: el archiconocido Preludio de la Suite nº 1 de Bach. El público del auditorio, naturalmente, se deshizo en aplausos.
 Y, como anticipaba, después del descanso llegó el ejemplo máximo de la programación contrastante: la alternancia entre Danzas eslavas de Dvorák  la Sinfonía nº 8 de Haydn. Y, como también adelantaba, al menos para mí, tras la sorpresa inicial llega la aprobación. Sin embargo, sí he podido leer y escuchar en compañeros y conocidos del público el rechazo a este "invento", decía uno, "experimento", decía otro. Y, hasta cierto punto, no les falta razón, pues es indudable que es muy infrecuente "trocear" una obra como la sinfonía de Haydn en sus movimientos y alternarlos con otras obras, encima tan dispares como las posrománticas Danzas eslavas de Dvorák. Es una osadía, no cabe duda. Pero también es cierto que si los distintos compositores no se hubieran atrevido a romper las formas dominantes en cada periodo, no se hubiera desarrollado ni un solo estilo musical. Poniendo un ejemplo irrebatible: Beethoven fue un rompedor temible en su época, si no hubiera sido por su sordera y su carácter huraño e indiferente a los halagos de crítica y público (además de su genialidad, obviamente) no hubiera evolucionado hasta encontrar un estilo musical único y excelso, no hubiera compuesto, por ejemplo, su Novena sinfonía (que, por cierto, se interpretará en el último concierto de abono de esta temporada). Así que, a todos esos puristas indignados, habrá que recordar que en la experimentación está el avance, el progreso, por mucho que nos cueste aceptarlo de primeras. 
 Bien, volviendo al concierto de ayer, el contraste extremo entre Dvorák y Haydn también afectaba a la orquesta, claro, que tenía dos configuraciones a la vez, digamos, ya que para las Danzas eslavas se trataba de una orquesta sinfónica al completo, con más de setenta músicos, gran desarrollo de la percusión y el viento-metal, mientras que lara la Sinfonía nº 8 se reducía a la orquesta barroco, de poco más de treinta músicos, principalmente de cuerda. En fin, tal vez un experimento, sí, pero, por lo que a mí respecta, bienvenido, ya que nos abre un camino a la reflexión sobre la enorme variedad de estilos dentro de la música culta, función formativa de esta música, pues, que no sólo es para gozar de su sublime calidad.
 Y así terminó el penúltimo concierto de la temporada 25-26, entre sorpresas y sentimientos de aprobación o de repulsa, por tanto favoreciendo que cada uno desarrolle su criterio, algo que, desgraciadamente, escasea en nuestra sociedad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.