No sé qué impulso me llevó a leer (intentar) esta novela del cuasi desconocido autor franco-belga Jean François Elslander, pero claramente fue un impulso equivocado. Hacía mucho, pero mucho tiempo que no dejaba un libro a medio leer; tal vez es que desde hace varios decenios no me fuerzo a leer nada que no conozca previamente o, al menos, me hayan recomendado vivamente. Porque, sí, reconozco que he leído cosas que a priori no me atraían, pero la sugerencia de algún amigo me convenció a intentarlo, para luego lamentar haberle hecho caso. Pero, en todo caso, la recomendación era de alguien que me quería bien y me conocía lo suficiente para creer (se equivocaba) que me gustaría. Pero es que lo de Elslander me lo he buscado yo solito. Tal vez sea que tengo tal aprecio por la editorial Valdemar, que tiendo a pensar que todo lo que publican será de mi agrado, o, tal vez, malinterpreté la sinopsis de la novela... no sé, pero lo cierto es que me equivoqué de lado a lado. En mi descargo diré que el prólogo que hace su traductor, Guillermo López (ahora hablaré de ese prefacio), me predispuso contra el texto; que la crudeza de las descripciones, muy bien conseguidas, por cierto, me asquearon sobremanera; y que, para más inri, me encontré nada menos que en la página 104 con que algún malandrín había arrancado una página, lo cual me dejó tan fuera de juego que decidí abandonar la lectura de la novela.
Empezaré diciendo que el tal Jean François Elslander fue un bruselense nacido en 1865, que estuvo en contacto con las vanguardias literarias y pictóricas parisinas de cambio de siglo. Precisamente a este espíritu de "fin de siglo" hace referencia la editorial Valdemar y, tal vez, eso también me atrajo. Lo cierto es que el autor en cuestión no volvió a publicar ficción, pero sí escribió y publicó unas pocas obras sobre pedagogía, desconozco si importantes o irrelevantes. Digo que los de Valdemar retoman eso del "fin de siglo" para ponerle injustamente la etiqueta de "decadentista". Es inapropiado, lo digo claro, la novela Rabia carnal no tiene nada de decadentista. Me remito a la definición de decadentismo que da la RAE: "Tendencia artística de fines del siglo XIX, caracterizada por el cultivo del arte como fin en sí mismo y el gusto por las formas exquisitamente refinadas, con desdén de las convenciones pequeñoburguesas". Aplicando esta definición, Rabia carnal sólo tiene de decadentista que muestra desdén por las convenciones pequeñoburguesas, porque, desde luego, ni se cultiva el arte como fin en sí mismo, ni hay el más mínimo gusto por las formas exquisitamente refinadas.
Con respecto al prólogo del traductor, Guillermo López, me ha sorprendido que alguien que se haya tomado el enorme esfuerzo de traducir una novela como ésta tire por tierra al autor y a la propia novela de una forma tan injusta. No tengo ya el libro aquí y no puedo citar literalmente, pero no traiciono las palabras del traductor cuando digo que habla de prosa ramplona y mal pergeñada, de repeticiones incontroladas de palabras (concretamente, cita "lasitud", de eso me acuerdo perfectamente), así como que la adjetivación es excesiva. Bien, ya digo, abandoné la lectura de la novela, pero en las cien páginas que sí he leído diré que la prosa no es en absoluto ramplona, que sí, la adjetivación es abundante, pero no excesiva; tampoco he encontrado una repetición excesiva de ciertos vocablos. No, Rabia carnal no está mal escrita, ni mucho menos. A pesar de haber sido publicada a los veinticinco años del autor no presenta los típicos errores de juventud tan frecuentes en otros escritores.
Entonces, ¿por qué no me ha gustado la novela hasta el punto de abandonar su lectura? Principalmente por el tema principal, que me ha resultado verdaderamente repulsivo. Rabia carnal trata de un tipo, El Marú, que vive en mitad de un bosque, en una torre semi-abandonada. Es un tipo con una educación muy deficiente, se le supone analfabeto, pero sobre todo con una sexualidad agresiva de una brutalidad insoportable. Cuando ve a una mujer, el Marú se ciega, se convierte en un animal ingobernable, y acaba violando a la pobre fémina. También se describen prácticas necrofílicas. El caso es que Elslander, pese a lo que diga su traductor, tiene una excelente capacidad descriptiva, haciendo muy vívidas y pormenorizadas todas las escenas de rabia sexual (buena elección del título) del pervertido en cuestión. Tanto es así que para mí (y no creo ser un timorato) ha sido insoportable.
En fin, Rabia carnal es una novela muy extraña, verdaderamente incalificable. Ya he dicho que no es decadentista, tampoco es narrativa de terror... Quizá aquello de "naturalista" por su afán de mostrar la fealdad del comportamiento humano... Lo que sí he pensado es que si en vez de describir con tanto detalle las perversiones sexuales de un tipo marginal hubiera descrito las aficiones de una criatura de narrativa de terror, pongamos como ejemplos un vampiro o un hombre-lobo, la novela habría tenido un éxito asegurado y hoy, probablemente, fuera un texto de culto.


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