lunes, 27 de julio de 2026

"El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina", de Jonas Jonasson.

  Séptima novela (y, hasta donde sé, siete novelas publicadas en su lengua original) del sueco Jonas Jonasson, que rompió moldes editoriales con su éxito inicial, El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Las líneas generales, tanto en los argumentos y temas (sátira social con joyas de humor absurdo), como en la forma (prosa rápida, casi periodística, de lectura fácil y amable) permanecen en todas sus obras, pero, mucho me temo, la calidad va bajando lentamente. Y, además, los personajes carecen de la condición impagable de Allan Karlsson, el abuelo que saltó por la ventana y se largó, un tipo entrañable con el que el lector empatiza inmediatamente, por no decir que se enamora de él sin remedio. Los protagonistas de El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina son también verosímiles y redondos, pero carecen de ese atractivo del centenario. Sin embargo, diré que esta novela de Jonasson parece más trabajada en el ámbito de la documentación, recordándome por momento a las obras de Per Olov Enquist, quien destacaba por incluir fragmentos históricos absolutamente verídicos. Aquí, Jonasson opta por incluir personajes históricos como Óscar I de Suecia o su esposa, Josefina de Leuchtenberg. Por otro lado, la preocupación del autor sueco por cuestiones sociales, hasta favorecer una revolución pacífica no se había mostrado tan a las claras hasta ahora.
 Entre los temas de la novela pues, están los cambios sociales que se produjeron en Suecia, a remolque de otros países europeos, especialmente de Francia, a mitad del siglo XIX, pero también la aceptación de la homosexualidad, así como una mayor igualdad en la capacidad de decisión entre los dos sexos. Por todo ello digo que quizá sea la novela más orientada hacia los aspectos sociales de Jonasson.
 El argumento, grosso modo, narra esa revolución pacífica en una Suecia atrasada que había quedado al margen de las revoluciones que habían tenido lugar en buena parte de Europa en 1848 y que acabaría con el Absolutismo y el Antiguo Régimen como modos de gobierno. Jonasson lo particulariza en unos condes, los de Bielkegren, que quieren mantener todos su privilegios, incluido el "derecho de pernada" y el de poder despojar a aquellos de sus súbditos que prosperan de sus modos de vida, para enriquecerse ellos mismos. Pero esa avariciosa familia topará con un porquero espabilado, Algot Olsson, al que se unirá un impresor poco escrupuloso, Zimmermann, y su hija, Anna Stina. El método de enriquecimiento de estos desheredados de la tierra será la elaboración de un aguardiente, al que, de forma inventada pero efectiva, atribuirán características salutíferas. El conde, intentará apropiarse del lucrativo espirituoso aprovechando una visita del rey, al que cree su aliado, pero hete aquí que el monarca es ampliamente reconocido como un redomado abstemio y enemigo del consumo de alcohol por las clases populares, con lo que al conde le sale el tiro por la culata y en cuestión de horas pasa de ser rico a tener que hacer frente a unas deudas contraídas con el porquero tiempo atrás y que ahora no puede pagar. El resultado final será esa revolución pacífica de la que antes hablaba, con la familia condal reducida a meros porqueros y los ganaderos porcinos en dueños del palacio del conde y todas sus tierras.
 En fin, como decía antes, son las formas y los temas clásicos de Jonas Jonasson, bastante más documentado que las anteriores, con un toque social más marcado, aunque con argumento y personajes menos atrayentes. Entiendo que el sueco no era un novelista profesional de primeras, ya que trabajó para televisiones de su país como guionista y productor, y quizá el enorme éxito internacional de su primera novela lo animó a continuar esta ardua senda, en la que, todo parece señalar, sigue bajando peldaños de calidad.

miércoles, 15 de julio de 2026

"Estaciones", de Mario Rigoni Stern.

  Tercera novela que leo de Rigoni, y por fin una que me gusta de veras. Pero no quiero ser injusto, tanto El sargento en la nieve como Historia de Tönle tienen un gran valor, tal como yo lo interpreto, como textos antibelicistas, pero de un pacifismo sutil, que no abomina explícitamente de la guerra, sino que narra la estupidez sin fin, la crueldad absurda de que los hombres se maten entre sí. En El sargento en la nieve lo narrado es autobiográfico, toda vez que Rigoni combatió en la división alpina tanto en Albania como en Rusia, con resultado desastroso sobre todo en ese último país, donde sus tropas fueran masacradas; eso y el posterior encarcelamiento en un campo de concentración nazi (como todos los italianos, que fueron considerados traidores por las autoridades nacionalsocialistas cuando se retiraron voluntariamente de la contienda) forma el cuerpo principal de la novela. Historia de Tönle no es autobiográfica pero sí bélica, basada en la vida simple de un pastor de las montañas vénetas (tierra también de Rigoni) que se ve abocado involuntariamente  a combatir en la Primera Guerra Mundial, él, que no era más que un pastor analfabeto funcional que no rendía pleitesía alguna hacia Italia o hacia Austria-Hungría. Son ambas novelas, pues, narraciones de guerra, pero en la que el lector inteligente siente esa inutilidad mortal de todo conflicto bélico del que hablaba antes.
 Bien, un servidor empezó a leer a Rigoni Stern no tanto por su supuesto amor a la naturaleza y cómo lo describió en sus textos. Hablé en otra entrada de la relación entre Rigoni y uno de mis autores dilectos de siempre, Primo Levi, así como de otro de gusto más reciente, Paolo Cognetti, cuyas relaciones con el escritor nacido en Asiago tenían más que ver con el disfrute de la montaña, de su flora y de su fauna, algo que tanto en Levi como en Cognetti son una constante. Bueno, pues las dos primera novelas, como digo, me dejaron un tanto frío en este sentido, aun valorando notablemente su vertiente pacifista, algo que creo propio de cualquier humano medianamente inteligente, pero no encontré esa unión con la naturaleza que buscaba, hasta ahora. Estaciones, ahora lo desarrollo en profundidad, sí muestra la unión entre el hombre y el medio natural, su admiración por la belleza del paso de las estaciones, de todo los ciclos vitales de animales y plantas. Y lo hace con la sencillez del niño que descubre la vida, sin prejuicios, sin afán utilitarista, simplemente disfrutando de ello.
 Por lo que puedo colegir, las obras de Rigoni Stern que versan sobre el medio natural sobrepasan considerablemente en número a aquéllas que lo hacen sobre el ámbito bélico, aunque estas últimas hayan tenido más éxito de público y crítica que las primeras. Desgraciadamente, en nuestra noble lengua sólo están editadas las tres novelas que ya he leído, estando el resto disponible en su lengua original, el italiano, claro. Bueno, sin ánimo de presumir, diré que un servidor, con gran dificultad y esfuerzo, lleva varios meses intentando aprender italiano por varios métodos (por internet, con guías, lecturas, hablando con italianos...), y quizá, sólo quizá, no quiero vanagloriarme, pueda, con ayuda del sempiterno diccionario, leer alguna obra de Rigoni en la lengua de Dante... En fin, lo intentaré, tal vez, en un futuro próximo.
 Pero, vamos, sin adelantarme a anhelos futuros, reseñaré brevemente la novela Estaciones de Mario Rigoni Stern. Como hace presumir el título, la novela se estructura en las cuatro estaciones, que sirven de capítulos. Comienza con el invierno, época de grandes nieves en las montañas del Véneto y de quietud biológica que contrasta grandemente con sus vivencias en los años cuarenta, su juventud, en época bélica, especialmente en la campaña de Rusia y en la prisión de los campos de concentración alemanes, con su brutalidad, la muerte sin sentido y la violencia extrema. Pero Rigoni sólo lo usa, en este caso como comparación, centrándose en la vida, adormilada, de árboles y animales, en espera de tiempos mejores.
 La primavera, como no podía ser de otro modo, supone la vuelta a la vida, la explosión biológica. El despertar de la sexualidad animal, que el autor lo centra en un animal icónico de esas montañas, el urogallo, cuyos cortejo y cópula son muy vistosos y están muy estudiados por los ornitólogos. Rigoni no se comporta aquí como científico, claro, sino como naturalista aficionado que disfruta de la belleza de unos comportamientos milenarios que están al margen de las estupideces humanas, tan coyunturales.
 El verano es la plenitud de la vida, incluso en la dura montaña. Sus experiencias en los paseos con su abuelo, que ejercía de cicerone de ese ecosistema hasta cierto punto hostil para el hombre, a pesar del endurecimiento natural de los que lo habitan.
 Es en el otoño, cuando cierra el ciclo natural, cuando el autor, en compañía de un tío abuelo suyo, combatiente de la Primera Guerra Mundial, escalan hasta las cumbres en las que en aquellos aciagos años se libraron cruentos combates entre tropas italianas y austrohúngaras, dejando cadáveres que, incluso hoy en día, permanecen allí, momificados por los fríos perennes, como recuerdo de la supina estupidez humana.
 Así que, como puede verse, la guerra no está totalmente ausente de la narración. Es evidente que ésta marcó indeleblemente a Mario Rigoni (como es normal en cualquier ser inteligente), pero, con todo, y quizás aún más como contraste, la descripción del medio natural es lo dominante en la novela. Como contraste digo, porque frente a la muerte en un instante, la naturaleza sigue otro camino muy diferente, de milenios, desdeñosa de las veleidades humanas.
 En fin, éste sí es el Rigoni Stern del que había leído en las obras de Primo Levi y Paolo Cognetti. Éste sí me interesa de verdad, en cuanto me reconcilia con la existencia (en general la observación de la naturaleza, desde mi más tierna infancia). Intentaré en un futuro, ya digo, leer a Rigoni en su lengua original. No prometo nada, en cualquier caso.

domingo, 12 de julio de 2026

"Stay-At-Home Reading", by Grant Snider. (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the web www.incidentalcomics.com

"Andanzas de un granuja", de William Wilkie Collins.

  La llamada "literatura victoriana" fue pionera en muchos subgéneros narrativos admirados por millones de lectores a posteriori. Así, por ejemplo, aunque ya se había escrito algo de narrativa de terror, fue en el periodo victoriano cuando llegó a las grandes masas de lectores con el Frankenstein de Mary Shelley, los relatos de Edgar Allan Poe, Drácula de Bram Stoker, Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, Carmilla de Sheridan Le Fanu... La narrativa fantástica, tan en boga en nuestros días, tuvo el verdadero despertar en esos tiempos, con autores como H. G. Wells y su La guerra de los mundos o La máquina del tiempo; el propio Julio Verne con casi toda su obra... Luego está la narrativa policíaca y detectivesca, con impagables clásicos como Sherlock Holmes de Conan Doyle; el propio Wilkie Collins con La dama de blanco... Y, por supuesto, también el subgénero narrativo que nos ocupa: el humorístico. 
 Porque el humor fue tratado con profusión en época victoriana por casi todos los autores. Sorprendentemente, respetables autores que escribían sesudas novelas serias y moralistas, también se adentraban en la narración jocosa y de entretenimiento. Dickens usó en multitud de novelas la sátira para reírse de la estricta moralidad de su época; qué decir del humor absurdo de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas; o el propio Oscar Wilde, siempre iconoclasta, poniendo en jaque la superficialidad y la hipocresía de las clases dominantes británicas. Bien, pues precisamente a ese subgénero humorístico pertenece la pequeña novela que reseño hoy: Andanzas de un granuja, de William Wilkie Collins.
 Andanzas de un granuja es, sin duda, una obra menor del autor inglés. De mucha mayor calidad es La mano muerta, relato de terror y misterio, o La dama de blanco, relato policíaco. Incluso alguna de las colaboraciones con su buen amigo Charles Dickens es de mayor calidad. Pero en esta breve novela también se aprecian chispas de alta calidad del que se llegó a considerar discípulo protegido del gran autor de Historia de dos ciudades.     
 Como su nombre indica, esta breve novela es la narración de una pintoresca y azarosa vida de alguien que se califica a sí mismo como truhan y pícaro. Está narrado en primera persona, con una prosa más rápida y sencilla de lo que es habitual en este autor y esta época, quizá para acentuar más el carácter de entretenimiento de la obra.
 Un tipo perteneciente a una familia que podría considerarse noble (aunque tienen que trabajar para ganarse la vida) elige inicialmente la profesión de su padre, médico, pero descubrirá que gana más y suda menos dibujando caricaturas que luego publica el periódico local. Las ganancias tal vez sean mayores como caricaturista que como galeno, pero no dan para el tren de vida que quiere llevar, lo cual lo lleva a endeudarse y, a causa de los débitos, a la cárcel. De las caricaturas pasa, tras un breve periodo en el que intenta vivir del retrato, a falsificar obras de arte famosas por encargo de un marchante judío. De entre la "clientela" del usurero y falsario hebreo está una joven de la que nuestro protagonista se enamora perdidamente. La joven, hija única de un viudo, parece en dificultades económicas, aunque su padre se da gran fuste y gasta con generosidad. Finalmente, el joven descubre que el padre de su amada es un falsificador de moneda, pero es, a su vez, descubierto por el criminal, que le obliga a convertirse en su empleado, o morir. Ante tal disyuntiva, el protagonista aprende a disgusto a crear verdaderas obras de arte en esa falsa ceca. Poco después, la policía allana la ilegal factoría, deteniendo a varios "trabajadores" y escapando nuestro héroe por los pelos. Por indagaciones casi detectivescas se entera de que su joven enamorada está en una casa al norte de Gales, donde la encontrará, y juntos partirán hacia Escocia con el afán de casarse. Tras el casorio, el joven es detenido, juzgado y deportado a Australia. Años después, su esposa aparecerá por la isla austral, y aprovechando que la penitenciaría considera válido como pena los trabajos como criado, lo toma como sirviente. Tras unos pocos años, la pareja, ya libre de la cárcel, medra en aquel país con la compra-venta de propiedades.
 Es, pues, una vida azarosa y complicada, pero siempre vivida con buen talante y  situaciones cómicas. 
 Leído en el siglo XXI, no parece tanta granujería, pareciendo casi más una novela de aventuras, pero hay que recordar que esta novela se publicó entre 1857 y 1879, época en que la hipocresía social campaba por sus respetos, con lo que la novela tiene algo de revolucionaria al mostrar un protagonista de tal condición social.

viernes, 10 de julio de 2026

'"El negro del Narcissus", de Joseph Conrad.

  Tercera novela que escribió Conrad y cambio de ambientación y personajes. Si sus dos primeras novelas, La locura de Almayer y Un paria de las islas están ambientadas en Simbar, actual Malasia, y tienen muchos personajes en común al ser continuación la primera de la segunda, en su tercera novela, Joseph Conrad continua el ambiente marinero, pero de un barco concreto, el Narcissus, que hace la ruta Bombay-Londres, introduciendo nuevos personajes.
 El negro del Narcissus fue publicada en 1897 y supuso ya la consagración del escritor polaco-británico. Con todo, aunque supuso un notable éxito, también cosechó acerbas críticas por no tener una trama estable y continuada. Cierto es que se echa en falta una ilación entre las terribles experiencias que se narran, sobre todo si se compara con las dos novelas anteriores. Desde el punto de vista de los temas, tradicionalmente se ha querido ver como una alegoría sobre la vida, con sus individualismos y sus colectividades, así como el aislamiento y la solidaridad, aunque, en realidad, entiendo que es más la comparación de la vida en el mar con la vida en general para comprender la dureza inmisericorde de la existencia. Para entender esto plenamente transcribo parte del primer párrafo del capítulo 4:
 El eterno mar, en su desdeñosa misericordia, les concede el indulto a los hombres, y les confiere con justicia el pleno privilegio del deseado desasosiego. [...] Deben justificar sin descanso su vida a la eterna compasión que determina que el trabajo sea duro e incesante desde el amanecer al anochecer, y desde el anochecer al amanecer, hasta que el tedioso transcurso de las noches y los días [...] se redime finalmente por medio por medio del inmenso silencio del dolor y el trabajo, y del miedo callado y la valentía muda de unos hombres anónimos, desmemoriados y tenaces.
 El argumento narra, como antes decía, el periplo del Narcissus de Bombay a Londres, pero centrándose en la vida de su tripulación, muy especialmente en Jimmy Wait, un marinero de raza negra, que se enrola en ese barco estando enfermo. El título de la novela, por cierto, fue modificado en Estados Unidos, donde se publicó como "The Children of the Sea", para evitar el original "Nigger", ya con connotaciones peyorativas racistas a finales del XIX. En todo caso, Wait recibe el rechazo generalizado de sus compañeros, y el tema racial no está al margen, siendo el único negro. También, desde que sube abordo, hace saber a todos que está enfermo; no se nombra, pero se intuye que está tuberculoso, pues además de una insuficiencia respiratoria muy marcada, tose constantemente. Como consecuencia, el negro no quiere trabajar, cargando a sus compañeros de fatiga con sus tareas. Y, en ese sentido, es notable la capacidad de Conrad para retratar el alma humana, pues cuando creen que finge todos le odian e incluso desean su muerte, pero cuando se descubre que no finge en absoluto, que en verdad está muy grave, moribundo incluso, todos se apiadan de él, lo protegen e incluso se ofenden si alguien duda de su honorabilidad. Esa volubilidad a la hora de juzgar, producto de sensiblerías y prejuicios, forma parte de la más íntima arquitectura mental del ser humano.
 Por otro lado, y esto es ya una interpretación personal, hay un momento en el que el marinero negro se comporta como un "Bartlebly". Cuando confiesa que está fingiendo, algo que es falso, pero que quiere morir. ¿Está afirmando un "preferiría no hacerlo" como el inmortal personaje de Herman Melville? Wait parece preferir la muerte a la lucha vital, con un deje de superioridad sobre el resto de sus compañeros, como ocurría con el escribiente de Melville.
 Especial mención hay que hacer de la tempestad que está apunto de hacer naufragar al Narcissus. No se aclara, pero se supone que ocurre al bordear el Cabo de Buena Esperanza, localización, es de todos conocido, en el que la mar gruesa habitual ha provocado miles de naufragios a lo largo de la historia. La tempestad, genialmente descrita por Conrad, supone una brutal piedra de toque para la tripulación del barco. No muere nadie, pero muchos sienten la fragilidad de la vida en un medio tan hostil como el océano.
 Cuando ya está próximo el destino, Jimmy Wait, el negro del Narcissus, muere, es "enterrado" en el mar cerca de las Azores.
 Es una novela dura, sin concesiones al sentimentalismo. A diferencia de las de Julio Verne, cuyos personajes estaban estaban infantilmente divididos entre "buenos y malos", en las narraciones de Joseph Conrad todos sus protagonistas son polifacéticos, con virtudes y defectos por igual, mucho más verosímiles y naturales. Y, como antes decía, el polaco-británico conoce el alma humana con un detalle que espeluzna. En tiempos pasados, en la juventud de quien esto escribe, por ejemplo, se recomendaba la lectura de Joseph Conrad como lectura juvenil por el hecho de ser "novelas de aventuras". ¡Craso error! Un chico de quince años no puede entender plenamente la construcción de personajes que hace este autor, hace falta una experiencia vital que sólo se adquiere con el paso de varios decenios.

"El lector", Ferdinand Hodler.

Hodler, Ferdinand. (Circa 1885). El lector [Óleo sobre lienzo].Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Imagen tomada de la web www.museothyssen.org

miércoles, 8 de julio de 2026

"El club de los negocios raros", de Gilbert Keith Chesterton.

  La producción literaria de Chesterton, en sus poco más de sesenta años de vida, fue muy abundante. Entre novelas, relatos, ensayos, biografías, libros de viaje y artículos periodísticos dejó un inmenso legado para la posteridad. Con todo, la cantidad es lo de menos, siendo la calidad y sobre todo la transmisión de ideas lo más importante. Porque Chesterton fue un pensador más que un narrador, un buscador de la razón de la vida, alguien con "criterio propio" (algo, desgraciadamente, cada vez más difícil de encontrar) a quien no le importaba aquello del "qué dirán". Un ejemplo de esto es su periplo por las religiones, evidente prueba de búsqueda espiritual, que lo llevó del ateísmo, pues fue criado en una de esas familias racionalistas tan frecuentes en la Inglaterra de la Revolución Industrial, al anglicanismo primero, para acabar en el seno del catolicismo. Es decir, algo muy inusual y contra corriente en su país. Y al igual que en ámbito religioso, Chesterton tuvo unas ideas sociales muy claras, con su defensa del "distributismo", una forma de socialismo suave que promovía la incautación de tierras improductivas y su entrega a los desfavorecidos. Chesterton no se casaba con nadie, anunciaba sus intenciones con una indiferencia ante las reacciones que demuestran su independencia de pensamiento.
 El club de los negocios raros es, sin duda, una obra menor, pero la esencia "chestertoniana" se aprecia en cada uno de los seis relatos, pues muestran personajes tan estrambóticos como el propio escritor, que tienen como característica común el hecho de haber inventado una profesión totalmente nueva. Chesterton lo presenta de una forma muy clásica en aquella época, de forma semejante a como escribían otros autores del subgénero policíaco, llevando a un equívoco intencionado al lector, que finalmente acaba por entender todo.
 En Las extraordinarias aventuras del comandante Brown se presenta a los personajes que irán desentrañando las anómalas vidas de otros personajes, los hermanos Grant, Basil y Rupert, además del narrador. La relación entre éstos no es muy diferente de la de Holmes y Watson, por ejemplo, puesto que uno es sagaz y astuto, mientras el otro es ingenuo y lento para comprender. Así, en sus conversaciones, se entera el lector, mejor dicho, va captando, lo que acaba por destriparse al final. En este relato, accidentalmente, un militar retirado es confundido con otro, y  se encuentra con una agencia que planifica aventuras excitantes para clientes que creen llevar vidas anodinas.
 El lamentable fin de una gran reputación es un relato en el que una agencia provee de actores que se introducen en fiestas de sus clientes.
 Como siempre, Chesterton plantea, desde una visión muy conservadora, situaciones absurdas y sin sentido, para que todo se aclare en el desenlace.
 En La verdadera causa de la visita del vicario presenta otra profesión estrambótica, la de "retenedores profesionales", es decir, tipos que van a entretener a alguien durante unas horas para que otros puedan llevar a cabo sus fines. Un cura anglicano relata algo sorprendente: unos rufianes vestidos de mujeres le han secuestrado para que él, también travestido, les ayude a dar un golpe en casa de un rico. Todo aparentemente bien urdido. Pero, en realidad, es una falsa, el falso vicario es uno de esos "retenedores" que sólo pretenden bloquear a alguien.
 El cuarto relato, La singular especificación del agente de fincas, narra un "agente de fincas" especial, que no consigue casas como tal a sus clientes, sino casas en lo alto de los árboles. No es el mejor relato, pero la maestría de Chesterton mantiene el suspense correctamente.
 En La pintoresca conducta del profesor Chadd un famoso etnólogo experto en el lenguaje de los zulúes espera que su gran reputación le abra las egregias puertas del British Museum, pero una aparente crisis de demencia lo aleja de ellas. Los Grant, sin embargo, consiguen que el insigne museo le pague ochocientas libras al año hasta que deje de actuar como un loco, pretextando que Chadd está investigando un lenguaje basado en la danza.
 En el último relato, La extraña reclusión de la anciana señora, los protagonistas de siempre descubren a una pobre anciana encerrada a oscuras en una casa. Cuando se proponen liberarla, se encuentran con unos estudiantes de Oxford que discuten sobre teorías darwinistas. Para su sorpresa, la anciana liberada no quiere abandonar su cautiverio. Sólo cuando los jóvenes le piden por favor que abandone la casa se dignará a hacerlo. Luego se descubre que la anciana fue juzgada por Basil Grant y condenada a reclusión solitaria para romper un compromiso construido por difamación.
 En fin, como decía, una obra menor de Chesterton, pero con todas las características que hacen del inglés uno de los más interesantes pensadores del cambio de siglo XIX al XX.

domingo, 5 de julio de 2026

"Turlupin", de Leo Perutz.

  Otro ejercicio de magia narrativa del gran Leo Perutz. El autor praguense habrá sido categorizado como escritor de novelas históricas, toda vez que sus ambientaciones en siglos pasados y su fidelidad a los acontecimientos históricos así lo indican, pero su capacidad de fintar literariamente con bruscos giros argumentales lo elevan a una categoría sui géneris. Porque pocos autores son capaces de sorprender al lector como Perutz, dejándole con una sonrisa en la cara y un poco de melancolía al terminar la novela. Turlupin narra la historia de ese personaje ficticio, Tancrède Turlupin, simple barbero expósito en el París de 1642, que por puro artificio acaba por mediar en las luchas entre el rey (en manos del todopoderoso cardenal Richelieu) y los intrigantes nobles. Pero, una vez más, la línea argumental principal es lo de menos. Lo mejor es cómo urde la trama Perutz, cómo engaña al propio lector y lo despierta abruptamente después con un humor irónico que engancha al más soso. ¡Un placer leer a este tío!
 Y, sí, la fidelidad de Perutz a la Historia es innegable. La novela se sitúa temporalmente en un momento crítico de Francia: 1642, año de la muerte de Richelieu, hombre poderosísimo, riquísimo, inteligentísimo... y terriblemente impopular. Pero mientras las clases populares no podían decir ni mu, la nobleza tenía poder suficiente para montar revoluciones con tal de acabar con la Corona. No en vano, la monarquía sería decapitada (literalmente) en 1789. Ya desde mediados del siglo XVII el desasosiego social era dominante en Francia. 
 Y luego está el personaje impagable de Tancrède Turlupin, una especie de Quijote romántico, ingenuo, locamente afortunado. Se trata de un joven desgarbado, traumatizado por su origen, ya que no conoció a su padre y su madre murió en su más tierna infancia. Como consecuencia, pasa por distintos orfanatos hasta que es adoptado por una viuda con afán de madre y... algo más. Esta viuda lo es de un barbero, de modo que el chico aprende el oficio. Pero Turlupin sueña despierto y no se resigna a una vida tan modesta. La viuda le ha regalado un guardapelo en la que hay dos retratos, el de la viuda y el del chico. Turlupin entrará accidentalmente (en el sentido de que entra equivocado) en un funeral que cree de un mendigo cuando es del duque de Laval. Allí conocerá a la duquesa, que no para de mirarlo (cree él) y le robarán el famoso guardapelo. En la febril mente del chico, creerá que el simple chorizo que le ha robado el colgante era un lacayo que seguía órdenes de la duquesa, que no cesaba de mirarlo porque lo reconocía, ¿por qué? Él cree que la duquesa es su verdadera madre, que, por tanto, estaba asintiendo sin saberlo al funeral de su padre. Y ya no puede dejar de pensar en ello hasta que entre en la mansión de los duques de Laval, que cree su propia casa. Allí entrará en contacto con nobles que complotan contra el rey y el omnipotente Richelieu. En un momento de sublime embeleso, Turlupin cree que la duquesa, que le toca la cara de una forma peculiar, le está, en realidad, bendiciendo. Ya no le queda duda: la duquesa, su madre, sin decirle nada le está animando a que tome partido. Lo hará hasta perder su vida. Y entonces Perutz mete el giro argumental que todo lo explica: todo estaba en la cabeza del chico, la duquesa, en verdad, es ciega, con lo que en el funeral no lo miraba y en la mansión no lo bendijo, sino que trataba de reconocerlo con sus manos. Todo ha sido una pura ensoñación de un barbero expósito. 
  Es, pues, la historia de un equívoco, de un pobre hombre, Turlupin, que nunca supo quién era, o que no se supo conocer. La novela acaba con una frase, dicha por un personaje secundario, que acaba por resumirlo: Tal vez Dios se haya divertido un rato, como hacen los señores, a costa de un simple.
 En fin, otra joya literaria, prematuramente olvidada por las masas de lectores que son aturdidos de cuando en cuando con Premios Planeta y otras zarandajas por el estilo. Los de la editorial Muchnik dicen, con toda la razón del mundo: "Con sus libros, los escritores aprenden a narrar y los lectores vibran al ritmo de su palabra".

viernes, 3 de julio de 2026

"Los tíos de Sicilia", de Leonardo Sciascia.

 Otro conjunto de relatos (alguno podría ser categorizado hoy como novela breve) de ese extraordinario escritor siciliano, experto en diseccionar el alma humana. Porque Sciascia habla de Sicilia, los sicilianos y lo siciliano, pero su análisis del individuo y su sociedad es tan fino, tan intenso, que, en realidad, habla del ser humano y la sociedad en que se organiza. Sus personajes son redondos, verosímiles, casi se los puede tocar. Estaba Sciascia, sin duda, enamorado de su tierra, pero que nadie se equivoque, no hay ni rastro de chovinismo o patrioterismo en su narrativa, al contrario, precisamente por ser "de la casa", el escritor no deja títere sin cabeza. Conoce tan bien los vicios y defectos de sus coterráneos que lo denuncia sin sonrojo alguno. Porque, al final, sicilianos o no sicilianos, los vicios y virtudes de los hombres son las dos caras de la misma manera. Así, por ejemplo, la capacidad de salir adelante contra viento y marea, innegable virtud, se basa muchas veces en mirar para otro lado cuando hay problemas (el silencio opresivo de la omertà, yo no he visto nada, yo no sé nada); o el afán de superar dificultades a toda costa, de nuevo, loable cualidad humana, se torna en superficialidad y volubilidad, apoyando a distintos poderes, por ejemplo, según interese, independientemente de los principios propios.
 El primer relato contenido en este volumen es La tía de América, una deliciosa narración ambientada en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial en un pueblo de Sicilia.  Allí, los paisanos están esperando, entre esperanzados y atemorizados, a que llegue la invasión de las tropas estadounidenses. Cuando finalmente llegan los americanos, a los que creen una suerte de raza superior, se encuentran con que muchos soldados rasos hablan italiano, y algunos incluso el dialecto siciliano, pues son hijos de inmigrantes de la zona. Y, claro, lo que antes decía, el veleidoso carácter siciliano hace que los que antes daban vivas al Duce, ahora aseguren ser antifascistas de toda la vida; las castas y puras mujeres, se venden ahora por unos cigarrillos. Eso sí, acritud, ninguna, puro sentido de oportunismo camaleónico. A la familia del narrador, un adolescente, llegan cartas de Nueva York de una tía que allí vive. Ésta les promete el oro y el moro, y, cuando finalmente visita la isla, le parece la tierra más atrasada del planeta, ella, que salió del mismo terruño.
 La muerte de Stalin es, en este caso, lo contrario, un relato de fidelidad política fanática cuasi religiosa. Pero la maestría de Sciascia lo muestra con una ironía deliciosa: hace quejarse al comunista Calogero del fanatismo religioso de su mujer, que se niega a aceptar los cambios dentro de la Iglesia Católica. Él, ateo declarado, defiende los cambios con aquel: ¿no sabrán las autoridades lo que os conviene? Eso sí, cuando tiene que aplicarse a sí mismo esa sencilla regla, ya no lo acepta. Estalinista ferviente, cuando muere el dictador y la cúpula del politburó encabezada por Kruschev denuncia los excesos brutales del genocida georgiano, no puede creer ni una palabra que sale del PCUS. Entonces es él el que se aferra a la tradición, a su santito de bigote frente a las razones que se exhiben denunciando las purgas y los gulags. Es el otro extremo del veleidoso posibilista, la intransigencia dogmática que no acepta cambio alguno.
 El "Quarantotto" es más una novela breve que un relato. También ambientado en la ficticia localidad de Castro y en 1848, con las revoluciones contra los Borbones en el sur de Italia y los Habsburgo en el norte, y que acabará en 1860 en la Unificación de Italia encabezada por Garibaldi. Pero Sciascia, una vez más, habla de intrahistoria, de los pequeños personajes, no de los grandes nombres que todos recuerdan. En esencia, todas las características que el autor da a sus personajes se encuentran aquí: la veleidad oportunista, la ausencia de fijeza en los comportamientos y la creencia, la volubilidad sin sonrojo... Un ejemplo es el barón de la localidad, que en el 48 se declara borbónico furibundo cuando la revolución finalmente fracasa, se torna ahora garibaldino firme cuando las tropas del general claramente van a ganar la partida.
 El último relato de este volumen es El antimonio, una excelente narración, parcialmente ambientada en la Guerra Civil española, que ya leí y reseñé en este blog.
Leonardo Sciascia. Imagen tomada de Wikimedia Commons
 En fin, la prosa de Sciascia es tan quirúrgicamente exacta, tan precisa, que siente uno el alma atravesada con esa mirada tan aparentemente normal, pero con una agudeza difícil de encontrar.