lunes, 25 de mayo de 2026

"Un paria de las islas", de Joseph Conrad.

  Segunda novela que escribió Joseph Conrad, pero primera en la cronología de esos pocos europeos que viven y comercian (tratan) en la lejana Malasia. Concretamente, la otra novela, reseñada aquí unas pocas entradas anteriores, es La locura de Almayer, en la que se narraba la dura existencia de ese tal Almayer y de su protector, el capitán Lingard, así como de la hija del primero, ya adulta joven, quien se escapa con un malayo, contradiciendo así la voluntad de su padre, que quería regresar con ella a Europa. Bien, Un paria de las islas se sitúa anteriormente a ella, cuando la joven, Nina, es una niña pequeña, e introduciendo a otro personaje, quizás el más interesante, Peter Willems, un holandés que, recogido por el Lindgard en Rotterdam con apenas diecisiete años, es también protegido por el capitán y llevado a Malasia. Allí trabajará para otro europeo, Hudig, pero acabará "metiendo la mano en la caja" y tendrá que huir. Lindgard se volverá a apiadar de él y lo llevará con Almayer a Simbar, en la desembocadura del río Pantai.
 Y es más o menos en ese momento cuando comienza el meollo de la novela, con un Willems incapaz de controlar sus más bajos instintos, que choca frontalmente con Almayer, quien sólo quiere conseguir el dinero suficiente para llevarse a su hija a Europa y criarla como una blanca. Willems se enamora ciegamente de una nativa, Aissa, hasta el punto de perder la razón completamente por ella. Los nativos, mucho más serenos que los europeos, aprovecharán la lujuriosa ceguera del holandés para sonsacarle dónde están los pasos más seguros del río Pantai, libres de bajíos, que sólo él sabe. Además, los musulmanes (Aissa es hija de Omar, un musulmán en tratos con Babalatchi, intrigante zalamero, que a su vez trata con Abdullah, comerciante también musulmán) pretenden (y consiguen) enfrentar mortalmente a Almayer y Willems para hacerse con todo el comercio de Simbar.
 Grosso modo, ese sería el argumento de Un paria de las islas, que terminará con la caída en desgracia absoluta de Willems, que vivirá retirado en un chamizo con Aissa hasta que Almayer, buscando vengarse de él, le lleve a su antigua mujer y su hijo, lo que provocará un enfrentamiento entre las dos mujeres que acabará costando la vida al holandés.
 La extraordinaria maestría narrativa de Joseph Conrad crea un excelente cuadro tanto de ambientes exóticos, con una descripción minuciosa de esta parte de Malasia, como de los personajes, haciéndolos evolucionar para que el lector vea, por ejemplo, como Willems lentamente desciende a los infiernos hasta acabar siendo lo que el título indica, un paria de las islas.
 La concepción de Conrad no cae en absoluto en el eurocentrismo, de hecho, los personajes europeos son estúpidos cuando no depravados y pervertidos. No es que los malayos sean criaturas celestiales, también tienen sus defectos evidentes, tendentes a la violencia en la mayor parte de los casos. A diferencia de otros escritores en los que se suele meter a Conrad, como los llamados "escritores de novelas de aventuras", los protagonistas del polaco-británico están tan bien delineados, son tan verosímiles que nunca cae en tendenciosidad alguna, ni geográfica ni cultural.
 Las relaciones entre los personajes definen, claro, la novela, pero aquéllas son tan intensas que muchas podrían ser las típicas del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, el capitán Lingard es una suerte de Dios todopoderoso para el resto de europeos, tomando bajo su ala a sus criaturas, especialmente Almayer y Willems. Cuando Willems cae en desgracia, Lingard lo abandona como criatura descarriada que merece castigo.
 Si al excelente argumento y los interesantes temas unimos la prosa pulcra, cuidada, muy adjetivada y erudita de Conrad conseguimos, claro está, una de las mejores novelas de todos los tiempos, una verdadera lección de literatura que los escritores de éxito de nuestro tiempo, mucho me temo, no alcanzan ni en sueños.

"Veni, Sancte Spiritus"

Tiziano, (1546). Pentecostés [Óleo sobre lienzo].Basílica de Santa María della Salute, Venecia.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

jueves, 21 de mayo de 2026

"La rosa", de Robert Walser.

  No se me ocurre cambio más brusco en el ámbito literario que pasar de la fuerza arrolladora de la ciencia-ficción de Brian Lumley a la sensibilidad delicada y exquisita de Robert Walser. Pero, dicen, en la variedad está el gusto. Yo, al menos, así lo creo, y me regocijo en la diversidad de emociones y sentimientos que me proporciona la lectura.
 Y Walser, ¿qué decir de Robert Walser? Si es que tengo algún lector interesado en mi humilde blog, habrá podido comprobar que los sentimientos que tengo hacia el escritor suizo son contradictorios: por un lado admiro la pulcritud de su prosa, su exactitud y belleza, además de las muestras de sensibilidad y delicadeza que necesito sentir para poder seguir alentando; por otro lado, especialmente con sus novelas largas, desprecio la actitud que el personaje principal tiene de sumisión abyecta y deshumanizadora con la que se anula como persona. Porque, verdaderamente, existen dos Robert Walser: uno el de sus novelas largas, como Jakob von Gunten o Los hermanos Tanner en las que el protagonista, de forma voluntaria se desprecia a sí mismo hasta convertirse en una suerte de esclavo, de siervo sin vida propia. Me resulta francamente repulsivo ese comportamiento, necesito creer en la dignidad humana que nace, en primer lugar, del respeto propio, si no nada tiene sentido. Pero, por otro lado, están los relatos breves y las anotaciones a vuelapluma que luego fueron publicadas y que contienen bellísimos sentimientos. Allí nos muestran a un Robert Walser sensible, delicado, exquisito.. Entre las obras del suizo de este cariz están El paseo, El pequeño zoológico  o el pequeño tomo que leo, La rosa.
 Concretamente, El pequeño zoológico es una de mis volúmenes favoritos, por su sensibilidad, por esa prosa poética que ve belleza donde la mayoría no ve más que cosas o sucios animales. Walser tiene la mirada del poeta, capaz de descubrir lo que, probablemente, llevara él dentro: belleza y bondad. Bien, La rosa también son pequeños artículos en las que el escritor describe con el corazón lo que sus ojos contemplan; muchas veces son descripciones de sí mismo, consciente de su incapacidad social, de su falta de adecuación a este burdo y sórdido mundo; otras son cosas sencillas, cotidianas, pero con esa mirada poética son cosas enormes, gigantescas, que nos permiten respirar hondo y seguir adelante. En fin, mejor que describir lo que me hace sentir Walser, prefiero transcribir tres pequeños fragmentos escogidos que lo materializan mejor que yo:
  Vladimir. A quienes no lo trataban como él hubiera deseado los dejaba, como se dice, caer, es decir, se fue acostumbrando a no pensar en muchas cosas desagradables. De ese modo protegía su vida interior de sumirse en el salvajismo y ponía sus sentimientos a salvo de una dureza malsana.
 El niño. Hay gente que suele pasar por hábil sólo porque es ruidosa, una prueba de la importancia de la superficie. Si me muestro superficial, gusto a la gente. Con la irreflexión nos podemos ganar sus favores.
 El solitario. La vida no es más impresionante allí donde se habla de cosas importantes. Las discusiones reducen su objeto, reabsorben poco a poco las fuentes. La conversación fatiga. Pasado y presente reaniman por igual al solitario. Si me entraran ganas de llorar, ¡qué mal quedaría en sociedad! Aquí lo hago a discreción. Sólo aquí me he enterado de lo bellas que son las lágrimas, de cuán bello es diluirse en el sentimiento.
 En fin, sólo me queda agradecer a la Editorial Siruela la publicación de estas joyas literarias, que me permiten seguir alentando y bregar contra corriente en esta vida tan zafia que nos ha tocado vivir.

martes, 19 de mayo de 2026

"Demogorgo", de Brian Lumley.

  No conocía al tal Lumley hasta que leí los Nuevos mitos de los cuentos de Cthulhu, editados por Ramsey Cambell (que reseñé en este mismo blog). De la decena escasa de relatos allí contenidos destacaba uno muy especialmente: El segundo deseo, de Brian Lumley. Era este relato, efectivamente, muy lovecraftiano, con aparición estelar de Cthulhu y demás; pero lo que más me gustó es lo bien que estaba escrito, porque había algún otro relato que era francamente flojo, con una prosa ramplona que no merecían ser publicados. Así que busqué algo más de este Lumley y encontré este tomo en mi biblioteca habitual:
 Sí, Demogorgo. Efectivamente, todos aquellos que estén en nuestros tiempos absorbidos por las series y películas de las plataformas de televisión, les habrá llamado la atención el nombre, toda vez que una exitosísima serie de televisión (la mencionaré, aunque no haga falta, Stranger Things) tenía como nombre de la criatura infernal que atemoriza a una pequeña localidad estadounidense el nombre de "Demogorgon" (nombre, por cierto, usado quizá por primera vez en el juego de rol de Dragones y mazmorras). Lo cierto es que la novela de Lumley se publicó en 1987, siendo el juego de rol del 74 y su adaptación como serie de televisión del 83. Sea como fuere, Brian Lumley es uno de los escritores del círculo de Lovecraft, aun cuando el inglés naciera exactamente el año que murió el americano (aquí, quien quiera creer en la patraña de la reencarnación...), por lo que, digamos que "todo queda en casa", ya que Lovecraft promovió el mismo que otros escritores aprovecharan sus relatos y criaturas para seguir escribiendo (parece que el solitario de Providence nunca entendió muy bien eso de los derechos de autor).
 En Demogorgo, Lumley recrea la figura del Anticristo, con una criatura auxiliar, por supuesto demoníaca, el famoso demogorgo, que se "reencarna" cada ciertos años utilizando a pobres desgraciados de los que toma el cuerpo (varios de cada vez). Es, pues, la clásica lucha entre el bien y el mal, en el que los humanos son meros juguetes ignorantes de las batallas.
 Lumley documenta bastante bien su novela, no es la típica ciencia ficción mal pergeñada, con agujeros e inconsistencias. Recurre muchas veces a la Biblia, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo para localizar la acción. Por ejemplo, la reencarnación de Demogorgo se produce en las ciudades maldecidas por Cristo, Betsaida, Corozaín y Cafarnaún. El "equipo de los buenos", además de por los contemporáneos anónimos, mitad heroicos, mitad atontados, están los principales líderes religiosos del mundo, como el Papa, el Arzobispo de Canterbury o el Dalai Lama.
 No está mal la novela, la verdad. Está bien estructurada y argumentada; los personajes son verosímiles (los de carne y hueso, claro, los otros ya depende del lector); y la prosa es razonablemente culta para una novela de ciencia-ficción. Pondré un pero, sin embargo, al menos en lo referente a mis gustos, y es que las descripciones de las batallas entre el bien y el mal, demasiado largas a mi modo de ver, rompen la trayectoria pausada del resto del texto, ocupando páginas y páginas en las que un servidor se aburre soberanamente.
 En fin, no está mal, ya digo. Sigo prefiriendo el relato breve a la novela en la ciencia-ficción, pero algo de extensión mayor puede aguantar el tipo. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

"El diablo de los ojos verdes y otros relatos", de Emilio Carrere.

  Cuarto volumen de relatos y artículos de Emilio Carrere que leo. Saco las mismas conclusiones que antes: que Carrere es más un periodista que un narrador de ficción, aunque tiene una calidad prosística evidente. De hecho, varios de los títulos contenidos en el tomo son artículos periodísticos, ignoro si publicados en prensa o no, y no pretenden en ningún caso tener aspecto de relato. Por otro lado, ya sea en los relatos o los artículos periodísticos, la personalidad del autor se manifiesta con ese humor irónico, sarcástico, así como una burla de la mediocridad social o el excesivo poder de la Iglesia católica. Porque, aunque es posible que el escritor madrileño fuera un bromista, un vividor y un bohemio no dejaba de tener un carácter combativo en muchos aspectos. Otro rasgo de su temperamento está en el gusto por lo sobrenatural, siempre desde una óptica humorosa que lo hace tolerable, y que empapa muchos de sus relatos.
 El relato que da título al libro, El diablo de los ojos verdes, es una excelente narración preñada de ironía y sarcasmo sobre monjas seducidas por un diablo de ojos verdes (un cura joven y atractivo, vamos) y su inverosímil defensa sobre la naturaleza demoníaca del sacerdote. Es un cuento que muestra la excepcional capacidad de Carrere para el humor, así como la sorna con la que trataba la fanática autoridad de la Iglesia católica.
 La rebelión de los fantoches es un relato que pareciera haber sido escrito por Pirandello, pues comparte con la obra del genial dramaturgo siciliano el hecho de que los personajes del autor se le presentan en la vida real. El plagio está imposibilitado en tanto que ambas obras se publicaron el mismo año, 1925. En el relato de Carrere, a un escritor, Martín Sayago (alter ego evidente del autor), se le aparece primeramente un personaje, el doctor Catafalco (protagonista de La torre de los siete jorobados, de Carrere) para decirle que sus protagonistas están muy descontentos con él y planean una encerrona. Con esa emboscada, concretamente, quieren dejarle claro que los ha creado pobretones, miserables y sin posibilidad de mejora. Es un relato genial, muy original, pareciera el argumento de una zarzuela, que tanto éxito tenían por estos lares hace cien años.
 El resto textos del volumen están englobados bajo el epígrafe de De Almas, brujas y espectros grotescos y suponen una cierta alternancia entre relatos de ficción, la mayoría con temática espiritista, y artículos periodísticos, casi todos con temática literaria. Así, Lo que vio la reina de Francia es la narración de la propia María Antonieta, reina de Francia y aficionada al espiritismo, que, engañada por el sorprendente estafador siciliano Cagliostro, creía en la predicción del futuro, viendo en la "cubeta de Mesmer" como sería decapitada. En El espectro de la rosa, texto muy metaliterario, incluye la Ligeia de Edgar Allan Poe, además de autores patrios como Pedro de Rápide o Pérez Galdós. Precisamente sobre el autor americano discurre Carrere en su Edgar Poe, el ocultista, artículo periodístico en el que defiende la posibilidad de que el talento del bostoniano tenía que ver con que fuera médium y estuviera en contacto con seres del más allá. El chato de El Escorial es una crónica periodística en el que reinterpreta un terrible crimen que ocurrió en 1892, cuando un niño fue secuestrado, violado y asesinado en esa localidad madrileña. Carrere se hace eco de la teoría popular según la cual el asesino convicto, enfermo epiléptico y analfabeto que nunca admitió haber cometido el infanticidio, fue una cabeza de turco para eximir de culpa a algún fraile del famoso monasterio.
 En fin, queda claro que Emilio Carrere fue un gran escritor. Tal vez no tuvo ideas para grandes novelas, pero su dominio de la lengua escrita era extraordinario, aportando siempre un toque humorístico que deja un excelente sabor de boca en el lector. Escribía en este mismo blog hace años que era una pena que Carrere no hubiese nacido en Inglaterra en esa misma época, pues en ese caso habría sido considerado un gran autor, pionero en ese humor sarcástico que consideramos "humor británico", sin embargo, en nuestra "piel de toro" el realismo literario imperaba con soltura, marginando otras formas de escribir. En todo caso, ese verso libre que fue Emilio Carrere dejó un excelente puñado de relatos y narraciones que bien merece una relectura ocasional.

lunes, 11 de mayo de 2026

"Pitfall", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"Rabia carnal", de Jean-François Elslander.

  No sé qué impulso me llevó a leer (intentar) esta novela del cuasi desconocido autor franco-belga Jean François Elslander, pero claramente fue un impulso equivocado. Hacía mucho, pero mucho tiempo que no dejaba un libro a medio leer; tal vez es que desde hace varios decenios no me fuerzo a leer nada que no conozca previamente o, al menos, me hayan recomendado vivamente. Porque, sí, reconozco que he leído cosas que a priori no me atraían, pero la sugerencia de algún amigo me convenció a intentarlo, para luego lamentar haberle hecho caso. Pero, en todo caso, la recomendación era de alguien que me quería bien y me conocía lo suficiente para creer (se equivocaba) que me gustaría. Pero es que lo de Elslander me lo he buscado yo solito. Tal vez sea que tengo tal aprecio por la editorial Valdemar, que tiendo a pensar que todo lo que publican será de mi agrado, o, tal vez, malinterpreté la sinopsis de la novela... no sé, pero lo cierto es que me equivoqué de lado a lado. En mi descargo diré que el prólogo que hace su traductor, Guillermo López (ahora hablaré de ese prefacio), me predispuso contra el texto; que la crudeza de las descripciones, muy bien conseguidas, por cierto, me asquearon sobremanera; y que, para más inri, me encontré nada menos que en la página 104 con que algún malandrín había arrancado una página, lo cual me dejó tan fuera de juego que decidí abandonar la lectura de la novela.
 Empezaré diciendo que el tal Jean François Elslander fue un bruselense nacido en 1865, que estuvo en contacto con las vanguardias literarias y pictóricas parisinas de cambio de siglo. Precisamente a este espíritu de "fin de siglo" hace referencia la editorial Valdemar y, tal vez, eso también me atrajo. Lo cierto es que el autor en cuestión no volvió a publicar ficción, pero sí escribió y publicó unas pocas obras sobre pedagogía, desconozco si importantes o irrelevantes. Digo que los de Valdemar retoman eso del "fin de siglo" para ponerle injustamente la etiqueta de "decadentista". Es inapropiado, lo digo claro, la novela Rabia carnal no tiene nada de decadentista. Me remito a la definición de decadentismo que da la RAE: "Tendencia artística de fines del siglo XIX, caracterizada por el cultivo del arte como fin en sí mismo y el gusto por las formas exquisitamente refinadas, con desdén de las convenciones pequeñoburguesas". Aplicando esta definición, Rabia carnal sólo tiene de decadentista que muestra desdén por las convenciones pequeñoburguesas, porque, desde luego, ni se cultiva el arte como fin en sí mismo, ni hay el más mínimo gusto por las formas exquisitamente refinadas. 
 Con respecto al prólogo del traductor, Guillermo López, me ha sorprendido que alguien que se haya tomado el enorme esfuerzo de traducir una novela como ésta tire por tierra al autor y a la propia novela de una forma tan injusta. No tengo ya el libro aquí y no puedo citar literalmente, pero no traiciono las palabras del traductor cuando digo que habla de prosa ramplona y mal pergeñada, de repeticiones incontroladas de palabras (concretamente, cita "lasitud", de eso me acuerdo perfectamente), así como que la adjetivación es excesiva. Bien, ya digo, abandoné la lectura de la novela, pero en las cien páginas que sí he leído diré que la prosa no es en absoluto ramplona, que sí, la adjetivación es abundante, pero no excesiva; tampoco he encontrado una repetición excesiva de ciertos vocablos. No, Rabia carnal no está mal escrita, ni mucho menos. A pesar de haber sido publicada a los veinticinco años del autor no presenta los típicos errores de juventud tan frecuentes en otros escritores.
  Entonces, ¿por qué no me ha gustado la novela hasta el punto de abandonar su lectura? Principalmente por el tema principal, que me ha resultado verdaderamente repulsivo. Rabia carnal trata de un tipo, El Marú, que vive en mitad de un bosque, en una torre semi-abandonada. Es un tipo con una educación muy deficiente, se le supone analfabeto, pero sobre todo con una sexualidad agresiva de una brutalidad insoportable. Cuando ve a una mujer, el Marú se ciega, se convierte en un animal ingobernable, y acaba violando a la pobre fémina. También se describen prácticas necrofílicas. El caso es que Elslander, pese a lo que diga su traductor, tiene una excelente capacidad descriptiva, haciendo muy vívidas y pormenorizadas todas las escenas de rabia sexual (buena elección del título) del pervertido en cuestión. Tanto es así que para mí (y no creo ser un timorato) ha sido insoportable.
 En fin, Rabia carnal es una novela muy extraña, verdaderamente incalificable. Ya he dicho que no es decadentista, tampoco es narrativa de terror... Quizá aquello de "naturalista" por su afán de mostrar la fealdad del comportamiento humano... Lo que sí he pensado es que si en vez de describir con tanto detalle las perversiones sexuales de un tipo marginal hubiera descrito las aficiones de una criatura de narrativa de terror, pongamos como ejemplos un vampiro o un hombre-lobo, la novela habría tenido un éxito asegurado y hoy, probablemente, fuera un texto de culto.

domingo, 10 de mayo de 2026

"Calle sin salida", novela escrita por Dickens y Wilkie Collins.

  Dicen los estudiosos que la relación de Charles Dickens y William Wilkie Collins era de amistad además de meramente profesional. Parece que Dickens, doce años mayor, tomó bajo su ala protectora a Wilkie Collins, a quien adoctrinó en la creación narrativa; por otro lado, el más joven, más estable psicológicamente, aportó equilibrio a un Dickens propenso a las tormentas temperamentales. Sea como fuere, la colaboración entre ambos genios de la literatura victoriana se plasmó en unas pocas novelas publicadas a dúo en la revista literaria que fundara Dickens, All Year Around. Calle sin salida, titulada originalmente "No thoroughfare" está entre ellas.
 Aunque está escrita en prosa, Calle sin salida está estructurada en cuatro actos, una obertura y un "baja el telón", como si fuera un drama. Y es, como era habitual en esa literatura victoriana, la acción es presentada de forma somera en esa obertura, se complica sobremanera en los cuatro actos, y se resuelve de forma sorprendente en aquella última parte. Ciertamente, la novela podría representarse en un teatro (y, de hecho, se hizo en su momento), dada la gran cantidad de diálogos que explican las circunstancias cambiantes del momento.
 El argumento de Calle sin salida es, grosso modo, el siguiente: en una inclusa londinense un niño, llamado Walter Wilding, es adoptado por una rica dama que le dará educación y abundantes medios de supervivencia. Sin embargo, al morir la señora, el joven Wilding conocerá que se produjo un error en el orfanato, que él no es Wilding y, por ello, no es merecedor de la vida que lleva. Esto suma en profunda depresión al joven, quien, por cierto, está gravemente enfermo, hasta el punto de fallecer a temprana edad. Antes de ello, sin embargo, hace prometer a su socio, Vendale, que busque al verdadero Wilding para hacerle propietario del comercio de vinos que él obtuvo de su madre adoptiva. Por otro lado, otro socio del comercio, el suizo Obenreizer, planea quedarse con el negocio de una forma u otra. El tal Obenreizer vive con una joven, sobrina suya y legalmente menor de edad, Margarita, de la que queda prendado Vendale. La relación entre ambos jóvenes se oficializa a golpe de apasionada declaración a escondidas, contra la autorización de su tutor legal. Obenreizer es el malvado de la historia, que parece odiar a todos y a todo. En un pedido de vinos desde Suiza, el antagonista roba el dinero que debía entregarse y, tras varios intentos por enredar, consigue convencer a Vendale para viajar al país alpino en su compañía. Obenreizer, supuestamente más ducho en recorridos montañosos que Vendale, abandona a éste a su suerte, herido, bajo una fuerte tormenta de nieve. Ya en su destino, el suizo pretende conseguir la empresa que ansía bajo el pretexto de que su dueño, Vendale, murió en la montaña. Pero ignora que Margarita, en un arrebato de amor insensato, viajó tras ellos y, arriesgando su propia vida, salvó al inglés de una muerte segura. La novela acaba con el reconocimiento por sorpresa (que el lector llevaba anticipando mucho antes) de Vendale como ese verdadero Walter Wilding de la inclusa, con lo que la empresa de importación de vinos es suya por derecho propio, así como la boda de los dos jóvenes. 
 Francamente, no sé si será por la colaboración entre ambos autores o no, pero lo cierto es que creo que es una de las novelas más flojas que he leído de Dickens, más en el nivel de Wilkie Collins. La trama es un tanto previsible a la vez que inverosímil su desenlace, parece como si se hubiera apresurado su conclusión. Con respecto a la forma no hay objeción alguna: la prosa clara, reposada y adjetivada característica de la literatura victoriana domina la novela, llevando al lector exigente a un excelso goce.

sábado, 9 de mayo de 2026

Inciso musical: decimosexto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, dirigida por Masaaki Suzuki. Obras de Bach, Mozart y Mendelssohn.

  Antepenúltimo concierto de abono de la OSCyL de esta temporada. La orquesta estuvo ayer dirigida por la prestigiosa batuta japonesa de Masaaki Suzuki. El concierto de ayer estuvo, a Dios gracias, libre de experimentos con música culta contemporánea; se programó un excelente concierto con tres inmensos compositores germánicos (dos alemanes y un austriaco) de tres periodos consecutivos: barroco, clásico y romántico. 
 Masaaki Suzuki es uno de los mayores eruditos actuales sobre Bach fuera de Alemania, hasta el punto de ser el fundador y director del Bach Collegium de Japón, tras haberse formado en Europa, claro. El resultado fue bueno, aunque a un servidor no le acaban de entrar bien las composiciones de Bach interpretadas por una orquesta sinfónica, parece más propias para que lo sean por reducidos sextetos o septetos de cuerda (como, por otra parte, el compositor de Leipzig planeó).
 En todo caso, una gran virtud del concierto de ayer fue poder observar la evolución natural de la música culta en tres de los periodos más prolíficos de la misma. Comprobando, por ejemplo, cómo la orquesta va aumentando sus efectivos para dar mayor capacidad de  contrastes dinámicos en melodías cada vez más complejas.
 Como se respetó el orden cronológico, el concierto comenzó con Bach y su Suite para orquesta nº 3 en re mayor, una de las obras más admiradas del maestro de Eisenach. Cierto es que cuando pensamos en Bach nos viene inmediatamente a la cabeza la música religiosa, toda vez que la espiritualidad fue la más importantes fuentes de inspiración del genial compositor, pero también compuso música profana, especialmente para la corte de Köthen. Para dicha institución, en 1730, presentó la famosísima suite, de la cual el segundo movimiento, Aire, es una de las piezas más estimadas de toda la música culta de cualquier periodo. El resultado con la OSCyL fue excelente, mencionaré especialmente a la violín solista, habitual concertino de nuestra orquesta, Beatriz Jara. Con todo, como antes dije, no puedo dejar de decir que prefiero una instrumentación menor para las obras de Bach. Escuchando el archiconocido segundo movimiento sólo para cuerda y bajo continuo, el resultado es mucho más conmovedor, más intimista, más espiritual incluso, si se quiere, que cuando es interpretado por una pequeña orquesta con viento-madera y viento-metal. La instrumentación conseguida con ese septeto de cuerda y bajo continua en una sala de cámara consigue el efecto de sutileza, delicadeza y emoción que Bach quería transmitir.
 A continuación, la Sinfonía nº 25 de Wolfgang Amadeus Mozart, compuesta a los diecisiete años por el asombroso compositor salzburgués, en 1773. Si la obra de Bach es paradigmática del Barroco, la de Mozart lo es del Clasicismo. El estilo suntuoso, muy ornamentado del compositor de Lepzig es sustituido por una búsqueda del equilibrio y simetría melódica. Es por ello por lo que escuchar a Mozart supone reconciliarse con la vida, algo que cuesta entender con la corta y frustrante vida (sólo 35 años y multitud de fracasos profesionales) que llevó el músico más genial de todos los tiempos. El musicólogo Mario Muñoz Carrasco, para el programa de mano, recupera una frase de Mozart que ilustra esto perfectamente: "las pasiones, violentas o no, nunca deben expresarse hasta el punto de provocar repugnancia; y la música, incluso en la situación más terrible, nunca debe ofender el oído, sino agradarlo, y por tanto seguir siendo siempre música". Y, con inspiración divina o sin ella, ese pequeño hombre de Salzburgo creó obras musicales que hacen que la vida sea soportable, disfrutable incluso.
 Y, por último, Felix Mendelssohn, otro genio de corta vida (38 años), uno de los grandes impulsores del primer Romanticismo, que muestra ya unas melodías mucho más líricas, más dramáticas y contrastadas; no se recrea en el equilibrio y simetría del Clasicismo. Su Sinfonía nº 5 en re mayor es clara prueba de ello. Dividida en cuatro movimientos, la Quinta sinfonía de Mendelssohn, también llamada "Reforma" es un ejemplo de música programática, aquélla que tiene como objetivo evocar imágenes en el oyente. El propio autor refiere como inspiración a una tormenta y sus embates. De todos, el último movimiento, Andante con moto - Allegro vivace - Allegro maestoso, es el más interesante, e incluye la melodía principal de un himno cristiano compuesto por el propio Martín Lutero, conocido como Castillo fuerte es nuestro Dios ("Ein feste Burg ist unser Gott") que resuena luminosa con un extraordinario solo de flauta. Es una composición menos conocida que las sinfonías nº 3 y nº 4, Escocesa e Italiana, respectivamente, famosas para el gran público, pero participa de las características que sus hermanas mayores.
 En fin, un concierto, como decía antes, sin experimentos extraños, con tres obras reconocidas y admiradas por la práctica totalidad de los melómanos que llenan cualquier auditorio. El desempeño de la OSCyL, como siempre, excelente; la dirección de Suzuki, extraordinaria.

martes, 5 de mayo de 2026

"Animal acorralado", de Geoffrey Household.

 He hablado con frecuencia de la prolífica relación entre la literatura y el cine. Soy aficionado a las dos artes, con lo que, en mi caso, estoy siempre muy al tanto de qué novela ha podido originar un guion para cierta película. Considero, y no soy el único, que la época dorada de Hollywood incluiría principalmente las décadas de los años 40 y 50 del pasado siglo. A partir de los sesenta todo degenera hacia una comercialidad superficial, salvándose muy pocas excepciones. Por otro lado, tengo claro que la calidad del cine de Hollywood de aquellas décadas es  deudora de una serie de directores y actores europeos, principalmente de origen alemán, que, huyendo del nazismo, desarrollaron el cine californiano hasta esas excelsas cotas inalcanzadas a posteriori. Estoy hablando de grandes directores como Fritz Lang, Murnau, Lubitsch o Billy Wilder. Y precisamente de Fritz Lang, uno de mis directores favoritos, visioné una película que desconocía: Man Hunt, de 1941, protagonizada por Walter Pidgeon, Joan Bennett y George Sanders. Para ser de Fritz Lang (el inmortal director de Metrópolis, M, el vampiro de Düsseldorf -éstas en Alemania-, Perversidad o Mientras la ciudad duerme), la película no es maravillosa, pero consigue enganchar y tiene a un George Sanders excelente (como casi siempre que hacía de malvado educado y cultivado) en el papel de Quive-Smith. Me gustó lo suficiente para buscar de dónde provenía el guion: de una novela del escritor británico Geoffrey Household, Rogue Male, que aquí se tradujo (muy acertadamente, según mi opinión) como Animal acorraladoAsí que, ni corto ni perezoso, busqué en mi biblioteca habitual, la excelentemente dotada Biblioteca de Castilla y León, al autor y su novela, la encontré, la leí, me equivoqué.
  Y me di cuenta de que me equivocaba en cuanto leí unas cincuentas páginas. Esta novela poco tenía que ver con la película de Fritz Lang, en realidad, la novela de Household me ha recordado más a una guía de supervivencia, de esas que escribía el aventurero Rüdiger Nehberg, que otra cosa. La película de Fritz Lang tenía un gusto refinado típico del director vienés, mientras que la novela es sórdida y animalesca.
 Mientras leía la novela, visioné una segunda adaptación cinematográfica, esta vez manteniendo su título original, Rogue male, de 1976, dirigida por Clive Donner y protagonizada por Peter O'Toole. De ésta destacaré el gran papel del actor anglo-irlandés, porque lo demás no es destacable. Sí es, sin embargo, muy fiel a la novela de Household. En español, por cierto, el título fue traducido, también acertadamente, como Lejos de la manada.
  Describiré sucintamente el argumento de la novela: en un país centroeuropeo (no se menciona cual, pero se supone Alemania), un inglés, por puro afán deportivo, simula que caza al "Gran Hombre" (no se especifica, pero se intuye que es Adolf Hitler). Sin embargo, la guardia personal de ese "gran hombre" lo descubre y lo apresa. Es torturado y despeñado por un precipicio para que parezca un accidente. Sin embargo, el tipo (del cual tampoco se dice nunca el nombre, por cierto) sobrevive. A partir de entonces se produce una huida frenética de ese país centroeuropeo hacia Inglaterra, siendo perseguido por un tal Quive-Smith, refinado torturador, y sus secuaces. Cuando llega a Inglaterra, el protagonista se cree seguro, pero descubre que sus acosadores lo hostigan todavía, con lo que tiene que seguir escondiéndose para sobrevivir. La mayor parte de la novela se centra entonces en la creación de una suerte de refugio-tumba subterráneo en la que el perseguido trata de pasar desapercibido. En ese mínimo espacio horadado bajo un gran árbol, en el que  no se puede poner en pie en ningún momento, el fugitivo pasa semanas completas, hasta que es descubierto por el tal Quive-Smith, que tapa su salida y lo extorsiona para que firme un papel en el que asegura que no volverá jamás al Continente europeo. El perseguido, tras todo tipo de dilaciones, consigue matar a su perseguidor, huyendo por tierra y mar hasta Tánger.
 Lo he descrito muy brevemente, porque Household explica con pelos y señales cada una de los intentos de no ser descubierto del protagonista, cómo busca el mejor lugar para ocultarse, cómo excava su tumba en vida, cómo busca comida por los alrededores, cómo mantiene una higiene personal deficiente, cómo enferma y se recupera... Como decía antes, parece más una guía de supervivencia extrema que una novela.
 La comparación entre la película de Fritz Lang, a pesar de su dureza, con esa elegancia, esa fotografía cuidada, el enorme George Sanders como malvado refinado... y la burda sordidez de la novela me ha dejado totalmente anonadado. Ya digo, la versión de 1976 con Peter O'Toole es mucho más parecida en todo a la novela, incluida esa abyección que transmite la novela. 
 Por otro lado, la edición de Alfaguara está prologada por una tal Victoria Nelson, que eleva a Household a la categoría de criatura cuasi celestial, dando un empaque filosófico y discursivo a un autor, que, a juzgar solamente por esta novela, no merece en ningún momento.
 En fin, me equivoqué, ya dije. Tampoco quiero tirar por el suelo la novela. Está muy bien escrita. Lo único es que el argumento y los temas que trata no me interesan lo más mínimo. Yo busco una vida más elevada, más intelectual, menos arrastrada y animal.