domingo, 7 de junio de 2026

Inciso musical: decimoséptimo concierto de abono de la temporada 26--27 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Dvorák y Haydn.

  Penúltimo concierto de la temporada. La OSCyL estuvo ayer dirigida por Thierry Fischer, director titular de nuestra amada orquesta. El concierto de anoche fue un mano a mano entre dos gigantes de la música culta, un barroco y un romántico: Joseph Haydn y Antonín Dvorák. 
 Si existiera la amable persona que siguiera con interés este humilde blog, sabrá que comento el afán, comprensible por otro lado, de los programadores de conciertos para que éstos sean contrastantes. Se espera así, supongo, adular los más variados gustos del público, además de ofrecer un rango lo más amplio posible dentro de la ya inabarcable amplitud de la música culta. Muy loable objetivo, que alcanzan con frecuencia. Pero el concierto de anoche llevó esto del contraste a cotas nunca antes conocidas, ya que, en la segunda parte, se llegó a intercalar Danzas eslavas de Dvorák con los movimientos de la Sinfonía nº 8  de Haydn. Sí, sí, así como lo leen: se tocaron esas danzas y los movimientos de la sinfonía como si fuera una obra única, sin apenas descanso y sin permitir, claro, aplausos. ¿El resultado? Ahora lo desarrollo, pero para quien esto escribe, tras la sorpresa inicial, fue francamente positivo, sorprendente pero positivo.
 Pero antes de eso, en la primera mitad, la OSCyL "calentó motores" con La paloma del bosque, op. 110 del compositor posromántico nacido en Praga. Es esta composición un poema orquestal muy cercano, en su concepción, a un poema sinfónico, en cuanto que está inspirado por una obra literaria a la que trata de emular, cambiando las palabras por notas musicales. Concretamente, se basa en el poema homónimo del poeta checo Karel Jaromír Erben, dramático hasta la saciedad, pues describe la historia de una mujer que envenenó a su marido para poder disfrutar con el amante, pero una paloma se posará en la tumba del marido asesinado cantando una triste canción. La asesina desarrollará un profundo sentimiento de culpa y acabará suicidándose. En fin... La composición de Dvorák capta ese dramatismo con frases musicales llevadas por la cuerda que anticipan el terrible fin y castigo que tendrá la homicida. La OSCyL, una vez más, de sobresaliente.
 A continuación, la orquesta da un salto hacia atrás en el tiempo de más de ciento treinta años para interpretar el Concierto para violonchelo nº 1 en do mayor de Joseph Haydn, con la participación estelar del violonchelista madrileño, Pablo Ferrández. Y aquí, ya, el contraste se hizo notar de forma extrema: De la voluptuosidad arrebatada (aunque trágica) de la obra de Dvorák, a la belleza inalterable de Haydn. Dicho de otro modo, de la vehemencia posromántica al equilibrio melódico del Barroco. Porque la genialidad de Joseph Haydn, padre de la sinfonía, con más de cien espléndidas sinfonías en su haber, muestra una belleza en la que la tragedia no tiene lugar. Uno se reconcilia con la vida al escuchar las composiciones de Haydn. En su desarrollo no hay altisonancias o efectos contrastantes. Es como si te dijeran que no habrá más problemas en la vida, o, al menos, que esos problemas se podrán sobrellevar sin dificultad. Por otro lado, como es habitual en el compositor vienés, se exige gran maestría del solista, algo para lo que el talentosísimo Pablo Ferrández cumple sobradamente. El Concierto para violonchelo nº 1 está estructurado en tres movimientos, Moderato, Adagio y Finale, y en los dos primeros, las cadencias (los acordes últimos de cada movimiento) no son originales de Haydn, sino de compositores anónimos, lo cual permite la digresión musical de virtuosos como Ferrández. Después, como bis, Pablo Ferrández nos regaló una de las obras más frecuentemente interpretadas como solo por los chelistas: el archiconocido Preludio de la Suite nº 1 de Bach. El público del auditorio, naturalmente, se deshizo en aplausos.
 Y, como anticipaba, después del descanso llegó el ejemplo máximo de la programación contrastante: la alternancia entre Danzas eslavas de Dvorák  la Sinfonía nº 8 de Haydn. Y, como también adelantaba, al menos para mí, tras la sorpresa inicial llega la aprobación. Sin embargo, sí he podido leer y escuchar en compañeros y conocidos del público el rechazo a este "invento", decía uno, "experimento", decía otro. Y, hasta cierto punto, no les falta razón, pues es indudable que es muy infrecuente "trocear" una obra como la sinfonía de Haydn en sus movimientos y alternarlos con otras obras, encima tan dispares como las posrománticas Danzas eslavas de Dvorák. Es una osadía, no cabe duda. Pero también es cierto que si los distintos compositores no se hubieran atrevido a romper las formas dominantes en cada periodo, no se hubiera desarrollado ni un solo estilo musical. Poniendo un ejemplo irrebatible: Beethoven fue un rompedor temible en su época, si no hubiera sido por su sordera y su carácter huraño e indiferente a los halagos de crítica y público (además de su genialidad, obviamente) no hubiera evolucionado hasta encontrar un estilo musical único y excelso, no hubiera compuesto, por ejemplo, su Novena sinfonía (que, por cierto, se interpretará en el último concierto de abono de esta temporada). Así que, a todos esos puristas indignados, habrá que recordar que en la experimentación está el avance, el progreso, por mucho que nos cueste aceptarlo de primeras. 
 Bien, volviendo al concierto de ayer, el contraste extremo entre Dvorák y Haydn también afectaba a la orquesta, claro, que tenía dos configuraciones a la vez, digamos, ya que para las Danzas eslavas se trataba de una orquesta sinfónica al completo, con más de setenta músicos, gran desarrollo de la percusión y el viento-metal, mientras que lara la Sinfonía nº 8 se reducía a la orquesta barroco, de poco más de treinta músicos, principalmente de cuerda. En fin, tal vez un experimento, sí, pero, por lo que a mí respecta, bienvenido, ya que nos abre un camino a la reflexión sobre la enorme variedad de estilos dentro de la música culta, función formativa de esta música, pues, que no sólo es para gozar de su sublime calidad.
 Y así terminó el penúltimo concierto de la temporada 25-26, entre sorpresas y sentimientos de aprobación o de repulsa, por tanto favoreciendo que cada uno desarrolle su criterio, algo que, desgraciadamente, escasea en nuestra sociedad.

viernes, 5 de junio de 2026

"El marqués de Bolíbar", de Leo Perutz.

  Siempre que acabo de leer una novela de Perutz tengo unas sensaciones contradictorias de euforia e incredulidad. Euforia por descubrir la capacidad de Perutz para combinar novela histórica con la ficción más inverosímil; incredulidad por la dificultad para acabar de comprender la intención última del escritor praguense en el dédalo de argumentos y temas. 
 El marqués de Bolíbar (sí, las dos con "b", no sé si por afán de diferenciarlo o por puro error) está ambientada en la Guerra de Independencia española, en la ficticia localidad asturiana de La Bisbal, donde un grupo de oficiales alemanes, al servicio de Napoleón, tratan de sofocar la rebelión y atrapar al supuesto líder de la misma, el marqués de Bolíbar. La novela resulta la lectura del diario de uno de esos oficiales, un tal Eduard von Jochberg, muerto recientemente. 
 Pero lo más asombroso de Perutz, como siempre, son los sorprendentes giros argumentales al combinar una narración histórica, sin aparente elementos fuera de natura con aspectos mágicos, fantásticos, totalmente ajenos a la ley natural. El efecto final, como digo, es asombroso.
 En esa localidad asturiana, los oficiales tratan de atrapar al famoso marqués para desactivar la rebelión local, pero lo que no saben es que dicho noble fue asesinado por ellos mismos en el principio, cuando fusilan a un arriero, que, en realidad, era el marqués. Sólo Jochberg se dará cuenta. Los oficiales, todos jóvenes rondando los veinte años, fanfarronean durante toda la novela con supuestas aventuras amorosas con la mujer del coronel, Françoise-Marie, fallecida poco antes, y con "la Monjita", hija de un hidalgo empobrecido. Mención aparte supone el capitán Salignac, personaje extraño donde los haya, pues, aparentemente, no puede morir. Tanto es así, que uno de los alemanes, el cabo Thiele, acaba por identificarlo con el judío errante. Como ese personaje legendario, Salignac no podría morir hasta la Parusía, por lo que su temerario arrojo bélico estaría justificado, apareciendo siglo tras siglo donde se producen graves tragedias. En un momento dado, Salignac llega a rezar al Diablo, anticipando la llegada del Anticristo. Ese personaje es, digamos, un añadido de Perutz, una inclusión fantástica más en una narración por momentos delirantes.
 En la propia actitud desenfrenada de los oficiales alemanes se presiente el desastre al que están atraídos irremediablemente. Así, en la batalla final todos irán cayendo, uno tras otro, bajo las balas y armas blancas de los españoles. Pero el giro argumental del final de la novela es el que deja al lector sin aliento: el joven oficial Jochberg, que todo había narrado, acaba resultando ser el marqués de Bolíbar. A pesar de su incredulidad, se ha convertido (lo puede ver en un espejo) en el propio noble español, un anciano en las últimas etapas de la vida. Y es que, sin darse cuenta, Jochberg-Bolíbar ha ido llevando a todos y cada uno de sus camaradas a la muerte; ha sido por tanto el líder de la revolución hispana. Esa revelación deja, ya digo, un regusto sorprendente que deja al lector en un estupor de admiración por la creatividad de Perutz.
 No es una novela de fácil lectura. De hecho, es de las que obliga a pensar y repensar el argumento una y otra vez hasta comprender la intención del autor, algo frecuente no sólo en Perutz sino también en su contemporáneo y amigo Alexander Lernet-Holenia, que utiliza todos los recursos a su alcance para romper la línea temporal, forzando al lector a un esfuerzo intelectual que ya está en desuso en la bazofia que son los escritores de los últimos decenios. No es de extrañar que Borges tuviera a Perutz por uno de sus maestros.

jueves, 4 de junio de 2026

Feria del libro (Forges)

 

Imagen tomada de la web www.julianmarquina.es

Corpus Christi

 

Waldmüller, Ferdinand George. (1857). The morning of the Feast of Corpus Christi, [Óleo sobre lienzo]. Galería Belevedere, Viena.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

domingo, 31 de mayo de 2026

"Intentos de sacarle algo a la vida. El diario de Hendrik Groen, de 83 años y cuarto."

  De cuando en cuando busco narrativa contemporánea de humor. Debe ser una reacción a vivir en el mundo de hoy (y, probablemente, el de siempre). Son novelas sin grandes aspiraciones, ni en el argumento, los temas o incluso la forma; novelillas para ir tirando, vamos. De los autores que más me han gustado recientemente en este tipo de narrativa sin pretensiones más que la de entretener está el sueco Jonas Jonasson, autor de la aclamada novela El abuelo que saltó por la ventana y se largó, que narra en retrospectiva y en primera persona la vida de Allan Karlsson, un centenario sueco que decide escapar de la residencia geriátrica en la que vive y recorrer un poco de mundo, a la vez que cuenta su brillante y estrambótico pasado que lo llevó a conocer a grandes figuras políticas como Franco, Stalin, Truman o Churchill. Todo, claro está entre humoradas, ya que el propio Karlsson es un tanto disminuido en el plano intelectual. Pero el viejecillo se hace querer por su ingenuidad, su gran corazón y su facilidad para complicarse la vida a los más altos niveles. No es una gran novela, pero sí está muy bien armada y merece la pena echar unas cuantas horas en ella. El propio Jonasson, estimulado por el gran éxito de público y crítica, continuó con ese tipo de narrativa facilona pero estimulante con cinco novelas más (al menos que se hayan traducido al español); las otras cinco son bastante más flojas que la primera, pero, con todo, también merecen la pena. Pues eso, que buscando por el maremágnum de internet si este autor sueco había sacado otra novela me encontré con otro autor, esta vez neerlandés, al que la crítica comparaba con Jonasson. La novela era esta:
 De hecho, en la contraportada de esta novela se apunta: "Una poderosa combinación entre El abuelo que saltó por la ventana y se largó y Alguien voló sobre el nido del cuco. ¡Maravilloso!". Y, sí, pensándolo bien no está mal traída esa comparación. Con todo, aunque en el argumento y los temas tratados haya semejanza, este diario ficticio es de muchísima peor calidad que las obras de Jonasson. No tiene ni ese humor irónico y estrambótico del sueco ni sus imaginativos giros argumentales. No quiero ser injusto con el autor holandés (quien, por cierto, no es Hendrik Groen, claro, sino el periodistas Peter de Smet), su libro tiene un humor entrañable, pone sobre la mesa la terrible problemática que se cierne sobre Europa (el envejecimiento irreversible de su población) pero con gracejo.
 Intentos de sacarle algo a la vida es el diario durante justo un año (del 1 de enero al 31 de diciembre de 2013) de un octogenario holandés, Hendrik Groen, residente en un geriátrico al norte de Ámsterdam. Aparte de las sempiternas quejas, los dolores, los pañales, las disputas... también se comenta la actualidad política y económica internacional del momento, bajo el prisma un tanto deteriorado de los internos, que comprenden a medias y para los que, lógicamente, "en su época no pasaban esas cosas". Groen, al igual que el Karlsson de Jonasson, disfruta de un sentido del humor irónico, también es bienintecionado e ingenuo. Cualquiera que haya tratado con ancianos entiende las mil y una situaciones descacharrantes y absurdas que se dan en la residencia. Vamos, que según va uno leyendo se le pone una sonrisa en la cara (muchas veces, por otro lado, reír por no llorar). Es pues, un humor sencillo pero efectivo, muy inofensivo, pero entrañable a la vez. Tan entrañable es, que muchos pensarán: ojalá todos los ancianos fueran tan majos, chistosos, comprensivos y altruista como Hendrik Groen, ¡cuántos carcamales insoportables habremos conocido!
 La novela, eso sí, acaba de forma un tanto trágica, con la muerte por Alzhéimer de una residente, amiga íntima de Groen. En ese sentido, el autor no ha querido endulzar el fin evidente de todos los residentes del geriátrico. Sólo las salidas absurdas y cómicas sacan una sonrisa al lector, el trasfondo sigue siendo dramático.
 En conclusión: no es Jonasson, ni mucho menos, pero se entiende que esta pequeña novela en forma de diario haya sido un best seller en Países Bajos. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Quincuagésimo novena edición de la Feria del Libro de Valladolid.

Imagen tomada del sitio www.ferialibrovalladolid.es
 Otra edición, la número cincuenta y nueve, de la Feria del Libro de Valladolid, una excelente oportunidad para que las librerías y algunas editoriales públicas y privadas de la ciudad y la región (en total suman unas cincuenta casetas) presenten su oferta literaria a la ciudadanía. En un entorno tan privilegiado como la Plaza Mayor, desde el 29 de mayo hasta el 7 de junio, todos los ciudadanos y visitantes tenemos el placer de deambular libre y despaciosamente por entre los libros, un verdadero gozo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

"El mar del color del vino", de Leonardo Sciascia.

  En este pequeño volumen se recopilan trece relatos que Leonardo Sciascia escribió entre 1959 y 1972. No se aprecia gran disparidad entre ellos a pesar de los trece años de diferencia; las líneas maestras de su construcción permanecen: el realismo como forma ineludible de plasmar la sociedad; la "sicilianidad" de todos sus temas, pero especialmente del poder, la corrupción y la mafia; las formas, por otro lado, a pesar de ser el autor periodista, son barrocas hasta el preciosismo, aunque no cansa ni parece especialmente atildado. Es, simplemente, un autor con afán de perfección formal sin merma de agudeza en la crítica social. Cabría decir, aun a riesgo de ir demasiado lejos sin haber conocido personalmente al autor y parafraseando a Unamuno aunque cambiando la localización geográfica, que Sciascia amaba a Sicilia porque no le gustaba. Porque no cabe duda de la acerba crítica que el escritor vierte sobre esa sociedad cainita, tribal, violenta y que miraba hacia otro lado (¡cuántas veces se explicita la omertà!). No está en absoluto carente de amor y admiración, como a esa patria a la que, desgraciadamente, se pertenece, que lo marca a uno aunque no quiera y que, en definitiva, forma parte de su ser.
 En Reversibilidad, Sciascia retrata las costumbres nupciales y de vida en general de Sicilia, en la que la palabra dada obliga, pero luego, a escondidas, se traiciona una y mil veces. 
 El largo viaje es un genial relato humorístico, aunque con su duro juicio. Engañan a unos humildes campesinos cobrándoles unas fuertes sumas por llevarlos en una pequeña barca a América. Tras varios días de travesía son desembarcados, y para su sorpresa en "América" también hablan italiano y conducen coches FIAT. El lector comprende antes que los pobres protagonistas que nunca salieron de la isla, se habían gastado todos sus ahorros e incluso endeudado para nada.
 El relato que da título al volumen, El mar del color del vino, narra el interminable viaje en tren de un septentrional (de nuevo, un lugar común en Sciascia) de Vicenza y una familia siciliana. Los sicilianos son retratados por el autor siciliano con todos los estereotipos: gritones, maleducados, entrometidos, irrespetuosos... hasta que acaban enamorando al viajero véneto, incapaz de protegerse de esa sinceridad a prueba de bomba de los terroni.
 La remoción es otro relato burlesco de genial factura en el que un paisano siciliano denuesta la cerrazón religiosa de las mujeres de su tierra, incapaces de pensar, incapaces de si quiera hacer caso a la última encíclica del papa, sólo apegadas a sus tradiciones centenarias, y todo porque dicen que quieren quitar la tumba de santa Filomena... Hasta que en la Unión Soviética van a quitar los honores a la tumba de Stalin en la necrópolis del Kremlin. Entonces, claro, para él, comunista acérrimo, la tumba del dictador es sagrada, no hace caso si quiera a las autoridades soviéticas, su tradición es su tradición.
 En Filología se dan vueltas y vueltas a la vieja cuestión: la mafia. Se ha constituido una comisión para estudiar ese fenómeno social y criminal tan característico de la isla mediterránea. ¿Y qué hacen los sicilianos? Enredarse en el origen etimológico de la palabra "mafia", no en cómo eliminar la violencia, las extorsiones  y el famoso secreto (la omertà), sino hablar durante horas y horas del término y su origen. Aparentemente, una forma muy siciliana de no abordar los problemas.
 Y así hasta trece excelentes relatos. Es evidente que sólo a un siciliano se le permitiría ser tan incisivo, tan inmisericorde, tan cruel incluso con la sociedad siciliana. Y el enorme éxito que tuvo en Italia lo tuvo de norte a sur, desde el Véneto y la Lombardía, donde no se soportaba a los terroni, hasta la Calabria, Apulia y, por supuesto, Sicilia, donde no se toleraba a los polentoni. Lo cierto es que cuando escritores y pensadores tan marcados por su tierra natal no tienen pelos en la lengua para hablar de los defectos de casa, todos se entienden mejor, todos se acaban tolerando y las sociedades acaban funcionando. Es una lástima que haya tan pocos "Leonardos Sciascias".

lunes, 25 de mayo de 2026

"Un paria de las islas", de Joseph Conrad.

  Segunda novela que escribió Joseph Conrad, pero primera en la cronología de esos pocos europeos que viven y comercian (tratan) en la lejana Malasia. Concretamente, la otra novela, reseñada aquí unas pocas entradas anteriores, es La locura de Almayer, en la que se narraba la dura existencia de ese tal Almayer y de su protector, el capitán Lingard, así como de la hija del primero, ya adulta joven, quien se escapa con un malayo, contradiciendo así la voluntad de su padre, que quería regresar con ella a Europa. Bien, Un paria de las islas se sitúa anteriormente a ella, cuando la joven, Nina, es una niña pequeña, e introduciendo a otro personaje, quizás el más interesante, Peter Willems, un holandés que, recogido por el Lindgard en Rotterdam con apenas diecisiete años, es también protegido por el capitán y llevado a Malasia. Allí trabajará para otro europeo, Hudig, pero acabará "metiendo la mano en la caja" y tendrá que huir. Lindgard se volverá a apiadar de él y lo llevará con Almayer a Simbar, en la desembocadura del río Pantai.
 Y es más o menos en ese momento cuando comienza el meollo de la novela, con un Willems incapaz de controlar sus más bajos instintos, que choca frontalmente con Almayer, quien sólo quiere conseguir el dinero suficiente para llevarse a su hija a Europa y criarla como una blanca. Willems se enamora ciegamente de una nativa, Aissa, hasta el punto de perder la razón completamente por ella. Los nativos, mucho más serenos que los europeos, aprovecharán la lujuriosa ceguera del holandés para sonsacarle dónde están los pasos más seguros del río Pantai, libres de bajíos, que sólo él sabe. Además, los musulmanes (Aissa es hija de Omar, un musulmán en tratos con Babalatchi, intrigante zalamero, que a su vez trata con Abdullah, comerciante también musulmán) pretenden (y consiguen) enfrentar mortalmente a Almayer y Willems para hacerse con todo el comercio de Simbar.
 Grosso modo, ese sería el argumento de Un paria de las islas, que terminará con la caída en desgracia absoluta de Willems, que vivirá retirado en un chamizo con Aissa hasta que Almayer, buscando vengarse de él, le lleve a su antigua mujer y su hijo, lo que provocará un enfrentamiento entre las dos mujeres que acabará costando la vida al holandés.
 La extraordinaria maestría narrativa de Joseph Conrad crea un excelente cuadro tanto de ambientes exóticos, con una descripción minuciosa de esta parte de Malasia, como de los personajes, haciéndolos evolucionar para que el lector vea, por ejemplo, como Willems lentamente desciende a los infiernos hasta acabar siendo lo que el título indica, un paria de las islas.
 La concepción de Conrad no cae en absoluto en el eurocentrismo, de hecho, los personajes europeos son estúpidos cuando no depravados y pervertidos. No es que los malayos sean criaturas celestiales, también tienen sus defectos evidentes, tendentes a la violencia en la mayor parte de los casos. A diferencia de otros escritores en los que se suele meter a Conrad, como los llamados "escritores de novelas de aventuras", los protagonistas del polaco-británico están tan bien delineados, son tan verosímiles que nunca cae en tendenciosidad alguna, ni geográfica ni cultural.
 Las relaciones entre los personajes definen, claro, la novela, pero aquéllas son tan intensas que muchas podrían ser las típicas del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, el capitán Lingard es una suerte de Dios todopoderoso para el resto de europeos, tomando bajo su ala a sus criaturas, especialmente Almayer y Willems. Cuando Willems cae en desgracia, Lingard lo abandona como criatura descarriada que merece castigo.
 Si al excelente argumento y los interesantes temas unimos la prosa pulcra, cuidada, muy adjetivada y erudita de Conrad conseguimos, claro está, una de las mejores novelas de todos los tiempos, una verdadera lección de literatura que los escritores de éxito de nuestro tiempo, mucho me temo, no alcanzan ni en sueños.

"Veni, Sancte Spiritus"

Tiziano, (1546). Pentecostés [Óleo sobre lienzo].Basílica de Santa María della Salute, Venecia.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

jueves, 21 de mayo de 2026

"La rosa", de Robert Walser.

  No se me ocurre cambio más brusco en el ámbito literario que pasar de la fuerza arrolladora de la ciencia-ficción de Brian Lumley a la sensibilidad delicada y exquisita de Robert Walser. Pero, dicen, en la variedad está el gusto. Yo, al menos, así lo creo, y me regocijo en la diversidad de emociones y sentimientos que me proporciona la lectura.
 Y Walser, ¿qué decir de Robert Walser? Si es que tengo algún lector interesado en mi humilde blog, habrá podido comprobar que los sentimientos que tengo hacia el escritor suizo son contradictorios: por un lado admiro la pulcritud de su prosa, su exactitud y belleza, además de las muestras de sensibilidad y delicadeza que necesito sentir para poder seguir alentando; por otro lado, especialmente con sus novelas largas, desprecio la actitud que el personaje principal tiene de sumisión abyecta y deshumanizadora con la que se anula como persona. Porque, verdaderamente, existen dos Robert Walser: uno el de sus novelas largas, como Jakob von Gunten o Los hermanos Tanner en las que el protagonista, de forma voluntaria se desprecia a sí mismo hasta convertirse en una suerte de esclavo, de siervo sin vida propia. Me resulta francamente repulsivo ese comportamiento, necesito creer en la dignidad humana que nace, en primer lugar, del respeto propio, si no nada tiene sentido. Pero, por otro lado, están los relatos breves y las anotaciones a vuelapluma que luego fueron publicadas y que contienen bellísimos sentimientos. Allí nos muestran a un Robert Walser sensible, delicado, exquisito.. Entre las obras del suizo de este cariz están El paseo, El pequeño zoológico  o el pequeño tomo que leo, La rosa.
 Concretamente, El pequeño zoológico es una de mis volúmenes favoritos, por su sensibilidad, por esa prosa poética que ve belleza donde la mayoría no ve más que cosas o sucios animales. Walser tiene la mirada del poeta, capaz de descubrir lo que, probablemente, llevara él dentro: belleza y bondad. Bien, La rosa también son pequeños artículos en las que el escritor describe con el corazón lo que sus ojos contemplan; muchas veces son descripciones de sí mismo, consciente de su incapacidad social, de su falta de adecuación a este burdo y sórdido mundo; otras son cosas sencillas, cotidianas, pero con esa mirada poética son cosas enormes, gigantescas, que nos permiten respirar hondo y seguir adelante. En fin, mejor que describir lo que me hace sentir Walser, prefiero transcribir tres pequeños fragmentos escogidos que lo materializan mejor que yo:
  Vladimir. A quienes no lo trataban como él hubiera deseado los dejaba, como se dice, caer, es decir, se fue acostumbrando a no pensar en muchas cosas desagradables. De ese modo protegía su vida interior de sumirse en el salvajismo y ponía sus sentimientos a salvo de una dureza malsana.
 El niño. Hay gente que suele pasar por hábil sólo porque es ruidosa, una prueba de la importancia de la superficie. Si me muestro superficial, gusto a la gente. Con la irreflexión nos podemos ganar sus favores.
 El solitario. La vida no es más impresionante allí donde se habla de cosas importantes. Las discusiones reducen su objeto, reabsorben poco a poco las fuentes. La conversación fatiga. Pasado y presente reaniman por igual al solitario. Si me entraran ganas de llorar, ¡qué mal quedaría en sociedad! Aquí lo hago a discreción. Sólo aquí me he enterado de lo bellas que son las lágrimas, de cuán bello es diluirse en el sentimiento.
 En fin, sólo me queda agradecer a la Editorial Siruela la publicación de estas joyas literarias, que me permiten seguir alentando y bregar contra corriente en esta vida tan zafia que nos ha tocado vivir.