domingo, 12 de abril de 2026

Inciso musical: decimoquinto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Sibelius y Coll.

  En el día de ayer, la OSCyL estuvo dirigida por su batuta habitual, Thierry Fischer, mientras que el solista invitado fue el pianista Kirill Gerstein. Se programó un concierto de Sibelius, con el plato fuerte de la Sinfonía nº5 y el entremés de En saga (en sueco, Un cuento, Una saga); eso sí, también se introdujo, un poco con calzador, el Concierto para piano de Francisco Coll.
 La primera obra, En saga, de Jean Sibelius es un verdadero poema sinfónico, aunque no tan evidente como aquéllos de Debussy o Smetana. Es, sin embargo, una obra redonda, en la que en poco más de dieciocho minutos se pasa por todas las emociones posibles, de la tristeza más profunda a la alegría más desbordante, pasando por varios estados intermedios. El título puede ser engañoso, pues lleva a pensar que pudiera estar influido por alguna historia popular finlandesa, de hecho, algún sesudo crítico llegó a relacionarla con Kalevala (una epopeya nacional finlandesa), pero el propio Sibelius se encargó de desmentirlo, asegurando que la variedad melódica y rítmica tuvo su origen en los vaivenes emocionales por los que él mismo pasó, sin tener nada que ver con obra literaria alguna. En cualquier caso, la obra ha sufrido muchas modificaciones, pues inicialmente fue escrita para septeto de cuerda con flauta y clarinete, hasta acabar adaptado para orquesta sinfónica completa. La composición contiene muchos ostinato, frases melódicas que se repiten "obstinadamente", dando por momentos una sensación de stress y ansiedad; en otros momentos, por el contrario, la melodía se dulcifica notablemente. Esos contrastes enriquecen notablemente la obra.
 Después, tocó el turno de Francisco Coll y su Concierto para piano, interpretada por el pianista de origen ruso Kirill Gerstein. Es ésta una obra francamente difícil de escuchar, al menos para el espectador medio, que busca melodías reconocibles que encajen en ritmos tradicionales. Sin embargo, Coll ha recibido multitud de premios, tanto en nuestro país como en el extranjero, y recibe con frecuencia encargos. Este mismo concierto es encargo de las orquestas sinfónicas de la Radio Bávara, Boston, Estado de Sao Paulo, Castilla y León y Melbourne. El Concierto para piano es de una agresividad notable, excesiva, transmite un estado anímico alterado que el auditorio no acaba de entender plenamente. Los aplausos del público, quizá más destinados a la propia orquesta o a los innegables esfuerzos de Gerstein para llegar a tan exigente partitura, plantean la duda de hasta qué punto el respetable entendió la obra. Por cierto, Kirill Gerstein consideró innecesario ofrecer un bis.
 Afortunadamente, tras el descanso llegó el plato principal, mucho más entendible y agradable de la Sinfonía nº5 de Sibelius, una de las grandes obras que la OSCyL interpreta por quinta vez en su historia. En ese afán de programar conciertos contrastantes, de nuevo, el contraste entre Sibelius y Coll es absoluto, también, me temo, en calidad. La Quinta sinfonía no es la más interpretada de Sibelius, ese podio se reserva para la Segunda; con todo, la Quinta  es una de esas obras que caracterizan a un compositor y lo elevan al Parnaso musical. La obra, a diferencia de la estructura clásica, está dividida en tres movimientos, no en cuatro. El primero de ellos, Tempo molto moderato - Allegro moderato, que procede de la unión de dos, que daría los cuatro movimientos típicos de toda sinfonía. El segundo movimiento, Andante mosso, quasi allegretto, tiene varios pizzicatti de las cuerdas al completo. Pero, el tercer movimiento, Allegro molto - Largamente assai es, sin duda, el mejor: contiene una frase musical, iniciada por las trompas en solitario, a las que después se unirán el resto del viento metal, que lleva la composición a un nivel superior. Este motivo musical ha sido relacionado tradicionalmente con cisnes, bien porque el propio Sibelius afirmó haberse inspirado al ver un grupo de cisnes volar, bien porque se ha querido ver un final del estilo del "canto del cisne". Sea como sea, genera un sentimiento emotivo a la par que potente. Y es que las trompas, que son consideradas unos de los instrumentos menos melódicos de una orquesta sinfónica, sólo útiles para transmitir sentimientos épicos y un tanto apabullantes, en realidad pueden dar también una dulzura que pocos instrumentos consiguen. En el largo aplauso final, el público deparó una ovación especial a los cuatro trompistas, cuyo desempeño fue impecable.

sábado, 11 de abril de 2026

Inciso pictórico: Exposición temporal "Hammershoi. El ojo que escucha", del Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

  Voy a decir una obviedad: es un verdadero privilegio tener un museo con la calidad de obras (primerísimos genios de la pintura) y del rango temporal y estilístico (desde los "primitivos italianos y flamencos" del siglo XIII hasta las vanguardias del siglo XX, pasando por todo el Quattrocento y Cinquecento italiano, la pintura barroca holandesa, el vedutismo italiano, el impresionismo y el arte moderno el siglo XX) que tiene el Thyssen. Es, además, perdón por la falta de respeto religioso, la tercera parte de esa "Santísima Trinidad" que forma con el Museo del Prado y el Reina Sofía, creando así en Madrid un conjunto museístico único en el mundo. Por si esto fuera poco, debido a su inmenso prestigio internacional, el Thyssen es un activo participante en intercambios pictóricos y exposiciones temporales que facilitan la contemplación de obras poco accesibles al gran público, trayendo a España a autores que no podrían ser admirados si no fuera de este modo.
 En ese orden de cosas, el Museo Thyssen presenta la exposición temporal sobre Vilhelm Hammershoi, pintor danés nacido en 1864 y fallecido en 1916, especializado en retrato e interiores. Dentro de los interiores, destaca por el empleo de la luz, creando espacios de luz fría que atrapan al espectador. El Museo Thyssen ha titulado El ojo que escucha a esta exposición, recalcando la "relación metafórica entre su pintura, el silencio y la aparente calma que transmite".
 Como la forma de entender y admirar una obra pictórica es callar las palabras y contemplar las obras adjunto unas fotografías realizadas por mí, no sin pedir perdón por la escasa calidad de las mismas.
Hammershoi, Vilhelm. (1903). Sol en la sala de estar III. [Óleo sobre lienzo]. Nationalmuseum, Estocolmo.
 La fría belleza de los cuadros de Hammershoi transmiten, efectivamente, una calma y una sensación de perdurabilidad que enganchan al espectador, incluso aunque sea en la abarrotada sala de una pinacoteca.
Hammershoi, Vilhelm. (1906). Interior, sol en el suelo. [Óleo sobre lienzo]. Tate Gallery, Londres.
 Contemplando los cuadros me ha venido a la memoria la obra de un compositor coetáneo, el gran Erik Satie, precursor del minimalismo y del impresionismo musical, concretamente a sus Gymnopédies, maravillosas pequeñas composiciones para piano con una semejanza notable en el ritmo y la melodía, pero con diferencias suficientes como para ser obras distintas, claro. Cuentan que algún malhadado crítico artístico preguntó al compositor si esas obras no se parecían demasiado, y el contestó (no cito textualmente, claro, pero sí respeto el espíritu de la respuesta) que igual que una escultura de Rodin es distinta según se mire desde uno u otro punto de vista aunque se trate de la misma obra, sus composiciones son distintas aunque tengan gran semejanza. Esto es especialmente aplicable a la obra de Hammershoi cuando recrea la misma habitación con distinta iluminación en función de las horas. Así se puede comparar con la obra anterior, reforzando la idea de paso del tiempo.
Hammershoi, Vilhelm. (1900). Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30. [Óleo sobre lienzo]. Ordrupgaard, Copenhague.
 Ahora que lo pienso más detalladamente, la comparación entre Satie y Hammershoi no está mal traída, pues la obra de ambos genera esa calma melancólica e introspectiva, un tanto nostálgica que nos produce la reflexión sobre el paso del tiempo.
 En resumen, una excelente exposición temporal, como lo suelen ser las del Thyssen, tanto por la calidad de las obras como por la capacidad que tiene el museo para atraerlas de todos los puntos del planeta (Londres, Estocolmo, Copenhague...), así como la excelente documentación incluida y la incorporación de elementos interactivos como un video de Michael Palin (humorista británico, conocido por ser miembro del grupo Monty Phyton, y que es, según parece, uno de los mayores coleccionistas privados de la obra de Hammershoi). Todo ello redunda en una visión global para el espectador, que sale de la exposición con un conocimiento muy amplio del artista en cuestión.

viernes, 10 de abril de 2026

"Los muertos huelen mal. Y otros relatos espiritistas", de Emilio Carrere.

  Ya leí y reseñé algo de Emilio Carrere, un autor que me es especialmente simpático, aunque reconozco que, como literato, es una medianía. Lo que ocurre es que un servidor es, tal vez, demasiado anglófilo en lo literario, dedicando a la literatura en inglés, a uno y otro lado del Atlántico, la mayor parte de sus lecturas. Aquí debo aclarar que, como en todas las literaturas nacionales, en Reino Unido y en Estados Unidos se publica y se publicó mucha basura, pero la mayor parte de lo que se ha dado en llamar, sobre todo en la "pérfida Albión", "literatura victoriana" alcanza unas cotas de calidad excelsa que pocas veces se ha conseguido. Los lectores de este humilde blog sabrán que quien esto escribe adora a autores como Anthony Trollope, Wilkie Collins, Thomas Hardy, Henry James, Thackeray, Dickens, Jane Austen y demás. Pero, claro, uno nació en la "piel de toro" y no quiere ser desagradecido con este país que tanto despreció la inteligencia y la cultura; es por ello que, al menos de cuando en cuando, buceo en autores españoles (nunca actuales, desde luego) en busca de ese enganche emocional que tanto he ansiado tener. 
 De Emilio Carrere ya comenté que lo considero más un periodista que narrador, más prono a hacer crónicas sociales, muy agudas por cierto, que a pergeñar historias de ficción. Con todo, también hizo sus pinitos en estas lides y no está de más reconocerlo. La Editorial Valdemar publica este pequeño volumen de "relatos espiritistas", y es que parece que el autor madrileño era muy aficionado a esa, a esa, a esa... no sé si llamarla "creencia" o "engaño", según la cual se puede contactar con los espíritus a través de ciertas personas llamadas médiums. Queda fuera de toda duda que no yo creo en tales supercherías, pero, habiendo leído antes a Carrere, sé que este autor lo enfocará con un humor irónico y sarcástico que hará soportable esas actividades.
  Comienza el volumen con Una rara anécdota escalofriante que es precisamente eso: una serie de anécdotas de personajes famosos, entre los que está, por ejemplo, la reina María Antonieta, que, gracias a un médium, consigue ver cuál será su futuro: el de morir decapitada. A este relato le falta una estructura clara, algo que, mucho me temo, afecta a todos los relatos del autor, y vuelve a uno y otro personaje, sin que haya un hilo conductor claro. Por otro lado, el relato es muy metaliterario, citando y comentando a autores como Galdós, Edgar Allan Poe o el cronista Pedro de Répide.
 El destino payaso ya es otra cosa, esto sí es un relato que nace como tal. Y es una pena, porque a medida que se va leyendo va uno viendo la gran capacidad que tiene Carrere para el humor irónico y sarcástico que antes nombraba, así como el uso de germanías y jergas, sobre todo propias de Madrid, pero no acaba de rematar bien el cuento; por otra parte, el texto tiene dos partes diferenciadas, que da la impresión de que han sido escritas en distintos periodos y artificialmente pegadas a la fuerza, perdiendo la estructura de la narración. El argumento es un triángulo amoroso entre un bibliotecario rutinario y cuarentón que se enamora de una joven, y un joven y apuesto teniente. Es en la segunda parte cuando aparece la temática espiritista, cuando el protagonista, ya cincuentón, acude a sesiones en las que se convoca a los espíritus. Uno de ellos le asegura que su destino es matar a alguien, y el pobre bibliotecario, pacífico a más no poder, cree que no puede eludir su sino y comienza a buscar una víctima propiciatoria. Como se puede ver, el argumento es bueno, divertido y original, además, como antes decía, Carrere tiene gracejo para escribir con sorna, pero el relato se echa a perder por esas dos partes mal conciliadas y por la falta de remate final.
 La narración que da nombre a la compilación, Los muertos huelen mal, relata a un banquero, Blas Garduño, que tras morir su espíritu sale del cementerio. Su viuda y su socio empresarial se casan, pero, de primeras, Garduño decide, puesto que está muerto, vivir la vida (este es un ejemplo del humor de Carrere), y pasa año y medio en Madrid de cabaré en cabaré y de casa de lenocinio en casa de lenocinio. Pero todo cansa, y vuelve a su casa para hablar con su viuda, que ahora es médium, y su ex-socio, esperando chantajearlos. Sin embargo, ellos, aprovechando que ya no tiene lugar en el mundo de los vivos, lo acaban de rematar y abandonar en un muladar.
 Gil Balduquín y su ángel es uno de los mejores relatos del tomo. Un gris y anodino funcionario, el tal Gil Balduquín, harto de tantos decenios de rutina improductiva decide suicidarse. Lo hará tirándose a un estanque con un gran legajo de los que usan en su oficina al cuello. Sin embargo, su ángel de la guarda lo salva, al menos en forma espiritual, pero tendrá que ser un espíritu con el legajo al cuello y el estómago lleno de agua. El ángel le presentará a otros espíritus, entre ellos el de un fraile, una prostituta y un burgués; de ellos sólo el de la meretriz será tratado con cariño, a los otros se les trata de hipócritas y fariseos. Al final, el ángel se enamorará de una vicetiple y perderá su puesto para vivir con ella.
 Por último, se incluye un apéndice con cuatro textos y artículos espiritistas, que son eso, meros artículos en los que se defiende esas prácticas ocultistas. Así es como parece que el autor se encuentra más cómodo.
 En fin, releyendo las recensiones que hice hace ya muchos años sobre este mismo autor, sigo pensando lo mismo: es un escritor más de artículos periodísticos que de obra de ficción; tiene una gran capacidad para crear situaciones cómicas en la vida cotidiana, con un humor negro característico. Sin embargo, varios de sus textos no están bien aprovechados, con finales poco interesantes cuando otros más rotundos se intuyen, y estructuras un tanto deslavazadas, como si se hubieran juntado varias partes de forma inconexa.

domingo, 5 de abril de 2026

"Vampiras. Antología de relatos sobre mujeres vampiro".

  Reseño aquí un volumen de la Editorial Valdemar, publicado en la excelente colección "El Club Diógenes", que amén de recuperar a autores de altísima calidad, juntándolos en el mismo tomo, también tiene un tamaño contenido que permite portarlo a cualquier lugar, para aquéllos que disfrutamos de la lectura en parques, jardines, plazas... De hecho, los de Valdemar frecuentemente editan los mismos textos en este formato reducido y en otro más grande, colección llamada "Gótica", que suelo rechazar en favor de la primera (no sólo por su coste mayor, sino también por su engorroso tamaño). Por otro lado, Valdemar, en el ámbito físico, escoge materiales de primera calidad, con papel grueso y tapa dura. Por supuesto, esto es lo de menos, lo principal son los textos escogidos, así como las buenas traducciones, que permiten disfrutar de autores frecuentemente descatalogados. Aunque muchos de esos tomos publican textos de un mismo autor, otros muchos, como el que nos ocupa, son antologías con determinados temas. El volumen en cuestión trata de mujeres vampiro, no confundir con vampiresas, término que la RAE reserva para describir a "mujeres que aprovechan su capacidad de seducción en beneficio propio". Con todo, esa capacidad de utilizar su atractivo personal para sacar beneficio está también en varios de los relatos aquí incluidos, aunque sea de refilón. No sé cuantos volúmenes tendré en casa de El Club Diógenes, pero seguro que superan el centenar, y seguiré comprándolos si los señores de Valdemar tienen a bien seguir editándolos.
  El volumen de Valdemar incluye dieciséis relatos, el más antiguo de 1836 y el más moderno de 1979, con autores tan excelentes como Téophile Gautier, Joseph Sheridan Le Fanu, August Derleth, Richard Matheson o Stephen King. Iré comentando los mejores:
 El texto más antiguo, y muy clásico en su planteamiento, es La muerta enamorada, de Gautier, en el que se aprecia esa dualidad de la que antes hablaba entre vampiras y vampiresas, pues es éste un relato típico del súcubo, ese diablo con bellas formas femeninas que seducen a los incautos protagonistas. Aquí la vampira y vampiresa se llama Clarimonde, que seduce a Romuald, un joven sacerdote que acude engañado a dar la extremaunción a una joven que ya es una "no muerta".
 El relato más conocido, y que la propia editorial Valdemar le dedicó un libro junto a otros textos del autor, Sheridan Le Fanu, es Carmilla, admiradísimo relato ambientado en un remoto castillo de Estiria en la que vive una joven, Laura, y su padre. A esa alejada morada llega una extraña joven, la famosa Carmilla, de inusual belleza, que seduce a Laura (se habla incluso de que, según se interprete, se podría incluir entre las primeras narraciones con tema lésbico) y trata de beber su sangre. Resulta que la tal Carmilla ha estado con anterioridad en otros lugares, bajo nombres que son el mismo con diferente orden de letras (Millarca o Mircalla) tratando de beber igualmente la sangre de jóvenes doncellas. Una suerte de "cazavampiros", menos famoso que el archiconocido Van Helsing, pero con los mismos expeditivos métodos, el barón Voldeburg acabará con la vampira con el procedimiento habitual (estaca en el corazón, decapitación e incineración de los restos).
 Una vampiresa más que vampira es la que narra Mary Wilkins Freeman en su Luella Miller, que los de Valdemar califican de "vampira psíquica", en definitiva, una mujer que aprovecha todos sus encantos, ya sean físicos para los hombres o de carácter para las mujeres, para vivir a costa de los demás, agotándolos hasta la consunción y muerte.
 Sin ser un gran relato, me ha gustado La capa, de Robert Bloch, muy clásico en su concepción. Un tipo busca un disfraz de Halloween, obteniendo gratis una extraña capa antigua en una tienda a punto de cerrar. Como es obvio, la capa en cuestión es una auténtica capa de vampiro, provocando el horror en la pequeña localidad. Aquí, la vampira es otra asistente a la fiesta, que también lleva un disfraz de la misma tienda.
 Manly Wade Wellman recrea un relato metaliterario cuando hace a Edgar Allan Poe el personaje principal del mismo. En Cuando había luz de luna, Poe busca información para una narración propia sirviéndose de una noticia local de Filadelfia en la que una mujer había sido enterrada viva, salvándose pocas horas después por el ruido que salía del cementerio. Al final se descubre que esa mujer era una vampira, y que tenía a su marido como un animal de producción al que explotar poco a poco.
 Y así hasta dieciséis relatos. No hay ninguno verdaderamente malo, aunque, lógicamente, hay altibajos de calidad, pero no deja de ser un disfrute leer las selecciones de Valdemar. Esperemos que sigan sacando antologías.

sábado, 28 de marzo de 2026

"Fábulas y cuentos", de Gilbert Keith Chesterton.

  Estos días atrás, he leído a la vez Generación X de Douglas Coupland, que acabo de reseñar, con este pequeño volumen de la editorial Valdemar titulado Fábulas y cuentos del inmortal Chesterton y, claro, la diferencia de calidad es tan innegable que seguro que ha influenciado en la mala recensión de la novela de Coupland. Porque Chesterton es una apuesta segura. No digo que he leído todo lo del inglés porque su producción es enorme, ya sea en narrativa, poesía, ensayo o teatro, pero sí he leído mucho, y no he encontrado nada que fuera flojo, previsible o de baja calidad. Sí puede ocurrir que algo esté desactualizado o que, por mor de los cambios sociales -naturales o forzados-, ya no sea tan interesante. Pero poco de eso, poco. Porque, no sólo los ensayos, también en el resto de géneros literarios, el inglés no da puntada sin hilo, siempre aprovecha para dar su parecer sobre un determinado tema, de forma sutil, claro, o para criticar una desmesura o un mal comportamiento individual o colectivo. Chesterton era, quién lo duda, un moralista. Pero su moral era de tipo natural, reforzada por la cristiana, en alguien, recordemos, que fue criado en el ateísmo racionalista de finales del XIX y que, por su independencia intelectual y criterio propio, llegó al Catolicismo pasando previamente por el Anglicanismo. Sí, G. K. Chesterton fue un verso libre, alguien que no buscaba la aprobación ni el aplauso de sus semejantes, sino que orientó sus pasos en la vida en función de lo que su raciocinio le dictaba. En ese sentido, el de buscar el propio camino y no la alabanza ajena, Chesterton es un ejemplo a seguir.
 Así que no es sorpresa alguna encontrar esa moral natural y cristiana en casi todas las fábulas y cuentos reunidos en este pequeño tomo de la excelente colección El Club Diógenes de Valdemar. Pero todo, por supuesto, sin adoctrinar, escrito de forma sutil; quien quiera entender, que entienda; quien quiera vivir una vida plena, que la viva... Así, casi todas las narraciones de Chesterton son lecciones de vida, consideraciones tomadas a vuelapluma pero que conllevan un trasfondo de gran calado vital.
 Las tres edades,  más que una fábula es una pequeña reflexión sobre tres estilos arquitectónicos que el autor llama: cristiano, romántico y realista, de una forma más subjetiva que académica, claro. Una historia disparatada cuenta el nacimiento y la vida desde el punto de vista subjetiva del neonato, que se ve lanzado al cruel mundo, ¿y si el neonato tuviera la capacidad reflexiva del adulto? Chesterton lo novela. Nostalgia de casa es un relato muy evangélico, algo frecuente en el inglés, de un hombre que busca su casa, otra forma de llamar a Dios. Cultura y lumbre es un cortísimo relato de dos viajeros de tren sobre el poder cultural del fuego, que, tal vez, nos hizo humanos. La doma de la pesadilla es la continuación de la cancioncilla infantil de Jack Horner, que domó la yegua de la pesadilla, criatura infernal. Los tres perros es una fascinante fábula de cómo surgió el can Cerbero: al principio eran tres perros que se turnaban para cazar, sin discutir entre ellos; pero Hermes, el dios del comercio les hizo competir entre ellos, discutiendo y peleando siempre; Plutón, el dios de la fragua los fundió en un único cuerpo con tres cabezas. En La leyenda de San Francisco, el santo baja a la Tierra, aunque al principio cree que muchos siguen los principios franciscanos de pobreza y humildad (por la gran cantidad de pobres que ve), luego se da cuenta de que todos buscan la riqueza y el placer. La calle irritada  es una fábula que desprecia la vida moderna, en la que las personas tienen rutinas machacantes y sin sentido, pero lo hace poniendo el foco en las cosas materiales, que son menospreciados y desdeñados por quienes llevan esas vidas de esclavos. La leyenda de la espada está ambientada en la Guerra de Cuba: un americano (moderno, arrogante, armado con las últimas tecnologías) y un español (anacrónico, caballeroso, con una espada como toda tecnología); el español es una suerte de Quijote (honorable, respetuoso, ingenuo, anticuado...); pero el autor toma partida por el español, claro. El dragón en su escondite es una fábula en la que un caballero va a sobrevivir a un dragón, diciendo previamente que se esconderá donde no pueda encontrarlo; ¿dónde lo hará? Dentro de la propia criatura mitológica; es otra forma de explicar cómo se puede estar libre de un peligro cerca de él (a salvo junto a la boca del lobo). 
 Bueno, y así hasta dieciséis relatos, dieciséis pequeñas joyas, todas con su lección moral correspondiente. Una pequeña gran colección esta de Valdemar, como todas las de Chesterton.

"Generación X", de Douglas Coupland.

  Leí Generación X hace la friolera de treinta y tantos años, cuando un servidor andaba por los veintipocos, principalmente por recomendación de un amigo de la época que, a su vez, lo había oído mencionar como novela icónica para nuestra supuesta generación. Esa "supuesta generación" nuestra fue llamada por algún sociólogo con afán de notoriedad como "generación X". Aparentemente, a la generación X pertenecían los nacidos entre 1965 y 1980, con lo que, efectivamente ahí estaba yo. Está claro que esto de las generaciones es un tanto simplón, que sólo se aplica a las sociedades occidentales y que no deja de ser una generalización burda a la que no debería prestarse mucha atención... Pero, en fin, fuera por la influencia de aquel amigo, por la búsqueda un tanto desesperada de pertenencia a un grupo social o por puro seguidismo, lo cierto es que leí esta novela de Douglas Coupland que fue un éxito absoluto en Estados Unidos y después, con menor intensidad, en Europa. Tal fue el éxito, que la novela fue presentada (evidente estratagema editorial) como la obra que retrataba a esa generación, como una novela icónica, como un texto de referencia sin el cual no se comprendería a todo ese grupo humano.
 Y recuerdo que la novela me gustó razonablemente en aquel entonces. Sí me llegué a reconocer parcialmente (o lo forcé, no sé) en esa gente un tanto desilusionada antes de llegar a los treinta, quizá la generación con mayor nivel educativo hasta el momento, pero que sentía que eso no tenía gran valor, y que no sabía cómo adaptarse a la vida adulta. Pensándolo bien, supongo que sería más un "querer parecerse" que parecerse realmente. Bueno, lo cierto es que la relectura de la novela, treinta años después, me ha dejado un tanto frío. He visto muchos errores que no percibí antes, hasta el punto de poder afirmar que es ésta una novela de juventud del tal Coupland, pero no una novela de formación o aprendizaje, sino una novela de alguien que todavía no está muy ducho en las técnicas narrativas o en la capacidad de captar la atracción del lector. Esto implica que, como ya sospechaba, el rotundo éxito en su lanzamiento el año 1991 (en España, en 1994) tiene que ver con una espléndida campaña de mercadotecnia de la industria editorial.
 Pero también, he de ser sincero, juzgo desde mis cincuenta y cinco años, nada que ver con el chaval que fui hace treinta. Ahora ya no tengo ese afán de pertenencia a grupo alguno (años hace que me precio de no encajar en ningún grupo social, lo cual no deja de ser otro grupo social), ni quiero verme reflejado en las páginas de un libro. No sé si llamarlo madurez es un tanto pretencioso, pero la autoaceptación acaba por llegar, tarde pero llega, y deja uno de mirarse el ombligo, aceptando que todos tenemos cosas que nos asemejan y nos diferencian, ya sea de la misma generación o entre generaciones. 
 Generación X es, evidentemente, un texto para gente joven, que narra un pequeño fragmento de la vida de unos veinteañeros que rememoran la época segura y sin zozobra de la infancia, así como la difícil relación con los padres y la vida adulta en general. Eso, está claro, lo han sentido los jóvenes de toda época y lugar, ya sea en los años noventa del siglo XX, en la actualidad o en la Edad Media.
 Algo destacable, meritorio, aunque no único de la novela de Coupland es la inclusión de pequeñas definiciones, a modo de diccionario, de palabros de nuevo cuño que, supuestamente, esa generación usábamos de forma cotidiana. Aquí, la traducción rompe un poco el valor de esa aportación, aunque se entiende y refuerza el sentimiento de alienación que, ya digo, es propio de toda juventud.
 En fin, una vez más: no sé si es buena idea releer, especialmente cuando hace tantos años que se leyó por primera vez. Se hace muy patente el paso del tiempo en un servidor; vienen a la memoria muchos recuerdos de la época, y su inevitable comparación con la actualidad lo dejan a uno muy malparado.

viernes, 27 de marzo de 2026

Inciso musical: decimocuarto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Brahms y Schönberg.

  El concierto de ayer estuvo dirigida por Thierry Fischer, batuta oficial de la OSCyL; el solista invitado fue el violinista ruso Sergei Dogadin, quien sustituyó, por razones de salud, a Daniel Lozakovich. Las obras elegidas, una vez más, fueron del periodo romántico, de Johannes Brahms, aunque la segunda parte pasada por el inmenso talento de Arnold Schönberg, esta vez en el buen sentido, ahora lo explico.
 La primera parte del concierto fue para el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 de Brahms. Parece ser que Brahms consultó a su amigo, el insigne violinista Joseph Joachim, quien debió influir notabilísimamente en la partitura final, pues las exigencias al solista son verdaderamente infernales. El concierto está dividido en tres movimientos: Allegro non troppo, Adagio y Allegro giocoso, ma non troppo vivace. El primer movimiento es sin duda el menos afortunado, con un solo de violín de varios minutos que si bien permite el lucimiento del solista, aburre soberanamente al espectador. El mero hecho de ver durante minutos y minutos a los músicos de la orquesta con el instrumento en las rodillas, mirando con aburrimiento al solista, ya deja una sensación soporífera, por mucho que, ya digo, Dogadin estuviera impecable. El movimiento intermedio, el Adagio, al no tener ese solo y contener, por otro lado, unas frases musicales mucho más reconocibles se hace más ameno. Por último, el tercer movimiento recupera al público con melodías y ritmos enérgicos, sin aburridos solos. 
 Sergei Dogadin estuvo magnífico, su dominio de la obra salvó el concierto. Para bis escogió una obra popular, con arraigo español (muy típico en instrumentistas de allende las fronteras, que quieren empatizar con el público español), la Fantasía flamenca de Aleksey Igudesman, que, una vez más, exige unas virguerías extraordinarias al violinista, algo que los espectadores aprecian y premian con un largo aplauso.
 Después del descanso, de nuevo Brahms, con su Cuarteto con piano nº1 en sol menor, pero pasado por el talento como arreglista y adaptador a orquesta de Arnold Schönberg. Y claro, un servidor (y otros muchos, estoy seguro) se echa a temblar cuando se menciona a Schönberg, por mucho que se sepa que previo al desbarre insoportable del dodecafonismo, era un talentoso compositor además de arreglista. Y precisamente aquí es lo que hizo: arreglar y adaptar una obra para cuarteto con piano a orquesta sinfónica completa (en el sentido romántico además, con percusión y viento metal a tutiplén). El resultado, desde luego, fue óptimo, convirtiéndola en una obra de una fuerza arrolladora, que algunos musicólogos han llegado a equiparar a una sinfonía del compositor hamburgués. La obra está estructurada en cuatro movimientos: Allegro, Intermezzo, Andante con moto y Rondo alla Zingarese (Presto), de los cuales el más interesante sin duda es el último, cuando se aprovecha a toda la cuerda para recuperar melodías gitanas, algo muy característico y admirado de Brahms, recordándonos a todos las magníficas Danzas húngaras que tanto prestigio dieron al compositor alemán.

domingo, 22 de marzo de 2026

"Vida contemplativa", de Byung-Chul Han.

  Siempre me digo a mí mismo, y a quien me quiere escuchar, que no leo ensayo porque me parece siempre insatisfactorio: aunque me guste mucho la línea de pensamiento del ensayista, aunque coincida en muchos aspectos, siempre difiero en otros y, normalmente, no acabo compartiendo las conclusiones. Esto me ha pasado con Byung-Chul Han. Por otro lado, es fácil, leyendo entre líneas, encontrar pensamientos más profundos en cualquier obra de ficción, incluso las de ciencia-ficción, que pudieran parecer de puro y banal entretenimiento. Ahora mismo, por ejemplo, estoy leyendo otra vez a Chesterton, un volumen de Valdemar que han titulado Fábulas y cuentos, e incluso en esas fábulas se puede percibir las líneas de pensamientos social de alguien como Chesterton. Así, cabría decir que no es necesario leer ensayo para saber qué sociedad o qué individuo propugna, y es mucho más amena la lectura de cualquier ensayo.
 Es lo primero que leo, tal vez, lo último, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Digo surcoreano, pero, aparentemente, cabría decir mejor coreano-alemán, pues está radicado en la ciudad de Friburgo de Brisgovia (Baden-Wurtemberg, curiosamente la ciudad de Martin Heidegger) y escribe todos sus ensayos en alemán. Por otro lado, pasa por ser un "filósofo católico", aunque, como ahora explicaré, parece ser una versión muy light, muy moderna de Catolicismo. Sí se aprecia desde luego una acerba crítica del Capitalismo, como sistema económico deshumanizante y  alienante.
 Vida contemplativa es, grosso modo, una defensa del tiempo libre, pero considerado como un tiempo para meditar, para pararse a pensar y ahondar en la espiritualidad que nos reconcilie con nosotros mismos. Está estructurado en seis capítulos, que, más o menos, podrían encajar con el "introducción, desarrollo y conclusión" clásico de cualquier ensayo. Iré citando algunas frases más destacables y las comentaré según mi entender.
 Comienza con Consideraciones sobre la inactividad, donde critica con dureza la vida moderna en la que "sólo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento", percibiendo, por tanto, que el tiempo libre es un tiempo perdido, por cuanto no rendimos nada. El Capitalismo alienante "transforma el propio tiempo en una mercancía. Con lo cual, este pierde toda festividad". "El capitalismo es la actividad en estado puro. Es la trascendencia que se apodera de la inmanencia de la vida y la explota por completo... El humano se degrada en forma de un animal laborans". Se apoya, en este primer capítulo de citas de Walter Benjamin, Marx e incluso de Peter Handke.
En Una nota marginal a propósito de Zhuangzi introduce a ese archiconocido filósofo chino del siglo III a. de C. para recordar su doctrina de la inactividad como una parte inolvidable de la ley natural.
 De la acción al ser es el tercer capítulo del ensayo, en el que cita a menudo a Hanna Arendt, también radicada (hasta que llegó el Tercer Reich, claro) en Friburgo de Brisgovia. Han considera que "la meditación inactiva va tras el esplendor de lo insignificante, lo inutilizable, lo indisponible, de lo que se sustrae a toda utilidad, a toda meta". En este capítulo, además de a Arendt, también cita numerosas veces a Heidegger.
 La absoluta falta de ser comienza con un poema de Rilke, para luego afirmar que "el corazón no puede brindar hoy ningún refugio a la perennidad. Si el corazón es el órgano del recuerdo y la memoria, en la era digital estamos absolutamente desprovistos de corazón. Almacenamos cantidades impresionantes de datos e informaciones sin recordar". Con respecto a la obsesión por durar lo más posible, Han dice: "hoy invertimos lo mejor de nuestro empeño en alargar la vida. En realidad, la vida se está reduciendo a supervivencia. Vivimos para sobrevivir. La histeria de la salud y la manía de la optimización son reflejos ante la falta de ser reinante". 
 De los tres pilares aristotélicos de la persuasión (páthos, ethos y logos), Han recurre al primero cuando afirma en El páthos de la acción: "El páthos de lo nuevo y del nuevo comienzo desarrolla rasgos destructivos, si no es inhibido por aquel otro espíritu que Nietzche llamó genio de la meditación".
 Por último, la supuesta conclusión es titulada La sociedad que vendrá, y comienza con lo que parece una salida de orientación cristiana cuando asevera: "La crisis actual de la religión no puede atribuirse simplemente al hecho de que hayamos perdido toda fe en Dios o a que nos hayamos vuelto desconfiados con respecto a determinados dogmas. En un plano más profundo, esta crisis apunta a que estamos perdiendo cada vez más la capacidad contemplativa". Sin embargo, cuando uno esperaba una defensa cerrada de la contemplación, en el sentido cristiano de la misma, es decir, en la atención a la espiritualidad en detrimento de lo material, Byung-Chul Han opta por una versión muy light del Cristianismo, que está, por otro lado, muy de moda, y que ha sido llamado "new age", es decir que liga la divinidad a la naturaleza, considerando lo contemplativo como la vuelta a lo natural.
 Así pues, como decía antes, la lectura de este ensayo me deja un poco frío. No encuentro verdaderos argumentos que refuercen la vida contemplativa, de nuevo, en un sentido cristiano, como la de aquellos de vida consagrada que no siguen la archiconocida regla benedictina del ora et labora, sino que apuestan todo a la espiritualidad, a la contemplación, al ora. Los planteamientos iniciales de Han son correctos, también cuando critica el Capitalismo actual que hace que nosotros mismos nos "autoesclavicemos", no dejándonos ni un minuto libre para la reflexión. Con ese afán de productividad, que sin duda tiene un origen capitalista o mercantil, nos explotamos a nosotros mismos como si fuéramos animales de trabajo, negligiendo nuestra parte espiritual, la más importante de nuestro ser. Pero luego no remata bien su ensayo al no promover ese "bajar los brazos para elevar el espíritu", es decir, dejar de producir para meditar, reflexionar, pensar y sentir.

sábado, 21 de marzo de 2026

"Read for Pleasure", by Grant Snider, (www.incidentalcomics.com).

 

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

Inciso musical: decimotercer concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Rimski-Kórsakov, Rodrigo, Ravel y Albéniz.

  Si días atrás tocaba repensar la música romántica rusa, y anteriormente, la germánica, ayer tocó lo propio con la española.  Bienvenido sea. Y, aunque digo "repensar música culta española" no digo que fueran españoles los compositores, de éstos sólo eran connacionales nuestros Rodrigo y Albéniz, pero nadie dudará de la hispanofilia de Maurice Ravel o de la inspiración ibérica del Capricho español de Rimski-Kórsakov.
 Defendía ayer ante un vecino de localidad y amigo que a un servidor le hubiera gustado que el himno nacional de su país hubiera sido tomado de algún fragmento de música culta en lugar de ser un himno militar. ¿Acaso no es el himno alemán el espléndido Deutschlandlied de Joseph Haydn? ¿Por qué no podía tomarse como himno de España un fragmento de este espléndido Capricho español de Rimski-Korsakóv, por ejemplo, o de obras claramente inspiradas en España y lo español de compositores como Ravel, Albéniz o Boccherini? Supongo que la historia de nuestro atribulado país, con tanta guerra, tanto conflicto y tanta violencia promovió la visión militarista sobre la cultural... Una pena. En fin, digresiones aparte, el concierto de ayer sí representaba esa españolidad, quizá un cierto tópica y estereotipada, pero perfectamente reconocible en el mundo entero.
 Ayer, la OSCyL recuperó a su batuta habitual, Thierry Fischer; el solista invitado fue el guitarrista malagueño Rafael Aguirre.
 El concierto comenzó con el estupendo y archiconocido Capricho español de Nikolái Rimski-Kórsakov, una de esas obras que no dejan indiferente a nadie, preñada de energía y alegría de vivir. Parece ser que el compositor ruso llegó a visitar España para inspirarse, además de tomar obras populares del folclore asturiano y andaluz para desarrollar esta magnífica composición. A ella me refiero cuando argumento que se podían tomar fragmentos de melodías de música culta y, mutatis mutandis, adaptarlo para ser nuestro himno nacional. En fin, ideas disparatadas que tiene uno... Volviendo a la obra de Rimski, su obra está estructurada en cinco movimientos, contrastando el tempo al usar alternativamente las músicas provenientes de danzas populares: la alborada asturiana o el canto gitano andaluz. Se podrá argüir que los motivos son clichés demasiado manidos, pero nadie podrá negar la belleza arrebatadora de la pieza.
 A continuación, el guitarrista Rafael Aguirre interpretó el Concierto para una fiesta, para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo. Obra menor si se compara con el Concierto de Aranjuez, pero es que cualquier obra es menor comparada con tal genialidad. Y, en realidad, esto se tiene presente en todo momento y el Concierto para una fiesta acaba por parecer un tanto anodino, con momentos en los que el oyente parece perderse un poco. Eso sí, la sobresaliente interpretación de Aguirre emocionó a todo el auditorio. Haré un inciso aquí para preguntar hasta qué punto es adecuada una sala sinfónica para un concierto de guitarra. Porque se hace imprescindible un mecanismo de amplificación para que el instrumento solista no quede tapado por completo por la orquesta. ¿No sería mejor para estos concierto hacerlos en salas de cámara, donde el sonido llegaría mejor a todos los oyentes? Bien, pregunta retórica. Rafael Aguirre obsequió al Miguel Delibes con un bis en el que se muestra que la guitarra, por muy clásica que sea, es un instrumento a medio camino entre la música culta y la popular, fue, en palabras del guitarrista "Campanera, de Joselito". Cito las palabras exactas de Aguirre porque ya en el momento me extrañó que ese pasodoble, muy conocido por una película del año 1953, difícilmente pudo ser compuesta por un niño de, entonces, diez años. Buscando en internet, Campanera fue compuesta por el maestro Genaro Monreal. Si ni siquiera los músicos dan la importancia merecida a los compositores...
 Después del descanso tocó el turno de Maurice Ravel, el más español de los compositores franceses, sin duda, incluso teniendo en cuenta Carmen de Bizet. De todos es conocido que la madre de Ravel era vasca y él mismo nacido en País Vasco francés, en Ciboure. Quizá estos orígenes lo acercaron a la música popular española o, mejor dicho, hicieron que tomara la música popular española para adaptarla a la música culta. Pero no hay duda, en todo caso, de la influencia española en el Bolero, en la Alborada del gracioso o, claro en esta Rapsodia española. Como decía antes, motivos musicales preñados de clichés, de estereotipos y tópicos, pero muy efectistas, de esos que o gustan mucho o se rechazan de plano. En mi caso, diré que, en pequeñas dosis, son obras que refuerzan el gusto nacional de un servidor, pero en exceso acaban por empachar un tanto.
 Una de las obras de carácter absolutamente españolas que son más bellas es la Suite Iberia de Isaac Albéniz, otra obra maestra. Pero, en mi humilde opinión, la adaptación para orquesta pierde mucha de la belleza y fuerza que tiene cuando se interpreta para piano. De toda la suite, quizá sea Almería una de las más hermosas y, sobre todo, evocadoras. También tiene mucho de cliché, pero con ese carácter evocador y sugerente, típico del llamado "impresionismo musical" transmite una idea de esa españolidad que está libre de patrioterismos y chovinismos. Lástima de la adaptación orquestal.
 Por último se interpretó La valse de Ravel, la única pieza que no tiene relación directa con lo hispánico, sino que nos lleva, como todos los valses a la capital austriaca, a esa Viena galante en la que la alta sociedad se desvivía por los valses de la familia Strauss. Quizá fuera el contrapunto a una velada muy española.