sábado, 28 de marzo de 2026

"Fábulas y cuentos", de Gilbert Keith Chesterton.

  Estos días atrás, he leído a la vez Generación X de Douglas Coupland, que acabo de reseñar, con este pequeño volumen de la editorial Valdemar titulado Fábulas y cuentos del inmortal Chesterton y, claro, la diferencia de calidad es tan innegable que seguro que ha influenciado en la mala recensión de la novela de Coupland. Porque Chesterton es una apuesta segura. No digo que he leído todo lo del inglés porque su producción es enorme, ya sea en narrativa, poesía, ensayo o teatro, pero sí he leído mucho, y no he encontrado nada que fuera flojo, previsible o de baja calidad. Sí puede ocurrir que algo esté desactualizado o que, por mor de los cambios sociales -naturales o forzados-, ya no sea tan interesante. Pero poco de eso, poco. Porque, no sólo los ensayos, también en el resto de géneros literarios, el inglés no da puntada sin hilo, siempre aprovecha para dar su parecer sobre un determinado tema, de forma sutil, claro, o para criticar una desmesura o un mal comportamiento individual o colectivo. Chesterton era, quién lo duda, un moralista. Pero su moral era de tipo natural, reforzada por la cristiana, en alguien, recordemos, que fue criado en el ateísmo racionalista de finales del XIX y que, por su independencia intelectual y criterio propio, llegó al Catolicismo pasando previamente por el Anglicanismo. Sí, G. K. Chesterton fue un verso libre, alguien que no buscaba la aprobación ni el aplauso de sus semejantes, sino que orientó sus pasos en la vida en función de lo que su raciocinio le dictaba. En ese sentido, el de buscar el propio camino y no la alabanza ajena, Chesterton es un ejemplo a seguir.
 Así que no es sorpresa alguna encontrar esa moral natural y cristiana en casi todas las fábulas y cuentos reunidos en este pequeño tomo de la excelente colección El Club Diógenes de Valdemar. Pero todo, por supuesto, sin adoctrinar, escrito de forma sutil; quien quiera entender, que entienda; quien quiera vivir una vida plena, que la viva... Así, casi todas las narraciones de Chesterton son lecciones de vida, consideraciones tomadas a vuelapluma pero que conllevan un trasfondo de gran calado vital.
 Las tres edades,  más que una fábula es una pequeña reflexión sobre tres estilos arquitectónicos que el autor llama: cristiano, romántico y realista, de una forma más subjetiva que académica, claro. Una historia disparatada cuenta el nacimiento y la vida desde el punto de vista subjetiva del neonato, que se ve lanzado al cruel mundo, ¿y si el neonato tuviera la capacidad reflexiva del adulto? Chesterton lo novela. Nostalgia de casa es un relato muy evangélico, algo frecuente en el inglés, de un hombre que busca su casa, otra forma de llamar a Dios. Cultura y lumbre es un cortísimo relato de dos viajeros de tren sobre el poder cultural del fuego, que, tal vez, nos hizo humanos. La doma de la pesadilla es la continuación de la cancioncilla infantil de Jack Horner, que domó la yegua de la pesadilla, criatura infernal. Los tres perros es una fascinante fábula de cómo surgió el can Cerbero: al principio eran tres perros que se turnaban para cazar, sin discutir entre ellos; pero Hermes, el dios del comercio les hizo competir entre ellos, discutiendo y peleando siempre; Plutón, el dios de la fragua los fundió en un único cuerpo con tres cabezas. En La leyenda de San Francisco, el santo baja a la Tierra, aunque al principio cree que muchos siguen los principios franciscanos de pobreza y humildad (por la gran cantidad de pobres que ve), luego se da cuenta de que todos buscan la riqueza y el placer. La calle irritada  es una fábula que desprecia la vida moderna, en la que las personas tienen rutinas machacantes y sin sentido, pero lo hace poniendo el foco en las cosas materiales, que son menospreciados y desdeñados por quienes llevan esas vidas de esclavos. La leyenda de la espada está ambientada en la Guerra de Cuba: un americano (moderno, arrogante, armado con las últimas tecnologías) y un español (anacrónico, caballeroso, con una espada como toda tecnología); el español es una suerte de Quijote (honorable, respetuoso, ingenuo, anticuado...); pero el autor toma partida por el español, claro. El dragón en su escondite es una fábula en la que un caballero va a sobrevivir a un dragón, diciendo previamente que se esconderá donde no pueda encontrarlo; ¿dónde lo hará? Dentro de la propia criatura mitológica; es otra forma de explicar cómo se puede estar libre de un peligro cerca de él (a salvo junto a la boca del lobo). 
 Bueno, y así hasta dieciséis relatos, dieciséis pequeñas joyas, todas con su lección moral correspondiente. Una pequeña gran colección esta de Valdemar, como todas las de Chesterton.

"Generación X", de Douglas Coupland.

  Leí Generación X hace la friolera de treinta y tantos años, cuando un servidor andaba por los veintipocos, principalmente por recomendación de un amigo de la época que, a su vez, lo había oído mencionar como novela icónica para nuestra supuesta generación. Esa "supuesta generación" nuestra fue llamada por algún sociólogo con afán de notoriedad como "generación X". Aparentemente, a la generación X pertenecían los nacidos entre 1965 y 1980, con lo que, efectivamente ahí estaba yo. Está claro que esto de las generaciones es un tanto simplón, que sólo se aplica a las sociedades occidentales y que no deja de ser una generalización burda a la que no debería prestarse mucha atención... Pero, en fin, fuera por la influencia de aquel amigo, por la búsqueda un tanto desesperada de pertenencia a un grupo social o por puro seguidismo, lo cierto es que leí esta novela de Douglas Coupland que fue un éxito absoluto en Estados Unidos y después, con menor intensidad, en Europa. Tal fue el éxito, que la novela fue presentada (evidente estratagema editorial) como la obra que retrataba a esa generación, como una novela icónica, como un texto de referencia sin el cual no se comprendería a todo ese grupo humano.
 Y recuerdo que la novela me gustó razonablemente en aquel entonces. Sí me llegué a reconocer parcialmente (o lo forcé, no sé) en esa gente un tanto desilusionada antes de llegar a los treinta, quizá la generación con mayor nivel educativo hasta el momento, pero que sentía que eso no tenía gran valor, y que no sabía cómo adaptarse a la vida adulta. Pensándolo bien, supongo que sería más un "querer parecerse" que parecerse realmente. Bueno, lo cierto es que la relectura de la novela, treinta años después, me ha dejado un tanto frío. He visto muchos errores que no percibí antes, hasta el punto de poder afirmar que es ésta una novela de juventud del tal Coupland, pero no una novela de formación o aprendizaje, sino una novela de alguien que todavía no está muy ducho en las técnicas narrativas o en la capacidad de captar la atracción del lector. Esto implica que, como ya sospechaba, el rotundo éxito en su lanzamiento el año 1991 (en España, en 1994) tiene que ver con una espléndida campaña de mercadotecnia de la industria editorial.
 Pero también, he de ser sincero, juzgo desde mis cincuenta y cinco años, nada que ver con el chaval que fui hace treinta. Ahora ya no tengo ese afán de pertenencia a grupo alguno (años hace que me precio de no encajar en ningún grupo social, lo cual no deja de ser otro grupo social), ni quiero verme reflejado en las páginas de un libro. No sé si llamarlo madurez es un tanto pretencioso, pero la autoaceptación acaba por llegar, tarde pero llega, y deja uno de mirarse el ombligo, aceptando que todos tenemos cosas que nos asemejan y nos diferencian, ya sea de la misma generación o entre generaciones. 
 Generación X es, evidentemente, un texto para gente joven, que narra un pequeño fragmento de la vida de unos veinteañeros que rememoran la época segura y sin zozobra de la infancia, así como la difícil relación con los padres y la vida adulta en general. Eso, está claro, lo han sentido los jóvenes de toda época y lugar, ya sea en los años noventa del siglo XX, en la actualidad o en la Edad Media.
 Algo destacable, meritorio, aunque no único de la novela de Coupland es la inclusión de pequeñas definiciones, a modo de diccionario, de palabros de nuevo cuño que, supuestamente, esa generación usábamos de forma cotidiana. Aquí, la traducción rompe un poco el valor de esa aportación, aunque se entiende y refuerza el sentimiento de alienación que, ya digo, es propio de toda juventud.
 En fin, una vez más: no sé si es buena idea releer, especialmente cuando hace tantos años que se leyó por primera vez. Se hace muy patente el paso del tiempo en un servidor; vienen a la memoria muchos recuerdos de la época, y su inevitable comparación con la actualidad lo dejan a uno muy malparado.

viernes, 27 de marzo de 2026

Inciso musical: decimocuarto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Brahms y Schönberg.

  El concierto de ayer estuvo dirigida por Thierry Fischer, batuta oficial de la OSCyL; el solista invitado fue el violinista ruso Sergei Dogadin, quien sustituyó, por razones de salud, a Daniel Lozakovich. Las obras elegidas, una vez más, fueron del periodo romántico, de Johannes Brahms, aunque la segunda parte pasada por el inmenso talento de Arnold Schönberg, esta vez en el buen sentido, ahora lo explico.
 La primera parte del concierto fue para el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 de Brahms. Parece ser que Brahms consultó a su amigo, el insigne violinista Joseph Joachim, quien debió influir notabilísimamente en la partitura final, pues las exigencias al solista son verdaderamente infernales. El concierto está dividido en tres movimientos: Allegro non troppo, Adagio y Allegro giocoso, ma non troppo vivace. El primer movimiento es sin duda el menos afortunado, con un solo de violín de varios minutos que si bien permite el lucimiento del solista, aburre soberanamente al espectador. El mero hecho de ver durante minutos y minutos a los músicos de la orquesta con el instrumento en las rodillas, mirando con aburrimiento al solista, ya deja una sensación soporífera, por mucho que, ya digo, Dogadin estuviera impecable. El movimiento intermedio, el Adagio, al no tener ese solo y contener, por otro lado, unas frases musicales mucho más reconocibles se hace más ameno. Por último, el tercer movimiento recupera al público con melodías y ritmos enérgicos, sin aburridos solos. 
 Sergei Dogadin estuvo magnífico, su dominio de la obra salvó el concierto. Para bis escogió una obra popular, con arraigo español (muy típico en instrumentistas de allende las fronteras, que quieren empatizar con el público español), la Fantasía flamenca de Aleksey Igudesman, que, una vez más, exige unas virguerías extraordinarias al violinista, algo que los espectadores aprecian y premian con un largo aplauso.
 Después del descanso, de nuevo Brahms, con su Cuarteto con piano nº1 en sol menor, pero pasado por el talento como arreglista y adaptador a orquesta de Arnold Schönberg. Y claro, un servidor (y otros muchos, estoy seguro) se echa a temblar cuando se menciona a Schönberg, por mucho que se sepa que previo al desbarre insoportable del dodecafonismo, era un talentoso compositor además de arreglista. Y precisamente aquí es lo que hizo: arreglar y adaptar una obra para cuarteto con piano a orquesta sinfónica completa (en el sentido romántico además, con percusión y viento metal a tutiplén). El resultado, desde luego, fue óptimo, convirtiéndola en una obra de una fuerza arrolladora, que algunos musicólogos han llegado a equiparar a una sinfonía del compositor hamburgués. La obra está estructurada en cuatro movimientos: Allegro, Intermezzo, Andante con moto y Rondo alla Zingarese (Presto), de los cuales el más interesante sin duda es el último, cuando se aprovecha a toda la cuerda para recuperar melodías gitanas, algo muy característico y admirado de Brahms, recordándonos a todos las magníficas Danzas húngaras que tanto prestigio dieron al compositor alemán.

domingo, 22 de marzo de 2026

"Vida contemplativa", de Byung-Chul Han.

  Siempre me digo a mí mismo, y a quien me quiere escuchar, que no leo ensayo porque me parece siempre insatisfactorio: aunque me guste mucho la línea de pensamiento del ensayista, aunque coincida en muchos aspectos, siempre difiero en otros y, normalmente, no acabo compartiendo las conclusiones. Esto me ha pasado con Byung-Chul Han. Por otro lado, es fácil, leyendo entre líneas, encontrar pensamientos más profundos en cualquier obra de ficción, incluso las de ciencia-ficción, que pudieran parecer de puro y banal entretenimiento. Ahora mismo, por ejemplo, estoy leyendo otra vez a Chesterton, un volumen de Valdemar que han titulado Fábulas y cuentos, e incluso en esas fábulas se puede percibir las líneas de pensamientos social de alguien como Chesterton. Así, cabría decir que no es necesario leer ensayo para saber qué sociedad o qué individuo propugna, y es mucho más amena la lectura de cualquier ensayo.
 Es lo primero que leo, tal vez, lo último, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Digo surcoreano, pero, aparentemente, cabría decir mejor coreano-alemán, pues está radicado en la ciudad de Friburgo de Brisgovia (Baden-Wurtemberg, curiosamente la ciudad de Martin Heidegger) y escribe todos sus ensayos en alemán. Por otro lado, pasa por ser un "filósofo católico", aunque, como ahora explicaré, parece ser una versión muy light, muy moderna de Catolicismo. Sí se aprecia desde luego una acerba crítica del Capitalismo, como sistema económico deshumanizante y  alienante.
 Vida contemplativa es, grosso modo, una defensa del tiempo libre, pero considerado como un tiempo para meditar, para pararse a pensar y ahondar en la espiritualidad que nos reconcilie con nosotros mismos. Está estructurado en seis capítulos, que, más o menos, podrían encajar con el "introducción, desarrollo y conclusión" clásico de cualquier ensayo. Iré citando algunas frases más destacables y las comentaré según mi entender.
 Comienza con Consideraciones sobre la inactividad, donde critica con dureza la vida moderna en la que "sólo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento", percibiendo, por tanto, que el tiempo libre es un tiempo perdido, por cuanto no rendimos nada. El Capitalismo alienante "transforma el propio tiempo en una mercancía. Con lo cual, este pierde toda festividad". "El capitalismo es la actividad en estado puro. Es la trascendencia que se apodera de la inmanencia de la vida y la explota por completo... El humano se degrada en forma de un animal laborans". Se apoya, en este primer capítulo de citas de Walter Benjamin, Marx e incluso de Peter Handke.
En Una nota marginal a propósito de Zhuangzi introduce a ese archiconocido filósofo chino del siglo III a. de C. para recordar su doctrina de la inactividad como una parte inolvidable de la ley natural.
 De la acción al ser es el tercer capítulo del ensayo, en el que cita a menudo a Hanna Arendt, también radicada (hasta que llegó el Tercer Reich, claro) en Friburgo de Brisgovia. Han considera que "la meditación inactiva va tras el esplendor de lo insignificante, lo inutilizable, lo indisponible, de lo que se sustrae a toda utilidad, a toda meta". En este capítulo, además de a Arendt, también cita numerosas veces a Heidegger.
 La absoluta falta de ser comienza con un poema de Rilke, para luego afirmar que "el corazón no puede brindar hoy ningún refugio a la perennidad. Si el corazón es el órgano del recuerdo y la memoria, en la era digital estamos absolutamente desprovistos de corazón. Almacenamos cantidades impresionantes de datos e informaciones sin recordar". Con respecto a la obsesión por durar lo más posible, Han dice: "hoy invertimos lo mejor de nuestro empeño en alargar la vida. En realidad, la vida se está reduciendo a supervivencia. Vivimos para sobrevivir. La histeria de la salud y la manía de la optimización son reflejos ante la falta de ser reinante". 
 De los tres pilares aristotélicos de la persuasión (páthos, ethos y logos), Han recurre al primero cuando afirma en El páthos de la acción: "El páthos de lo nuevo y del nuevo comienzo desarrolla rasgos destructivos, si no es inhibido por aquel otro espíritu que Nietzche llamó genio de la meditación".
 Por último, la supuesta conclusión es titulada La sociedad que vendrá, y comienza con lo que parece una salida de orientación cristiana cuando asevera: "La crisis actual de la religión no puede atribuirse simplemente al hecho de que hayamos perdido toda fe en Dios o a que nos hayamos vuelto desconfiados con respecto a determinados dogmas. En un plano más profundo, esta crisis apunta a que estamos perdiendo cada vez más la capacidad contemplativa". Sin embargo, cuando uno esperaba una defensa cerrada de la contemplación, en el sentido cristiano de la misma, es decir, en la atención a la espiritualidad en detrimento de lo material, Byung-Chul Han opta por una versión muy light del Cristianismo, que está, por otro lado, muy de moda, y que ha sido llamado "new age", es decir que liga la divinidad a la naturaleza, considerando lo contemplativo como la vuelta a lo natural.
 Así pues, como decía antes, la lectura de este ensayo me deja un poco frío. No encuentro verdaderos argumentos que refuercen la vida contemplativa, de nuevo, en un sentido cristiano, como la de aquellos de vida consagrada que no siguen la archiconocida regla benedictina del ora et labora, sino que apuestan todo a la espiritualidad, a la contemplación, al ora. Los planteamientos iniciales de Han son correctos, también cuando critica el Capitalismo actual que hace que nosotros mismos nos "autoesclavicemos", no dejándonos ni un minuto libre para la reflexión. Con ese afán de productividad, que sin duda tiene un origen capitalista o mercantil, nos explotamos a nosotros mismos como si fuéramos animales de trabajo, negligiendo nuestra parte espiritual, la más importante de nuestro ser. Pero luego no remata bien su ensayo al no promover ese "bajar los brazos para elevar el espíritu", es decir, dejar de producir para meditar, reflexionar, pensar y sentir.

sábado, 21 de marzo de 2026

"Read for Pleasure", by Grant Snider, (www.incidentalcomics.com).

 

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

Inciso musical: decimotercer concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Rimski-Kórsakov, Rodrigo, Ravel y Albéniz.

  Si días atrás tocaba repensar la música romántica rusa, y anteriormente, la germánica, ayer tocó lo propio con la española.  Bienvenido sea. Y, aunque digo "repensar música culta española" no digo que fueran españoles los compositores, de éstos sólo eran connacionales nuestros Rodrigo y Albéniz, pero nadie dudará de la hispanofilia de Maurice Ravel o de la inspiración ibérica del Capricho español de Rimski-Kórsakov.
 Defendía ayer ante un vecino de localidad y amigo que a un servidor le hubiera gustado que el himno nacional de su país hubiera sido tomado de algún fragmento de música culta en lugar de ser un himno militar. ¿Acaso no es el himno alemán el espléndido Deutschlandlied de Joseph Haydn? ¿Por qué no podía tomarse como himno de España un fragmento de este espléndido Capricho español de Rimski-Korsakóv, por ejemplo, o de obras claramente inspiradas en España y lo español de compositores como Ravel, Albéniz o Boccherini? Supongo que la historia de nuestro atribulado país, con tanta guerra, tanto conflicto y tanta violencia promovió la visión militarista sobre la cultural... Una pena. En fin, digresiones aparte, el concierto de ayer sí representaba esa españolidad, quizá un cierto tópica y estereotipada, pero perfectamente reconocible en el mundo entero.
 Ayer, la OSCyL recuperó a su batuta habitual, Thierry Fischer; el solista invitado fue el guitarrista malagueño Rafael Aguirre.
 El concierto comenzó con el estupendo y archiconocido Capricho español de Nikolái Rimski-Kórsakov, una de esas obras que no dejan indiferente a nadie, preñada de energía y alegría de vivir. Parece ser que el compositor ruso llegó a visitar España para inspirarse, además de tomar obras populares del folclore asturiano y andaluz para desarrollar esta magnífica composición. A ella me refiero cuando argumento que se podían tomar fragmentos de melodías de música culta y, mutatis mutandis, adaptarlo para ser nuestro himno nacional. En fin, ideas disparatadas que tiene uno... Volviendo a la obra de Rimski, su obra está estructurada en cinco movimientos, contrastando el tempo al usar alternativamente las músicas provenientes de danzas populares: la alborada asturiana o el canto gitano andaluz. Se podrá argüir que los motivos son clichés demasiado manidos, pero nadie podrá negar la belleza arrebatadora de la pieza.
 A continuación, el guitarrista Rafael Aguirre interpretó el Concierto para una fiesta, para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo. Obra menor si se compara con el Concierto de Aranjuez, pero es que cualquier obra es menor comparada con tal genialidad. Y, en realidad, esto se tiene presente en todo momento y el Concierto para una fiesta acaba por parecer un tanto anodino, con momentos en los que el oyente parece perderse un poco. Eso sí, la sobresaliente interpretación de Aguirre emocionó a todo el auditorio. Haré un inciso aquí para preguntar hasta qué punto es adecuada una sala sinfónica para un concierto de guitarra. Porque se hace imprescindible un mecanismo de amplificación para que el instrumento solista no quede tapado por completo por la orquesta. ¿No sería mejor para estos concierto hacerlos en salas de cámara, donde el sonido llegaría mejor a todos los oyentes? Bien, pregunta retórica. Rafael Aguirre obsequió al Miguel Delibes con un bis en el que se muestra que la guitarra, por muy clásica que sea, es un instrumento a medio camino entre la música culta y la popular, fue, en palabras del guitarrista "Campanera, de Joselito". Cito las palabras exactas de Aguirre porque ya en el momento me extrañó que ese pasodoble, muy conocido por una película del año 1953, difícilmente pudo ser compuesta por un niño de, entonces, diez años. Buscando en internet, Campanera fue compuesta por el maestro Genaro Monreal. Si ni siquiera los músicos dan la importancia merecida a los compositores...
 Después del descanso tocó el turno de Maurice Ravel, el más español de los compositores franceses, sin duda, incluso teniendo en cuenta Carmen de Bizet. De todos es conocido que la madre de Ravel era vasca y él mismo nacido en País Vasco francés, en Ciboure. Quizá estos orígenes lo acercaron a la música popular española o, mejor dicho, hicieron que tomara la música popular española para adaptarla a la música culta. Pero no hay duda, en todo caso, de la influencia española en el Bolero, en la Alborada del gracioso o, claro en esta Rapsodia española. Como decía antes, motivos musicales preñados de clichés, de estereotipos y tópicos, pero muy efectistas, de esos que o gustan mucho o se rechazan de plano. En mi caso, diré que, en pequeñas dosis, son obras que refuerzan el gusto nacional de un servidor, pero en exceso acaban por empachar un tanto.
 Una de las obras de carácter absolutamente españolas que son más bellas es la Suite Iberia de Isaac Albéniz, otra obra maestra. Pero, en mi humilde opinión, la adaptación para orquesta pierde mucha de la belleza y fuerza que tiene cuando se interpreta para piano. De toda la suite, quizá sea Almería una de las más hermosas y, sobre todo, evocadoras. También tiene mucho de cliché, pero con ese carácter evocador y sugerente, típico del llamado "impresionismo musical" transmite una idea de esa españolidad que está libre de patrioterismos y chovinismos. Lástima de la adaptación orquestal.
 Por último se interpretó La valse de Ravel, la única pieza que no tiene relación directa con lo hispánico, sino que nos lleva, como todos los valses a la capital austriaca, a esa Viena galante en la que la alta sociedad se desvivía por los valses de la familia Strauss. Quizá fuera el contrapunto a una velada muy española.

viernes, 20 de marzo de 2026

XXXIII Feria del libro antiguo y de ocasión. Valladolid.

  Otra edición más, nada menos que la trigésimo tercera de la Feria del libro antiguo y de ocasión que organiza la Asociación de libreros de viejo y antiguo de Castilla y León (ALVACAL); en su habitual y  privilegiada situación en la Acera de Recoletos. Casi veinte casetas de toda la comunidad ofrecen unos cien mil volúmenes (dicen) para lectores, bibliófilos y paseantes.
  Es una oportunidad excelente para descansar la vista en viejos lomos de libros. La verdad es que, en los últimos libros, no compro nada, a diferencia de hace algunos lustros, pero es que la biblioteca personal de un servidor supera los dos mil ejemplares, aparte de ser un feroz usuario y defensor de las bibliotecas públicas. En todo caso, el inmejorable marco, junto al Campo Grande, y el hogareño aroma a libro viejo lo reconcilia a uno con la vida. Lo visitaré, probablemente acompañado, algún día más.

Equinoccio de primavera.

De Madrazo y Agudo, José. (1819), Alegoría de la primavera [Óleo sobre lienzo]. Museo del Prado, Madrid.

lunes, 16 de marzo de 2026

"Enemigos del sistema", de Brian Aldiss.

  Un autor tan longevo y prolífico como Brian Aldiss (92 años de vida, centenares de relatos, más de treinta novelas, además de poemarios y obras de teatro) tuvo que tener por fuerza distintas épocas creativas además de altibajos de calidad. He leído bastante de este tipo; me gusta, pero reconozco que algunos relatos son demasiado enrevesados al intentar darle un sesgo intelectual que acaba siendo pretencioso e intelectualoide. En otros textos, sin embargo, Aldiss opta por una ciencia-ficción clásica, sin ambiciones ilegítimas. Enemigos del sistema es una de este último grupo, al igual que su obra más lograda, la trilogía de Heliconia. Con todo, que no se vaya por las ramas hasta perder el hilo de la narración no quiere decir que no haya alguna consideración sobre la sociedad o la civilización. En ese sentido Brian Aldiss siempre ha gustado de expresar reflexiones a través de personajes o de las situaciones que estos experimentan, para que el lector también medite sobre su propia sociedad. Y, bien pensado, es sencillo, toda vez que el escritor de ciencia-ficción ha de crear una sociedad paralela con semejanzas y diferencias a la actual sociedad humana, lo cual lleva irremediablemente  a comparaciones.
 En Enemigos del sistema se narra un futuro distópico en el que una evolucionada civilización derivada de la humana (ellos se llaman a sí mismos Homo uniformis para diferenciarse del Homo sapiens) que se ha desarrollado a partir del comunismo, con regímenes autoritarios, uniformador y utopista domina buena parte del Universo. Estos individuos dominan la ciencia hasta el punto de que no crían a sus propios hijos sino que son fertilizados in vitro y criados en una suerte de comunas donde son adoctrinados. Su instrucción política, social y económica es tan intensa que son todos copias uniformadas, con un pensamiento único que no dudan en delatarse unos a otros a la mínima diferencia. Son, a pesar de su supuesta brillantez, seres cuadriculados, carentes de imaginación; su individualidad ha sido sustituida por un comportamiento colectivo que facilita la prevalencia del sistema.
 Bien, pues seis turistas de estos Homo uniformis se encuentran en el planeta Lysenka II, un planeta que se encuentra en el periodo devónico (el de los helechos, los trilobites y los grandes peces acorazados) si no fuera por la existencia de extrañas criaturas mitad hombre mitad animal que los utopistas consideran que son formas humanas degeneradas a partir de naves espaciales de cientos de miles de años atrás, naves tripuladas y ocupadas por Homo sapiens a los que ellos llaman "colonos capitalistas". Para los protagonistas de la novela, los sapiens eran formas primitivas de las cuales evolucionaron ellos mismos, con lo cual, si esas criaturas son degeneradas de los sapiens se puede entender el desprecio con el que los tratan: como si fueran animales irracionales, con una mezcla de asco y miedo. Bien, pues una tribu de estas criaturas capturará a seis turistas tras una avería en el autobús que los transportaba. El comprensible terror de los más avanzados cuando son hechos prisioneros por unos individuos en estado paleolítico es sustituido por la sorpresa al descubrir hechos biológicos que consideran anacrónicos (fecundación, gestación y crianza de los hijos de la forma natural), así como que no pretendan matarlos sino más bien entronizarlos a la categoría de dioses. Todo esto hace que los menos adoctrinados de ellos empiecen a replantearse todo lo que creen como dogma indubitable. Finalmente serán rescatados, pero la guía de la expedición los denunciará como enemigos del sistema para que sean detenidos y reeducados.
 Como se puede ver, la novela tiene un afán reflexivo sobre esas sociedades comunistas que eran más estrictas en la creación de dogmas que las propias religiones en la Edad Media. Brian Aldiss escribió esta narración en 1978, cuando el comunismo arrasaba media Europa. Leído en 2026 hay que recordarse de cuando en cuando cómo eran esos países, aunque todavía quedan unos pocos como Corea del Norte, cuyos pobres súbditos, oprimidos e uniformados, son verdaderos esclavos.

sábado, 14 de marzo de 2026

"La bruja y el capitán", de Leonardo Sciascia.

  Dicen los de Tusquets en la contraportada (y tienen razón) que el argumento secundario de Caterina, recogida en Los novios del escritor romántico italiano Alessandro Manzoni (autor canónico para el estudio del Bachillerato en Italia, por cierto), "va a servir a Leonardo Sciascia para reflexionar sobre uno de sus temas predilectos: la Justicia". Es totalmente cierto, leyendo a Sciascia se puede apreciar su profundo amor a la tierra que lo vio nacer, pero su ansia, su anhelo de Justicia precisamente en una tierra en la que escasea. Y es que no hace falta retrotraerse al siglo XVII para encontrar injusticias brutales especialmente sobre los más débiles. Así, las reflexiones de Sciascia son aplicables a cualquier época y lugar, no sólo para el Milán del XVII. Pero Sciascia, en su sobresaliente maestría, critica esa brutalidad de forma sutil, suave, incluso amable. Hecho de otro modo hubiera quedado ingenuo e infantiloide, como la rabieta del adolescente ante la incontrovertible realidad. Sciascia publica La bruja y el capitán ("La strega e il capitano") en 1986, tres años antes de morir, cuando ya había probado todas las mieles del éxito sin abandonarse al elogio y al autobombo más vulgar, sino manteniendo los pies en la tierra y siendo consciente de los terribles defectos sociales de esa isla suya a la que tanto amaba. Bueno, pero como decía antes Sciascia no es siciliano, no es italiano, es universal, con lo que sus novelas son extrapolables, en este caso, al Milán del XVII.
 Al basarse en una trama secundaria de Los novios de Alessandro Manzoni, Sciascia no novela, sino que reseña, casi de forma notarial (aunque con las correspondientes reflexiones sociales), esa historia de la sirvienta Caterina. No hay, pues, diálogos ni personajes diferenciados, sino la mera recogida de datos, hechos y declaraciones ante el Tribunal de la Inquisición. 
 El juicio se presenta oficialmente como la confirmación de brujería por parte de Caterina de Medici (no confundir con la reina consorte de Francia), sirvienta cuasi analfabeta, que, según ella misma admitió, echó mal de ojo a su señor, el capitán del título, para que se casara con ella (ya que convivían carnalmente), así como para provocar dolores de estómago a otro señor al que sirvió con anterioridad. Evidentemente, Caterina no es bruja, es una pobre mujer sin cultura que pretende mejorar su vida con un matrimonio desigual, aprovechándose de un conjunto de supersticiones y supercherías que eran comunes en las clases populares del momento. La Inquisición se ensaña con ella en un juicio que ya estaba decidido de antemano, como Sciascia relata: "Pero el Senado y el tribunal no perseguían la verdad, perseguían crear un monstruo que se ajustase perfectamente al más alto grado de consubstanciación diabólica, de manifestación del mal, sobre el que los manuales de demonología, clasificando y describiendo, deliraban". En el culmen de la maldad, en el juicio basta con que se nombren a niños o adultos que han sufrido muertes inexplicadas (casi todas en aquel siglo XVII) para inculpar a la supuesta bruja, no hacía falta probar nada. Finalmente, como estaba previsto, se declara bruja a Caterina de Medici y se la condena a morir en la hoguera.
 La forma aséptica de relatar de Sciascia refuerza la sensación que tiene el lector de injusticia brutal y del tribunal inquisitorial como una salvaje máquina bien engrasada que trituraba a los más débiles de entre los débiles. Ahí es donde el autor busca esa Justicia que los hombres debieran aplicar a sus iguales y que nunca se dio.
 Es una pequeña novela de Sciascia, quizá más interesante para los lectores italianos que para los españoles (por aquello de que conozcan previamente la historia en la citada Los novios de Manzoni), pero en cualquier caso , buscando esa frialdad del relato para hacer más evidente la bestialidad del juicio, el autor incita al lector a reflexionar sobre la Justicia, esa entelequia con la que los hombres jugamos a ser Dios.

viernes, 13 de marzo de 2026

"El chino del dolor", de Peter Handke.

  Leí a Peter Handke varios años antes de que le dieran el Nobel (se lo dieron en 2019) y, releyendo las entradas en este blog, pensé lo mismo que pienso hoy, ahora agravado por el inmerecido Nobel de literatura. Decía también en este mismo blog que conocí al escritor austriaco a través del cine, pues fue guionista de varias películas de un controvertido director alemán, Wim Wenders. Pero, en todo caso, la sensación que me dejaba la lectura de Handke era insatisfactoria: la de un escritor demasiado intelectualizado, que usa la escritura para desarrollar temas seudofilosóficos que serán muy importantes para él, pero que para el resto son irrelevantes. El afán intelectualoide es tan evidente que acaba siendo prepotente, arrogante y vanidoso, como un adolescente que quiere aparentar ser adulto, así de ridículo es. Eso pensaba cuando lo leí, en 2014 y 2015, eso lo pienso, con mucho más fundamento, en 2026. Cuando supe de su premiación con el Nobel juzgue lo que otras veces, que ese famosísimo premio tiene mucho más que ver con temas geopolíticos y sociológicos que con los meramente literarios. Por último, diré hoy lo mismo que decía hace once y doce años: que no pienso leer más a este tipo, ¿lo cumpliré esta vez?
 El chino del dolor es una novela breve publicada en 1983, cuando Handke ya tenía cierto prestigio internacional, y narra un fragmento de la vida de un tal Andreas Loser, profesor de lenguas muertas en excedencia que vive solo en un piso de alquiler tras la separación de su esposa y sus dos hijos. Por cierto que se explica que el apellido, que tanto en inglés como en alemán significaría "perdedor" no es tal, sino que proviene del verbo alemán losen que se traduciría por "escuchar" o "aguzar el oído". Bien, el tal Loser es, como todos los protagonistas de Handke, un tipo anodino y sumergido en una suerte de marasmo (que el autor pretende que sea vida contemplativa y reflexiva), porque, efectivamente, la vida de Andreas se limita a observar absolutamente todo lo que le rodea y, se supone, anotarlo en algún sitio. Tanto es así que el autor se refiere a su personaje como "el observador". Por supuesto, la observación lleva a esa seudofilosofía y actitud intelectualoide de la que hacía mención. El resto es un vivir sin dirección, sin motivo, sin sentido. Y así, sin motivo, un día mata a un excursionista desconocido en un paseo por la montaña cercana a Salzburgo. Sin razón aparente, le lanza una piedra que lo acaba matando, y se desembaraza del cadáver arrojándolo por un precipicio. Así, porque sí. El asesino, aparentemente, no ha sido observado y como no le une relación alguna con su víctima, nunca será detenido. Es, pues, su "asesinato perfecto" si es que tal estupidez existe. Después de tamaña locura sin sentido, Andreas Loser reflexiona sobre el concepto de umbral, lo hará especialmente con amigos con los que juega a las cartas. Estos amigos son un pintor, un político y un cura. Discurrirán sobre el concepto de umbral como lugar de acceso a otro sitio desde los puntos de vista cultural, el pintor; sociopolítico, el político; y religioso, el cura. Es aquí cuando el desbarre intelectualoide se le va de las manos al bueno de Handke. Más tarde, tan inopinadamente como mata a un tipo, Andreas se acuesta con una desconocida. Esto es irrelevante (como todo) si no fuera porque ella le dice "mi chino del dolor", porque aparentemente notaba en él un dolor, una culpa, y porque miraba con los ojos rasgados, como un chino. Esto explicaría, digo yo, el extraño título de la novela. La novela acaba con un supuesto epílogo, que no es tal, pues no hay remate ni colofón de nada, sigue con sus observaciones minuciosas y absurdas.
 En fin, ya digo, una novela incoherente y sin sentido, que de puro pretenciosa no es sino ridícula. Ahora, acrecentado todo esto con el inmerecido Premio Nobel de literatura en 2019, habrá bobos que alaben al austriaco por puro seguidismo. ¡Qué poco criterio propio!

lunes, 9 de marzo de 2026

"Diario de un don nadie", de George y Weedon Grossmith.

  Uno nunca puede ser imparcial, cuando le gusta un determinado periodo o cultura se tiende a valorar todo lo que proviene de ellos de forma positiva, y luego se da uno el batacazo. Un batacazo considerable me he dado yo al leer Diario de un don nadie, escrito por George Grossmith e ilustrado por su hermano Weedon. Y es que, si alguien lee este blog pobretón lo sabrá, la época victoriana e Inglaterra son las coordinadas espaciotemporales en las que encuentro a mis escritores predilectos. Pero en mi descargo diré que hay que ser un redomado tarugo para no apreciar a Dickens, Trollope, Hardy, Austen, Thackeray, James, Stevenson, Tennyson y compañía. Que uno tiene paladar, vamos. Pero en la simpleza de quien esto escribe se comete el gravísimo error de pensar que todo aquello que se escribió en la pérfida Albión a finales del XIX ha de ser por fuerza de altísima calidad. Por otro lado, las zozobras anímicas provocadas por vivir en un planeta con ocho mil millones de imbéciles (casi toda la población, excluyendo un pequeño grupo del que me he rodeado, felizmente) me fuerzan últimamente a buscar literatura humorística para seguir alentando. Conocía la existencia de Punch, revista humorística inglesa editada a partir de 1841 y que estos tíos que reseño ahora habían publicado en ella. Todo ello me llevó a sacar este libro de la biblioteca... y darme el batacazo.
 Y es que, queridos amigos, no se puede generalizar. Que esa pequeña isla del Atlántico tuviera una de las generaciones de escritores más prolíficas y excelentes no quiere decir que todos los escritores ingleses de época victoriana lo fueran. Temo tener que decir, espero no ser injusto, que George Grossmith no fue un escritor meritorio. Es más, creo que Weedon Grossmith como caricaturista y dibujante es mucho mejor que su hermano como escritor.
 Diario de un don nadie es, obviamente, un diario, el de Charles Pooter (el apellido, claro, es una broma que se repite muy a menudo, "poo" se traduce como "caca", así que Pooter sería algo así como Cagón), un inglés de clase media baja, contable en la city, con mezquinas aspiraciones, con ínfulas, grandes anhelos de trepar socialmente, de mente cuadriculada y una terrible tendencia a contar chistes malos. Es, en realidad, una burla del típico inglés de clase media, buen ciudadano, ñoño hasta aburrir, cicatero y roñoso. Precisamente, por ahorrarse unas pocas libras tiende a meterse en situaciones ridículas, acabando por ser el hazmerreír de todos. Si se comparara con un personaje televisivo semejante sería el contemporáneo Mr. Bean.
 Evidentemente, el diario de Pooter es de una irrelevancia absoluta,, anotando en él bobadas cotidianas a las que presta gran importancia. Ese afán grandilocuente contrasta con su mediocridad absoluta, ahí está lo jocoso.
 Quien lea esto pensará que no hace falta irse a la Inglaterra victoriana para encontrar Pooters a tutiplén, que aquí mismo hay millares de bobos solemnes que se creen dechados de virtud. ¡Ay de mi propia familia cierta gente!
 En fin, leyendo lo que acabo de escribir podría parecer interesante, pero Grossmith no lo consigue. Es bastante malo; quizá por el tiempo pasado muchas situaciones chistosas son previsibles y poco graciosas. Todo el diario resulta bastante ñoño. Se entiende el humor, por supuesto, pero es tan evidente y blanco que no satisface. Una pequeña decepción.

domingo, 8 de marzo de 2026

Inciso museístico: Museo de Valladolid.

  Al igual que en otra entrada precedente en la que glosaba la importantísima labor cultural que ejercen las bibliotecas públicas, ahora hago lo propio con los museos. Porque, a pesar de que estén prácticamente vacíos excepto los que forman parte de, digamos, "el circuito de los grandes museos", que en España son pocos aparte del Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza y el Reina Sofía (que, seamos sinceros, tienen miles de visitantes, la mayor parte de los cuales sólo quiere figurar ante sus amigos y conocidos de haberlos visitado para darse fuste), existen centenares de museos en España que cumplen extraordinariamente bien su función como divulgadores de conocimientos a la población general. De nuevo, son todo ventajas para el ciudadano: accesibilidad absoluta, con precios simbólicos o directamente gratuitos (el Museo de Valladolid cobra ese precio simbólico de 1 euro, y los sábados por la tarde y domingos por la mañana es totalmente gratuito); explicaciones sencillas para que todo el mundo lo entienda, pero sin perder rigor alguno; muchos cuentan ya con todo tipo de elementos interactivos para hacer más amena la visita... Vamos, que no hay excusa alguna para no visitarlos, salvo haber hecho alguna promesa de seguir siendo un zote hasta el día de la muerte.
 Y aparte de esos archiconocidos museos que he citado y alguno más, como decía, existen distribuidos por toda la geografía nacional excelentes museos, tal vez pequeños en su contenido pero que poseen una capacidad de síntesis extraordinaria que nos permiten adquirir conocimientos  extensos de forma amena y entretenida. El Museo de Valladolid es uno de ellos. Sito en el Palacio de Fabio Nelli, un hermoso palacete cuyo origen, muy modificado, por supuesto, se remonta hasta el siglo XVI, fue inaugurado como Museo Arqueológico de Valladolid a mediados del siglo pasado para albergar todos los hallazgos arqueológicos de importancia menor (los más notables están, claro, en el Museo Arqueológico Nacional) de la provincia de Valladolid. Tiene muestras desde el Paleolítico hasta el siglo XVIII, destacando los hallazgos de época vaccea y romana, quizá porque España es un país afortunado en cuanto a la enorme densidad de hallazgos de esta época, lo encontrado aquí, aquí se quedó.
Patio porticado del Palacio de Fabio Nelli. Foto del autor
 Son diez salas dedicadas a los hallazgos arqueológicos y ocho a las Bellas Artes, todas de notable interés, incluida algún óleo atribuido a Gregorio Fernández. 
 De época celtíbera, vacceos era la denominación de las tribus presentes en la actual provincia de Valladolid, tienen muchas vasijas (los vacceos pertenecen como tantos pueblos europeos del periodo del Bronce y del Hierro a la llamada "Cultura de Hallstatt" o de "los campos de urnas") y urnas funerarias en las que introducían los restos mortales incinerados, junto con otras vasijas con el ajuar funerario del fallecido, así como torques de oro, pendientes, fíbulas y todo tipo de decoración corporal.
 La Submeseta Norte de la Península Ibérica fue conquistada por Roma en torno al año 100 a.C., imponiéndose una rápida romanización. El Museo de Valladolid contiene multitud de hallazgos de esta época, incluidos notables mosaicos de las villas, alguna encontrada en el mismo término municipal de la ciudad.
Sala del museo dedicada a la época romana. Foto del autor
 De época visigoda tienen menos objetos, sin duda porque esta cultura dejó una impronta menor en la provincia, al menos en el ámbito arquitectónico o escultórico. 
 Igualmente, de época islámica los hallazgos arqueológicos fueron de mucha menor importancia en la actual provincia de Valladolid. No son comparables con la inmensa cantidad de objetos que se encuentran en Andalucía, por ejemplo, y que forman parte importantísima de su bagaje cultural.
Infrecuente representación escultórica de Niño Jesús. Foto del autor
 Ya de época moderna y contemporánea pasamos de los hallazgos arqueológicos a las Bellas Artes, con multitud de objetos que convierten al Museo de Valladolid en una pinacoteca y museo de escultura nada desdeñable.
Representación idealizada del comedor de una casa noble en el siglo XVIII. Foto del autor
 En fin, un pequeño museo albergado en un hermoso palacete cuya visita proporciona una amplia visión general de la historia y la cultura en Valladolid desde el Paleolítico hasta nuestros días. ¿Coste de la experiencia? Cero euros. ¿Disfrute de alguien cultivado? Inmenso. ¿Recomendable? Absolutamente. La visita al Museo de Valladolid es, como a casi todos los museos del país, una de las actividades más gratificantes que se puede llevar a cabo cualquier mañana. Desgraciadamente, esto debo pensarlo yo sólo, porque hoy apenas éramos cuatro o cinco los visitantes del museo.

sábado, 7 de marzo de 2026

"Mayerling y otras narraciones", de Alexander Lernet-Holenia.

  A pesar de las previsiones derrotistas de los políticos y los medios de comunicación (que calan muy profundamente en la multitud sin criterio propio, más del noventa por ciento de la población), cada vez se mejoran más las condiciones de vida del ciudadano común. Un ejemplo importantísimo, en absoluto baladí, es la disposición a la que se pone el vastísimo caudal de cultura que suponen las bibliotecas públicas. Despreciadas por ese noventa por ciento de la población a la que antes aludía, las bibliotecas públicas contienen una inmensa cantidad de obras literarias, técnicas y científicas de toda época y lugar. En ciudades consideradas de segunda categoría también se encuentran estas magnas instituciones que tanto bien pueden hacer al individuo con afán de cultivarse. Ese servicio que prestan lo hacen totalmente gratis, sin pedir nada más que el lógico cuidado de los libros que se fían y que sean devueltos en el plazo correspondiente. Todo lo demás son ventajas para el lector. Es descorazonador saber el desdén con el que se tratan las bibliotecas públicas por aquellas personas que precisamente más las necesitan. En fin, está claro que el mundo está preñado de necios... Bien, todo esto viene a cuento porque el libro que reseño ha sido sacado de la biblioteca pública, como la práctica totalidad de los que he leído lentamente, pero además, gracias a una variedad que llaman "préstamo interbibliotecario", ha sido traído de otra ciudad en unos pocos días para que un servidor pueda leerlo cómodamente sin gastar un céntimo. ¡Qué importante labor cumplen las bibliotecas públicas!
 El volumen, como muestra la imagen que subo, fue editado por Luis de Caralt el año 1969, y contiene siete relatos de Lernet-Holenia, de diversa calidad, siendo el más notable uno que ya había leído, El barón de Bagge.
 El primer relato es el que da título al volumen, Mayerling, nombre también de un pabellón de caza de los Habsburgo cerca de Viena. En ese pabellón de caza tuvo lugar un hecho luctuoso el 30 de enero de 1889, cuando el príncipe heredero Rodolfo se suicidó a la edad de treinta años, llevándose antes la vida de su amante, María Vetsera, de diecisiete. Es esta una narración un tanto insulsa (para ser de Lernet-Holenia), más una exposición de hechos históricos sin el característico elemento mágico o fantástico del escritor vienés. Opta por la versión oficial de esa casa real, obviando los rumores de conspiración húngara o del servicio secreto francés. Esa versión oficial muestra al príncipe Rodolfo como un hombre depresivo incapaz de afrontar el exclusivo rol que la vida le había deparado. Lernet-Holenia, eso sí, muestra al príncipe como alguien juicioso, progresista y empático, que entiende que el Imperio Austro-Húngaro era un territorio inviable por la diversidad cultural, étnica y religiosa de los pueblos que lo componían, augurando su disolución en un futuro cercano.
 Mona Lisa es, no podía ser de otra forma, una fabulación a partir del personaje pictórico de Leonardo da Vinci. En el siglo XVI, un oficial de las tropas francesas que atraviesa Italia para luchar contra los españoles en Nápoles se detiene en Florencia y, accidentalmente, conoce a Leonardo da Vinci. Cae rendido ante la enigmática belleza de La Gioconda, no admitiendo que alguien pueda pintar tal belleza de una mujer que, supuestamente, ha fallecido dos años antes. El oficial sospecha que la modelo sigue viva. Para salir de dudas abre el ataúd en el que debiera reposar el cadáver de la mujer, fallecida por tifus; lo encuentra vacío. Entrará por la fuerza en casa de Giocondo pensando que Mona Lisa se encuentra secuestrada por su marido. Como consecuencia, el oficial francés es detenido y ejecutado. Leonardo da Vinci sigue retocando el retrato de Mona Lisa, de memoria, pues había fallecido realmente años atrás, dejando una sonrisa si cabe más enigmática y atractiva.
 El barón de Bagge, ya lo reseñé en este humilde blog, es uno de los mejores textos que he leído de Lernet-Holenia, con ese giro argumental tan espectacular ya al final del mismo, que deja al lector con un sabor de boca espléndido. Su relectura me ha permitido apreciar algunos matices que no reconocí en la primera lectura, pequeñas pistas que el autor pone y que fácilmente pasan desapercibidas, como la sensación del protagonista de estar soñando o situaciones absurdas y "pesadillescas", que son, claro, producto de la fiebre que tiene postrado al militar tras las heridas inferidas por el enemigo.
 Maresi es un relato un tanto más plano, pero entrañable sobre la vida de una yegua, Maresi (nombre, por cierto, que se daba de forma cariñosa a la emperatriz María Teresa de Habsburgo) desde su nacimiento hasta que el dueño, narrador del relato, tiene que sacrificarla de un disparo. Las peripecias que el animal vive, desde ser caballo de paseo de una adinerada familia vienesa; pasando por las terribles experiencias en la Guerra del 14, cuando el animal es "reclutado"; hasta que su dueño, previamente arruinado, la encuentra trabajando como animal de tiro, siendo maltratada por su dueño de forma tan brutal que el dueño anterior, el narrador, no tiene otra opción que dispararle.
Alexander Lernet-Holenia. Imagen tomada del sitio www.lernet-holenia.com
 20 de julio es un excelente relato ambientado ese día de 1944, cuando un grupo de oficiales alemanes trata de asesinar a Hitler en lo que sería llamado "Plan Valquiria". Ese intento de magnicidio fracasaría, pero Lernet-Holenia muestra a unos alemanes que ya están a disgusto con el Tercer Reich, que odian a Hitler, que sienten que han sido engañados. Este relato, como la mayoría de los de este volumen, fueron escritos tras la derrota de la Alemania nazi; este hecho no se puede obviar.
 El dios ciego es otro relato entrañable con animales de por medio, un perro lazarillo con una fidelidad a prueba de bombas. Ambientado en la Primera Guerra Mundial, como tantas narraciones de este autor.
 El unicornio es, probablemente, el peor relato del tomo: un confuso texto que usa ese recurso tan propio de Lernet-Holenia, el del giro argumental, en este caso por cuestión onírica, pero no está tan logrado como otros.

"Read without Inhibitions", by Grant Snider (www.incidentalcomics.com).

 

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

Inciso musical: decimosegundo concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Chaikovski, Rajmáninov y Prokófiev.

  Ayer la OSCyL estuvo dirigida por su batuta asociada esta temporada, el ruso Vasily Petrenko. El solista invitado fue el pianista uzbeko, patrocinado por la Fundación Scherzo, Bezhod Abduraimov. Si el concierto anterior había sido de compositores románticos alemanes, ayer tocó interpretar a tres de los más grandes compositores rusos: Chaikóvski, Rajmáninov y Prokófiev. La musicóloga Inés Mogollón relaciona los tres, muy acertadamente, no sólo por la nacionalidad, sino porque representan "tres infiernos rusos", en el sentido siguiente: Francesca de Rímini  representa el amor prohibido, quizá el mismo que Chaikovski y su más que probable homosexualidad, en una época en la que esa orientación sexual estaba prohibida por ley; el "infierno" de Rajmáninov se aprecia una y otra vez por la frecuente inclusión del conocidísimo Dies irae, secuencia latina que se recitaba en las misas de difuntos y que, desde un punto de vista musical es una de las frases melódicas más utilizadas, no sólo en réquiem de todo tipo, también en multitud bandas sonoras de películas y, en general, en momentos en que se quiere atemorizar al espectador; el "infierno" de Prokófiev hace referencia a la terrible Segunda Guerra Mundial, época en la que compuso la Sinfonía nº5. Pero, vayamos poco a poco.
 Con un repertorio tan extenso y de tan altísima calidad, Chaikovski es un compositor muy socorrido. De hecho, su Sexta sinfonía debe ser una de las obras más frecuentemente interpretadas en todas las salas sinfónicas del mundo, por no hablar de las adaptaciones sinfónicas de obras para ballet como El lago de los cisnes o El cascanueces, además de obras como la Obertura 1812, el Concierto para piano nº1 o Eugenio Onegin. Sin embargo, Francesca de Rímini no es de las más habituales. Para poner en contexto es necesario recordar que Francesca de Rímini fue una noble medieval italiana inmortalizada por Dante Alighieri en su Infierno de La Divina Comedia. Francesca de Rímini y su amante se encuentran en el segundo círculo infernal, el destinado para los lujuriosos. Allí las almas de los pecadores son arrastrados por terribles vientos huracanados. Bien, pues póngase las terribles imágenes que pergeña Dante en la cabeza de un genio como Chaikovski y el resultado es espeluznante. Porque, efectivamente, el poema sinfónico, estructurado en tres movimientos, describe en el primero y el tercero esos vientos huracanados creados con las cuerdas el terrible castigo infernal; el movimiento intermedio contrasta con los anteriores, dando una sensación dulce del amor de los dos protagonistas. Con todo, la percepción final que deja es de desasosiego y zozobra, como decía antes, por esa simulación de vientos huracanados interpretada con todos los instrumentos de cuerda.
 La Rapsodia sobre un tema de Paganini, op. 43 es un conjunto de variaciones que Serguéi Rajmáninov compuso inspirado por los 24 caprichos para violín solo de Paganini. La gran virtuosidad que imponía Paganini a sus intérpretes (y que él, gran violinista, también sabía interpretar) la traslada Rajmáninov a sus pianistas (y que también él mismo, gran pianista, supo interpretar con maestría). De todas las variaciones, la número 18 es la más conocida, una melodía dulce y melosa que contrasta muy vivamente con el resto. Se inicia con el piano solo, acompañando en la segunda frase musical toda la orquesta. Pero buena parte de las variaciones, como digo, tienen un tono lúgubre, destacando la variación 7, con ese motivo musical, Dies irae, que genera una sensación de ansiedad e intranquilidad.
 Después del descanso, la Sinfonía nº5 en si bemol mayor, op. 100 de Serguéi Prokófiev. compuesta en plena guerra mundial, y que, al menos por los jerarcas soviéticos, fue vista como una oda a la victoria soviética sobre el nazismo. Es una obra estructurada en cuatro movimientos: Andante, Allegro marcato, Adagio  y Allegro giocoso. El primero comienza con una de las frases  musicales más significativas de la obra, con una cierta aura sombría, con un protagonismo del viento metal; el segundo, Allegro marcato, es, en realidad, un scherzo, que cambia a vals para terminar de nuevo en scherzo; el tercer movimiento,  Adagio, está protagonizado por el clarinete, pero dando un aspecto luctuoso y triste; la sinfonía acaba con el Allegro giocoso que es una acumulación de episodios festivos que da esa supuesta celebración de la derrota nazi a manos de los comunistas. En realidad, para mí, incluso este cuarto movimiento, tiene un aire funeral y apesadumbrado, algo que encaja perfectamente con el horror que se vivió en Europa en aquellos años 1944 y 45. Bien es sabido que los mandatarios soviéticos eran terriblemente entrometidos en la creatividad musical de sus compositores, ejemplo paradigmático es el pobre Shostakovich y sus vaivenes de amor y odio con los gobernantes de su país, con lo que es explicable que también quisieran atribuirse los triunfos de aquéllos, caso que parece aplicable a la Quinta sinfonía de Prokófiev.

XX edición del Salón del Cómic y el Manga de Castilla y León.

  ¡Parece mentira! Ya son veinte los años que se lleva celebrando el Salón del cómic y el manga en la capital del Pisuerga. Reconozco que un servidor hubiera augurado poco  futuro a un evento de este tipo en un territorio tan conservador como CyL; sin embargo, me equivoqué, claramente. Esta mañana he paseado por la Feria de muestras y el lleno era total, más o menos como en años precedentes.
 Y, al igual que decía en años anteriores, es más un salón para manga (por cierto, aprovecho para pedir a la RAE que incluya en el vocablo "manga" la acepción "cómic" o "cómic de origen japonés", ya que es un término de uso común en la juventud actual) que para el cómic; predomina, con mucho, el merchandisisng sobre los productos editoriales. En todo caso, es más un evento lúdico que literario.

lunes, 2 de marzo de 2026

"La señorita Mackenzie", de Anthony Trollope.

  La señorita Mackenzie fue publicada íntegramente en 1865; es una novela independiente, en el sentido de que no pertenece ni a las Crónicas de Barchester ni a las Novelas de Palllister, grupos de novelas en las que el autor no sólo repetía ambientación, sino también personajes y, hasta cierto punto, argumento y temas. Como siempre digo, el argumento en Trollope es lo de menos. Lo de más es la extraordinaria capacidad que tiene de pergeñar personajes absolutamente redondos, con personalidades definidas, que evolucionan en el tiempo. No me cabe duda de que Anthony Trollope fue un gran conocedor del alma humana, pues describe hombres y mujeres que son totalmente verosímiles, podrían ser nuestros coetáneos, pues los sentimientos y raciocinios no varían con el tiempo. Por otro lado, para verlo desde otro punto de vista, y recordando que soy un ferviente admirador de la literatura victoriana, siempre dije que ésta es una "literatura de té y pastas", injusta broma mía con la que afirmo que los destinatarios principales de todas esas novelas eran señoronas y señorones (en esta novela, más las primeras, ahora explicaré por qué) de vida regalona que querían dedicar un par de horas diarias a la lectura de novelas de moda para así luego poder comentarla con sus amistades. Broma injusta, lo sé. Pero no la retiro. En el caso concreto de La señorita Mackenzie opino que el destinatario dilecto de Trollope eran las damas, y no sólo porque el personaje principal fuera una joven (joven ahora, porque en 1865 una mujer de treinta y seis años era ya una solterona), sino porque todas las consideraciones, reflexiones, dimes y diretes van dirigidas hacia las lectoras, que debieron disfrutar de lo lindo imaginándose ser ellas la famosa señorita, agraciada primero con una fortuna e, inmediatamente, por tres pretendientes. La señorita Mackenzie, pues, estaba destinada, principalmente, a mujeres de edad madura y alta cultura, que en la Inglaterra victoriana no creo que superasen el quince o veinte por ciento de la población total. En todo caso, ojalá hoy leyeran a Trollope el quince o veinte por ciento de la población total, no se escucharían tantas estupideces como se escuchan en los medios de comunicación.
  El argumento de la novela se basa en una mujer de treinta y seis años (este dato no es baladí, pues en aquella época ya se la consideraba una solterona sin remedio) que se había dedicado a cuidar de su enfermo hermano Walter hasta la muerte de éste. Recibirá en herencia una pequeña fortuna que la catapultará socialmente y... claro, aparecen los pretendientes antes inexistentes. Tres serán los tipos que se interesan por Margaret Mackenzie: Samuel Rubb, apuesto hombre de negocios de cuarenta años, que comparte inversión con el otro hermano de Margaret; Jeremiah Maguire, coadjutor anglicano de espectacular estrabismo; y John Ball, primo de Margaret, calvo (se hace especial mención de ello) y viudo, con nueve hijos a su cargo. Ninguno de los tres, claro está, tiene un chelín, la sospecha de que quieren dar un braguetazo está implícita en la descripción de los tres admiradores. Margaret, ya dueña del dinero, se muda a una ciudad balneario ficticia llamada "Littlebath", que unos identifican con las ciudades reales de Bath o de Cheltenham, en cualquier caso una pequeña ciudad con mucha gente ociosa y sin las aglomeraciones de Londres. Allí conocerá a un reverendo, Stumfold (porque en las novelas de Trollope, ya lo sabe el lector, es imprescindible que haya religiosos anglicanos, igual que nobleza baja rural), que tiene su propio grupo de fieles y seguidores, que atacarán con dureza por envidia y rencor a Margaret. Aquí, como también es frecuente en el autor, la mujer del reverendo (Trollope la llama "Santa Stumfolda") es la voz cantante de ese grupo, una mujer cruel y despiadada que pondrá a toda la pequeña ciudad de Littlebath contra la recién llegada. Maguire es coadjutor, precisamente, en la parroquia de Stumfold.
 La situación se complicará más con dos reveses económicos de Margaret, uno pequeño y el otro definitivo. El pequeño es que Rubb le pide dinero para comprar unos terrenos junto con su hermano, argumentando que luego los hipotecarán y pondrán esa hipoteca a nombre de Margaret, pero lo cierto es que la hipoteca estará a nombre de una tercera persona; eso y que el negocio de telas enceradas que Rubb tiene con el hermano va de mal en peor supone que Margaret pierda el dinero que supuestamente les presta. Pero el revés económico definitivo es de tipo testamentario, porque resulta que la herencia de Walter, el hermano enfermo de la protagonista, está mal documentada, de modo que el dinero heredado por Margaret no le corresponde, tiene que devolverlo todo  precisamente a la familia (a la madre) de John Ball. Así, de un día para otro, Margaret Mackenzie pasa de ser una rica heredera a no tener nada de nada, de nuevo. Sin embargo, los pretendientes, al menos dos de ellos, siguen tras ella. Rubb queda descartado por su comportamiento deshonesto con la famosa hipoteca, pero Maguire sigue encaprichado con ella y Ball, a pesar de ser rico ahora, sigue bebiendo los vientos por Margaret. Maguire, celoso y viéndose como perdedor, trata de crear un escándalo social (en 1865, recordemos) publicando una serie de artículos difamatorios en los que, sin llegar a nombrarlos, equipara a Ball y a Margaret con un león y un cordero, en el sentido bíblico. A pesar de ello, o, mejor dicho, precisamente por ello, John Ball y Margaret Mackenzie, primos lejanos, acaban casándose.
 Pero, ya digo, el argumento es un poco lo de menos, lo mejor es sumergirse en la maravillosa forma de narrar de Trollope, cómo describe a sus personajes y las relaciones entre ellos, cómo los hace evolucionar en función de lo que acontece, cómo mueve al lector hacia sus sentimientos y sufrimientos... Trollope es, precisamente, un maestro de los sentimientos, por eso digo, perdón por el burdo estereotipo, que las lectoras lo entenderían mejor que los lectores, pero claro, todo depende de la sensibilidad que se tenga y eso, estereotipos al margen, depende del individuo.
 Una gran novela. Si decía Oscar Wilde: "la literatura es la forma más agradable de ignorar la vida", entonces leer a Trollope es la ocupación más agradable  y adictiva para olvidar los sórdidos tiempos que nos han tocado vivir.