No se me ocurre cambio más brusco en el ámbito literario que pasar de la fuerza arrolladora de la ciencia-ficción de Brian Lumley a la sensibilidad delicada y exquisita de Robert Walser. Pero, dicen, en la variedad está el gusto. Yo, al menos, así lo creo, y me regocijo en la diversidad de emociones y sentimientos que me proporciona la lectura.
Y Walser, ¿qué decir de Robert Walser? Si es que tengo algún lector interesado en mi humilde blog, habrá podido comprobar que los sentimientos que tengo hacia el escritor suizo son contradictorios: por un lado admiro la pulcritud de su prosa, su exactitud y belleza, además de las muestras de sensibilidad y delicadeza que necesito sentir para poder seguir alentando; por otro lado, especialmente con sus novelas largas, desprecio la actitud que el personaje principal tiene de sumisión abyecta y deshumanizadora con la que se anula como persona. Porque, verdaderamente, existen dos Robert Walser: uno el de sus novelas largas, como Jakob von Gunten o Los hermanos Tanner en las que el protagonista, de forma voluntaria se desprecia a sí mismo hasta convertirse en una suerte de esclavo, de siervo sin vida propia. Me resulta francamente repulsivo ese comportamiento, necesito creer en la dignidad humana que nace, en primer lugar, del respeto propio, si no nada tiene sentido. Pero, por otro lado, están los relatos breves y las anotaciones a vuelapluma que luego fueron publicadas y que contienen bellísimos sentimientos. Allí nos muestran a un Robert Walser sensible, delicado, exquisito.. Entre las obras del suizo de este cariz están El paseo, El pequeño zoológico o el pequeño tomo que leo, La rosa.
Concretamente, El pequeño zoológico es una de mis volúmenes favoritos, por su sensibilidad, por esa prosa poética que ve belleza donde la mayoría no ve más que cosas o sucios animales. Walser tiene la mirada del poeta, capaz de descubrir lo que, probablemente, llevara él dentro: belleza y bondad. Bien, La rosa también son pequeños artículos en las que el escritor describe con el corazón lo que sus ojos contemplan; muchas veces son descripciones de sí mismo, consciente de su incapacidad social, de su falta de adecuación a este burdo y sórdido mundo; otras son cosas sencillas, cotidianas, pero con esa mirada poética son cosas enormes, gigantescas, que nos permiten respirar hondo y seguir adelante. En fin, mejor que describir lo que me hace sentir Walser, prefiero transcribir tres pequeños fragmentos escogidos que lo materializan mejor que yo:
Vladimir. A quienes no lo trataban como él hubiera deseado los dejaba, como se dice, caer, es decir, se fue acostumbrando a no pensar en muchas cosas desagradables. De ese modo protegía su vida interior de sumirse en el salvajismo y ponía sus sentimientos a salvo de una dureza malsana.
El niño. Hay gente que suele pasar por hábil sólo porque es ruidosa, una prueba de la importancia de la superficie. Si me muestro superficial, gusto a la gente. Con la irreflexión nos podemos ganar sus favores.
El solitario. La vida no es más impresionante allí donde se habla de cosas importantes. Las discusiones reducen su objeto, reabsorben poco a poco las fuentes. La conversación fatiga. Pasado y presente reaniman por igual al solitario. Si me entraran ganas de llorar, ¡qué mal quedaría en sociedad! Aquí lo hago a discreción. Sólo aquí me he enterado de lo bellas que son las lágrimas, de cuán bello es diluirse en el sentimiento.
En fin, sólo me queda agradecer a la Editorial Siruela la publicación de estas joyas literarias, que me permiten seguir alentando y bregar contra corriente en esta vida tan zafia que nos ha tocado vivir.


















