Si días atrás tocaba repensar la música romántica rusa, y anteriormente, la germánica, ayer tocó lo propio con la española. Bienvenido sea. Y, aunque digo "repensar música culta española" no digo que fueran españoles los compositores, de éstos sólo eran connacionales nuestros Rodrigo y Albéniz, pero nadie dudará de la hispanofilia de Maurice Ravel o de la inspiración ibérica del Capricho español de Rimski-Kórsakov.
Defendía ayer ante un vecino de localidad y amigo que a un servidor le hubiera gustado que el himno nacional de su país hubiera sido tomado de algún fragmento de música culta en lugar de ser un himno militar. ¿Acaso no es el himno alemán el espléndido Deutschlandlied de Joseph Haydn? ¿Por qué no podía tomarse como himno de España un fragmento de este espléndido Capricho español de Rimski-Korsakóv, por ejemplo, o de obras claramente inspiradas en España y lo español de compositores como Ravel, Albéniz o Boccherini? Supongo que la historia de nuestro atribulado país, con tanta guerra, tanto conflicto y tanta violencia promovió la visión militarista sobre la cultural... Una pena. En fin, digresiones aparte, el concierto de ayer sí representaba esa españolidad, quizá un cierto tópica y estereotipada, pero perfectamente reconocible en el mundo entero.
Ayer, la OSCyL recuperó a su batuta habitual, Thierry Fischer; el solista invitado fue el guitarrista malagueño Rafael Aguirre.
El concierto comenzó con el estupendo y archiconocido Capricho español de Nikolái Rimski-Kórsakov, una de esas obras que no dejan indiferente a nadie, preñada de energía y alegría de vivir. Parece ser que el compositor ruso llegó a visitar España para inspirarse, además de tomar obras populares del folclore asturiano y andaluz para desarrollar esta magnífica composición. A ella me refiero cuando argumento que se podían tomar fragmentos de melodías de música culta y, mutatis mutandis, adaptarlo para ser nuestro himno nacional. En fin, ideas disparatadas que tiene uno... Volviendo a la obra de Rimski, su obra está estructurada en cinco movimientos, contrastando el tempo al usar alternativamente las músicas provenientes de danzas populares: la alborada asturiana o el canto gitano andaluz. Se podrá argüir que los motivos son clichés demasiado manidos, pero nadie podrá negar la belleza arrebatadora de la pieza.
A continuación, el guitarrista Rafael Aguirre interpretó el Concierto para una fiesta, para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo. Obra menor si se compara con el Concierto de Aranjuez, pero es que cualquier obra es menor comparada con tal genialidad. Y, en realidad, esto se tiene presente en todo momento y el Concierto para una fiesta acaba por parecer un tanto anodino, con momentos en los que el oyente parece perderse un poco. Eso sí, la sobresaliente interpretación de Aguirre emocionó a todo el auditorio. Haré un inciso aquí para preguntar hasta qué punto es adecuada una sala sinfónica para un concierto de guitarra. Porque se hace imprescindible un mecanismo de amplificación para que el instrumento solista no quede tapado por completo por la orquesta. ¿No sería mejor para estos concierto hacerlos en salas de cámara, donde el sonido llegaría mejor a todos los oyentes? Bien, pregunta retórica. Rafael Aguirre obsequió al Miguel Delibes con un bis en el que se muestra que la guitarra, por muy clásica que sea, es un instrumento a medio camino entre la música culta y la popular, fue, en palabras del guitarrista "Campanera, de Joselito". Cito las palabras exactas de Aguirre porque ya en el momento me extrañó que ese pasodoble, muy conocido por una película del año 1953, difícilmente pudo ser compuesta por un niño de, entonces, diez años. Buscando en internet, Campanera fue compuesta por el maestro Genaro Monreal. Si ni siquiera los músicos dan la importancia merecida a los compositores...
Después del descanso tocó el turno de Maurice Ravel, el más español de los compositores franceses, sin duda, incluso teniendo en cuenta Carmen de Bizet. De todos es conocido que la madre de Ravel era vasca y él mismo nacido en País Vasco francés, en Ciboure. Quizá estos orígenes lo acercaron a la música popular española o, mejor dicho, hicieron que tomara la música popular española para adaptarla a la música culta. Pero no hay duda, en todo caso, de la influencia española en el Bolero, en la Alborada del gracioso o, claro en esta Rapsodia española. Como decía antes, motivos musicales preñados de clichés, de estereotipos y tópicos, pero muy efectistas, de esos que o gustan mucho o se rechazan de plano. En mi caso, diré que, en pequeñas dosis, son obras que refuerzan el gusto nacional de un servidor, pero en exceso acaban por empachar un tanto.
Una de las obras de carácter absolutamente españolas que son más bellas es la Suite Iberia de Isaac Albéniz, otra obra maestra. Pero, en mi humilde opinión, la adaptación para orquesta pierde mucha de la belleza y fuerza que tiene cuando se interpreta para piano. De toda la suite, quizá sea Almería una de las más hermosas y, sobre todo, evocadoras. También tiene mucho de cliché, pero con ese carácter evocador y sugerente, típico del llamado "impresionismo musical" transmite una idea de esa españolidad que está libre de patrioterismos y chovinismos. Lástima de la adaptación orquestal.
Por último se interpretó La valse de Ravel, la única pieza que no tiene relación directa con lo hispánico, sino que nos lleva, como todos los valses a la capital austriaca, a esa Viena galante en la que la alta sociedad se desvivía por los valses de la familia Strauss. Quizá fuera el contrapunto a una velada muy española.


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