Hay novelas que, desgraciadamente, son sobrepasadas por adaptaciones cinematográficas que además, de forma consciente y buscada, las pervierten, simplificándolas de la peor forma posible, creando películas que acaban siendo paradigma del racismo más execrable. Estoy hablando, claro, de El judío Süss, novela de Lion Feuchwanger (judío), novela amplia, con mil matices, sin estereotipos simplificantes, y la "seudoadaptación" que hicieron los nazis para pergeñar la película antisemita homónima. Porque la película de 1940, dirigida por Veit Harlan, es un panfleto antisemita insufrible, que, teniendo en cuenta que ya estaba en marcha el asesinato planificado de más de seis millones de judíos europeos, es más repulsiva si cabe. En la película, el director de finanzas de Würtemberg es un ser avaricioso, taimado y ponzoñoso, con todos los defectos estereotípicos que los antisemitas proyectan hacia los judíos, mientras que los alemanes arios son retratados como honrados trabajadores, víctimas del engaño hebreo. Es todo tan simplón, que un adulto con algo de sentido común lo rechaza de plano, pero, desgraciadamente, los nazis ya habían lavado el cerebro durante años a su población como para que se tragaran cualquier patraña.
La novela de Feuchtwanger es un minucioso retrato de la situación social, política y económica de un pequeño Estado alemán, Wurtemberg, a finales del siglo XVIII. Es un periodo complicado, con nobles poco capacitados para la administración de su territorio y sus ciudadanos, toda vez que estaban más interesados en el alivio de sus necesidades sexuales y de poder social que en el progreso del Estado; además, la lucha entre católicos y protestantes no ayuda a mejorar las cosas. En ese contexto, surge una figura notable, la de Joseph Süss Oppenheimer, un "judío de la corte", como se decía en esa época en Europa central. Süss llega a ser director de finanzas del duque Carlos Alejandro de Wurtemberg (Karl Alexander en la novela), noble católico, lascivo y superficial, que sólo pretende batir su propio récord de conquistas y quedar por encima del resto de nobles. Por supuesto, el catolicismo de Karl Alexander es solamente una apariencia, no hay espiritualidad de ningún tipo en ese fanfarrón arrogante, sólo pertenencia a un grupo que se enfrenta a los otros, los protestantes, que tienen las de perder aun cuando son apoyados desde Berlín.
Que nadie se equivoque, aunque Lion Feuchtwanger era judío (no practicante, culturalmente asimilado) no ejerce corporativismo alguno con Süss, lo describe como un avaricioso sin límite y, en los últimos tiempos de su vida, con un resentimiento y un rencor sin límites (bien fundamentados, por otro lado).
En una situación socialmente voluble, los nobles gobernantes, personalizados en Karl Alexander no quieren saber nada de sacrificios, quieren seguir llevando sus vidas regalonas. El director de finanzas, pues, carga con impuestos a la burguesía, que se resiste y luchará por derribar el sistema opresor. Cuando Karl Alexander muere, oficialmente por una embolia, aunque Feuchtwanger lo hace morir envenenado por el afrodisíaco que toma a sus cincuenta y tantos años para yacer con una veinteañera, la burguesía protestante se revuelve contra el judío, lo juzgan y lo ahorcan.
El autor describe con gran perfección a Süss, con cambio de sus motivaciones. En un principio, el judío, vestido y afeitado a la occidental, tiene como motor la ambición, pero tras la muerte de su hija Naemi (que morirá al tirarse por una ventana cuando era acosada sexualmente por un borracho duque Karl Alexander) cambiará, también en su aspecto, y tendrá el rencor contra el duque y contra todos la razón principal de su avaricia.
La novela, como todas las buenas novelas, no tiene una lectura simplona y facilona, al contrario, todos los personajes, incluso Karl Alexander, tienen una explicación, un porqué de su comportamiento. No se puede sentir un odio o una admiración infantiles hacia ninguno de ellos. Son, todos ellos, arquetipos humanos. Todos podemos ser Karl Alexander o Süss, por no hablar del resto de los nobles, todo depende de que se den las características socioeconómicas necesarias y que nos pongan un cebo para que caigamos.
Una gran novela, escrita "a fuego lento", que demanda que sea igualmente leída por lectores inteligentes y con criterio propio, no por los adocenados con sesgo político que dominan hoy en día. ¡Bah! No creo que puedan leerla ni un diez por ciento de la sociedad actual.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.