domingo, 7 de junio de 2026

"Historia de Tönle", de Mario Rigoni Stern.

  Segunda novela que leo de Rigoni Stern, un autor con una producción intermedia en cuanto a cantidad, pero cuyas obras más conocidas se pueden contar con los dedos de una mano. Y releyendo la entrada que publiqué hace ya cuatro años largos coincido en las conclusiones principales: la sutil condición antibélica de la novela de Rigoni, que no llega en ningún momento a afirmar abiertamente la maldad de la guerra, pero que muestra al lector inteligente cómo la guerra destruye todo lo bueno del ser humano, sea individual o colectivo. Otro tema repetido en Rigoni es la labilidad de la identidad colectiva o nacional, como suele ocurrir en personas que viven en zonas fronterizas, regiones que se han visto históricamente influenciadas por dos o más nacionalidades. Mario Rigoni nació en Asiago, Vicenza, donde viviría prácticamente toda su vida, y precisamente esa región, el Véneto, fue fronteriza entre Italia y Austria durante el principio del siglo pasado. Como es frecuente en las regiones colindantes entre dos Estados, se hablan las dos lenguas nacionales, además de un dialecto propio.
 Historia de Tönle es la narración de la vida, casi completa de Tönle Bintarn, un campesino analfabeto del Trentino (hoy incluido en la región italiana Trentino-Alto Adigio, pero que antes de la Primera Guerra Mundial formaba parte de Austria) desde su juventud hasta su muerte. el tal Tönle, nacido en un hermoso paisaje montañoso pero pobre, ha de ganarse el pan con el contrabando de distintos bienes de uno al otro lado de la frontera. En uno de esos viajes es sorprendido por la pareja de carabinieri. Tönle consigue escapar pero hiriendo con su cayado a uno de los uniformados; como consecuencia, tiene que huir a la montaña, esa montaña que conoce tan bien. Será juzgado en ausencia y condenado a cuatro años de reclusión por contrabando y atentado a la autoridad. Así que Bintarn no puede volver a su casa y acompañará a un vendedor ambulante de grabados por media Europa. 
 La mayor parte de la novela está ambientada temporalmente en la Primera Guerra Mundial, que tan intensa fue en el Trentino. Tönle, por supuesto, no tiene nada que ver con los altos intereses geopolíticos de las dos potencias litigantes. Él es un simple campesino que quiere cuidar de sus ovejas y su familia, no le interesa ni el italiano ni el alemán, pues, aun hablando las dos lenguas, el se expresa en su propio dialecto. Pero sobre todo es el cambio de las fronteras lo que él no entiende, pues él las traspasa normalmente y es consciente de que la naturaleza no tiene fronteras, él que está inmerso en el mundo natural. Para glosar esto copiaré un fragmento que lo aclara perfectamente: Además, de qué valían esas fronteras que había para ellos si los aeroplanos las podían cruzar sin más? Y si en el aire no había fronteras, ¿por qué tenía que haberlas en la tierra? En ese "ellos" incluía a todos los que consideraban las fronteras como algo concreto y sagrado. Pero para él y los que eran como él, no tan pocos como podría suponerse, sino la mayoría de los hombres, las fronteras no habían existido nunca sino como guardias a los que había que pagar o gendarmes que esquivar. En una palabra, si el aire era libre y también lo era el agua, también debía ser libre la tierra.
 En cualquier caso, Tönle acabará siendo detenido por tropas austriacas (lo podía haber sido igualmente por los italianos), a los que no gusta que un simple paisano analfabeto hable perfectamente alemán e italiano además de su propio dialecto. Todo muy sospechoso, probablemente sea un espía. Así, Bintarn pasará años en una y otra prisión hasta que sea finalmente liberado, siendo ya un anciano al que no le falta más que morir. Pero antes podrá volver a su pueblo, que ha sido arrasado por las bombas.
  Es, pues, un relato antibelicista, no de forma evidente, pero el lector sensible y sensato percibe la sinrazón de la guerra, que todo lo destruye.
 Desde el punto de vista formal, la prosa de Rigoni no tiene nada de artificiosa o enrevesada, todo lo contrario, es una prosa sencilla, directa, casi periodística, que facilita la transmisión de ese mensaje pacifista tan evidente por el contraste entre el sereno mundo de la naturaleza y el agitado mundo de los hombres.

Inciso musical: decimoséptimo concierto de abono de la temporada 26--27 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Dvorák y Haydn.

  Penúltimo concierto de la temporada. La OSCyL estuvo ayer dirigida por Thierry Fischer, director titular de nuestra amada orquesta. El concierto de anoche fue un mano a mano entre dos gigantes de la música culta, un barroco y un romántico: Joseph Haydn y Antonín Dvorák. 
 Si existiera la amable persona que siguiera con interés este humilde blog, sabrá que comento el afán, comprensible por otro lado, de los programadores de conciertos para que éstos sean contrastantes. Se espera así, supongo, adular los más variados gustos del público, además de ofrecer un rango lo más amplio posible dentro de la ya inabarcable amplitud de la música culta. Muy loable objetivo, que alcanzan con frecuencia. Pero el concierto de anoche llevó esto del contraste a cotas nunca antes conocidas, ya que, en la segunda parte, se llegó a intercalar Danzas eslavas de Dvorák con los movimientos de la Sinfonía nº 8  de Haydn. Sí, sí, así como lo leen: se tocaron esas danzas y los movimientos de la sinfonía como si fuera una obra única, sin apenas descanso y sin permitir, claro, aplausos. ¿El resultado? Ahora lo desarrollo, pero para quien esto escribe, tras la sorpresa inicial, fue francamente positivo, sorprendente pero positivo.
 Pero antes de eso, en la primera mitad, la OSCyL "calentó motores" con La paloma del bosque, op. 110 del compositor posromántico nacido en Praga. Es esta composición un poema orquestal muy cercano, en su concepción, a un poema sinfónico, en cuanto que está inspirado por una obra literaria a la que trata de emular, cambiando las palabras por notas musicales. Concretamente, se basa en el poema homónimo del poeta checo Karel Jaromír Erben, dramático hasta la saciedad, pues describe la historia de una mujer que envenenó a su marido para poder disfrutar con el amante, pero una paloma se posará en la tumba del marido asesinado cantando una triste canción. La asesina desarrollará un profundo sentimiento de culpa y acabará suicidándose. En fin... La composición de Dvorák capta ese dramatismo con frases musicales llevadas por la cuerda que anticipan el terrible fin y castigo que tendrá la homicida. La OSCyL, una vez más, de sobresaliente.
 A continuación, la orquesta da un salto hacia atrás en el tiempo de más de ciento treinta años para interpretar el Concierto para violonchelo nº 1 en do mayor de Joseph Haydn, con la participación estelar del violonchelista madrileño, Pablo Ferrández. Y aquí, ya, el contraste se hizo notar de forma extrema: De la voluptuosidad arrebatada (aunque trágica) de la obra de Dvorák, a la belleza inalterable de Haydn. Dicho de otro modo, de la vehemencia posromántica al equilibrio melódico del Barroco. Porque la genialidad de Joseph Haydn, padre de la sinfonía, con más de cien espléndidas sinfonías en su haber, muestra una belleza en la que la tragedia no tiene lugar. Uno se reconcilia con la vida al escuchar las composiciones de Haydn. En su desarrollo no hay altisonancias o efectos contrastantes. Es como si te dijeran que no habrá más problemas en la vida, o, al menos, que esos problemas se podrán sobrellevar sin dificultad. Por otro lado, como es habitual en el compositor vienés, se exige gran maestría del solista, algo para lo que el talentosísimo Pablo Ferrández cumple sobradamente. El Concierto para violonchelo nº 1 está estructurado en tres movimientos, Moderato, Adagio y Finale, y en los dos primeros, las cadencias (los acordes últimos de cada movimiento) no son originales de Haydn, sino de compositores anónimos, lo cual permite la digresión musical de virtuosos como Ferrández. Después, como bis, Pablo Ferrández nos regaló una de las obras más frecuentemente interpretadas como solo por los chelistas: el archiconocido Preludio de la Suite nº 1 de Bach. El público del auditorio, naturalmente, se deshizo en aplausos.
 Y, como anticipaba, después del descanso llegó el ejemplo máximo de la programación contrastante: la alternancia entre Danzas eslavas de Dvorák  la Sinfonía nº 8 de Haydn. Y, como también adelantaba, al menos para mí, tras la sorpresa inicial llega la aprobación. Sin embargo, sí he podido leer y escuchar en compañeros y conocidos del público el rechazo a este "invento", decía uno, "experimento", decía otro. Y, hasta cierto punto, no les falta razón, pues es indudable que es muy infrecuente "trocear" una obra como la sinfonía de Haydn en sus movimientos y alternarlos con otras obras, encima tan dispares como las posrománticas Danzas eslavas de Dvorák. Es una osadía, no cabe duda. Pero también es cierto que si los distintos compositores no se hubieran atrevido a romper las formas dominantes en cada periodo, no se hubiera desarrollado ni un solo estilo musical. Poniendo un ejemplo irrebatible: Beethoven fue un rompedor temible en su época, si no hubiera sido por su sordera y su carácter huraño e indiferente a los halagos de crítica y público (además de su genialidad, obviamente) no hubiera evolucionado hasta encontrar un estilo musical único y excelso, no hubiera compuesto, por ejemplo, su Novena sinfonía (que, por cierto, se interpretará en el último concierto de abono de esta temporada). Así que, a todos esos puristas indignados, habrá que recordar que en la experimentación está el avance, el progreso, por mucho que nos cueste aceptarlo de primeras. 
 Bien, volviendo al concierto de ayer, el contraste extremo entre Dvorák y Haydn también afectaba a la orquesta, claro, que tenía dos configuraciones a la vez, digamos, ya que para las Danzas eslavas se trataba de una orquesta sinfónica al completo, con más de setenta músicos, gran desarrollo de la percusión y el viento-metal, mientras que lara la Sinfonía nº 8 se reducía a la orquesta barroco, de poco más de treinta músicos, principalmente de cuerda. En fin, tal vez un experimento, sí, pero, por lo que a mí respecta, bienvenido, ya que nos abre un camino a la reflexión sobre la enorme variedad de estilos dentro de la música culta, función formativa de esta música, pues, que no sólo es para gozar de su sublime calidad.
 Y así terminó el penúltimo concierto de la temporada 25-26, entre sorpresas y sentimientos de aprobación o de repulsa, por tanto favoreciendo que cada uno desarrolle su criterio, algo que, desgraciadamente, escasea en nuestra sociedad.

viernes, 5 de junio de 2026

"El marqués de Bolíbar", de Leo Perutz.

  Siempre que acabo de leer una novela de Perutz tengo unas sensaciones contradictorias de euforia e incredulidad. Euforia por descubrir la capacidad de Perutz para combinar novela histórica con la ficción más inverosímil; incredulidad por la dificultad para acabar de comprender la intención última del escritor praguense en el dédalo de argumentos y temas. 
 El marqués de Bolíbar (sí, las dos con "b", no sé si por afán de diferenciarlo o por puro error) está ambientada en la Guerra de Independencia española, en la ficticia localidad asturiana de La Bisbal, donde un grupo de oficiales alemanes, al servicio de Napoleón, tratan de sofocar la rebelión y atrapar al supuesto líder de la misma, el marqués de Bolíbar. La novela resulta la lectura del diario de uno de esos oficiales, un tal Eduard von Jochberg, muerto recientemente. 
 Pero lo más asombroso de Perutz, como siempre, son los sorprendentes giros argumentales al combinar una narración histórica, sin aparente elementos fuera de natura con aspectos mágicos, fantásticos, totalmente ajenos a la ley natural. El efecto final, como digo, es asombroso.
 En esa localidad asturiana, los oficiales tratan de atrapar al famoso marqués para desactivar la rebelión local, pero lo que no saben es que dicho noble fue asesinado por ellos mismos en el principio, cuando fusilan a un arriero, que, en realidad, era el marqués. Sólo Jochberg se dará cuenta. Los oficiales, todos jóvenes rondando los veinte años, fanfarronean durante toda la novela con supuestas aventuras amorosas con la mujer del coronel, Françoise-Marie, fallecida poco antes, y con "la Monjita", hija de un hidalgo empobrecido. Mención aparte supone el capitán Salignac, personaje extraño donde los haya, pues, aparentemente, no puede morir. Tanto es así, que uno de los alemanes, el cabo Thiele, acaba por identificarlo con el judío errante. Como ese personaje legendario, Salignac no podría morir hasta la Parusía, por lo que su temerario arrojo bélico estaría justificado, apareciendo siglo tras siglo donde se producen graves tragedias. En un momento dado, Salignac llega a rezar al Diablo, anticipando la llegada del Anticristo. Ese personaje es, digamos, un añadido de Perutz, una inclusión fantástica más en una narración por momentos delirantes.
 En la propia actitud desenfrenada de los oficiales alemanes se presiente el desastre al que están atraídos irremediablemente. Así, en la batalla final todos irán cayendo, uno tras otro, bajo las balas y armas blancas de los españoles. Pero el giro argumental del final de la novela es el que deja al lector sin aliento: el joven oficial Jochberg, que todo había narrado, acaba resultando ser el marqués de Bolíbar. A pesar de su incredulidad, se ha convertido (lo puede ver en un espejo) en el propio noble español, un anciano en las últimas etapas de la vida. Y es que, sin darse cuenta, Jochberg-Bolíbar ha ido llevando a todos y cada uno de sus camaradas a la muerte; ha sido por tanto el líder de la revolución hispana. Esa revelación deja, ya digo, un regusto sorprendente que deja al lector en un estupor de admiración por la creatividad de Perutz.
 No es una novela de fácil lectura. De hecho, es de las que obliga a pensar y repensar el argumento una y otra vez hasta comprender la intención del autor, algo frecuente no sólo en Perutz sino también en su contemporáneo y amigo Alexander Lernet-Holenia, que utiliza todos los recursos a su alcance para romper la línea temporal, forzando al lector a un esfuerzo intelectual que ya está en desuso en la bazofia que son los escritores de los últimos decenios. No es de extrañar que Borges tuviera a Perutz por uno de sus maestros.

jueves, 4 de junio de 2026

Feria del libro (Forges)

 

Imagen tomada de la web www.julianmarquina.es

Corpus Christi

 

Waldmüller, Ferdinand George. (1857). The morning of the Feast of Corpus Christi, [Óleo sobre lienzo]. Galería Belevedere, Viena.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

domingo, 31 de mayo de 2026

"Intentos de sacarle algo a la vida. El diario de Hendrik Groen, de 83 años y cuarto."

  De cuando en cuando busco narrativa contemporánea de humor. Debe ser una reacción a vivir en el mundo de hoy (y, probablemente, el de siempre). Son novelas sin grandes aspiraciones, ni en el argumento, los temas o incluso la forma; novelillas para ir tirando, vamos. De los autores que más me han gustado recientemente en este tipo de narrativa sin pretensiones más que la de entretener está el sueco Jonas Jonasson, autor de la aclamada novela El abuelo que saltó por la ventana y se largó, que narra en retrospectiva y en primera persona la vida de Allan Karlsson, un centenario sueco que decide escapar de la residencia geriátrica en la que vive y recorrer un poco de mundo, a la vez que cuenta su brillante y estrambótico pasado que lo llevó a conocer a grandes figuras políticas como Franco, Stalin, Truman o Churchill. Todo, claro está entre humoradas, ya que el propio Karlsson es un tanto disminuido en el plano intelectual. Pero el viejecillo se hace querer por su ingenuidad, su gran corazón y su facilidad para complicarse la vida a los más altos niveles. No es una gran novela, pero sí está muy bien armada y merece la pena echar unas cuantas horas en ella. El propio Jonasson, estimulado por el gran éxito de público y crítica, continuó con ese tipo de narrativa facilona pero estimulante con cinco novelas más (al menos que se hayan traducido al español); las otras cinco son bastante más flojas que la primera, pero, con todo, también merecen la pena. Pues eso, que buscando por el maremágnum de internet si este autor sueco había sacado otra novela me encontré con otro autor, esta vez neerlandés, al que la crítica comparaba con Jonasson. La novela era esta:
 De hecho, en la contraportada de esta novela se apunta: "Una poderosa combinación entre El abuelo que saltó por la ventana y se largó y Alguien voló sobre el nido del cuco. ¡Maravilloso!". Y, sí, pensándolo bien no está mal traída esa comparación. Con todo, aunque en el argumento y los temas tratados haya semejanza, este diario ficticio es de muchísima peor calidad que las obras de Jonasson. No tiene ni ese humor irónico y estrambótico del sueco ni sus imaginativos giros argumentales. No quiero ser injusto con el autor holandés (quien, por cierto, no es Hendrik Groen, claro, sino el periodistas Peter de Smet), su libro tiene un humor entrañable, pone sobre la mesa la terrible problemática que se cierne sobre Europa (el envejecimiento irreversible de su población) pero con gracejo.
 Intentos de sacarle algo a la vida es el diario durante justo un año (del 1 de enero al 31 de diciembre de 2013) de un octogenario holandés, Hendrik Groen, residente en un geriátrico al norte de Ámsterdam. Aparte de las sempiternas quejas, los dolores, los pañales, las disputas... también se comenta la actualidad política y económica internacional del momento, bajo el prisma un tanto deteriorado de los internos, que comprenden a medias y para los que, lógicamente, "en su época no pasaban esas cosas". Groen, al igual que el Karlsson de Jonasson, disfruta de un sentido del humor irónico, también es bienintecionado e ingenuo. Cualquiera que haya tratado con ancianos entiende las mil y una situaciones descacharrantes y absurdas que se dan en la residencia. Vamos, que según va uno leyendo se le pone una sonrisa en la cara (muchas veces, por otro lado, reír por no llorar). Es pues, un humor sencillo pero efectivo, muy inofensivo, pero entrañable a la vez. Tan entrañable es, que muchos pensarán: ojalá todos los ancianos fueran tan majos, chistosos, comprensivos y altruista como Hendrik Groen, ¡cuántos carcamales insoportables habremos conocido!
 La novela, eso sí, acaba de forma un tanto trágica, con la muerte por Alzhéimer de una residente, amiga íntima de Groen. En ese sentido, el autor no ha querido endulzar el fin evidente de todos los residentes del geriátrico. Sólo las salidas absurdas y cómicas sacan una sonrisa al lector, el trasfondo sigue siendo dramático.
 En conclusión: no es Jonasson, ni mucho menos, pero se entiende que esta pequeña novela en forma de diario haya sido un best seller en Países Bajos. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Quincuagésimo novena edición de la Feria del Libro de Valladolid.

Imagen tomada del sitio www.ferialibrovalladolid.es
 Otra edición, la número cincuenta y nueve, de la Feria del Libro de Valladolid, una excelente oportunidad para que las librerías y algunas editoriales públicas y privadas de la ciudad y la región (en total suman unas cincuenta casetas) presenten su oferta literaria a la ciudadanía. En un entorno tan privilegiado como la Plaza Mayor, desde el 29 de mayo hasta el 7 de junio, todos los ciudadanos y visitantes tenemos el placer de deambular libre y despaciosamente por entre los libros, un verdadero gozo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

"El mar del color del vino", de Leonardo Sciascia.

  En este pequeño volumen se recopilan trece relatos que Leonardo Sciascia escribió entre 1959 y 1972. No se aprecia gran disparidad entre ellos a pesar de los trece años de diferencia; las líneas maestras de su construcción permanecen: el realismo como forma ineludible de plasmar la sociedad; la "sicilianidad" de todos sus temas, pero especialmente del poder, la corrupción y la mafia; las formas, por otro lado, a pesar de ser el autor periodista, son barrocas hasta el preciosismo, aunque no cansa ni parece especialmente atildado. Es, simplemente, un autor con afán de perfección formal sin merma de agudeza en la crítica social. Cabría decir, aun a riesgo de ir demasiado lejos sin haber conocido personalmente al autor y parafraseando a Unamuno aunque cambiando la localización geográfica, que Sciascia amaba a Sicilia porque no le gustaba. Porque no cabe duda de la acerba crítica que el escritor vierte sobre esa sociedad cainita, tribal, violenta y que miraba hacia otro lado (¡cuántas veces se explicita la omertà!). No está en absoluto carente de amor y admiración, como a esa patria a la que, desgraciadamente, se pertenece, que lo marca a uno aunque no quiera y que, en definitiva, forma parte de su ser.
 En Reversibilidad, Sciascia retrata las costumbres nupciales y de vida en general de Sicilia, en la que la palabra dada obliga, pero luego, a escondidas, se traiciona una y mil veces. 
 El largo viaje es un genial relato humorístico, aunque con su duro juicio. Engañan a unos humildes campesinos cobrándoles unas fuertes sumas por llevarlos en una pequeña barca a América. Tras varios días de travesía son desembarcados, y para su sorpresa en "América" también hablan italiano y conducen coches FIAT. El lector comprende antes que los pobres protagonistas que nunca salieron de la isla, se habían gastado todos sus ahorros e incluso endeudado para nada.
 El relato que da título al volumen, El mar del color del vino, narra el interminable viaje en tren de un septentrional (de nuevo, un lugar común en Sciascia) de Vicenza y una familia siciliana. Los sicilianos son retratados por el autor siciliano con todos los estereotipos: gritones, maleducados, entrometidos, irrespetuosos... hasta que acaban enamorando al viajero véneto, incapaz de protegerse de esa sinceridad a prueba de bomba de los terroni.
 La remoción es otro relato burlesco de genial factura en el que un paisano siciliano denuesta la cerrazón religiosa de las mujeres de su tierra, incapaces de pensar, incapaces de si quiera hacer caso a la última encíclica del papa, sólo apegadas a sus tradiciones centenarias, y todo porque dicen que quieren quitar la tumba de santa Filomena... Hasta que en la Unión Soviética van a quitar los honores a la tumba de Stalin en la necrópolis del Kremlin. Entonces, claro, para él, comunista acérrimo, la tumba del dictador es sagrada, no hace caso si quiera a las autoridades soviéticas, su tradición es su tradición.
 En Filología se dan vueltas y vueltas a la vieja cuestión: la mafia. Se ha constituido una comisión para estudiar ese fenómeno social y criminal tan característico de la isla mediterránea. ¿Y qué hacen los sicilianos? Enredarse en el origen etimológico de la palabra "mafia", no en cómo eliminar la violencia, las extorsiones  y el famoso secreto (la omertà), sino hablar durante horas y horas del término y su origen. Aparentemente, una forma muy siciliana de no abordar los problemas.
 Y así hasta trece excelentes relatos. Es evidente que sólo a un siciliano se le permitiría ser tan incisivo, tan inmisericorde, tan cruel incluso con la sociedad siciliana. Y el enorme éxito que tuvo en Italia lo tuvo de norte a sur, desde el Véneto y la Lombardía, donde no se soportaba a los terroni, hasta la Calabria, Apulia y, por supuesto, Sicilia, donde no se toleraba a los polentoni. Lo cierto es que cuando escritores y pensadores tan marcados por su tierra natal no tienen pelos en la lengua para hablar de los defectos de casa, todos se entienden mejor, todos se acaban tolerando y las sociedades acaban funcionando. Es una lástima que haya tan pocos "Leonardos Sciascias".

lunes, 25 de mayo de 2026

"Un paria de las islas", de Joseph Conrad.

  Segunda novela que escribió Joseph Conrad, pero primera en la cronología de esos pocos europeos que viven y comercian (tratan) en la lejana Malasia. Concretamente, la otra novela, reseñada aquí unas pocas entradas anteriores, es La locura de Almayer, en la que se narraba la dura existencia de ese tal Almayer y de su protector, el capitán Lingard, así como de la hija del primero, ya adulta joven, quien se escapa con un malayo, contradiciendo así la voluntad de su padre, que quería regresar con ella a Europa. Bien, Un paria de las islas se sitúa anteriormente a ella, cuando la joven, Nina, es una niña pequeña, e introduciendo a otro personaje, quizás el más interesante, Peter Willems, un holandés que, recogido por el Lindgard en Rotterdam con apenas diecisiete años, es también protegido por el capitán y llevado a Malasia. Allí trabajará para otro europeo, Hudig, pero acabará "metiendo la mano en la caja" y tendrá que huir. Lindgard se volverá a apiadar de él y lo llevará con Almayer a Simbar, en la desembocadura del río Pantai.
 Y es más o menos en ese momento cuando comienza el meollo de la novela, con un Willems incapaz de controlar sus más bajos instintos, que choca frontalmente con Almayer, quien sólo quiere conseguir el dinero suficiente para llevarse a su hija a Europa y criarla como una blanca. Willems se enamora ciegamente de una nativa, Aissa, hasta el punto de perder la razón completamente por ella. Los nativos, mucho más serenos que los europeos, aprovecharán la lujuriosa ceguera del holandés para sonsacarle dónde están los pasos más seguros del río Pantai, libres de bajíos, que sólo él sabe. Además, los musulmanes (Aissa es hija de Omar, un musulmán en tratos con Babalatchi, intrigante zalamero, que a su vez trata con Abdullah, comerciante también musulmán) pretenden (y consiguen) enfrentar mortalmente a Almayer y Willems para hacerse con todo el comercio de Simbar.
 Grosso modo, ese sería el argumento de Un paria de las islas, que terminará con la caída en desgracia absoluta de Willems, que vivirá retirado en un chamizo con Aissa hasta que Almayer, buscando vengarse de él, le lleve a su antigua mujer y su hijo, lo que provocará un enfrentamiento entre las dos mujeres que acabará costando la vida al holandés.
 La extraordinaria maestría narrativa de Joseph Conrad crea un excelente cuadro tanto de ambientes exóticos, con una descripción minuciosa de esta parte de Malasia, como de los personajes, haciéndolos evolucionar para que el lector vea, por ejemplo, como Willems lentamente desciende a los infiernos hasta acabar siendo lo que el título indica, un paria de las islas.
 La concepción de Conrad no cae en absoluto en el eurocentrismo, de hecho, los personajes europeos son estúpidos cuando no depravados y pervertidos. No es que los malayos sean criaturas celestiales, también tienen sus defectos evidentes, tendentes a la violencia en la mayor parte de los casos. A diferencia de otros escritores en los que se suele meter a Conrad, como los llamados "escritores de novelas de aventuras", los protagonistas del polaco-británico están tan bien delineados, son tan verosímiles que nunca cae en tendenciosidad alguna, ni geográfica ni cultural.
 Las relaciones entre los personajes definen, claro, la novela, pero aquéllas son tan intensas que muchas podrían ser las típicas del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, el capitán Lingard es una suerte de Dios todopoderoso para el resto de europeos, tomando bajo su ala a sus criaturas, especialmente Almayer y Willems. Cuando Willems cae en desgracia, Lingard lo abandona como criatura descarriada que merece castigo.
 Si al excelente argumento y los interesantes temas unimos la prosa pulcra, cuidada, muy adjetivada y erudita de Conrad conseguimos, claro está, una de las mejores novelas de todos los tiempos, una verdadera lección de literatura que los escritores de éxito de nuestro tiempo, mucho me temo, no alcanzan ni en sueños.

"Veni, Sancte Spiritus"

Tiziano, (1546). Pentecostés [Óleo sobre lienzo].Basílica de Santa María della Salute, Venecia.
Imagen tomada de Wikimedia Commons