jueves, 25 de junio de 2026

"Frankenstein desencadenado", de Brian Aldiss.

  Es de todos conocido que muchos autores gustan de mantener un personaje como protagonista central de varias de sus novelas. Los ejemplos más evidentes son los del subgénero policíaco, pero también algunos escritores de ciencia ficción son pronos a este truco literario que suele caer bien entre sus lectores asiduos. Brian Aldiss no es, precisamente, uno de ellos, pero tiene algunas novelas en las que repite un personaje, Joe Bodenland, un científico del siglo XXI. El tal Bodenland es el personaje principal de Drácula desencadenado, así como de la novela que nos ocupa, Frankenstein desencadenado, y no, no es que el bueno de Aldiss no fuera bueno a la hora de escoger títulos y tuviera que repetir la mayor parte de ellos, lo que ocurre es que el autor inglés sí era dado a reinterpretar obras literarias famosas del pasado, además de discurrir filosóficamente (filosofía de "andar por casa", eso sí) sobre esa literatura. Lo que se ha dado en llamar metaliteratura, vamos, es decir, literatura que habla de literatura. Así, en Frankenstein desencadenado encontramos como personajes a Lord Byron, Percy Shelley, Polidori y, por supuesto, Mary Shelley. Porque, claro es, la novela está ambientada en esa famosa villa suiza en la que se juntaron ese florido grupo de literatos para, como mero juego de entretenimiento, probar a ver quién era capaz escribir una novela en pocos días, ganando la apuesta la única fémina, Mary, con su archiconocida novela Frankenstein o el moderno Prometeo
 El argumento de la novela, grosso modo, es este: en el año 2020, una guerra a tres bandas entre el mundo occidental, Sudamérica y el Tercer mundo ha provocado, haciendo estallar bombas nucleares por encima de la estratosfera, la ruptura de la línea espacio-temporal, produciéndose con frecuencia anomalías en las que en pocos metros se abre paso a otro territorio y otro tiempo. El científico tejano Bondeland observa una de estas anomalías cerca de su casa y, ni corto ni perezoso, penetra en ella con su moderno vehículo. Cuando consigue entender a dónde y a qué fecha ha viajado, comprende que está en Ginebra en el año 1816. Por casualidad (aquí se aprecia un error en la construcción de la novela, luego hablaré de ello), persigue a un tipo que no es otro que el personaje de ficción Víctor Frankenstein, ese científico loco ideado por Mary Shelley que quiso salvar la humanidad creando un monstruo a partir de restos de cadáveres. También por casualidad, Bodenland traba conocimiento con los escritores antes mencionados, en la villa que habían alquilado a la orilla del lago Lemán. Tan estrecha será esta relación, que Bodenland acabará viviendo un pasional romance con Mary (algo que es muy frecuente en las novelas de Aldiss, quizá una digresión del propio autor a cuenta del personaje, alter ego del autor). El científico del siglo XXI cuenta a Mary Shelley cómo ha conocido a su personaje, Frankenstein, como si fuera de carne y hueso, cuando ella ni siquiera había comenzado a escribir su novela, aunque ya tenía en mente las líneas maestras de la misma. Lo cierto es que, por otro lado, Víctor Frankenstein ya "ha engendrado" a su criatura, con resultado nefasto, pues hubo varios asesinatos inexplicados en la zona en las semanas anteriores, y ahora está desarrollando una compañera igualmente monstruosa. Bodenland trata de persuadir al científico para que no crea tal engendro, ante la posibilidad de que pudieran procrear, originando a su vez una nueva generación de criaturas esperpénticas. Frankenstein, personaje bienintencionado y filantrópico (tal cual como lo ideó Shelley, de ahí el subtítulo de su novela), pretende ser capaz de mejorar la especie humana, liberándola del ciclo de nacimientos y muertes a la que está sometida como cualquier animal. Finalmente, la pareja de monstruos huye de la humanidad que desea eliminarlos, yendo hacia zonas deshabitadas del Gran Norte, se cita Groenlandia. Joe Bodenland, sigue a las criaturas con su "supermoderno" vehículo, llegando a alcanzarlos en la cima de un glaciar y matándolos con una ametralladora que el coche en cuestión tiene. Agonizando, la criatura macho lanza un discurso más humano que ningún otro, sobre la liberación de la muerte, cómo se siente desencadenado (de ahí, entiendo, viene el título).
 En fin, la novela tiene una calidad bastante baja, la verdad. Además de los imperdonables fallos en los que no se explica, por ejemplo, como un tipo del siglo XXI consigue medrar sin problemas en la Europa central del siglo XIX, sin moneda propia, con las ropas de otro tiempo... o cómo Mary Shelley cree a pie juntillas lo que Bodenland le cuenta sobre su viaje en el tiempo y el espacio, además de esos fallos, digo, es, paradójicamente, una novela demasiado lineal en el tiempo, parece escrita por un adolescente más que por un supuesto genio de la ciencia ficción. Nada que ver con la calidad mucho más alta que alcanzará con la trilogía Heliconia que escribiría apenas un decenio más tarde.

lunes, 22 de junio de 2026

"Dances with Books", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"Historias de amor", de Robert Walser.

  Y aquí estoy otra vez con Robert Walser, debatiéndome entre el gusto y el rechazo. Pero, como ya he escrito varias veces antes, creo que existen dos Robert Walser: el de las novelas largas (como Jakov von Gunten, Los hermanos Tanner o El ayudante), con una fuerte carga autobiográfica que deja traslucir ese complejo de inferioridad, ese afán de autodestrucción basado en el servilismo más abyecto que repugna; y el de los relatos cortos o, mejor aun, las anotaciones a vuelapluma sobre lo que el escritor (aquí más bien poeta) observaba de sus paseos cotidianos (aquí encontramos joyas como El paseo, Pequeño zoológico o La rosa). En este último grupo se aprecia textos muy emotivos, muestra de una sensibilidad y un gusto por la belleza más simple que reconcilia al lector con la vida. Nada que ver con las novelas largas, con las que uno, de tanto leer abusos de unos sobre otros, acaba abominando del género humano. Bueno, y estas Historias de amor, ¿a qué grupo pertenecen? Ahora lo desarrollo, pero diría que, por forma del texto más en el segundo, al bueno, pero por los sentimientos transcritos, al primer grupo, desgraciadamente.
 Obviamente, Historias de amor incluye relatos relacionados con el noble sentimiento, casi cien textos. Por duración de los mismos, sí, estamos en el lado bueno de Walser, el de los sentimientos recogidos en prosa poética, pero... Pero en la mayoría de los relatos se perciben sentimientos de rencor y resentimiento. Son narraciones en las que hay una acritud bastante desagradable, hasta el punto de que son más las "historias de desamor" que las de amor. Algunos textos, me he sorprendido bastante, la verdad, caen en una misoginia que no había percibido antes en el escritor suizo, pues ahondan en las tradicionales descalificaciones de otro tiempo a las mujeres en general: superficiales, veleidosas, caprichosas cuando no interesadas materialmente para iniciar una relación amorosa. Me ha desagradado mucho leerlo, ciertamente. Quizá la dura experiencia vital de Walser pueda explicar este comportamiento tan despreciable, toda vez que la historia sentimental del suizo fue prácticamente nula en sus setenta y ocho años de vida, pero por dentro, los sentimientos, pedían, necesitaban esa vida sentimental. En este sentido, es muy esclarecedor el epílogo firmado por Volker Michels al que luego acudiré más en detalle.
 Pero no quiero abonarme a la negatividad y el pesimismo (tan en boga en estos días) y trascribo algunos fragmentos en los que sí se aprecia ese Walser fino, sensible y amable:
 Quien no ama no existe, no vive, está muerto. Quien tiene ganas de amar se levanta de entre los muertos; y sólo está vivo quien ama.
 Ese sencillo pero irrefutable adagio pertenece al texto titulado La invitación y, a decir verdad, es el argumento de varias historias, de las más potables, de aquellas que no destilan esa amargura, ese rencor al que aludía antes.
 Sin embargo, se aprecia esos sentimientos, preñados además de autodesprecio e incluso complejo de inferioridad cuando afirma: Respecto a mi salario de ciento veinticinco francos, tenía la desfachatez de gritarme a mí mismo: ¡No mereces un salario tan alto ni en pintura, sinvergüenza! Por aquel entonces me destacaba, para bien o para mal, por tenerme en sumamente baja consideración, mientras que a la mayoría de la gente la tenía en alta consideración de un modo exagerado.
 Otros textos, en cambio, si tienen el optimismo que provoca la observación detallada y sensible de la belleza y que nos permite seguir alentando. Esto es particularmente notable en La flor.
 Con todo, acabaré con el epílogo antes mencionado, en el que el tal Volker Michels incluye una frase verdaderamente lapidaria del propio Walser que lo define: Qué desapasionado, prosaicamente práctico, noblemente soso es nuestro tiempo. Aunque tal vez tenga también su lado bueno: uno puede distinguirse por su extravagancia
 Parece ser que este tal Volker Michels es un crítico literario, especializado en la literatura de habla alemana y de cambio del siglo XIX al XX, especialmente de Hermann Hesse y Robert Walser. Y, desde luego, el epílogo contenido en este tomo de la Editorial Siruela es muy esclarecedor a la hora de arrojar luz sobre la personalidad dicotomizada de Walser. Y en concreto sobre el resentimiento y rencor del suizo en cuestiones amorosas, e incluso esa cierta misoginia a la que hacía referencia, quizá quede explicada con un desengaño amoroso que tuvo el escritor. El crítico Volker Michels lo describe así: tras escribir cartas de amor a una tal Frieda Mermet en la que llega a decirle "Creo que sería hermoso ser su marido", el crítico recuerda: Frieda Mermet, que era viuda, no aceptó, si bien siguió siendo, hasta el ingreso definitivo de Walser en el sanatorio de Herisau, lo que siempre fue para él, la socorrida amiga y destinataria de sus cartas más íntimas, en las que el prometedor papel de posible esposa de Walser se fue transformando poco a poco en el de una figura materna. Es probable que fuera este rechazo por parte de Frieda Mermet lo que provocó en Walser un disgusto no confesado que tuvo como consecuencia una paulatina aunque profunda alteración de su comportamiento. Creo que no se puede decir más claro.
 En fin, me quedaré con el Walser sensible y delicado, dejando esas amarguras y resentimiento de lado.

domingo, 21 de junio de 2026

Inciso musical: decimoctavo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obra de Beethoven.

 Todo llega a su fin. También las temporadas sinfónicas de la OSCyL. Y no hay mejor colofón posible que la Novena Sinfonía de Beethoven. Así se culmina ese noble proyecto de interpretar las nueve sinfonías del genial compositor de Bonn en tres temporadas consecutivas. La enorme complejidad que supone representar cualquier sinfonía de Beethoven se ve elevada a la enésima potencia con la Novena, la más exigente instrumentalmente hablando, además de la participación del coro y su sincronización con la orquesta. Para el concierto de ayer, además de la OSCyL dirigida por su batuta oficial, Thierry Fischer, se contó con el Coro de la OSCyL, dirigido por Jordi Casas; el Orfeón Pamplonés, dirigido por Igor Ijurra; además de la soprano Louise Foor, la mezzosoprano Carmen Artaza, el tenor Werner Güra y el barítono José Antonio López. Todos y cada uno de ellos, no me cabe duda, en los más altos niveles interpretativos de la música clásica vocal. Con todo, lo hablaba con al final con un compañero de auditorio, quizá porque estemos acostumbrados a escuchar en grabaciones de alta calidad en la que se han ecualizado todos los sonidos, elevando la potencia de la música vocal en cada momento... lo cierto es que ayer, en el Auditorio Miguel Delibes, a los solistas apenas se los podía escuchar, quedaban arramblados por la potencia del coro y de la orquesta. Ayer, como en todos los conciertos en vivo, no había técnico de sonido que incrementara la potencia del tenor o de la soprano para compensarlo con el ímpetu de la orquesta. Al margen de esto, la ejecución fue impecable, una vez más.
 Porque, reconozco, la Novena sinfonía de Beethoven no es mi favorita, ni mucho menos; especialmente su cuarto movimiento, Oda a la alegría incluida, que luego, ya sabemos, fue elegida como himno de Europa. Prefiero el intimismo clasicista, lejano todavía el Romanticismo, de las dos primeras sinfonías, o la energía todavía contenida del periodo heroico y sus seis sinfonías siguientes. Pero el Finale acaba siendo demasiado enérgico y desbordado; eso sí, de puro vigor acaba por levantar al público de sus butacas. Pero comprendo las terribles censuras que recibió de parte de acreditados críticos de la época, llegando a llamar "monstruoso", "de mal gusto" y "trivial" la inclusión de la Oda a la alegría de Schiller.
 En fin... para gustos, opiniones. Como bien se sabe la Sinfonía nº9 de Beethoven está estructurada en cuatro movimientos. El primero de ellos, Allegro ma non troppo, un poco maestoso es en sí mismo una sonata. La apertura del movimiento es uno de las melodías más conocidas de la música culta, tanto que cualquiera, incluso sin ser melómano, podrá atribuir su autoría a Beethoven. Es, pues, una pieza ya incluida en la cultura popular occidental. El segundo movimiento, Molto vivace - presto, es un scherzo. Al igual que el primero, también su primera melodía es conocidísima, otra de esas piezas que el genial sordo legó al acerbo común de la humanidad. El tercer movimiento, Adagio molto e cantabile es, para quien esto escribe el más querido de toda la sinfonía, con esa delicadeza y sensibilidad que tanto se echa de menos en el resto de la obra. Pero es sólo un oasis, enseguida vuelve la energía arrolladora con el cuarto movimiento, Finale presto, con la participación del coro y los solistas interpretando la adaptación del citado poema de Schiller.
 Con un final tan apabullante, el público se embelesa y acaba con un aplauso en pie durante más de diez minutos. Eso y que es el último concierto de la temporada lleva al respetable a una emotividad que no puede controlar si no es con manotazos sin fin e incluso algún estentóreo "¡bravo!". Bien, servidor es más comedido, incluso cuando está eufórico.
 Y se acabó la temporada 25-26. La próxima, D.m., será el próximo 2 de octubre, con Haydn y Prokófiev. Pero eso ya será otro cantar.

Solsticio de verano.

Seurat, Georges Pierre, 1884, Une baignade à Aisnères [Óleo sobre lienzo]. National Gallery, Londres.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

jueves, 18 de junio de 2026

"Cuentos de amor victorianos", compilados por Alba editorial.

  Una de las editoriales que más está haciendo por reeditar insignes textos de finales del XIX y principios del XX (en caso de ser británicos, de la llamada "literatura victoriana", por tanto) es Alba editorial, empresa catalana perteneciente a Prensa Ibérica. Sus colecciones "Clásicos" o "Maior" han publicado en los últimos años joyas literarias que llevaban decenios descatalogadas. Gracias a esta importantísima labor editorial disponemos de textos bien traducidos y bien editados en el sentido físico (buen papel, tapas duras...) con el que nutrir nuestras siempre hambrientas bibliotecas particulares. Como mero lector y bibliófilo saludo estas iniciativas tan loables.
 Cuentos de amor victorianos son veintidós cuentos de autores británicos (excepto el americano Henry James, aunque, como ya se sabe, fuera inglés de corazón) publicados durante el reinado de Victoria, que tanto marcara la política, la sociedad y la economía, no sólo del Reino Unido o de Europa sino prácticamente de todo el mundo. Pero precisamente esos aspectos, los políticos, sociales y económicos, son, para mí (y, tal vez, para el lector de este humilde blog) los menos importantes, siendo el ámbito cultural, especialmente el literario lo más importante. Porque, lo repetiré una vez más sin cansancio alguno, la literatura anglosajona alcanzará las más altas cotas de calidad en este periodo. Autores como Dickens, Thackeray, Trollope, Henry James, Thomas Hardy, Wilkie Collins, Stevenson, Oscar Wilde, Conan Doyle, etcétera son lo más granado de la literatura universal de todos los tiempos. Y precisamente de todos esos y alguno más se sirve Alba editorial para publicar un excelente volumen con cuentos que tienen al amor, el desamor, el odio, la reconciliación o la pasión como los argumentos centrales de los mismos. El resultado es, no podía ser de otro modo, excelso.
 Obviamente, hay altibajos de calidad entre los veintidós relatos, pero todos ellos tienen enjundia suficiente para merecer su lectura, fin no sencillo hasta la publicación de este volumen, pues las grandes obras de esos señeros escritores está fácilmente disponible, pero no los cuentos y relatos menores.
 Comienza el volumen con La prueba de amor, de Mary Shelley, la inmortal autora de Frankenstein o el moderno Prometeo. En este relato se presenta el clásico triángulo amoroso entre dos amigas y el prometido de la menor, que precisamente por ser muy joven es instada a esperar un año antes de tomar la decisión de casada. Durante ese año, el chico se enamorará de la amiga mayor, aunque se atendrá a su promesa al cumplimiento del periodo, casándose con ella. La amiga más madura no tendrá otra salida que el convento. Era la época...
 De Elizabeth Gaskell se presenta Por fin se hace justicia, en el que se denuncia la hipocresía moral de la época (tema muy recurrido en los cuentos de este tomo). Un matrimonio vive modestamente, él es médico, pero tiene un pasado familiar no apto para la estrecha moral dominante. Un sirviente roba dinero y, cuando es descubierto, amenaza con airear ese oscuro pasado y destruir la hasta entonces honorable reputación familiar.
 La mujer de Dennis Haggarthy, de Thackeray es más una historia de desamor, crueldad y maltrato femeninos. Un médico militar irlandés se enamora de una joven noble del mismo país. Ésta lo rechaza. Años después, el irlandés vuelve a interesarse por ella. Ahora todo ha cambiado: ella tuvo la viruela y quedó ciega e inválida; lo acepta y se casan. Más tarde, la mujer, los hijos y la suegra lo han echado de su casa y lo han desheredado.
 Del genial Dickens han publicado El auxiliar de la parroquia, un relato incluido originalmente en Los papeles de Pickwick. Un auxiliar de parroquia (anglicana, claro) pobre es utilizado por una joven para dar celos a su primo y así casarse con él. La inalcanzable calidad de Dickens convierte esta narración en una de las mejores del libro.
 La cueva de Malachi es de uno de mis autores favoritos, Anthony Trollope. En la costa de Cornualles vive una joven pobre que subsiste a base de vender algas a los campesinos para que las utilicen como abono. Su propia situación social le granjea el rechazo del resto de la sociedad local. Se enfrentará con un vecino, al que acabará salvando la vida y con el que se acabará casando, superando así todos esos prejuicios.
 ¿Quién mató a Zebedee?, de Wilkie Collins no es propiamente un cuento de amor, sino un "thriller" policiaco en el que un recién casado es asesinado. Eso sí, se matan por amor, más bien por desamor, por despecho.
 En El veto del hijo de Thomas Hardy, una viuda no puede casarse con el amor de juventud porque es un simple frutero. El hijo de la viuda (y de un clérigo ya fallecido) considera que sería una deshonra. Es, pues, una historia de desamor basado en los prejuicios clasistas de la época.
 En tan solo un día transcurre la acción del relato de Henry James, en el que hay tiempo de sobra para que una pareja se forme, aparentemente con toda la estabilidad del mundo, y se separe definitivamente horas después.
 Del autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson, la editorial nos presenta un inverosímil relato titulado La puerta del señor de Malétroit, en el que un caballero francés, entrando por una puerta abierta inopinadamente, acaba teniendo que optar entre ser ejecutado o casarse con la sobrina del señor de la casa.
 Oscar Wilde firma La esfinge del secreto, un delicioso relato brevísimo sobre una mujer que trata de hacer su vida interesante, aunque no tenga nada de ello. Es una simple esfinge del secreto, fingiendo...
 Del desconocido George Gissing se presenta El padre escrupuloso, en el que se detalla el inicio de una relación amorosa entre un joven decidido y una chica retraída, sobreprotegida por su padre.
 Han elegido Amy Forster de Joseph Conrad, en el que se narran las peripecias de dos criaturas marginales, una mujer simple pero de buena condición y un náufrago polaco que acaba en el sur de Inglaterra. Pero siendo un relato de Conrad, no podía tener su contenido aventurero, relatando la salida de las montañas del sur de Polonia, su embarque para América en Hamburgo y su naufragio frente a las costas inglesas en un ejercicio narrativo extraordinario. La pareja encontrará su acomodo en una sociedad que los desprecia.
 En La boda de John Charrington de Edith Nesbitt se presenta la boda sí o sí de un tipo que presume de cumplir siempre lo que dice, tanto que acabará casándose habiendo muerto, siendo un fantasma. Es este relato una narración muy "gótica", algo que se desarrolló plenamente en esta época victoriana.
 Conan Doyle presenta un exquisito relato humorístico en su El matrimonio del brigadier, en el que un húsar, pretencioso y arrogante, es derrotado y humillado por un toro bravo.
 De otro autor poco conocido, Henry Harland se presenta La flor del membrillo, un relato que más que de desamor, lo que narra es la no comunicación en el amor. Un hombre regresa a su país tras treinta años en el extranjero. Cuando le preguntan por qué se marchó, confiesa que estaba enamorado de una joven a la que nunca se atrevió a requerir de amores. Lo tristemente irónico es que esa joven se acabó suicidando porque, estando enamorada de ese mismo  hombre, nunca llegaron a sincerarse entre ellos.
 Del autor de La guerra de los mundos, H.G. Wells se expone El corazón de la señorita Winchelsea, en el que se critica a la estirada y biempensante sociedad victoriana en la persona de una joven profesora que se enamora de otro hombre pero al que rechaza porque tiene un apellido malsonante.
 El estatuto de las limitaciones, de Ernest Dowson es un cuento de la frustración por el paso del tiempo y las decisiones equivocadas. Una pareja de novios se separa porque él parte para Chile a hacer fortuna. A los quince años regresa, con la intención de casarse. Pero esos años no han pasado en balde, perdiendo ambos la pasión juvenil que los unió.
 Otro autor poco conocido, John Galsworthy expone Un asunto de otro tiempo, en la que un cincuentón rememora su primer beso furtivo, cuando era un adolescente, a su tía, veinte años mayor.
  De Charlotte Mew han incluido Algunas formas de amor, en el que se recrea el desamor y la enfermedad (y muerte, como quizá fue la vida de la autora).Una joven pide a su pretendiente que vuelva después de un año a pedir de nuevo su amor. El joven vuelve al año pero con otra relación a la que ha contado su obligación moral de volver a la pretendida. Cuando llega a ésta, ella le anuncia que está gravemente enferma, que va a morir. El joven persevera en su amor por la primera y ruega a la segunda que le espere tras la muerte de aquella.
 Corto y de baja calidad es el relato de Hubert Crackanthorpe, El cortejo de Anthony Garstin, en el que un imbécil corteja a una fulana que se acuesta con todos y, de hecho, ya está embarazada. La madre del tipo trata de abrirle los ojos. Ante su madre, el cornudo miente y asegura ser el padre de la criatura.
 Por último se lee La hija del tratante de caballos, de D.H. Lawrence, que presenta a una familia en la que los hijos, jóvenes adultos, se enfrentan a la ruina del negocio familiar. Una de las hijas, sin oficio ni  beneficio, trata de suicidarse, la salvará in extremis un joven médico, amigo de la familia. El pobre, no sabiendo qué hacer, acabará por prometerse con ella.
 Son, pues, casi veinte pequeñas joyas y algún bodrio. Lo curioso es que, al menos esta vez, no han tenido la precaución de esconder lo de peor calidad en el centro del libro; no hubieran podido hacerlo, toda vez que se ha respetado el orden cronológico de publicación.

sábado, 13 de junio de 2026

"El caracol en la pendiente", de los hermanos Strugatski.

  Quinta novela que leo de Arkadi y Borís Strugatski, genios de la ciencia ficción en la Unión Soviética. (Iba a escribir "genios de la ciencia ficción soviéticos", pero, leyendo esta novela, me queda claro que ellos habrían rechazado esa adscripción política o nacional). El caracol en la pendiente es una novela difícil, al menos para no iniciados, pero no iniciados en la ciencia ficción, sino iniciados en el mundo político y social, porque, para mí, es un alegato anticomunista y antisoviético. Eso sí, de forma muy sutil, con mil y un tapujos y disimulos para que la brutal censura soviética no lo prohibiera y acabara con los buenos de Arkadi y Borís en un remoto gulag siberiano. Porque El caracol en la pendiente fue publicada en la URSS en 1968, ya pasada la brutalidad del estalinismo (finiquitado en 1953) y en pleno revisionismo aperturista (dentro de lo que cabe) de la época de Leónidas Brezhnev. 
 Obviando la situación política y social (lo cual sería inapropiado) se argumenta que la novela es kafkiana, pues muestra una burocracia absurda y aplastante que oprime brutalmente a sus ciudadanos. Es decir, el comunismo puro y duro. Es difícil no recordar obras del genial checo como El castillo o El proceso, en las que el protagonista se enfrenta a una autoridad delirante como un  muro irracional incapaz de comprender, incapaz de apiadarse de los administrados. Es un sistema que tiene como fin el mantenimiento del sistema, nada más. No busca mejorar la vida de las personas bajo su mando, no busca el progreso, es pura maquinaria sosteniéndose a sí misma.
 El caracol en la pendiente tiene dos líneas argumentales que nunca llegan a cruzarse. Por un lado está la historia de Perets, un lingüista que vive en la ciudad y ansía llegar al bosque; pero la poderosa Administración no le deja abandonar sus tareas con excusas ridículas y absurdas. Por el otro está el relato de Kandid, un investigador que vive en el bosque y quiere llegar a la ciudad; pero, igualmente, todo le impide salir del bosque. Las situaciones son asfixiantemente absurdas, pues la simple y frecuentemente expuesta determinación de ambos para salir de sus respectivos lugares choca con pretextos sin fundamento o imposibilidades físicas. ¡Puro Kafka!
 Ciertamente, al igual que con las novelas del autor praguense, la sensación desasosiego, de alienación, de extrema pequeñez del individuo frente a la maquinaria estatal marca la novela de principio a fin con situaciones "pesadillescas".
 Pero es al final de la misma cuando se aprecia más claro la evidente relación entre la sociedad política en la que tuvieron que sobrevivir los hermanos Strugatski: Perets y Kandid, aparentes víctimas del sistema son, en realidad, dirigentes del mismo. Perets es un alto directivo, con multitud de secuaces a sus órdenes, con un regio despacho y posibilidad de amargar la vida de cualquiera con una simple orden. Kandid, que parecía ser un tipo perdido al que ayudan las personas cercanas es, a fin de cuentas, otro gerifalte del sistema, capaz de cualquier tropelía contra sus semejantes. Tal y como se plantea, se insinúa que el bosque es la dirección política de la sociedad, el politburó en el caso soviético. Por otro lado, la ciudad representaría al conjunto social del país. Eso explicaría que tantos ciudadanos quisieran llegar al bosque, pero éste fuera inalcanzable, que no tuviera relación ninguna con la ciudad, es decir que los dirigentes vivieran en un mundo aparte del resto.
 Lo anterior, claro está, es mi propia interpretación, aunque por lo que he leído en otros blogs no difiere de la opinión generalizada de los lectores con sentido crítico.
 En fin, una novela compleja, quizá un tanto pasada de moda en cuanto la brutalidad soviética desapareció, aunque, ya se sabe, el ser humano es capaz de tropezar en la misma piedra una y otra vez.

jueves, 11 de junio de 2026

"La calavera de Atahualpa y otros relatos", de Emilio Carrere.

 Y continúo con Carrere (más bien, termino, pues queda muy poquito más publicado), con otra edición de Valdemar (gracias, sean dadas a dicha editorial por recuperar al escritor madrileño, injustamente olvidado). Ahora es una novela breve, La calavera de Atahualpa, protagonizada por el impagable Sindulfo del Arco, personaje a medio camino entre el Barón de Munchausen, el marqués de Bradomín y Groucho Marx. Desgraciadamente, ya lo expliqué en otra entrada, en nuestro país siempre se despreció la narrativa humorística, más en aquel cambio de siglo y principios del XX, en la que el Realismo era el subgénero narrativo aplastantemente de moda. Si Carrere hubiera nacido en la pérfida Albión o al menos un siglo más tarde hubiera tenido un merecidísimo éxito tanto de crítica como, sobre todo, de público. Porque Emilio Carrere era un genio de la narración irónica, sarcástica y humorística en general, tan necesaria para una sociedad que quiere mantener su salud mental; además, como decía antes, era un excelente creador de personajes picarescos, vividores con mucha cara y pocas ganas de sudar, capaces de ordeñar hasta el extremo a la vaca de la vida... Es decir, personajes a imitar en la vida real.
 Sindulfo del Arco es un supuesto arqueólogo (autoproclamado) que asegura haber encontrado la famosa calavera del último Inca, Atahualpa. Con ese hallazgo tan improbable pretende ingresar como miembro en la exclusiva (e inexistente) Academia de las Ciencias Tradicionales y Anticuarias. Más difícil es conseguirlo cuando comprueban que la calavera de Atahualpa es, en realidad, la de un asno. Pero Sindulfo, todo coraje y caradurismo, no se arredra un ápice, cambiando de aventura para descubrir los misteriosos pasadizos subterráneos secretos del antiguo Madrid de los Austrias, tal vez, por qué no, excavados por antiguos gnomos o enanos, o quizá por judíos o moriscos. Nuestro descacharrante héroe está tan seguro de ello, que no duda en asegurar que hay un pozo que tiene más de 400 metros de profundidad (¡ojo, 400 metros bajo el nivel del mar! ¡En Madrid!). Naturalmente, la desquiciante aventura sin sentido también acaba mal (en cierto sentido), pues Sindulfo no pasa de un sótano a pie de calle en el que queda atrapado. Pero desde el ventanuco que da a la calle llama a los viandantes que consiguen rescatarlo. La peripecia acaba convirtiendo al arqueólogo en una celebridad y garantiza su ingreso en la famosa Academia de las Ciencias Tradicionales y Anticuarias. Pero las correrías de Sindulfo del Arco no acaban ahí: inicia una expedición cinegética en El Escorial, queriendo cazar una gran fiera (pues con anterioridad había asegurado haber cazado leopardos en África). Y como la suerte favorece a los valientes, Sindulfo caza un oso. Sí, un oso en El Escorial. Irrelevante es que el animal en cuestión fuera una osa amaestrada propiedad de unos cíngaros, que, con un circo, están por la zona. Sindulfo compra al gitano el animal (a un precio muy superior del que debiera, claro) y lo lleva a Madrid, no sin antes anunciar por telegrama que lleva una osa que se llama Cleopatra. En la Academia de Ciencias Tradicionales y Anticuarias trastocan el telegrama, interpretando que lo que lleva es la momia de Cleopatra, encontrada en El Escorial. La narración acaba con una delirante cena en honor de Sindulfo del Arco en la famosa academia, donde no se demuestra que en tan insigne institución no hay nadie totalmente cuerdo.
 He disfrutado horrores leyendo esta novela breve de Carrere. Está muy bien pergeñada, el humor tiene una calidad altísima. Por momentos pensé que si el autor hubiera sido más prolífico podría haber creado varias aventuras más protagonizadas por el fabuloso Sindulfo. Podría incluso haber creado una serie de novelas con ese esperpento delicioso.
 El volumen de Valdemar está completado con tres relatos más, de peor calidad que el anterior, aunque se aprecie el humor descacharrante de Carrere en cada párrafo. Rata de hotel es el relato de un ladrón de guante blanco, que roba a los huéspedes de un hotel abulense. Es una narración con el humor sarcástico de La calavera de Atahualpa, pero no alcanza su alto nivel literario. La última noche del capitán Martín Ávila es un relato de aventuras más al estilo de Julio Verne, ambientado en la conquista del Perú, con personajes reales como Pizarro o Hernando de Soto. Igualmente, le falta el mordiente de la primera narración. La conquista de Madrid es más una tragicomedia costumbrista del Madrid castizo, con paletos que fracasan en sus ambiciones de obtener fama y fortuna en la capital y acaban enredándose en asuntos de infidelidades.

domingo, 7 de junio de 2026

"Historia de Tönle", de Mario Rigoni Stern.

  Segunda novela que leo de Rigoni Stern, un autor con una producción intermedia en cuanto a cantidad, pero cuyas obras más conocidas se pueden contar con los dedos de una mano. Y releyendo la entrada que publiqué hace ya cuatro años largos coincido en las conclusiones principales: la sutil condición antibélica de la novela de Rigoni, que no llega en ningún momento a afirmar abiertamente la maldad de la guerra, pero que muestra al lector inteligente cómo la guerra destruye todo lo bueno del ser humano, sea individual o colectivo. Otro tema repetido en Rigoni es la labilidad de la identidad colectiva o nacional, como suele ocurrir en personas que viven en zonas fronterizas, regiones que se han visto históricamente influenciadas por dos o más nacionalidades. Mario Rigoni nació en Asiago, Vicenza, donde viviría prácticamente toda su vida, y precisamente esa región, el Véneto, fue fronteriza entre Italia y Austria durante el principio del siglo pasado. Como es frecuente en las regiones colindantes entre dos Estados, se hablan las dos lenguas nacionales, además de un dialecto propio.
 Historia de Tönle es la narración de la vida, casi completa de Tönle Bintarn, un campesino analfabeto del Trentino (hoy incluido en la región italiana Trentino-Alto Adigio, pero que antes de la Primera Guerra Mundial formaba parte de Austria) desde su juventud hasta su muerte. el tal Tönle, nacido en un hermoso paisaje montañoso pero pobre, ha de ganarse el pan con el contrabando de distintos bienes de uno al otro lado de la frontera. En uno de esos viajes es sorprendido por la pareja de carabinieri. Tönle consigue escapar pero hiriendo con su cayado a uno de los uniformados; como consecuencia, tiene que huir a la montaña, esa montaña que conoce tan bien. Será juzgado en ausencia y condenado a cuatro años de reclusión por contrabando y atentado a la autoridad. Así que Bintarn no puede volver a su casa y acompañará a un vendedor ambulante de grabados por media Europa. 
 La mayor parte de la novela está ambientada temporalmente en la Primera Guerra Mundial, que tan intensa fue en el Trentino. Tönle, por supuesto, no tiene nada que ver con los altos intereses geopolíticos de las dos potencias litigantes. Él es un simple campesino que quiere cuidar de sus ovejas y su familia, no le interesa ni el italiano ni el alemán, pues, aun hablando las dos lenguas, el se expresa en su propio dialecto. Pero sobre todo es el cambio de las fronteras lo que él no entiende, pues él las traspasa normalmente y es consciente de que la naturaleza no tiene fronteras, él que está inmerso en el mundo natural. Para glosar esto copiaré un fragmento que lo aclara perfectamente: Además, de qué valían esas fronteras que había para ellos si los aeroplanos las podían cruzar sin más? Y si en el aire no había fronteras, ¿por qué tenía que haberlas en la tierra? En ese "ellos" incluía a todos los que consideraban las fronteras como algo concreto y sagrado. Pero para él y los que eran como él, no tan pocos como podría suponerse, sino la mayoría de los hombres, las fronteras no habían existido nunca sino como guardias a los que había que pagar o gendarmes que esquivar. En una palabra, si el aire era libre y también lo era el agua, también debía ser libre la tierra.
 En cualquier caso, Tönle acabará siendo detenido por tropas austriacas (lo podía haber sido igualmente por los italianos), a los que no gusta que un simple paisano analfabeto hable perfectamente alemán e italiano además de su propio dialecto. Todo muy sospechoso, probablemente sea un espía. Así, Bintarn pasará años en una y otra prisión hasta que sea finalmente liberado, siendo ya un anciano al que no le falta más que morir. Pero antes podrá volver a su pueblo, que ha sido arrasado por las bombas.
  Es, pues, un relato antibelicista, no de forma evidente, pero el lector sensible y sensato percibe la sinrazón de la guerra, que todo lo destruye.
 Desde el punto de vista formal, la prosa de Rigoni no tiene nada de artificiosa o enrevesada, todo lo contrario, es una prosa sencilla, directa, casi periodística, que facilita la transmisión de ese mensaje pacifista tan evidente por el contraste entre el sereno mundo de la naturaleza y el agitado mundo de los hombres.

Inciso musical: decimoséptimo concierto de abono de la temporada 26--27 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Dvorák y Haydn.

  Penúltimo concierto de la temporada. La OSCyL estuvo ayer dirigida por Thierry Fischer, director titular de nuestra amada orquesta. El concierto de anoche fue un mano a mano entre dos gigantes de la música culta, un barroco y un romántico: Joseph Haydn y Antonín Dvorák. 
 Si existiera la amable persona que siguiera con interés este humilde blog, sabrá que comento el afán, comprensible por otro lado, de los programadores de conciertos para que éstos sean contrastantes. Se espera así, supongo, adular los más variados gustos del público, además de ofrecer un rango lo más amplio posible dentro de la ya inabarcable amplitud de la música culta. Muy loable objetivo, que alcanzan con frecuencia. Pero el concierto de anoche llevó esto del contraste a cotas nunca antes conocidas, ya que, en la segunda parte, se llegó a intercalar Danzas eslavas de Dvorák con los movimientos de la Sinfonía nº 8  de Haydn. Sí, sí, así como lo leen: se tocaron esas danzas y los movimientos de la sinfonía como si fuera una obra única, sin apenas descanso y sin permitir, claro, aplausos. ¿El resultado? Ahora lo desarrollo, pero para quien esto escribe, tras la sorpresa inicial, fue francamente positivo, sorprendente pero positivo.
 Pero antes de eso, en la primera mitad, la OSCyL "calentó motores" con La paloma del bosque, op. 110 del compositor posromántico nacido en Praga. Es esta composición un poema orquestal muy cercano, en su concepción, a un poema sinfónico, en cuanto que está inspirado por una obra literaria a la que trata de emular, cambiando las palabras por notas musicales. Concretamente, se basa en el poema homónimo del poeta checo Karel Jaromír Erben, dramático hasta la saciedad, pues describe la historia de una mujer que envenenó a su marido para poder disfrutar con el amante, pero una paloma se posará en la tumba del marido asesinado cantando una triste canción. La asesina desarrollará un profundo sentimiento de culpa y acabará suicidándose. En fin... La composición de Dvorák capta ese dramatismo con frases musicales llevadas por la cuerda que anticipan el terrible fin y castigo que tendrá la homicida. La OSCyL, una vez más, de sobresaliente.
 A continuación, la orquesta da un salto hacia atrás en el tiempo de más de ciento treinta años para interpretar el Concierto para violonchelo nº 1 en do mayor de Joseph Haydn, con la participación estelar del violonchelista madrileño, Pablo Ferrández. Y aquí, ya, el contraste se hizo notar de forma extrema: De la voluptuosidad arrebatada (aunque trágica) de la obra de Dvorák, a la belleza inalterable de Haydn. Dicho de otro modo, de la vehemencia posromántica al equilibrio melódico del Barroco. Porque la genialidad de Joseph Haydn, padre de la sinfonía, con más de cien espléndidas sinfonías en su haber, muestra una belleza en la que la tragedia no tiene lugar. Uno se reconcilia con la vida al escuchar las composiciones de Haydn. En su desarrollo no hay altisonancias o efectos contrastantes. Es como si te dijeran que no habrá más problemas en la vida, o, al menos, que esos problemas se podrán sobrellevar sin dificultad. Por otro lado, como es habitual en el compositor vienés, se exige gran maestría del solista, algo para lo que el talentosísimo Pablo Ferrández cumple sobradamente. El Concierto para violonchelo nº 1 está estructurado en tres movimientos, Moderato, Adagio y Finale, y en los dos primeros, las cadencias (los acordes últimos de cada movimiento) no son originales de Haydn, sino de compositores anónimos, lo cual permite la digresión musical de virtuosos como Ferrández. Después, como bis, Pablo Ferrández nos regaló una de las obras más frecuentemente interpretadas como solo por los chelistas: el archiconocido Preludio de la Suite nº 1 de Bach. El público del auditorio, naturalmente, se deshizo en aplausos.
 Y, como anticipaba, después del descanso llegó el ejemplo máximo de la programación contrastante: la alternancia entre Danzas eslavas de Dvorák  la Sinfonía nº 8 de Haydn. Y, como también adelantaba, al menos para mí, tras la sorpresa inicial llega la aprobación. Sin embargo, sí he podido leer y escuchar en compañeros y conocidos del público el rechazo a este "invento", decía uno, "experimento", decía otro. Y, hasta cierto punto, no les falta razón, pues es indudable que es muy infrecuente "trocear" una obra como la sinfonía de Haydn en sus movimientos y alternarlos con otras obras, encima tan dispares como las posrománticas Danzas eslavas de Dvorák. Es una osadía, no cabe duda. Pero también es cierto que si los distintos compositores no se hubieran atrevido a romper las formas dominantes en cada periodo, no se hubiera desarrollado ni un solo estilo musical. Poniendo un ejemplo irrebatible: Beethoven fue un rompedor temible en su época, si no hubiera sido por su sordera y su carácter huraño e indiferente a los halagos de crítica y público (además de su genialidad, obviamente) no hubiera evolucionado hasta encontrar un estilo musical único y excelso, no hubiera compuesto, por ejemplo, su Novena sinfonía (que, por cierto, se interpretará en el último concierto de abono de esta temporada). Así que, a todos esos puristas indignados, habrá que recordar que en la experimentación está el avance, el progreso, por mucho que nos cueste aceptarlo de primeras. 
 Bien, volviendo al concierto de ayer, el contraste extremo entre Dvorák y Haydn también afectaba a la orquesta, claro, que tenía dos configuraciones a la vez, digamos, ya que para las Danzas eslavas se trataba de una orquesta sinfónica al completo, con más de setenta músicos, gran desarrollo de la percusión y el viento-metal, mientras que lara la Sinfonía nº 8 se reducía a la orquesta barroco, de poco más de treinta músicos, principalmente de cuerda. En fin, tal vez un experimento, sí, pero, por lo que a mí respecta, bienvenido, ya que nos abre un camino a la reflexión sobre la enorme variedad de estilos dentro de la música culta, función formativa de esta música, pues, que no sólo es para gozar de su sublime calidad.
 Y así terminó el penúltimo concierto de la temporada 25-26, entre sorpresas y sentimientos de aprobación o de repulsa, por tanto favoreciendo que cada uno desarrolle su criterio, algo que, desgraciadamente, escasea en nuestra sociedad.