viernes, 10 de julio de 2026

'"El negro del Narcissus", de Joseph Conrad.

  Tercera novela que escribió Conrad y cambio de ambientación y personajes. Si sus dos primeras novelas, La locura de Almayer y Un paria de las islas están ambientadas en Simbar, actual Malasia, y tienen muchos personajes en común al ser continuación la primera de la segunda, en su tercera novela, Joseph Conrad continua el ambiente marinero, pero de un barco concreto, el Narcissus, que hace la ruta Bombay-Londres, introduciendo nuevos personajes.
 El negro del Narcissus fue publicada en 1897 y supuso ya la consagración del escritor polaco-británico. Con todo, aunque supuso un notable éxito, también cosechó acerbas críticas por no tener una trama estable y continuada. Cierto es que se echa en falta una ilación entre las terribles experiencias que se narran, sobre todo si se compara con las dos novelas anteriores. Desde el punto de vista de los temas, tradicionalmente se ha querido ver como una alegoría sobre la vida, con sus individualismos y sus colectividades, así como el aislamiento y la solidaridad, aunque, en realidad, entiendo que es más la comparación de la vida en el mar con la vida en general para comprender la dureza inmisericorde de la existencia. Para entender esto plenamente transcribo parte del primer párrafo del capítulo 4:
 El eterno mar, en su desdeñosa misericordia, les concede el indulto a los hombres, y les confiere con justicia el pleno privilegio del deseado desasosiego. [...] Deben justificar sin descanso su vida a la eterna compasión que determina que el trabajo sea duro e incesante desde el amanecer al anochecer, y desde el anochecer al amanecer, hasta que el tedioso transcurso de las noches y los días [...] se redime finalmente por medio por medio del inmenso silencio del dolor y el trabajo, y del miedo callado y la valentía muda de unos hombres anónimos, desmemoriados y tenaces.
 El argumento narra, como antes decía, el periplo del Narcissus de Bombay a Londres, pero centrándose en la vida de su tripulación, muy especialmente en Jimmy Wait, un marinero de raza negra, que se enrola en ese barco estando enfermo. El título de la novela, por cierto, fue modificado en Estados Unidos, donde se publicó como "The Children of the Sea", para evitar el original "Nigger", ya con connotaciones peyorativas racistas a finales del XIX. En todo caso, Wait recibe el rechazo generalizado de sus compañeros, y el tema racial no está al margen, siendo el único negro. También, desde que sube abordo, hace saber a todos que está enfermo; no se nombra, pero se intuye que está tuberculoso, pues además de una insuficiencia respiratoria muy marcada, tose constantemente. Como consecuencia, el negro no quiere trabajar, cargando a sus compañeros de fatiga con sus tareas. Y, en ese sentido, es notable la capacidad de Conrad para retratar el alma humana, pues cuando creen que finge todos le odian e incluso desean su muerte, pero cuando se descubre que no finge en absoluto, que en verdad está muy grave, moribundo incluso, todos se apiadan de él, lo protegen e incluso se ofenden si alguien duda de su honorabilidad. Esa volubilidad a la hora de juzgar, producto de sensiblerías y prejuicios, forma parte de la más íntima arquitectura mental del ser humano.
 Por otro lado, y esto es ya una interpretación personal, hay un momento en el que el marinero negro se comporta como un "Bartlebly". Cuando confiesa que está fingiendo, algo que es falso, pero que quiere morir. ¿Está afirmando un "preferiría no hacerlo" como el inmortal personaje de Herman Melville? Wait parece preferir la muerte a la lucha vital, con un deje de superioridad sobre el resto de sus compañeros, como ocurría con el escribiente de Melville.
 Especial mención hay que hacer de la tempestad que está apunto de hacer naufragar al Narcissus. No se aclara, pero se supone que ocurre al bordear el Cabo de Buena Esperanza, localización, es de todos conocido, en el que la mar gruesa habitual ha provocado miles de naufragios a lo largo de la historia. La tempestad, genialmente descrita por Conrad, supone una brutal piedra de toque para la tripulación del barco. No muere nadie, pero muchos sienten la fragilidad de la vida en un medio tan hostil como el océano.
 Cuando ya está próximo el destino, Jimmy Wait, el negro del Narcissus, muere, es "enterrado" en el mar cerca de las Azores.
 Es una novela dura, sin concesiones al sentimentalismo. A diferencia de las de Julio Verne, cuyos personajes estaban estaban infantilmente divididos entre "buenos y malos", en las narraciones de Joseph Conrad todos sus protagonistas son polifacéticos, con virtudes y defectos por igual, mucho más verosímiles y naturales. Y, como antes decía, el polaco-británico conoce el alma humana con un detalle que espeluzna. En tiempos pasados, en la juventud de quien esto escribe, por ejemplo, se recomendaba la lectura de Joseph Conrad como lectura juvenil por el hecho de ser "novelas de aventuras". ¡Craso error! Un chico de quince años no puede entender plenamente la construcción de personajes que hace este autor, hace falta una experiencia vital que sólo se adquiere con el paso de varios decenios.

"El lector", Ferdinand Hodler.

Hodler, Ferdinand. (Circa 1885). El lector [Óleo sobre lienzo].Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Imagen tomada de la web www.museothyssen.org

miércoles, 8 de julio de 2026

"El club de los negocios raros", de Gilbert Keith Chesterton.

  La producción literaria de Chesterton, en sus poco más de sesenta años de vida, fue muy abundante. Entre novelas, relatos, ensayos, biografías, libros de viaje y artículos periodísticos dejó un inmenso legado para la posteridad. Con todo, la cantidad es lo de menos, siendo la calidad y sobre todo la transmisión de ideas lo más importante. Porque Chesterton fue un pensador más que un narrador, un buscador de la razón de la vida, alguien con "criterio propio" (algo, desgraciadamente, cada vez más difícil de encontrar) a quien no le importaba aquello del "qué dirán". Un ejemplo de esto es su periplo por las religiones, evidente prueba de búsqueda espiritual, que lo llevó del ateísmo, pues fue criado en una de esas familias racionalistas tan frecuentes en la Inglaterra de la Revolución Industrial, al anglicanismo primero, para acabar en el seno del catolicismo. Es decir, algo muy inusual y contra corriente en su país. Y al igual que en ámbito religioso, Chesterton tuvo unas ideas sociales muy claras, con su defensa del "distributismo", una forma de socialismo suave que promovía la incautación de tierras improductivas y su entrega a los desfavorecidos. Chesterton no se casaba con nadie, anunciaba sus intenciones con una indiferencia ante las reacciones que demuestran su independencia de pensamiento.
 El club de los negocios raros es, sin duda, una obra menor, pero la esencia "chestertoniana" se aprecia en cada uno de los seis relatos, pues muestran personajes tan estrambóticos como el propio escritor, que tienen como característica común el hecho de haber inventado una profesión totalmente nueva. Chesterton lo presenta de una forma muy clásica en aquella época, de forma semejante a como escribían otros autores del subgénero policíaco, llevando a un equívoco intencionado al lector, que finalmente acaba por entender todo.
 En Las extraordinarias aventuras del comandante Brown se presenta a los personajes que irán desentrañando las anómalas vidas de otros personajes, los hermanos Grant, Basil y Rupert, además del narrador. La relación entre éstos no es muy diferente de la de Holmes y Watson, por ejemplo, puesto que uno es sagaz y astuto, mientras el otro es ingenuo y lento para comprender. Así, en sus conversaciones, se entera el lector, mejor dicho, va captando, lo que acaba por destriparse al final. En este relato, accidentalmente, un militar retirado es confundido con otro, y  se encuentra con una agencia que planifica aventuras excitantes para clientes que creen llevar vidas anodinas.
 El lamentable fin de una gran reputación es un relato en el que una agencia provee de actores que se introducen en fiestas de sus clientes.
 Como siempre, Chesterton plantea, desde una visión muy conservadora, situaciones absurdas y sin sentido, para que todo se aclare en el desenlace.
 En La verdadera causa de la visita del vicario presenta otra profesión estrambótica, la de "retenedores profesionales", es decir, tipos que van a entretener a alguien durante unas horas para que otros puedan llevar a cabo sus fines. Un cura anglicano relata algo sorprendente: unos rufianes vestidos de mujeres le han secuestrado para que él, también travestido, les ayude a dar un golpe en casa de un rico. Todo aparentemente bien urdido. Pero, en realidad, es una falsa, el falso vicario es uno de esos "retenedores" que sólo pretenden bloquear a alguien.
 El cuarto relato, La singular especificación del agente de fincas, narra un "agente de fincas" especial, que no consigue casas como tal a sus clientes, sino casas en lo alto de los árboles. No es el mejor relato, pero la maestría de Chesterton mantiene el suspense correctamente.
 En La pintoresca conducta del profesor Chadd un famoso etnólogo experto en el lenguaje de los zulúes espera que su gran reputación le abra las egregias puertas del British Museum, pero una aparente crisis de demencia lo aleja de ellas. Los Grant, sin embargo, consiguen que el insigne museo le pague ochocientas libras al año hasta que deje de actuar como un loco, pretextando que Chadd está investigando un lenguaje basado en la danza.
 En el último relato, La extraña reclusión de la anciana señora, los protagonistas de siempre descubren a una pobre anciana encerrada a oscuras en una casa. Cuando se proponen liberarla, se encuentran con unos estudiantes de Oxford que discuten sobre teorías darwinistas. Para su sorpresa, la anciana liberada no quiere abandonar su cautiverio. Sólo cuando los jóvenes le piden por favor que abandone la casa se dignará a hacerlo. Luego se descubre que la anciana fue juzgada por Basil Grant y condenada a reclusión solitaria para romper un compromiso construido por difamación.
 En fin, como decía, una obra menor de Chesterton, pero con todas las características que hacen del inglés uno de los más interesantes pensadores del cambio de siglo XIX al XX.

domingo, 5 de julio de 2026

"Turlupin", de Leo Perutz.

  Otro ejercicio de magia narrativa del gran Leo Perutz. El autor praguense habrá sido categorizado como escritor de novelas históricas, toda vez que sus ambientaciones en siglos pasados y su fidelidad a los acontecimientos históricos así lo indican, pero su capacidad de fintar literariamente con bruscos giros argumentales lo elevan a una categoría sui géneris. Porque pocos autores son capaces de sorprender al lector como Perutz, dejándole con una sonrisa en la cara y un poco de melancolía al terminar la novela. Turlupin narra la historia de ese personaje ficticio, Tancrède Turlupin, simple barbero expósito en el París de 1642, que por puro artificio acaba por mediar en las luchas entre el rey (en manos del todopoderoso cardenal Richelieu) y los intrigantes nobles. Pero, una vez más, la línea argumental principal es lo de menos. Lo mejor es cómo urde la trama Perutz, cómo engaña al propio lector y lo despierta abruptamente después con un humor irónico que engancha al más soso. ¡Un placer leer a este tío!
 Y, sí, la fidelidad de Perutz a la Historia es innegable. La novela se sitúa temporalmente en un momento crítico de Francia: 1642, año de la muerte de Richelieu, hombre poderosísimo, riquísimo, inteligentísimo... y terriblemente impopular. Pero mientras las clases populares no podían decir ni mu, la nobleza tenía poder suficiente para montar revoluciones con tal de acabar con la Corona. No en vano, la monarquía sería decapitada (literalmente) en 1789. Ya desde mediados del siglo XVII el desasosiego social era dominante en Francia. 
 Y luego está el personaje impagable de Tancrède Turlupin, una especie de Quijote romántico, ingenuo, locamente afortunado. Se trata de un joven desgarbado, traumatizado por su origen, ya que no conoció a su padre y su madre murió en su más tierna infancia. Como consecuencia, pasa por distintos orfanatos hasta que es adoptado por una viuda con afán de madre y... algo más. Esta viuda lo es de un barbero, de modo que el chico aprende el oficio. Pero Turlupin sueña despierto y no se resigna a una vida tan modesta. La viuda le ha regalado un guardapelo en la que hay dos retratos, el de la viuda y el del chico. Turlupin entrará accidentalmente (en el sentido de que entra equivocado) en un funeral que cree de un mendigo cuando es del duque de Laval. Allí conocerá a la duquesa, que no para de mirarlo (cree él) y le robarán el famoso guardapelo. En la febril mente del chico, creerá que el simple chorizo que le ha robado el colgante era un lacayo que seguía órdenes de la duquesa, que no cesaba de mirarlo porque lo reconocía, ¿por qué? Él cree que la duquesa es su verdadera madre, que, por tanto, estaba asintiendo sin saberlo al funeral de su padre. Y ya no puede dejar de pensar en ello hasta que entre en la mansión de los duques de Laval, que cree su propia casa. Allí entrará en contacto con nobles que complotan contra el rey y el omnipotente Richelieu. En un momento de sublime embeleso, Turlupin cree que la duquesa, que le toca la cara de una forma peculiar, le está, en realidad, bendiciendo. Ya no le queda duda: la duquesa, su madre, sin decirle nada le está animando a que tome partido. Lo hará hasta perder su vida. Y entonces Perutz mete el giro argumental que todo lo explica: todo estaba en la cabeza del chico, la duquesa, en verdad, es ciega, con lo que en el funeral no lo miraba y en la mansión no lo bendijo, sino que trataba de reconocerlo con sus manos. Todo ha sido una pura ensoñación de un barbero expósito. 
  Es, pues, la historia de un equívoco, de un pobre hombre, Turlupin, que nunca supo quién era, o que no se supo conocer. La novela acaba con una frase, dicha por un personaje secundario, que acaba por resumirlo: Tal vez Dios se haya divertido un rato, como hacen los señores, a costa de un simple.
 En fin, otra joya literaria, prematuramente olvidada por las masas de lectores que son aturdidos de cuando en cuando con Premios Planeta y otras zarandajas por el estilo. Los de la editorial Muchnik dicen, con toda la razón del mundo: "Con sus libros, los escritores aprenden a narrar y los lectores vibran al ritmo de su palabra".

viernes, 3 de julio de 2026

"Los tíos de Sicilia", de Leonardo Sciascia.

 Otro conjunto de relatos (alguno podría ser categorizado hoy como novela breve) de ese extraordinario escritor siciliano, experto en diseccionar el alma humana. Porque Sciascia habla de Sicilia, los sicilianos y lo siciliano, pero su análisis del individuo y su sociedad es tan fino, tan intenso, que, en realidad, habla del ser humano y la sociedad en que se organiza. Sus personajes son redondos, verosímiles, casi se los puede tocar. Estaba Sciascia, sin duda, enamorado de su tierra, pero que nadie se equivoque, no hay ni rastro de chovinismo o patrioterismo en su narrativa, al contrario, precisamente por ser "de la casa", el escritor no deja títere sin cabeza. Conoce tan bien los vicios y defectos de sus coterráneos que lo denuncia sin sonrojo alguno. Porque, al final, sicilianos o no sicilianos, los vicios y virtudes de los hombres son las dos caras de la misma manera. Así, por ejemplo, la capacidad de salir adelante contra viento y marea, innegable virtud, se basa muchas veces en mirar para otro lado cuando hay problemas (el silencio opresivo de la omertà, yo no he visto nada, yo no sé nada); o el afán de superar dificultades a toda costa, de nuevo, loable cualidad humana, se torna en superficialidad y volubilidad, apoyando a distintos poderes, por ejemplo, según interese, independientemente de los principios propios.
 El primer relato contenido en este volumen es La tía de América, una deliciosa narración ambientada en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial en un pueblo de Sicilia.  Allí, los paisanos están esperando, entre esperanzados y atemorizados, a que llegue la invasión de las tropas estadounidenses. Cuando finalmente llegan los americanos, a los que creen una suerte de raza superior, se encuentran con que muchos soldados rasos hablan italiano, y algunos incluso el dialecto siciliano, pues son hijos de inmigrantes de la zona. Y, claro, lo que antes decía, el veleidoso carácter siciliano hace que los que antes daban vivas al Duce, ahora aseguren ser antifascistas de toda la vida; las castas y puras mujeres, se venden ahora por unos cigarrillos. Eso sí, acritud, ninguna, puro sentido de oportunismo camaleónico. A la familia del narrador, un adolescente, llegan cartas de Nueva York de una tía que allí vive. Ésta les promete el oro y el moro, y, cuando finalmente visita la isla, le parece la tierra más atrasada del planeta, ella, que salió del mismo terruño.
 La muerte de Stalin es, en este caso, lo contrario, un relato de fidelidad política fanática cuasi religiosa. Pero la maestría de Sciascia lo muestra con una ironía deliciosa: hace quejarse al comunista Calogero del fanatismo religioso de su mujer, que se niega a aceptar los cambios dentro de la Iglesia Católica. Él, ateo declarado, defiende los cambios con aquel: ¿no sabrán las autoridades lo que os conviene? Eso sí, cuando tiene que aplicarse a sí mismo esa sencilla regla, ya no lo acepta. Estalinista ferviente, cuando muere el dictador y la cúpula del politburó encabezada por Kruschev denuncia los excesos brutales del genocida georgiano, no puede creer ni una palabra que sale del PCUS. Entonces es él el que se aferra a la tradición, a su santito de bigote frente a las razones que se exhiben denunciando las purgas y los gulags. Es el otro extremo del veleidoso posibilista, la intransigencia dogmática que no acepta cambio alguno.
 El "Quarantotto" es más una novela breve que un relato. También ambientado en la ficticia localidad de Castro y en 1848, con las revoluciones contra los Borbones en el sur de Italia y los Habsburgo en el norte, y que acabará en 1860 en la Unificación de Italia encabezada por Garibaldi. Pero Sciascia, una vez más, habla de intrahistoria, de los pequeños personajes, no de los grandes nombres que todos recuerdan. En esencia, todas las características que el autor da a sus personajes se encuentran aquí: la veleidad oportunista, la ausencia de fijeza en los comportamientos y la creencia, la volubilidad sin sonrojo... Un ejemplo es el barón de la localidad, que en el 48 se declara borbónico furibundo cuando la revolución finalmente fracasa, se torna ahora garibaldino firme cuando las tropas del general claramente van a ganar la partida.
 El último relato de este volumen es El antimonio, una excelente narración, parcialmente ambientada en la Guerra Civil española, que ya leí y reseñé en este blog.
Leonardo Sciascia. Imagen tomada de Wikimedia Commons
 En fin, la prosa de Sciascia es tan quirúrgicamente exacta, tan precisa, que siente uno el alma atravesada con esa mirada tan aparentemente normal, pero con una agudeza difícil de encontrar.

lunes, 29 de junio de 2026

"Frankenstein o El moderno Prometeo", de Mary W. Shelley.

  Después de haber leído Frankenstein desencadenado, de Brian Aldiss, decidí cubrir una de mis más notables lagunas literarias: no haber leído el Frankenstein "original", el de Mary Shelley, algo que, dado mi vasto conocimiento de la literatura anglosajona del siglo XIX me avergonzaba en no pequeña medida. ¿Por qué no la había leído? No lo sé, tal vez por haber visto prácticamente todas las versiones cinematográficas, algunas muy buenas, la mayoría, infames, que tal vez me despistó hasta cometer el craso error de no acceder a la versión original, la literaria, en lugar de andarme por las ramas del celuloide. ¿Y qué conclusiones he sacado en claro? La primera y más importante es que, a veces, el cine pervierte lo mejor de la literatura, subvirtiéndola y trastocándola por completo. Porque ya había comentado en varias ocasiones en este humilde blog la excelente relación entre la literatura y el cine, éste siendo siempre deudor de aquélla. Pero lo que ocurrió con Frankenstein en sus múltiples adaptaciones cinematográficas es que los cineastas tomaron superficialmente la criatura de Frankenstein y modificaron radicalmente su comportamiento para hacerlo más comercial. Si Mary Shelley levantara la cabeza, supongo yo, se moriría de vergüenza e ira al ver cómo habían transformado a su personaje dilecto, el monstruo de Frankenstein en una criatura estúpida, violenta y animalesca, cuando ella ideó un ser sensible, necesitado de afecto, con afán de erudición y tendencia a filosofar. Sí, es verdaderamente desagradable ver hasta dónde se puede forzar a millones y millones de espectadores a lo largo de varias generaciones a equivocarse de lado a lado y confundir en primer lugar el nombre del doctor Víctor Frankenstein con el de su criatura (pregúntese al común de los ciudadanos, zote por culpa de las autoridades que así lo quieren y de él mismo que no se da cuenta, y se verá cómo llama Frankenstein a un monstruo tonto, mudo y violento), y a pervertir en última instancia la voluntad creadora de Mary Shelley. ¡Una pena!
 Bien, en todo caso, los ignorantes consideran esta novela como "narrativa de terror", otro terrible error. Algunos la han categorizado como "novela gótica", que se acerca más a la realidad, pero, para ser más exacto, habría que considerar que es una novela psicológica y filosófica.
 Aquéllos que sólo hayan visto las películas con ese apellido germánico en el título creerán que el argumento se basa en la creación, por parte de un brillante científico loco, de un monstruo, hecho con retazos de cadáveres, y cómo ese monstruo, brutal e iracundo, se vuelve loco y mata a diestro y siniestro hasta que es eliminado. ¡Pobre Mary Shelley, qué mal han tratado tu novela! No, el argumento de Frankenstein o El moderno Prometeo surge del ansia de un científico, Víctor Frankenstein por ayudar a la humanidad, liberándola del eterno y demoledor ciclo de nacimientos y muertes mediante la creación de un ser humano en el laboratorio. De ahí el subtítulo de la novela (que, por cierto, esta versión barata de Ediciones Rueda escamotea), el moderno Prometeo, que recuerda, claro está, al ser mitológico griego, que, apiadándose de la humanidad, roba el fuego para entregárselo a los humanos, razón por la que Zeus lo castigará, encadenándolo a una roca del Cáucaso y condenándole a que un águila devore su hígado, que se reproducía constantemente. Lo que ocurrirá es que, como Mary Shelley insinúa, todo ser humano, incluso uno artificial hecho con trozos de otros, necesita afecto, amor, cariño, una familia que lo críe, una pareja que lo ame... y la criatura de Frankenstein (que nunca tendrá nombre) no lo tiene, lo cual lo llevará al rencor, al resentimiento que acabará en el instinto homicida.
 Pero la mayor parte de la novela se muestra a la criatura como un ser reflexivo, muy sensible, culto (lee a Plutarco y a Goethe) y que filosofa sobre la condición humana. ¿Qué hace humano a un hombre? Se pregunta la criatura. Al carecer de nombre se da a sí mismo el de Adán, el primer hombre (todo esto en un relato de origen veterotestamentario), equivaliendo así por tanto a Víctor Frankenstein como Dios. El supuesto monstruo, al buscar afecto, encuentra rechazo y repulsa horrorizada en los otros, provocándole una reacción de repudio a su vez a la humanidad, pero centrada en "su padre", su creador. Así, la criatura sentimental y afectuosa mata a los afectos de Víctor: su hermano, su prometida Elizabeth, su padre (de forma indirecta, pues éste muere "por la impresión") y de la criada Justine Moritz. De forma muy freudiana, en realidad, lo que quiere la criatura es "matar al padre", para encontrarse a sí mismo, para saber quién es. Pero, ¿cómo podrá saber quién es si está hecho con trozos de otros? Finalmente, lo acabará matando realmente, cuando está en el barco de Robert Walton, científico que buscaba una ruta marítima bordeando el Polo Norte y que se topará tanto con Víctor como con su criatura, contándole aquél toda el relato.
 Por eso digo que Frankenstein o El moderno Prometeo es una novela de corte psicológico y filosófico, porque discursea sobre la naturaleza humana, su origen, su fin, sus problemas, sus virtudes y defectos... La criatura, ese horrible monstruo mudo de las películas, es, en verdad, un ser exquisito, superior en su intelectualidad a la mayoría de los seres humanos. Bien pensado, es curioso cómo se trastoca todo y como los mejores pasan a ser vistos como los peores y viceversa. Es esta una sociedad pervertida que cambia todo a peor por un mero afán comercial.

jueves, 25 de junio de 2026

"Frankenstein desencadenado", de Brian Aldiss.

  Es de todos conocido que muchos autores gustan de mantener un personaje como protagonista central de varias de sus novelas. Los ejemplos más evidentes son los del subgénero policíaco, pero también algunos escritores de ciencia ficción son pronos a este truco literario que suele caer bien entre sus lectores asiduos. Brian Aldiss no es, precisamente, uno de ellos, pero tiene algunas novelas en las que repite un personaje, Joe Bodenland, un científico del siglo XXI. El tal Bodenland es el personaje principal de Drácula desencadenado, así como de la novela que nos ocupa, Frankenstein desencadenado, y no, no es que el bueno de Aldiss no fuera bueno a la hora de escoger títulos y tuviera que repetir la mayor parte de ellos, lo que ocurre es que el autor inglés sí era dado a reinterpretar obras literarias famosas del pasado, además de discurrir filosóficamente (filosofía de "andar por casa", eso sí) sobre esa literatura. Lo que se ha dado en llamar metaliteratura, vamos, es decir, literatura que habla de literatura. Así, en Frankenstein desencadenado encontramos como personajes a Lord Byron, Percy Shelley, Polidori y, por supuesto, Mary Shelley. Porque, claro es, la novela está ambientada en esa famosa villa suiza en la que se juntaron ese florido grupo de literatos para, como mero juego de entretenimiento, probar a ver quién era capaz escribir una novela en pocos días, ganando la apuesta la única fémina, Mary, con su archiconocida novela Frankenstein o el moderno Prometeo
 El argumento de la novela, grosso modo, es este: en el año 2020, una guerra a tres bandas entre el mundo occidental, Sudamérica y el Tercer mundo ha provocado, haciendo estallar bombas nucleares por encima de la estratosfera, la ruptura de la línea espacio-temporal, produciéndose con frecuencia anomalías en las que en pocos metros se abre paso a otro territorio y otro tiempo. El científico tejano Bondeland observa una de estas anomalías cerca de su casa y, ni corto ni perezoso, penetra en ella con su moderno vehículo. Cuando consigue entender a dónde y a qué fecha ha viajado, comprende que está en Ginebra en el año 1816. Por casualidad (aquí se aprecia un error en la construcción de la novela, luego hablaré de ello), persigue a un tipo que no es otro que el personaje de ficción Víctor Frankenstein, ese científico loco ideado por Mary Shelley que quiso salvar la humanidad creando un monstruo a partir de restos de cadáveres. También por casualidad, Bodenland traba conocimiento con los escritores antes mencionados, en la villa que habían alquilado a la orilla del lago Lemán. Tan estrecha será esta relación, que Bodenland acabará viviendo un pasional romance con Mary (algo que es muy frecuente en las novelas de Aldiss, quizá una digresión del propio autor a cuenta del personaje, alter ego del autor). El científico del siglo XXI cuenta a Mary Shelley cómo ha conocido a su personaje, Frankenstein, como si fuera de carne y hueso, cuando ella ni siquiera había comenzado a escribir su novela, aunque ya tenía en mente las líneas maestras de la misma. Lo cierto es que, por otro lado, Víctor Frankenstein ya "ha engendrado" a su criatura, con resultado nefasto, pues hubo varios asesinatos inexplicados en la zona en las semanas anteriores, y ahora está desarrollando una compañera igualmente monstruosa. Bodenland trata de persuadir al científico para que no crea tal engendro, ante la posibilidad de que pudieran procrear, originando a su vez una nueva generación de criaturas esperpénticas. Frankenstein, personaje bienintencionado y filantrópico (tal cual como lo ideó Shelley, de ahí el subtítulo de su novela), pretende ser capaz de mejorar la especie humana, liberándola del ciclo de nacimientos y muertes a la que está sometida como cualquier animal. Finalmente, la pareja de monstruos huye de la humanidad que desea eliminarlos, yendo hacia zonas deshabitadas del Gran Norte, se cita Groenlandia. Joe Bodenland, sigue a las criaturas con su "supermoderno" vehículo, llegando a alcanzarlos en la cima de un glaciar y matándolos con una ametralladora que el coche en cuestión tiene. Agonizando, la criatura macho lanza un discurso más humano que ningún otro, sobre la liberación de la muerte, cómo se siente desencadenado (de ahí, entiendo, viene el título).
 En fin, la novela tiene una calidad bastante baja, la verdad. Además de los imperdonables fallos en los que no se explica, por ejemplo, como un tipo del siglo XXI consigue medrar sin problemas en la Europa central del siglo XIX, sin moneda propia, con las ropas de otro tiempo... o cómo Mary Shelley cree a pie juntillas lo que Bodenland le cuenta sobre su viaje en el tiempo y el espacio, además de esos fallos, digo, es, paradójicamente, una novela demasiado lineal en el tiempo, parece escrita por un adolescente más que por un supuesto genio de la ciencia ficción. Nada que ver con la calidad mucho más alta que alcanzará con la trilogía Heliconia que escribiría apenas un decenio más tarde.

lunes, 22 de junio de 2026

"Dances with Books", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"Historias de amor", de Robert Walser.

  Y aquí estoy otra vez con Robert Walser, debatiéndome entre el gusto y el rechazo. Pero, como ya he escrito varias veces antes, creo que existen dos Robert Walser: el de las novelas largas (como Jakov von Gunten, Los hermanos Tanner o El ayudante), con una fuerte carga autobiográfica que deja traslucir ese complejo de inferioridad, ese afán de autodestrucción basado en el servilismo más abyecto que repugna; y el de los relatos cortos o, mejor aun, las anotaciones a vuelapluma sobre lo que el escritor (aquí más bien poeta) observaba de sus paseos cotidianos (aquí encontramos joyas como El paseo, Pequeño zoológico o La rosa). En este último grupo se aprecia textos muy emotivos, muestra de una sensibilidad y un gusto por la belleza más simple que reconcilia al lector con la vida. Nada que ver con las novelas largas, con las que uno, de tanto leer abusos de unos sobre otros, acaba abominando del género humano. Bueno, y estas Historias de amor, ¿a qué grupo pertenecen? Ahora lo desarrollo, pero diría que, por forma del texto más en el segundo, al bueno, pero por los sentimientos transcritos, al primer grupo, desgraciadamente.
 Obviamente, Historias de amor incluye relatos relacionados con el noble sentimiento, casi cien textos. Por duración de los mismos, sí, estamos en el lado bueno de Walser, el de los sentimientos recogidos en prosa poética, pero... Pero en la mayoría de los relatos se perciben sentimientos de rencor y resentimiento. Son narraciones en las que hay una acritud bastante desagradable, hasta el punto de que son más las "historias de desamor" que las de amor. Algunos textos, me he sorprendido bastante, la verdad, caen en una misoginia que no había percibido antes en el escritor suizo, pues ahondan en las tradicionales descalificaciones de otro tiempo a las mujeres en general: superficiales, veleidosas, caprichosas cuando no interesadas materialmente para iniciar una relación amorosa. Me ha desagradado mucho leerlo, ciertamente. Quizá la dura experiencia vital de Walser pueda explicar este comportamiento tan despreciable, toda vez que la historia sentimental del suizo fue prácticamente nula en sus setenta y ocho años de vida, pero por dentro, los sentimientos, pedían, necesitaban esa vida sentimental. En este sentido, es muy esclarecedor el epílogo firmado por Volker Michels al que luego acudiré más en detalle.
 Pero no quiero abonarme a la negatividad y el pesimismo (tan en boga en estos días) y trascribo algunos fragmentos en los que sí se aprecia ese Walser fino, sensible y amable:
 Quien no ama no existe, no vive, está muerto. Quien tiene ganas de amar se levanta de entre los muertos; y sólo está vivo quien ama.
 Ese sencillo pero irrefutable adagio pertenece al texto titulado La invitación y, a decir verdad, es el argumento de varias historias, de las más potables, de aquellas que no destilan esa amargura, ese rencor al que aludía antes.
 Sin embargo, se aprecia esos sentimientos, preñados además de autodesprecio e incluso complejo de inferioridad cuando afirma: Respecto a mi salario de ciento veinticinco francos, tenía la desfachatez de gritarme a mí mismo: ¡No mereces un salario tan alto ni en pintura, sinvergüenza! Por aquel entonces me destacaba, para bien o para mal, por tenerme en sumamente baja consideración, mientras que a la mayoría de la gente la tenía en alta consideración de un modo exagerado.
 Otros textos, en cambio, si tienen el optimismo que provoca la observación detallada y sensible de la belleza y que nos permite seguir alentando. Esto es particularmente notable en La flor.
 Con todo, acabaré con el epílogo antes mencionado, en el que el tal Volker Michels incluye una frase verdaderamente lapidaria del propio Walser que lo define: Qué desapasionado, prosaicamente práctico, noblemente soso es nuestro tiempo. Aunque tal vez tenga también su lado bueno: uno puede distinguirse por su extravagancia
 Parece ser que este tal Volker Michels es un crítico literario, especializado en la literatura de habla alemana y de cambio del siglo XIX al XX, especialmente de Hermann Hesse y Robert Walser. Y, desde luego, el epílogo contenido en este tomo de la Editorial Siruela es muy esclarecedor a la hora de arrojar luz sobre la personalidad dicotomizada de Walser. Y en concreto sobre el resentimiento y rencor del suizo en cuestiones amorosas, e incluso esa cierta misoginia a la que hacía referencia, quizá quede explicada con un desengaño amoroso que tuvo el escritor. El crítico Volker Michels lo describe así: tras escribir cartas de amor a una tal Frieda Mermet en la que llega a decirle "Creo que sería hermoso ser su marido", el crítico recuerda: Frieda Mermet, que era viuda, no aceptó, si bien siguió siendo, hasta el ingreso definitivo de Walser en el sanatorio de Herisau, lo que siempre fue para él, la socorrida amiga y destinataria de sus cartas más íntimas, en las que el prometedor papel de posible esposa de Walser se fue transformando poco a poco en el de una figura materna. Es probable que fuera este rechazo por parte de Frieda Mermet lo que provocó en Walser un disgusto no confesado que tuvo como consecuencia una paulatina aunque profunda alteración de su comportamiento. Creo que no se puede decir más claro.
 En fin, me quedaré con el Walser sensible y delicado, dejando esas amarguras y resentimiento de lado.