domingo, 15 de febrero de 2026

Inciso musical: décimo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Mozart y Bruckner.

  El concierto del viernes estuvo dirigido por la batuta asociada de esta temporada, el ruso Vasily Petrenko; el solista invitado fue el clarinetista andaluz Pablo Barragán. Las obras programadas fueron del agrado de todos los que tenemos un gusto musical exquisito, con el Concierto para clarinete en la mayor de Mozart, una obra sublime, cuyo adagio está entre las grandes piezas de música culta de cualquier época; y la Sexta sinfonía de Bruckner, no tan conocida como la Cuarta, que sí forma parte del  repertorio habitual de cualquier orquesta sinfónica, pero cuyas características formales no se alejan mucho de ella. 
 El Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 es una (otra más) genialidad de ese pobre hombre que llevó una vida corta (treinta y cinco años) lleva de dificultades y frustraciones (nunca consiguió ser maestro de capilla en Viena o ni siquiera ser profesor de piano de la princesa) y que, sin embargo, es el mayor genio musical que jamás haya existido. Y es que, al margen de que toda la obra de Mozart sea de una calidad inigualable, lo cierto es que algunas composiciones, como su Concierto para clarinete, destilan una aceptación de la vida, un regocijo de vivir que es difícilmente explicable en función de su existencia. Escuchar el Concierto para clarinete lo reconcilia a uno con su propia vida, es como si dijese: "no te preocupes, el orden universal es inmutable, todos tus problemas son temporales y lo importante es lo eterno". Algunos musicólogos apuntan a la espiritualidad del salzburgués, algo que no siempre se ha tenido en cuenta como sí se ha hecho, por ejemplo, con Johann Sebastian Bach (luterano, en el que su profunda religiosidad se palpa en toda su obra) o Anton Bruckner (católico, también especialista en música religiosa). No se duda de que Mozart fuera un ferviente católico, o al menos que sus padres le inculcaran un notable respeto por toda la liturgia católica y que él la practicara durante toda su vida, pero no se ha profundizado en la influencia que pudiera tener su fe en su obra musical. No me refiero, claro, a la composición de obras litúrgicas como los réquiem, los motetes o las misas, sino al optimismo que traslucen todas sus composiciones, como decía antes, con la terrible vida que el pobre llevó.
 Bien, consideraciones sobre la espiritualidad de Mozart aparte, el Concierto de clarinete tiene uno de los adagios más hermosos jamás compuestos, referencia ineludible de la música culta en general, pero especialmente de su periodo clásico, así como que está incluido en multitud de obras cinematográficas para ilustrar la más exquisita sensibilidad, la que el inmortal Wolfgang Amadeus Mozart nos regaló a todos para la eternidad.
 El encargado de transmitir esa sensibilidad, a golpe de clarinete fue Pablo Barragán, que supo entender la sutil delicadeza que el austriaco imprimió a su concierto.
 Después del descanso tocó representar precisamente a Bruckner, al que antes citaba. Y, como antes esbozaba, Bruckner ha sido calificado de forma un tanto estereotipada como una personalidad un tanto tosca (en el sentido de hombre sencillo, sin pretensiones) y profundamente religiosa. Eso sí, la Sinfonía nº 6 no trasmite precisamente esa espiritualidad, al menos no de forma sutil, desde luego. Otro estereotipo de Anton Bruckner es que era más wagneriano que el propio Wagner. Eso, desde luego, se siente con la obra representada el viernes pasado en el Auditorio Miguel Delibes, con sólo ver cómo sudaba el de los timbales, que tuvo más trabajo que en todo lo que iba de temporada, por no hablar de la sección de viento-metal al completo, dejándose los mofletes en cada frase musical. Cinco trompas, tres trompetas, tres trombones y una tuba generan tal potencia de sonido que, en combinación con los timbales, deja a cualquiera pegado al respaldo del asiento. Bruckner no busca en absoluto la sutileza, ni el virtuosismo individual de los intérpretes, sino la aplastante fortaleza de los tutti que se repiten en la sinfonía. De hecho, los dos movimientos intermedios, más lentos, Adagio y Scherzo, son los menos atractivos de la obra, siendo ampliamente superados por el primero, Majestoso, y el último, Finale, verdaderamente apabullantes. Son obras fácilmente entendibles por el público, que se deleita al ver cómo nada más y nada menos que noventa músicos dan todo lo que tienen dentro de los pulmones (o en las manos, arcos y cuerdas) para conseguir un proyecto común complejo y apasionante; porque no cabe duda de que interpretar con éxito una obra tan larga, difícil y extenuante como la Sinfonía nº 6 de Bruckner es un reto extraordinario para cualquier orquesta sinfónica, reto que la OSCyL, dirigida por Vasily Petrenko, superó el viernes con matrícula de honor.

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