domingo, 10 de mayo de 2026

"Calle sin salida", novela escrita por Dickens y Wilkie Collins.

  Dicen los estudiosos que la relación de Charles Dickens y William Wilkie Collins era de amistad además de meramente profesional. Parece que Dickens, doce años mayor, tomó bajo su ala protectora a Wilkie Collins, a quien adoctrinó en la creación narrativa; por otro lado, el más joven, más estable psicológicamente, aportó equilibrio a un Dickens propenso a las tormentas temperamentales. Sea como fuere, la colaboración entre ambos genios de la literatura victoriana se plasmó en unas pocas novelas publicadas a dúo en la revista literaria que fundara Dickens, All Year Around. Calle sin salida, titulada originalmente "No thoroughfare" está entre ellas.
 Aunque está escrita en prosa, Calle sin salida está estructurada en cuatro actos, una obertura y un "baja el telón", como si fuera un drama. Y es, como era habitual en esa literatura victoriana, la acción es presentada de forma somera en esa obertura, se complica sobremanera en los cuatro actos, y se resuelve de forma sorprendente en aquella última parte. Ciertamente, la novela podría representarse en un teatro (y, de hecho, se hizo en su momento), dada la gran cantidad de diálogos que explican las circunstancias cambiantes del momento.
 El argumento de Calle sin salida es, grosso modo, el siguiente: en una inclusa londinense un niño, llamado Walter Wilding, es adoptado por una rica dama que le dará educación y abundantes medios de supervivencia. Sin embargo, al morir la señora, el joven Wilding conocerá que se produjo un error en el orfanato, que él no es Wilding y, por ello, no es merecedor de la vida que lleva. Esto suma en profunda depresión al joven, quien, por cierto, está gravemente enfermo, hasta el punto de fallecer a temprana edad. Antes de ello, sin embargo, hace prometer a su socio, Vendale, que busque al verdadero Wilding para hacerle propietario del comercio de vinos que él obtuvo de su madre adoptiva. Por otro lado, otro socio del comercio, el suizo Obenreizer, planea quedarse con el negocio de una forma u otra. El tal Obenreizer vive con una joven, sobrina suya y legalmente menor de edad, Margarita, de la que queda prendado Vendale. La relación entre ambos jóvenes se oficializa a golpe de apasionada declaración a escondidas, contra la autorización de su tutor legal. Obenreizer es el malvado de la historia, que parece odiar a todos y a todo. En un pedido de vinos desde Suiza, el antagonista roba el dinero que debía entregarse y, tras varios intentos por enredar, consigue convencer a Vendale para viajar al país alpino en su compañía. Obenreizer, supuestamente más ducho en recorridos montañosos que Vendale, abandona a éste a su suerte, herido, bajo una fuerte tormenta de nieve. Ya en su destino, el suizo pretende conseguir la empresa que ansía bajo el pretexto de que su dueño, Vendale, murió en la montaña. Pero ignora que Margarita, en un arrebato de amor insensato, viajó tras ellos y, arriesgando su propia vida, salvó al inglés de una muerte segura. La novela acaba con el reconocimiento por sorpresa (que el lector llevaba anticipando mucho antes) de Vendale como ese verdadero Walter Wilding de la inclusa, con lo que la empresa de importación de vinos es suya por derecho propio, así como la boda de los dos jóvenes. 
 Francamente, no sé si será por la colaboración entre ambos autores o no, pero lo cierto es que creo que es una de las novelas más flojas que he leído de Dickens, más en el nivel de Wilkie Collins. La trama es un tanto previsible a la vez que inverosímil su desenlace, parece como si se hubiera apresurado su conclusión. Con respecto a la forma no hay objeción alguna: la prosa clara, reposada y adjetivada característica de la literatura victoriana domina la novela, llevando al lector exigente a un excelso goce.

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