Es de todos conocido que muchos autores gustan de mantener un personaje como protagonista central de varias de sus novelas. Los ejemplos más evidentes son los del subgénero policíaco, pero también algunos escritores de ciencia ficción son pronos a este truco literario que suele caer bien entre sus lectores asiduos. Brian Aldiss no es, precisamente, uno de ellos, pero tiene algunas novelas en las que repite un personaje, Joe Bodenland, un científico del siglo XXI. El tal Bodenland es el personaje principal de Drácula desencadenado, así como de la novela que nos ocupa, Frankenstein desencadenado, y no, no es que el bueno de Aldiss no fuera bueno a la hora de escoger títulos y tuviera que repetir la mayor parte de ellos, lo que ocurre es que el autor inglés sí era dado a reinterpretar obras literarias famosas del pasado, además de discurrir filosóficamente (filosofía de "andar por casa", eso sí) sobre esa literatura. Lo que se ha dado en llamar metaliteratura, vamos, es decir, literatura que habla de literatura. Así, en Frankenstein desencadenado encontramos como personajes a Lord Byron, Percy Shelley, Polidori y, por supuesto, Mary Shelley. Porque, claro es, la novela está ambientada en esa famosa villa suiza en la que se juntaron ese florido grupo de literatos para, como mero juego de entretenimiento, probar a ver quién era capaz escribir una novela en pocos días, ganando la apuesta la única fémina, Mary, con su archiconocida novela Frankenstein o el moderno Prometeo.
El argumento de la novela, grosso modo, es este: en el año 2020, una guerra a tres bandas entre el mundo occidental, Sudamérica y el Tercer mundo ha provocado, haciendo estallar bombas nucleares por encima de la estratosfera, la ruptura de la línea espacio-temporal, produciéndose con frecuencia anomalías en las que en pocos metros se abre paso a otro territorio y otro tiempo. El científico tejano Bondeland observa una de estas anomalías cerca de su casa y, ni corto ni perezoso, penetra en ella con su moderno vehículo. Cuando consigue entender a dónde y a qué fecha ha viajado, comprende que está en Ginebra en el año 1816. Por casualidad (aquí se aprecia un error en la construcción de la novela, luego hablaré de ello), persigue a un tipo que no es otro que el personaje de ficción Víctor Frankenstein, ese científico loco ideado por Mary Shelley que quiso salvar la humanidad creando un monstruo a partir de restos de cadáveres. También por casualidad, Bodenland traba conocimiento con los escritores antes mencionados, en la villa que habían alquilado a la orilla del lago Lemán. Tan estrecha será esta relación, que Bodenland acabará viviendo un pasional romance con Mary (algo que es muy frecuente en las novelas de Aldiss, quizá una digresión del propio autor a cuenta del personaje, alter ego del autor). El científico del siglo XXI cuenta a Mary Shelley cómo ha conocido a su personaje, Frankenstein, como si fuera de carne y hueso, cuando ella ni siquiera había comenzado a escribir su novela, aunque ya tenía en mente las líneas maestras de la misma. Lo cierto es que, por otro lado, Víctor Frankenstein ya "ha engendrado" a su criatura, con resultado nefasto, pues hubo varios asesinatos inexplicados en la zona en las semanas anteriores, y ahora está desarrollando una compañera igualmente monstruosa. Bodenland trata de persuadir al científico para que no crea tal engendro, ante la posibilidad de que pudieran procrear, originando a su vez una nueva generación de criaturas esperpénticas. Frankenstein, personaje bienintencionado y filantrópico (tal cual como lo ideó Shelley, de ahí el subtítulo de su novela), pretende ser capaz de mejorar la especie humana, liberándola del ciclo de nacimientos y muertes a la que está sometida como cualquier animal. Finalmente, la pareja de monstruos huye de la humanidad que desea eliminarlos, yendo hacia zonas deshabitadas del Gran Norte, se cita Groenlandia. Joe Bodenland, sigue a las criaturas con su "supermoderno" vehículo, llegando a alcanzarlos en la cima de un glaciar y matándolos con una ametralladora que el coche en cuestión tiene. Agonizando, la criatura macho lanza un discurso más humano que ningún otro, sobre la liberación de la muerte, cómo se siente desencadenado (de ahí, entiendo, viene el título).
En fin, la novela tiene una calidad bastante baja, la verdad. Además de los imperdonables fallos en los que no se explica, por ejemplo, como un tipo del siglo XXI consigue medrar sin problemas en la Europa central del siglo XIX, sin moneda propia, con las ropas de otro tiempo... o cómo Mary Shelley cree a pie juntillas lo que Bodenland le cuenta sobre su viaje en el tiempo y el espacio, además de esos fallos, digo, es, paradójicamente, una novela demasiado lineal en el tiempo, parece escrita por un adolescente más que por un supuesto genio de la ciencia ficción. Nada que ver con la calidad mucho más alta que alcanzará con la trilogía Heliconia que escribiría apenas un decenio más tarde.


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