miércoles, 5 de agosto de 2026

"Huida y fin de Joseph Roth", de Soma Morgenstern.

  No me gustan mucho las biografías (menos aún las autobiografías) suelen ser demasiado subjetivas cuando el autor conoció al sujeto de la semblanza, o incluso totalmente inventado cuando no fue así. En este caso, Soma Morgenstern fue amigo (a veces, también enemigo), confidente y consejero del talentosísimo Joseph Roth. De hecho, Morgenstern, que fue más periodista (trabajando, sobre todo, para el mismo diario que Roth, el Frankfurter Zeitung) que novelista, pasará más a la Historia (si es que lo hace) como amigo y biógrafo de Roth y de Alban Berg (discípulo aventajado del compositor Arnold Schonberg). Esto, para cualquier escritor y periodista, no deja de ser una pequeña maldición, ser conocido por ser amigo de... que por uno mismo. En fin... El caso es que Morgenstern tuvo una vida terriblemente azarosa, tanto en Viena como en Berlín cuando podía trabajar como periodista, como en París, huyendo de los nazis, y ya en Nueva York, más como refugiado que como otra cosa. Pero, eso sí, se codeó con lo más granado de la intelectualidad austro-húngara, pues además de Roth, también trató frecuentemente a Stefan Zweig, Robert Musil, Ernest Bloch o incluso Theodor Adorno. Es más, desconocido como es del gran público, el escritor judío gozó de prestigio profesional y humano entre nombres ilustres coetáneos, ¡injusticias de la vida!
 Como su nombre indica, Huida y fin de Joseph Roth se centra en los últimos años del autor de Brody, ya envenenado por el alcohol y en clara decadencia personal, aunque sí esboza ligeramente su infancia (sobre todo un hecho que el autor cree fundamental en el carácter de Roth) y su juventud. Es un texto, no se puede negar, bastante negativo sobre la vida y el temperamento de Roth, pues es tratado como un enfermo incapaz de sobreponerse a la dolencia que lo está matando lentamente; en ningún momento se alaba la, por otro lado, excelsa categoría literaria de Roth, por eso decía que las biografías siempre tienen un punto negativo, casi de envidia hacia el descrito.
 La prosa de Morgenstern, al menos aquí, es ligera, periodística, sin florituras de ningún tipo, lo cual permite una lectura rápida y, no lo voy a ocultar, un tanto morbosa, conociendo cómo poco a poco se deteriora Roth. 
 Por otro lado, no hay que desconfiar de la veracidad de lo aquí narrado, pues concuerda plenamente con la correspondencia entre Roth y Zweig, que fue publicada bajo el título de Ser amigo mío es funesto, en nuestro país, por la Editorial Acantilado, y que reseñé en una entrada de hace más de seis años.
 Para hacer honor a la verdad, también he de afirmar que el propio Morgenstern, a pesar de centrarse en su relación con Roth, también habla mucho de sí mismo. Incluso hay varios capítulos en los que uno busca el nombre del autor de Brody y no lo encuentra por ningún lado. Que el biógrafo también aprovecha para hacerse un poco de autobombo, vamos. A ojo de buen cubero, estos capítulos en los que habla sólo de sí mismo llegarán al veinte o veinticinco por ciento, no es mucho, pero sí para que el lector lo perciba claramente.
 Comienza la narración cuando se encuentran en la Universidad de Viena, trabando relación por su condición de judíos orientales, concretamente de Galitzia, actual Ucrania, entonces en los márgenes orientales del Imperio Austrohúngaro. El hecho de la infancia de Roth al que hacía referencia antes, que según Morgenstern marcaría su carácter, fue que su padre murió siendo niño de una forma un tanto absurda e incomprensible para judíos asimilados como Roth o Morgenstern: se unió a una secta jasídica especialmente fanática y destructiva, abandonando a la familia y muriendo poco después. Según Morgenstern, Roth sintió su orfandad como una mella toda su vida, pero, como antes apuntaba, para alguien totalmente asimilado, de habla alemana, nivel universitario y vida moderna, la conversión y muerte del padre en ese fanatismo religioso de siglos anteriores tuvo que pesar como una verdadera losa toda su vida.
 A pesar de su origen oriental, Joseph Roth se sintió vienés toda su vida, incluso aunque viviera más tiempo en Berlín y París que en la capital austriaca. Pero a orillas del Danubio encontró la profesión que ansiaba mantener, la vida social que lo encumbró y deslumbró, y la ciudad que colmaba todas sus necesidades.
 El carácter de Joseph Roth es descrito como puntilloso e incluso con un punto de pendenciero, llegando a entablar largas disputas epistolares con lectores que no están de acuerdo con lo que publica en su columna del Frankfurter Zeitung. Para otras relaciones, también es caracterizado como difícil, con salidas de tono en lugares público que hacen peligrar sus relaciones sociales. Esto, claro, antes de que comience su adicción al alcohol, que multiplicará todas sus dificultades de socializar.
 Antes decía que la relación entre ellos era de amistad y enemistad, y un ejemplo muy claro es el que aporta el biógrafo, cuando asegura que Roth le robó un personaje de una novela que había leído previamente. El consecuente conflicto los llevó a dejar de verse durante tres años, hasta que Stefan Zweig, amigo común, los reconciliara.
 Además del fin del padre, Morgenstern afirma que Roth tuvo un alto sentimiento de culpabilidad por la enfermedad mental de su mujer, diagnosticada como esquizofrénica, que la recluyó en una institución psiquiátrica, hasta que los nazis, cumpliendo con sus brutales leyes eugenésicas la acabaron asesinando.
 El tema financiero también fue objeto de multitud de problemas para Roth, pues, incluso cuando publicaba en el diario de Frankfurt con regularidad y cobraba de forma más que aceptable, su dispendio y generosidad lo llevó a estar sin blanca muy frecuentemente y a dejar a deber sumas notables en los hoteles y restaurantes a los que asistía con demasiada regularidad.
 Todos estos problemas llevaron a Joseph Roth a ahogar sus penas en el alcohol, según el autor, en torno al año 1928, trasegando grandes cantidades de alcohol de alta graduación (sobre todo aguardiente, coñac  y armañac). Él era consciente de su alcoholismo, que tomaba como enfermedad, consiguiendo dejar de beber durante más de un mes, pero por su debilidad de carácter, su desprecio por la vida, su ateísmo militante, su pesimismo sin fin y la creencia de que necesitaba el alcohol para escribir le hicieron recaer.
 Finalmente, antes de llegar a cumplir los 45 años, habiendo pasado por etapas de delirium tremens, Joseph Roth muere alcoholizado en París. Como en los últimos tiempos había estado ligado al colectivo de emigrados austriacos monárquicos y católicos (más que nada por tomar estos dos aspectos como característicos de Austria-Hungría), Joseph Roth fue enterrado como católico, aunque nunca llegara a bautizarse. Cuenta Morgenstern que él mismo se ocupó de recitar el kaddish, la oración judía por los muertos, en la sinagoga de París.
 Fue, pues, una vida corta y atribulada. El enorme talento literario que disfrutó tuvo que enfrentarse a complejos de culpabilidad y el alcoholismo que lo acabó matando.
 Por cierto, como anécdota curiosa, relata Soma Morgenstern (en uno de esos capítulos en los que no habla más que de sí mismo) que él acabó huyendo a Nueva York, donde residiría más de veinticinco años, saliendo de Europa por Marsella hasta Casablanca, retornando a nuestro continente a Lisboa, y tomando allí el definitivo trayecto a la ciudad de los rascacielos. Curioso, digo, porque así es como se relata la huida de Europa de centenares de refugiados en la genial película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz en 1942 y protagonizada, como todo el mundo sabe, por Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Rains o Conrad Veidt, entre otros.
 En fin, biografía bien narrada, que deja un poso amargo por la dureza de la vida relatada. 
 Gracias a editoriales independientes como Pre-textos y alguna otra más, se ha publicado algo de este injustamente desconocido Soma Morgenstern, incluida su trilogía novelística. En un futuro no muy lejano, D.m., trataré de leer más de este autor.

domingo, 2 de agosto de 2026

"A cabeza descalza", de Brian Aldiss.

  Daría algo bueno de verdad por tener la capacidad premonitoria para saber cuándo voy a leer algo que me va a provocar tal desazón y odio hacia un escritor que, por otro lado, admiro. Claro,  alguien dirá: "hombre, hoy puedes leer mil y una reseñas, como éstas que tú escribes que te pueden orientar...". Y, sí, es cierto. Pero reconozco que el autor de este humilde blog apenas lee otros blogs de reseñas literarias. Así de contradictorio y paradójico soy. Vamos, hablando en plata: que (todavía) admiro y valoro sobresalientemente a Brian Aldiss como un gran escritor de ciencia ficción, que alguna de sus obras (principalmente, la trilogía Heliconia) se cuentan entre mis novelas de ciencia ficción favoritas; pero que A cabeza descalza es una de las peores novelas que he leído jamás. Me duele escribir algo así de Aldiss, pero lo pienso de veras.
 Antes de tratar de desentrañar este bodrio literario, tendré que decir que todo escritor, en tanto que ser humano, es hijo de su tiempo. Esto es más notable si cabe en los autores de ciencia ficción, que, quieran o no, se dejan influenciar por los temas más candentes de la actualidad social o política, especialmente aquellos que son novedosos y entrañan algún tipo de peligro futuro (ahí es donde los escritores de ciencia ficción cultivan su huerto creativo). Así, esta novela fue publicada en 1967, por lo que no es de extrañar que entre sus temas más destacados esté el uso de drogas (sobre todo de LSD), la sempiterna amenaza de la guerra mundial, así como el esoterismo y misticismo. Recordemos que en los años 60 del pasado siglo la juventud descubrió el uso recreativo de las drogas, ligada a la llamada "cultura pop"; que la amenaza de otra guerra mundial provocó la tensión política y militar que luego daría el nombre al periodo de "Guerra fría"; y que la búsqueda del sentido de la existencia que creara las religiones estalló en un esoterismo un tanto absurdo tras la Segunda Guerra Mundial. Brian Aldiss, hijo de su tiempo, incluye estos temas en esta chapuza ilegible.
 Comparando con otras novelas de Aldiss que he leído (consultando este blog, dieciséis, más que suficiente para hablar con sentido de un autor) la calidad de A cabeza descalza es bajísima, pero lo que más llama la atención es el estilo narrativo absolutamente diferente del resto de su obra, tanto que no sólo yo, sino reputados críticos de este tipo de literatura llegaron a preguntar al autor si no estaba él mismo bajo la influencia del ácido lisérgico que tan generosamente corría por ciertos ambientes sociales de Inglaterra en aquellos años 60, cuando escribió esta novela. Aldiss negó siempre esta acusación, pero incluso así, queda la duda de que la ingesta de esta droga alucinógena no contaminase la mente de este, por otro lado y en otros momentos, gran autor. Además del hipotético consumo de LSD, otros autores comparan la prosa rota, delirante y sin sentido de esta novela con fragmentos del Ulysses de James Joyce, como si Aldiss hubiera querido experimentar, imitando en las formas al autor irlandés. Pues, sí, habiendo leído casi dos decenas de novelas de Brian Aldiss, yo también dudo de si este tipo había consumido LSD cuando escribía la novela, o, por el contrario, era tan pretencioso que trató de imitar a un reconocidísimo y controvertido autor pasado, con el fin de darse fuste literario. No lo sé, la verdad, estoy un tanto confuso, pero tengo claro que por el bien de la literatura en general y de la propia obra en conjunto del autor inglés, esta novela no debió publicarse jamás.
 Bueno, el argumento de esta basura es el siguiente: Kuwait bombardea Europa con bombas cargadas de LSD, droga alucinógena que destruye la capacidad pensante y organizativa de los ciudadanos europeos. Un yugoslavo (serbio) que ha residido en el sur de Italia (ambas zonas con menor daño en sus habitantes) inicia un viaje hacia el norte, hacia Inglaterra y Escocia. En el camino encontrará no ya amigos, sino seguidores, pues el tipo acaba convertido en una suerte de mesías. En el camino de vuelta al continente, la semejanza con Cristo es mayor, estando amenazado de ser crucificado en Alemania. Bien, el argumento es flojo y poco interesante, pero eso es lo menos malo. Lo peor son las formas, lo que da lugar a pensar que Aldiss mismo estuviera drogado al escribirlo, porque hay centenares o miles de neologismos por no decir palabros, así como poesías que son verdaderos ripios e incluso caligramas. Aquí, por cierto, hay que destacar el trabajo inverosímil del traductor, Jesús Gómez García, que, supongo, tendría que acabar escribiendo él mismo más que traduciendo.
 El esoterismo marcado de esta novela hace que dos de los personajes más conocidos de esta corriente un tanto infantiloide que presume de conocer lo oculto sin decirlo abiertamente, claro, es decir, hacerse los importantes para que algún incauto los crea, dos de estos autores, digo, están presentes en el texto. Son el armenio George Gurdjieff, un supuesto filósofo, místico y maestro espiritual, así como su discípulo, el ruso Peter Ouspensky, que fue más un difusor en Occidente de las delirantes teorías de su maestro.
 En fin, no quiero gastar más tiempo en reseñar una novela que no merece la pena leer, que nunca debió publicarse, que emborrona la trayectoria literaria de un excelente autor y a la ciencia ficción en su conjunto.

viernes, 31 de julio de 2026

"Cuentos completos", de Hector Hugh Munro, Saki.

  He disfrutado como hace mucho tiempo que no lo hacía con este volumen de los cuentos publicados por Saki. Tengo tres entradas en este humilde blog alabando la altísima calidad prosística de Saki, que lo convierte en uno de los mejores creadores de relatos de toda época. Y esta entrada, desde luego, ahondará en ese sentimiento de gratitud hacia un narrador con un talento fuera de lo común, con una capacidad para el humor sarcástico, pero también para la exquisitez social y cultural que es muy difícil de encontrar.
 Nacido en 1870 y fallecido en 1916, los anglosajones categorizarán a Hector Hugh Munro como escritor edwardiano, toda vez que la totalidad de su producción literaria se dio bajo el reinado de Eduardo VII, hijo de la todopoderosa Victoria, bajo cuyo mandato se originó la generación de autores de mayor calidad de todos los tiempos (es mi opinión, pero muy compartida por aquéllos que tenemos la literatura como salvavidas). Bien, lo cierto es que al final todo son etiquetas artificiosas que, en el caso de los ingleses, son especialmente sui géneris, en el sentido de que ellos clasifican por su cuenta y riesgo, sin tratar de homologarlo con el resto de países europeos (al menos). Así, lo que llaman "literatura victoriana", o "edwardiana" se llama, en el resto del mundo civilizado "romanticismo literario", teniendo unas características comunes (con las necesarias diferencias particulares, obviamente) en ambos periodos. Bueno, ceso, aquí este tostón a cuenta de las clasificaciones de periodos literarios emitidas por sesudos filólogos para justificar sus famas y emolumentos, y me centro en el autor.
 Hector Hugh Munro no disfrutó, según parece, de enseñanza universitaria alguna. Pues no pasó de la llamada "Grammar school", que no supera el nivel del Bachillerato en España y otros países del entorno. Después se enrolaría en la policía colonial birmana (cuando Birmania, hoy Myanmar, formaba parte del Imperio Británico), regresando a Inglaterra pocos años después, tratando de conseguir una carrera literaria que no llegaría a fraguar plenamente. Con todo, dejó publicado más de ciento treinta relatos, algunos, verdaderas joyas que, desgraciadamente, van lentamente cayendo en el olvido. Finalmente, todo acabaría en 1916, en una fangosa trinchera de la Batalla del Somme, a la temprana edad de cuarenta y cinco años.
 Aquí (no es la primera vez que lo hago) quiero expresar mi pesar e incomprensión por la tempranísima muerte de Hector Hugh Munro en ese matadero industrial que fue la entonces llamada Gran Guerra (que algún estúpido político aprovechó para asegurar que sería "la guerra que acabaría con todas las guerras"). Cabe pensar, más desde un ámbito cristiano, que toda vida humana es sagrada, ya sea la de un genio o la de un retrasado mental, pero no puedo evitar pensar que, precisamente por la edad, al sobrepasar los cuarenta años, no estaba obligado a  alistarse, además de que, según se relata, rechazó en más de una ocasión la oportunidad de haber sido ascendido a oficial, aprovechando su extenso conocimiento de lenguas locales, pudiendo haber evitado el frente y sus trincheras, teniendo más posibilidades de sobrevivir en retaguardia. ¡En fin! Leer a Saki, darse cuenta de su inmensa inteligencia, talento literario y exquisitez social, y pensar que murió en una inmunda trinchera con el simple rango de cabo, pudiendo haber sobrevivido y seguir escribiendo... Ya digo, toda vida humana es sagrada, así lo creo, pero algunas son más valiosas que otras...
 Esta recopilación (que saqué de mi biblioteca habitual, pero que compraré en un futuro próximo para que forme parte de mi biblioteca personal) fue editada por Alpha Decay en 2005, y divide su producción en seis secciones y dos apéndices: Reginald, Reginald en Rusia, Las crónicas de Clovis, Animales y superanimales, Los juguetes de la paz y El huevo cuadrado; en los apéndices se incluyen los cuentos no recopilados y otros textos. Ciertamente, hay mucha diferencia de calidad, en especial en las dos primeras secciones, donde los relatos carecen del mordiente de las últimas, son más planos y predecibles. Pero, a partir de Las crónicas de Clovis empieza uno a leer joyas de apenas tres o cuatro páginas que lo dejan a uno temblando de emoción y delectación. Reseñaré unos pocos de esos relatos que me han reconciliado, una vez más, con la lectura.
 En Los fabuladores, un pedigüeño profesional encuentra la horma de su zapato en un verdadero fabulador, capaz de argumentar y contraargumentar con una originalidad y brillantez extraordinaria que hace al sablista desistir ante un compañero de profesión más cualificado. ¡Qué ganas de aprender!
 La prima Teresa es una excepcional explicación satírica  sobre porqué la mediocridad manda: todos se sienten felices rebajando su nivel intelectual, se sienten seguros, cómodos, aunque podrían picar mucho más alto.
 La tortilla bizantina  es una obra maestra, una sátira social de rabiosa actualidad: una familia es presentada como socialista y seguidora del fabianismo. Pero, claro, son riquísimos, con decenas de sirvientes entre limpiadoras, cocineros, ayudas de cámara... Un cocinero, Gaspare,  se pone en huelga, y el resto del servicio le sigue. Los ricos socialistas no pueden ni dar la fiesta programada porque nadie los viste o los peina...
 El contador de cuentos tiene ese humor negro británico tan atractivo. En un viaje en tren, unos niños malcriados, molestos y gritones reciben un cuento de parte de un extraño. Pero no es un cuento buenista o moralista, sino sanguinario y cruel. El efecto sobre los niños es tan impactante que quedan reducidos a meros corderitos.
 El trastero , a diferencia del anterior, es una entrañable y genial oda a la imaginación infantil, que todo lo puede.
 La filántropa y el gato feliz. Una mujer rica, feliz y dichosa con su vida, decide alegrar el día a una humilde pareja pobre que encuentra al azar. Se siente tan segura de sí misma, tan satisfecha, tan magnánima que  cuando la pareja escogida la ignora, vuelve a casa despechada para sentirse desgraciada y vulgar.
 La penitencia es una joya de la narrativa de terror. Un adulto mata a un gato que se comía a sus gallinas. Pero, sin saberlo, su crimen tuvo testigos: tres niños que desde la rama de un árbol cercano vieron horrorizados la crueldad del adulto. Desde entonces le hacen chantaje, dejándole claro que lo han visto y que se vengarán. Poco a poco, el chantaje va subiendo de intensidad, llegando a amenazar con matar a la hija pequeña del adulto como él mató al gato. Está narrado con una genialidad infrecuente, mostrando la crueldad y la impiedad como características definitorias del ser humano, adultos o niños.
 Los intrusos. Una disputa por los lindes de unos terrenos llevan al enfrentamiento a dos familias a lo largo de varias generaciones. Los últimos cabeza de familia se encuentran en esos lindes, armados con escopetas un día. Se disparan a la vez, quedando ambos gravemente heridos e inmovilizados el uno junto al otro. Con la cercanía de la muerte, recobran la razón y perciben la estupidez del odio secular; deciden olvidar las necias rencillas familiares (si es que sobreviven). Esperan que lleguen sus asistentes, a los cuales ambos dieron órdenes de seguirlos pocas horas después de su salida. Finalmente, tras horas inmóviles y heridos, oyen llegar a alguien. ¿Sus asistentes que vienen a rescatarlos? No, lobos.
 Tácticas de choque. A una madre controladora y entrometida que disfruta leyendo la correspondencia ajena, le hacen creer que su hijo es un mujeriego que trafica con joyas, promueve suicidios y vive con "aventureras". ¡Ay, a quién tenía que haberle hecho esto yo hace decenios!
 La imagen del alma en pena representa, por el contrario, la exquisita sensibilidad y ternura de Saki, narrando la delicada relación entre un simple pajarillo y la estatua de un alma en pena de una iglesia. Recuerda vagamente a El príncipe feliz, de Oscar Wilde, tiene su misma amabilidad y dulzura.
 El parlamento infernal es un exquisito relato cómico que compara un hipotético parlamento en el Infierno con los terrestres. Un recién fallecido, mientras acaba de entrar o no al Infierno, es instruido sobre la organización política del submundo. Los demonios se quejan amargamente de que todas las barbaridades humanas sean tratadas con epítetos como "demoníaco" o "diabólico", cuando la maldad es típicamente humana. ¡Hilarante!
 El logro del gato, más que un relato, es una alabanza al comportamiento digno y altivo del gato. Todos los que hemos compartido parte de nuestras vidas con ellos, conocemos su superioridad moral al humilde servilismo del perro o a la abyecta estupidez del ser humano.
 Eva y el fruto prohibido es una reescritura del relato veterotestamentario en clave de humor: Adán y Eva discuten con un arcángel porque aquéllos no quieren comer la fruta del pecado original del árbol de la ciencia del bien y del mal, principalmente porque están saturados de fruta. El arcángel les argumenta que si renuncian a comer la fruta de la tentación modificarán la cultura occidental posterior (literaria, pictórica, filosófica...). Sólo cuando el arcángel desata plagas sobre los frutales y huertos del paraíso no les queda más remedio que ceder a la tentación.
 Bueno, y como decía antes, así más de ciento treinta relatos escritos con exquisitez, buen gusto, talento, brillantez y genialidad. Una colección que no puede faltar en una biblioteca que se precie de ser medianamente completa. No faltará en la mía.

lunes, 27 de julio de 2026

"El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina", de Jonas Jonasson.

  Séptima novela (y, hasta donde sé, siete novelas publicadas en su lengua original) del sueco Jonas Jonasson, que rompió moldes editoriales con su éxito inicial, El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Las líneas generales, tanto en los argumentos y temas (sátira social con joyas de humor absurdo), como en la forma (prosa rápida, casi periodística, de lectura fácil y amable) permanecen en todas sus obras, pero, mucho me temo, la calidad va bajando lentamente. Y, además, los personajes carecen de la condición impagable de Allan Karlsson, el abuelo que saltó por la ventana y se largó, un tipo entrañable con el que el lector empatiza inmediatamente, por no decir que se enamora de él sin remedio. Los protagonistas de El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina son también verosímiles y redondos, pero carecen de ese atractivo del centenario. Sin embargo, diré que esta novela de Jonasson parece más trabajada en el ámbito de la documentación, recordándome por momento a las obras de Per Olov Enquist, quien destacaba por incluir fragmentos históricos absolutamente verídicos. Aquí, Jonasson opta por incluir personajes históricos como Óscar I de Suecia o su esposa, Josefina de Leuchtenberg. Por otro lado, la preocupación del autor sueco por cuestiones sociales, hasta favorecer una revolución pacífica no se había mostrado tan a las claras hasta ahora.
 Entre los temas de la novela pues, están los cambios sociales que se produjeron en Suecia, a remolque de otros países europeos, especialmente de Francia, a mitad del siglo XIX, pero también la aceptación de la homosexualidad, así como una mayor igualdad en la capacidad de decisión entre los dos sexos. Por todo ello digo que quizá sea la novela más orientada hacia los aspectos sociales de Jonasson.
 El argumento, grosso modo, narra esa revolución pacífica en una Suecia atrasada que había quedado al margen de las revoluciones que habían tenido lugar en buena parte de Europa en 1848 y que acabaría con el Absolutismo y el Antiguo Régimen como modos de gobierno. Jonasson lo particulariza en unos condes, los de Bielkegren, que quieren mantener todos su privilegios, incluido el "derecho de pernada" y el de poder despojar a aquellos de sus súbditos que prosperan de sus modos de vida, para enriquecerse ellos mismos. Pero esa avariciosa familia topará con un porquero espabilado, Algot Olsson, al que se unirá un impresor poco escrupuloso, Zimmermann, y su hija, Anna Stina. El método de enriquecimiento de estos desheredados de la tierra será la elaboración de un aguardiente, al que, de forma inventada pero efectiva, atribuirán características salutíferas. El conde, intentará apropiarse del lucrativo espirituoso aprovechando una visita del rey, al que cree su aliado, pero hete aquí que el monarca es ampliamente reconocido como un redomado abstemio y enemigo del consumo de alcohol por las clases populares, con lo que al conde le sale el tiro por la culata y en cuestión de horas pasa de ser rico a tener que hacer frente a unas deudas contraídas con el porquero tiempo atrás y que ahora no puede pagar. El resultado final será esa revolución pacífica de la que antes hablaba, con la familia condal reducida a meros porqueros y los ganaderos porcinos en dueños del palacio del conde y todas sus tierras.
 En fin, como decía antes, son las formas y los temas clásicos de Jonas Jonasson, bastante más documentado que las anteriores, con un toque social más marcado, aunque con argumento y personajes menos atrayentes. Entiendo que el sueco no era un novelista profesional de primeras, ya que trabajó para televisiones de su país como guionista y productor, y quizá el enorme éxito internacional de su primera novela lo animó a continuar esta ardua senda, en la que, todo parece señalar, sigue bajando peldaños de calidad.

miércoles, 15 de julio de 2026

"Estaciones", de Mario Rigoni Stern.

  Tercera novela que leo de Rigoni, y por fin una que me gusta de veras. Pero no quiero ser injusto, tanto El sargento en la nieve como Historia de Tönle tienen un gran valor, tal como yo lo interpreto, como textos antibelicistas, pero de un pacifismo sutil, que no abomina explícitamente de la guerra, sino que narra la estupidez sin fin, la crueldad absurda de que los hombres se maten entre sí. En El sargento en la nieve lo narrado es autobiográfico, toda vez que Rigoni combatió en la división alpina tanto en Albania como en Rusia, con resultado desastroso sobre todo en ese último país, donde sus tropas fueran masacradas; eso y el posterior encarcelamiento en un campo de concentración nazi (como todos los italianos, que fueron considerados traidores por las autoridades nacionalsocialistas cuando se retiraron voluntariamente de la contienda) forma el cuerpo principal de la novela. Historia de Tönle no es autobiográfica pero sí bélica, basada en la vida simple de un pastor de las montañas vénetas (tierra también de Rigoni) que se ve abocado involuntariamente  a combatir en la Primera Guerra Mundial, él, que no era más que un pastor analfabeto funcional que no rendía pleitesía alguna hacia Italia o hacia Austria-Hungría. Son ambas novelas, pues, narraciones de guerra, pero en la que el lector inteligente siente esa inutilidad mortal de todo conflicto bélico del que hablaba antes.
 Bien, un servidor empezó a leer a Rigoni Stern no tanto por su supuesto amor a la naturaleza y cómo lo describió en sus textos. Hablé en otra entrada de la relación entre Rigoni y uno de mis autores dilectos de siempre, Primo Levi, así como de otro de gusto más reciente, Paolo Cognetti, cuyas relaciones con el escritor nacido en Asiago tenían más que ver con el disfrute de la montaña, de su flora y de su fauna, algo que tanto en Levi como en Cognetti son una constante. Bueno, pues las dos primera novelas, como digo, me dejaron un tanto frío en este sentido, aun valorando notablemente su vertiente pacifista, algo que creo propio de cualquier humano medianamente inteligente, pero no encontré esa unión con la naturaleza que buscaba, hasta ahora. Estaciones, ahora lo desarrollo en profundidad, sí muestra la unión entre el hombre y el medio natural, su admiración por la belleza del paso de las estaciones, de todo los ciclos vitales de animales y plantas. Y lo hace con la sencillez del niño que descubre la vida, sin prejuicios, sin afán utilitarista, simplemente disfrutando de ello.
 Por lo que puedo colegir, las obras de Rigoni Stern que versan sobre el medio natural sobrepasan considerablemente en número a aquéllas que lo hacen sobre el ámbito bélico, aunque estas últimas hayan tenido más éxito de público y crítica que las primeras. Desgraciadamente, en nuestra noble lengua sólo están editadas las tres novelas que ya he leído, estando el resto disponible en su lengua original, el italiano, claro. Bueno, sin ánimo de presumir, diré que un servidor, con gran dificultad y esfuerzo, lleva varios meses intentando aprender italiano por varios métodos (por internet, con guías, lecturas, hablando con italianos...), y quizá, sólo quizá, no quiero vanagloriarme, pueda, con ayuda del sempiterno diccionario, leer alguna obra de Rigoni en la lengua de Dante... En fin, lo intentaré, tal vez, en un futuro próximo.
 Pero, vamos, sin adelantarme a anhelos futuros, reseñaré brevemente la novela Estaciones de Mario Rigoni Stern. Como hace presumir el título, la novela se estructura en las cuatro estaciones, que sirven de capítulos. Comienza con el invierno, época de grandes nieves en las montañas del Véneto y de quietud biológica que contrasta grandemente con sus vivencias en los años cuarenta, su juventud, en época bélica, especialmente en la campaña de Rusia y en la prisión de los campos de concentración alemanes, con su brutalidad, la muerte sin sentido y la violencia extrema. Pero Rigoni sólo lo usa, en este caso como comparación, centrándose en la vida, adormilada, de árboles y animales, en espera de tiempos mejores.
 La primavera, como no podía ser de otro modo, supone la vuelta a la vida, la explosión biológica. El despertar de la sexualidad animal, que el autor lo centra en un animal icónico de esas montañas, el urogallo, cuyos cortejo y cópula son muy vistosos y están muy estudiados por los ornitólogos. Rigoni no se comporta aquí como científico, claro, sino como naturalista aficionado que disfruta de la belleza de unos comportamientos milenarios que están al margen de las estupideces humanas, tan coyunturales.
 El verano es la plenitud de la vida, incluso en la dura montaña. Sus experiencias en los paseos con su abuelo, que ejercía de cicerone de ese ecosistema hasta cierto punto hostil para el hombre, a pesar del endurecimiento natural de los que lo habitan.
 Es en el otoño, cuando cierra el ciclo natural, cuando el autor, en compañía de un tío abuelo suyo, combatiente de la Primera Guerra Mundial, escalan hasta las cumbres en las que en aquellos aciagos años se libraron cruentos combates entre tropas italianas y austrohúngaras, dejando cadáveres que, incluso hoy en día, permanecen allí, momificados por los fríos perennes, como recuerdo de la supina estupidez humana.
 Así que, como puede verse, la guerra no está totalmente ausente de la narración. Es evidente que ésta marcó indeleblemente a Mario Rigoni (como es normal en cualquier ser inteligente), pero, con todo, y quizás aún más como contraste, la descripción del medio natural es lo dominante en la novela. Como contraste digo, porque frente a la muerte en un instante, la naturaleza sigue otro camino muy diferente, de milenios, desdeñosa de las veleidades humanas.
 En fin, éste sí es el Rigoni Stern del que había leído en las obras de Primo Levi y Paolo Cognetti. Éste sí me interesa de verdad, en cuanto me reconcilia con la existencia (en general la observación de la naturaleza, desde mi más tierna infancia). Intentaré en un futuro, ya digo, leer a Rigoni en su lengua original. No prometo nada, en cualquier caso.

domingo, 12 de julio de 2026

"Stay-At-Home Reading", by Grant Snider. (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the web www.incidentalcomics.com

"Andanzas de un granuja", de William Wilkie Collins.

  La llamada "literatura victoriana" fue pionera en muchos subgéneros narrativos admirados por millones de lectores a posteriori. Así, por ejemplo, aunque ya se había escrito algo de narrativa de terror, fue en el periodo victoriano cuando llegó a las grandes masas de lectores con el Frankenstein de Mary Shelley, los relatos de Edgar Allan Poe, Drácula de Bram Stoker, Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, Carmilla de Sheridan Le Fanu... La narrativa fantástica, tan en boga en nuestros días, tuvo el verdadero despertar en esos tiempos, con autores como H. G. Wells y su La guerra de los mundos o La máquina del tiempo; el propio Julio Verne con casi toda su obra... Luego está la narrativa policíaca y detectivesca, con impagables clásicos como Sherlock Holmes de Conan Doyle; el propio Wilkie Collins con La dama de blanco... Y, por supuesto, también el subgénero narrativo que nos ocupa: el humorístico. 
 Porque el humor fue tratado con profusión en época victoriana por casi todos los autores. Sorprendentemente, respetables autores que escribían sesudas novelas serias y moralistas, también se adentraban en la narración jocosa y de entretenimiento. Dickens usó en multitud de novelas la sátira para reírse de la estricta moralidad de su época; qué decir del humor absurdo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas; o el propio Oscar Wilde, siempre iconoclasta, poniendo en jaque la superficialidad y la hipocresía de las clases dominantes británicas. Bien, pues precisamente a ese subgénero humorístico pertenece la pequeña novela que reseño hoy: Andanzas de un granuja, de William Wilkie Collins.
 Andanzas de un granuja es, sin duda, una obra menor del autor inglés. De mucha mayor calidad es La mano muerta, relato de terror y misterio, o La dama de blanco, relato policíaco. Incluso alguna de las colaboraciones con su buen amigo Charles Dickens es de mayor calidad. Pero en esta breve novela también se aprecian chispas de alta calidad del que se llegó a considerar discípulo protegido del gran autor de Historia de dos ciudades.     
 Como su nombre indica, esta breve novela es la narración de una pintoresca y azarosa vida de alguien que se califica a sí mismo como truhan y pícaro. Está narrado en primera persona, con una prosa más rápida y sencilla de lo que es habitual en este autor y esta época, quizá para acentuar más el carácter de entretenimiento de la obra.
 Un tipo perteneciente a una familia que podría considerarse noble (aunque tienen que trabajar para ganarse la vida) elige inicialmente la profesión de su padre, médico, pero descubrirá que gana más y suda menos dibujando caricaturas que luego publica el periódico local. Las ganancias tal vez sean mayores como caricaturista que como galeno, pero no dan para el tren de vida que quiere llevar, lo cual lo lleva a endeudarse y, a causa de los débitos, a la cárcel. De las caricaturas pasa, tras un breve periodo en el que intenta vivir del retrato, a falsificar obras de arte famosas por encargo de un marchante judío. De entre la "clientela" del usurero y falsario hebreo está una joven de la que nuestro protagonista se enamora perdidamente. La joven, hija única de un viudo, parece en dificultades económicas, aunque su padre se da gran fuste y gasta con generosidad. Finalmente, el joven descubre que el padre de su amada es un falsificador de moneda, pero es, a su vez, descubierto por el criminal, que le obliga a convertirse en su empleado, o morir. Ante tal disyuntiva, el protagonista aprende a disgusto a crear verdaderas obras de arte en esa falsa ceca. Poco después, la policía allana la ilegal factoría, deteniendo a varios "trabajadores" y escapando nuestro héroe por los pelos. Por indagaciones casi detectivescas se entera de que su joven enamorada está en una casa al norte de Gales, donde la encontrará, y juntos partirán hacia Escocia con el afán de casarse. Tras el casorio, el joven es detenido, juzgado y deportado a Australia. Años después, su esposa aparecerá por la isla austral, y aprovechando que la penitenciaría considera válido como pena los trabajos como criado, lo toma como sirviente. Tras unos pocos años, la pareja, ya libre de la cárcel, medra en aquel país con la compra-venta de propiedades.
 Es, pues, una vida azarosa y complicada, pero siempre vivida con buen talante y  situaciones cómicas. 
 Leído en el siglo XXI, no parece tanta granujería, pareciendo casi más una novela de aventuras, pero hay que recordar que esta novela se publicó entre 1857 y 1879, época en que la hipocresía social campaba por sus respetos, con lo que la novela tiene algo de revolucionaria al mostrar un protagonista de tal condición social.

viernes, 10 de julio de 2026

'"El negro del Narcissus", de Joseph Conrad.

  Tercera novela que escribió Conrad y cambio de ambientación y personajes. Si sus dos primeras novelas, La locura de Almayer y Un paria de las islas están ambientadas en Simbar, actual Malasia, y tienen muchos personajes en común al ser continuación la primera de la segunda, en su tercera novela, Joseph Conrad continua el ambiente marinero, pero de un barco concreto, el Narcissus, que hace la ruta Bombay-Londres, introduciendo nuevos personajes.
 El negro del Narcissus fue publicada en 1897 y supuso ya la consagración del escritor polaco-británico. Con todo, aunque supuso un notable éxito, también cosechó acerbas críticas por no tener una trama estable y continuada. Cierto es que se echa en falta una ilación entre las terribles experiencias que se narran, sobre todo si se compara con las dos novelas anteriores. Desde el punto de vista de los temas, tradicionalmente se ha querido ver como una alegoría sobre la vida, con sus individualismos y sus colectividades, así como el aislamiento y la solidaridad, aunque, en realidad, entiendo que es más la comparación de la vida en el mar con la vida en general para comprender la dureza inmisericorde de la existencia. Para entender esto plenamente transcribo parte del primer párrafo del capítulo 4:
 El eterno mar, en su desdeñosa misericordia, les concede el indulto a los hombres, y les confiere con justicia el pleno privilegio del deseado desasosiego. [...] Deben justificar sin descanso su vida a la eterna compasión que determina que el trabajo sea duro e incesante desde el amanecer al anochecer, y desde el anochecer al amanecer, hasta que el tedioso transcurso de las noches y los días [...] se redime finalmente por medio por medio del inmenso silencio del dolor y el trabajo, y del miedo callado y la valentía muda de unos hombres anónimos, desmemoriados y tenaces.
 El argumento narra, como antes decía, el periplo del Narcissus de Bombay a Londres, pero centrándose en la vida de su tripulación, muy especialmente en Jimmy Wait, un marinero de raza negra, que se enrola en ese barco estando enfermo. El título de la novela, por cierto, fue modificado en Estados Unidos, donde se publicó como "The Children of the Sea", para evitar el original "Nigger", ya con connotaciones peyorativas racistas a finales del XIX. En todo caso, Wait recibe el rechazo generalizado de sus compañeros, y el tema racial no está al margen, siendo el único negro. También, desde que sube abordo, hace saber a todos que está enfermo; no se nombra, pero se intuye que está tuberculoso, pues además de una insuficiencia respiratoria muy marcada, tose constantemente. Como consecuencia, el negro no quiere trabajar, cargando a sus compañeros de fatiga con sus tareas. Y, en ese sentido, es notable la capacidad de Conrad para retratar el alma humana, pues cuando creen que finge todos le odian e incluso desean su muerte, pero cuando se descubre que no finge en absoluto, que en verdad está muy grave, moribundo incluso, todos se apiadan de él, lo protegen e incluso se ofenden si alguien duda de su honorabilidad. Esa volubilidad a la hora de juzgar, producto de sensiblerías y prejuicios, forma parte de la más íntima arquitectura mental del ser humano.
 Por otro lado, y esto es ya una interpretación personal, hay un momento en el que el marinero negro se comporta como un "Bartlebly". Cuando confiesa que está fingiendo, algo que es falso, pero que quiere morir. ¿Está afirmando un "preferiría no hacerlo" como el inmortal personaje de Herman Melville? Wait parece preferir la muerte a la lucha vital, con un deje de superioridad sobre el resto de sus compañeros, como ocurría con el escribiente de Melville.
 Especial mención hay que hacer de la tempestad que está apunto de hacer naufragar al Narcissus. No se aclara, pero se supone que ocurre al bordear el Cabo de Buena Esperanza, localización, es de todos conocido, en el que la mar gruesa habitual ha provocado miles de naufragios a lo largo de la historia. La tempestad, genialmente descrita por Conrad, supone una brutal piedra de toque para la tripulación del barco. No muere nadie, pero muchos sienten la fragilidad de la vida en un medio tan hostil como el océano.
 Cuando ya está próximo el destino, Jimmy Wait, el negro del Narcissus, muere, es "enterrado" en el mar cerca de las Azores.
 Es una novela dura, sin concesiones al sentimentalismo. A diferencia de las de Julio Verne, cuyos personajes estaban estaban infantilmente divididos entre "buenos y malos", en las narraciones de Joseph Conrad todos sus protagonistas son polifacéticos, con virtudes y defectos por igual, mucho más verosímiles y naturales. Y, como antes decía, el polaco-británico conoce el alma humana con un detalle que espeluzna. En tiempos pasados, en la juventud de quien esto escribe, por ejemplo, se recomendaba la lectura de Joseph Conrad como lectura juvenil por el hecho de ser "novelas de aventuras". ¡Craso error! Un chico de quince años no puede entender plenamente la construcción de personajes que hace este autor, hace falta una experiencia vital que sólo se adquiere con el paso de varios decenios.

"El lector", Ferdinand Hodler.

Hodler, Ferdinand. (Circa 1885). El lector [Óleo sobre lienzo].Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Imagen tomada de la web www.museothyssen.org

miércoles, 8 de julio de 2026

"El club de los negocios raros", de Gilbert Keith Chesterton.

  La producción literaria de Chesterton, en sus poco más de sesenta años de vida, fue muy abundante. Entre novelas, relatos, ensayos, biografías, libros de viaje y artículos periodísticos dejó un inmenso legado para la posteridad. Con todo, la cantidad es lo de menos, siendo la calidad y sobre todo la transmisión de ideas lo más importante. Porque Chesterton fue un pensador más que un narrador, un buscador de la razón de la vida, alguien con "criterio propio" (algo, desgraciadamente, cada vez más difícil de encontrar) a quien no le importaba aquello del "qué dirán". Un ejemplo de esto es su periplo por las religiones, evidente prueba de búsqueda espiritual, que lo llevó del ateísmo, pues fue criado en una de esas familias racionalistas tan frecuentes en la Inglaterra de la Revolución Industrial, al anglicanismo primero, para acabar en el seno del catolicismo. Es decir, algo muy inusual y contra corriente en su país. Y al igual que en ámbito religioso, Chesterton tuvo unas ideas sociales muy claras, con su defensa del "distributismo", una forma de socialismo suave que promovía la incautación de tierras improductivas y su entrega a los desfavorecidos. Chesterton no se casaba con nadie, anunciaba sus intenciones con una indiferencia ante las reacciones que demuestran su independencia de pensamiento.
 El club de los negocios raros es, sin duda, una obra menor, pero la esencia "chestertoniana" se aprecia en cada uno de los seis relatos, pues muestran personajes tan estrambóticos como el propio escritor, que tienen como característica común el hecho de haber inventado una profesión totalmente nueva. Chesterton lo presenta de una forma muy clásica en aquella época, de forma semejante a como escribían otros autores del subgénero policíaco, llevando a un equívoco intencionado al lector, que finalmente acaba por entender todo.
 En Las extraordinarias aventuras del comandante Brown se presenta a los personajes que irán desentrañando las anómalas vidas de otros personajes, los hermanos Grant, Basil y Rupert, además del narrador. La relación entre éstos no es muy diferente de la de Holmes y Watson, por ejemplo, puesto que uno es sagaz y astuto, mientras el otro es ingenuo y lento para comprender. Así, en sus conversaciones, se entera el lector, mejor dicho, va captando, lo que acaba por destriparse al final. En este relato, accidentalmente, un militar retirado es confundido con otro, y  se encuentra con una agencia que planifica aventuras excitantes para clientes que creen llevar vidas anodinas.
 El lamentable fin de una gran reputación es un relato en el que una agencia provee de actores que se introducen en fiestas de sus clientes.
 Como siempre, Chesterton plantea, desde una visión muy conservadora, situaciones absurdas y sin sentido, para que todo se aclare en el desenlace.
 En La verdadera causa de la visita del vicario presenta otra profesión estrambótica, la de "retenedores profesionales", es decir, tipos que van a entretener a alguien durante unas horas para que otros puedan llevar a cabo sus fines. Un cura anglicano relata algo sorprendente: unos rufianes vestidos de mujeres le han secuestrado para que él, también travestido, les ayude a dar un golpe en casa de un rico. Todo aparentemente bien urdido. Pero, en realidad, es una falsa, el falso vicario es uno de esos "retenedores" que sólo pretenden bloquear a alguien.
 El cuarto relato, La singular especificación del agente de fincas, narra un "agente de fincas" especial, que no consigue casas como tal a sus clientes, sino casas en lo alto de los árboles. No es el mejor relato, pero la maestría de Chesterton mantiene el suspense correctamente.
 En La pintoresca conducta del profesor Chadd un famoso etnólogo experto en el lenguaje de los zulúes espera que su gran reputación le abra las egregias puertas del British Museum, pero una aparente crisis de demencia lo aleja de ellas. Los Grant, sin embargo, consiguen que el insigne museo le pague ochocientas libras al año hasta que deje de actuar como un loco, pretextando que Chadd está investigando un lenguaje basado en la danza.
 En el último relato, La extraña reclusión de la anciana señora, los protagonistas de siempre descubren a una pobre anciana encerrada a oscuras en una casa. Cuando se proponen liberarla, se encuentran con unos estudiantes de Oxford que discuten sobre teorías darwinistas. Para su sorpresa, la anciana liberada no quiere abandonar su cautiverio. Sólo cuando los jóvenes le piden por favor que abandone la casa se dignará a hacerlo. Luego se descubre que la anciana fue juzgada por Basil Grant y condenada a reclusión solitaria para romper un compromiso construido por difamación.
 En fin, como decía, una obra menor de Chesterton, pero con todas las características que hacen del inglés uno de los más interesantes pensadores del cambio de siglo XIX al XX.