lunes, 11 de mayo de 2026

"Rabia carnal", de Jean-François Elslander.

  No sé qué impulso me llevó a leer (intentar) esta novela del cuasi desconocido autor franco-belga Jean François Elslander, pero claramente fue un impulso equivocado. Hacía mucho, pero mucho tiempo que no dejaba un libro a medio leer; tal vez es que desde hace varios decenios no me fuerzo a leer nada que no conozca previamente o, al menos, me hayan recomendado vivamente. Porque, sí, reconozco que he leído cosas que a priori no me atraían, pero la sugerencia de algún amigo me convenció a intentarlo, para luego lamentar haberle hecho caso. Pero, en todo caso, la recomendación era de alguien que me quería bien y me conocía lo suficiente para creer (se equivocaba) que me gustaría. Pero es que lo de Elslander me lo he buscado yo solito. Tal vez sea que tengo tal aprecio por la editorial Valdemar, que tiendo a pensar que todo lo que publican será de mi agrado, o, tal vez, malinterpreté la sinopsis de la novela... no sé, pero lo cierto es que me equivoqué de lado a lado. En mi descargo diré que el prólogo que hace su traductor, Guillermo López (ahora hablaré de ese prefacio), me predispuso contra el texto; que la crudeza de las descripciones, muy bien conseguidas, por cierto, me asquearon sobremanera; y que, para más inri, me encontré nada menos que en la página 104 con que algún malandrín había arrancado una página, lo cual me dejó tan fuera de juego que decidí abandonar la lectura de la novela.
 Empezaré diciendo que el tal Jean François Elslander fue un bruselense nacido en 1865, que estuvo en contacto con las vanguardias literarias y pictóricas parisinas de cambio de siglo. Precisamente a este espíritu de "fin de siglo" hace referencia la editorial Valdemar y, tal vez, eso también me atrajo. Lo cierto es que el autor en cuestión no volvió a publicar ficción, pero sí escribió y publicó unas pocas obras sobre pedagogía, desconozco si importantes o irrelevantes. Digo que los de Valdemar retoman eso del "fin de siglo" para ponerle injustamente la etiqueta de "decadentista". Es inapropiado, lo digo claro, la novela Rabia carnal no tiene nada de decadentista. Me remito a la definición de decadentismo que da la RAE: "Tendencia artística de fines del siglo XIX, caracterizada por el cultivo del arte como fin en sí mismo y el gusto por las formas exquisitamente refinadas, con desdén de las convenciones pequeñoburguesas". Aplicando esta definición, Rabia carnal sólo tiene de decadentista que muestra desdén por las convenciones pequeñoburguesas, porque, desde luego, ni se cultiva el arte como fin en sí mismo, ni hay el más mínimo gusto por las formas exquisitamente refinadas. 
 Con respecto al prólogo del traductor, Guillermo López, me ha sorprendido que alguien que se haya tomado el enorme esfuerzo de traducir una novela como ésta tire por tierra al autor y a la propia novela de una forma tan injusta. No tengo ya el libro aquí y no puedo citar literalmente, pero no traiciono las palabras del traductor cuando digo que habla de prosa ramplona y mal pergeñada, de repeticiones incontroladas de palabras (concretamente, cita "lasitud", de eso me acuerdo perfectamente), así como que la adjetivación es excesiva. Bien, ya digo, abandoné la lectura de la novela, pero en las cien páginas que sí he leído diré que la prosa no es en absoluto ramplona, que sí, la adjetivación es abundante, pero no excesiva; tampoco he encontrado una repetición excesiva de ciertos vocablos. No, Rabia carnal no está mal escrita, ni mucho menos. A pesar de haber sido publicada a los veinticinco años del autor no presenta los típicos errores de juventud tan frecuentes en otros escritores.
  Entonces, ¿por qué no me ha gustado la novela hasta el punto de abandonar su lectura? Principalmente por el tema principal, que me ha resultado verdaderamente repulsivo. Rabia carnal trata de un tipo, El Marú, que vive en mitad de un bosque, en una torre semi-abandonada. Es un tipo con una educación muy deficiente, se le supone analfabeto, pero sobre todo con una sexualidad agresiva de una brutalidad insoportable. Cuando ve a una mujer, el Marú se ciega, se convierte en un animal ingobernable, y acaba violando a la pobre fémina. También se describen prácticas necrofílicas. El caso es que Elslander, pese a lo que diga su traductor, tiene una excelente capacidad descriptiva, haciendo muy vívidas y pormenorizadas todas las escenas de rabia sexual (buena elección del título) del pervertido en cuestión. Tanto es así que para mí (y no creo ser un timorato) ha sido insoportable.
 En fin, Rabia carnal es una novela muy extraña, verdaderamente incalificable. Ya he dicho que no es decadentista, tampoco es narrativa de terror... Quizá aquello de "naturalista" por su afán de mostrar la fealdad del comportamiento humano... Lo que sí he pensado es que si en vez de describir con tanto detalle las perversiones sexuales de un tipo marginal hubiera descrito las aficiones de una criatura de narrativa de terror, pongamos como ejemplos un vampiro o un hombre-lobo, la novela habría tenido un éxito asegurado y hoy, probablemente, fuera un texto de culto.

domingo, 10 de mayo de 2026

"Calle sin salida", novela escrita por Dickens y Wilkie Collins.

  Dicen los estudiosos que la relación de Charles Dickens y William Wilkie Collins era de amistad además de meramente profesional. Parece que Dickens, doce años mayor, tomó bajo su ala protectora a Wilkie Collins, a quien adoctrinó en la creación narrativa; por otro lado, el más joven, más estable psicológicamente, aportó equilibrio a un Dickens propenso a las tormentas temperamentales. Sea como fuere, la colaboración entre ambos genios de la literatura victoriana se plasmó en unas pocas novelas publicadas a dúo en la revista literaria que fundara Dickens, All Year Around. Calle sin salida, titulada originalmente "No thoroughfare" está entre ellas.
 Aunque está escrita en prosa, Calle sin salida está estructurada en cuatro actos, una obertura y un "baja el telón", como si fuera un drama. Y es, como era habitual en esa literatura victoriana, la acción es presentada de forma somera en esa obertura, se complica sobremanera en los cuatro actos, y se resuelve de forma sorprendente en aquella última parte. Ciertamente, la novela podría representarse en un teatro (y, de hecho, se hizo en su momento), dada la gran cantidad de diálogos que explican las circunstancias cambiantes del momento.
 El argumento de Calle sin salida es, grosso modo, el siguiente: en una inclusa londinense un niño, llamado Walter Wilding, es adoptado por una rica dama que le dará educación y abundantes medios de supervivencia. Sin embargo, al morir la señora, el joven Wilding conocerá que se produjo un error en el orfanato, que él no es Wilding y, por ello, no es merecedor de la vida que lleva. Esto suma en profunda depresión al joven, quien, por cierto, está gravemente enfermo, hasta el punto de fallecer a temprana edad. Antes de ello, sin embargo, hace prometer a su socio, Vendale, que busque al verdadero Wilding para hacerle propietario del comercio de vinos que él obtuvo de su madre adoptiva. Por otro lado, otro socio del comercio, el suizo Obenreizer, planea quedarse con el negocio de una forma u otra. El tal Obenreizer vive con una joven, sobrina suya y legalmente menor de edad, Margarita, de la que queda prendado Vendale. La relación entre ambos jóvenes se oficializa a golpe de apasionada declaración a escondidas, contra la autorización de su tutor legal. Obenreizer es el malvado de la historia, que parece odiar a todos y a todo. En un pedido de vinos desde Suiza, el antagonista roba el dinero que debía entregarse y, tras varios intentos por enredar, consigue convencer a Vendale para viajar al país alpino en su compañía. Obenreizer, supuestamente más ducho en recorridos montañosos que Vendale, abandona a éste a su suerte, herido, bajo una fuerte tormenta de nieve. Ya en su destino, el suizo pretende conseguir la empresa que ansía bajo el pretexto de que su dueño, Vendale, murió en la montaña. Pero ignora que Margarita, en un arrebato de amor insensato, viajó tras ellos y, arriesgando su propia vida, salvó al inglés de una muerte segura. La novela acaba con el reconocimiento por sorpresa (que el lector llevaba anticipando mucho antes) de Vendale como ese verdadero Walter Wilding de la inclusa, con lo que la empresa de importación de vinos es suya por derecho propio, así como la boda de los dos jóvenes. 
 Francamente, no sé si será por la colaboración entre ambos autores o no, pero lo cierto es que creo que es una de las novelas más flojas que he leído de Dickens, más en el nivel de Wilkie Collins. La trama es un tanto previsible a la vez que inverosímil su desenlace, parece como si se hubiera apresurado su conclusión. Con respecto a la forma no hay objeción alguna: la prosa clara, reposada y adjetivada característica de la literatura victoriana domina la novela, llevando al lector exigente a un excelso goce.

sábado, 9 de mayo de 2026

Inciso musical: decimosexto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, dirigida por Masaaki Suzuki. Obras de Bach, Mozart y Mendelssohn.

  Antepenúltimo concierto de abono de la OSCyL de esta temporada. La orquesta estuvo ayer dirigida por la prestigiosa batuta japonesa de Masaaki Suzuki. El concierto de ayer estuvo, a Dios gracias, libre de experimentos con música culta contemporánea; se programó un excelente concierto con tres inmensos compositores germánicos (dos alemanes y un austriaco) de tres periodos consecutivos: barroco, clásico y romántico. 
 Masaaki Suzuki es uno de los mayores eruditos actuales sobre Bach fuera de Alemania, hasta el punto de ser el fundador y director del Bach Collegium de Japón, tras haberse formado en Europa, claro. El resultado fue bueno, aunque a un servidor no le acaban de entrar bien las composiciones de Bach interpretadas por una orquesta sinfónica, parece más propias para que lo sean por reducidos sextetos o septetos de cuerda (como, por otra parte, el compositor de Leipzig planeó).
 En todo caso, una gran virtud del concierto de ayer fue poder observar la evolución natural de la música culta en tres de los periodos más prolíficos de la misma. Comprobando, por ejemplo, cómo la orquesta va aumentando sus efectivos para dar mayor capacidad de  contrastes dinámicos en melodías cada vez más complejas.
 Como se respetó el orden cronológico, el concierto comenzó con Bach y su Suite para orquesta nº 3 en re mayor, una de las obras más admiradas del maestro de Eisenach. Cierto es que cuando pensamos en Bach nos viene inmediatamente a la cabeza la música religiosa, toda vez que la espiritualidad fue la más importantes fuentes de inspiración del genial compositor, pero también compuso música profana, especialmente para la corte de Köthen. Para dicha institución, en 1730, presentó la famosísima suite, de la cual el segundo movimiento, Aire, es una de las piezas más estimadas de toda la música culta de cualquier periodo. El resultado con la OSCyL fue excelente, mencionaré especialmente a la violín solista, habitual concertino de nuestra orquesta, Beatriz Jara. Con todo, como antes dije, no puedo dejar de decir que prefiero una instrumentación menor para las obras de Bach. Escuchando el archiconocido segundo movimiento sólo para cuerda y bajo continuo, el resultado es mucho más conmovedor, más intimista, más espiritual incluso, si se quiere, que cuando es interpretado por una pequeña orquesta con viento-madera y viento-metal. La instrumentación conseguida con ese septeto de cuerda y bajo continua en una sala de cámara consigue el efecto de sutileza, delicadeza y emoción que Bach quería transmitir.
 A continuación, la Sinfonía nº 25 de Wolfgang Amadeus Mozart, compuesta a los diecisiete años por el asombroso compositor salzburgués, en 1773. Si la obra de Bach es paradigmática del Barroco, la de Mozart lo es del Clasicismo. El estilo suntuoso, muy ornamentado del compositor de Lepzig es sustituido por una búsqueda del equilibrio y simetría melódica. Es por ello por lo que escuchar a Mozart supone reconciliarse con la vida, algo que cuesta entender con la corta y frustrante vida (sólo 35 años y multitud de fracasos profesionales) que llevó el músico más genial de todos los tiempos. El musicólogo Mario Muñoz Carrasco, para el programa de mano, recupera una frase de Mozart que ilustra esto perfectamente: "las pasiones, violentas o no, nunca deben expresarse hasta el punto de provocar repugnancia; y la música, incluso en la situación más terrible, nunca debe ofender el oído, sino agradarlo, y por tanto seguir siendo siempre música". Y, con inspiración divina o sin ella, ese pequeño hombre de Salzburgo creó obras musicales que hacen que la vida sea soportable, disfrutable incluso.
 Y, por último, Felix Mendelssohn, otro genio de corta vida (38 años), uno de los grandes impulsores del primer Romanticismo, que muestra ya unas melodías mucho más líricas, más dramáticas y contrastadas; no se recrea en el equilibrio y simetría del Clasicismo. Su Sinfonía nº 5 en re mayor es clara prueba de ello. Dividida en cuatro movimientos, la Quinta sinfonía de Mendelssohn, también llamada "Reforma" es un ejemplo de música programática, aquélla que tiene como objetivo evocar imágenes en el oyente. El propio autor refiere como inspiración a una tormenta y sus embates. De todos, el último movimiento, Andante con moto - Allegro vivace - Allegro maestoso, es el más interesante, e incluye la melodía principal de un himno cristiano compuesto por el propio Martín Lutero, conocido como Castillo fuerte es nuestro Dios ("Ein feste Burg ist unser Gott") que resuena luminosa con un extraordinario solo de flauta. Es una composición menos conocida que las sinfonías nº 3 y nº 4, Escocesa e Italiana, respectivamente, famosas para el gran público, pero participa de las características que sus hermanas mayores.
 En fin, un concierto, como decía antes, sin experimentos extraños, con tres obras reconocidas y admiradas por la práctica totalidad de los melómanos que llenan cualquier auditorio. El desempeño de la OSCyL, como siempre, excelente; la dirección de Suzuki, extraordinaria.

martes, 5 de mayo de 2026

"Animal acorralado", de Geoffrey Household.

 He hablado con frecuencia de la prolífica relación entre la literatura y el cine. Soy aficionado a las dos artes, con lo que, en mi caso, estoy siempre muy al tanto de qué novela ha podido originar un guion para cierta película. Considero, y no soy el único, que la época dorada de Hollywood incluiría principalmente las décadas de los años 40 y 50 del pasado siglo. A partir de los sesenta todo degenera hacia una comercialidad superficial, salvándose muy pocas excepciones. Por otro lado, tengo claro que la calidad del cine de Hollywood de aquellas décadas es  deudora de una serie de directores y actores europeos, principalmente de origen alemán, que, huyendo del nazismo, desarrollaron el cine californiano hasta esas excelsas cotas inalcanzadas a posteriori. Estoy hablando de grandes directores como Fritz Lang, Murnau, Lubitsch o Billy Wilder. Y precisamente de Fritz Lang, uno de mis directores favoritos, visioné una película que desconocía: Man Hunt, de 1941, protagonizada por Walter Pidgeon, Joan Bennett y George Sanders. Para ser de Fritz Lang (el inmortal director de Metrópolis, M, el vampiro de Düsseldorf -éstas en Alemania-, Perversidad o Mientras la ciudad duerme), la película no es maravillosa, pero consigue enganchar y tiene a un George Sanders excelente (como casi siempre que hacía de malvado educado y cultivado) en el papel de Quive-Smith. Me gustó lo suficiente para buscar de dónde provenía el guion: de una novela del escritor británico Geoffrey Household, Rogue Male, que aquí se tradujo (muy acertadamente, según mi opinión) como Animal acorraladoAsí que, ni corto ni perezoso, busqué en mi biblioteca habitual, la excelentemente dotada Biblioteca de Castilla y León, al autor y su novela, la encontré, la leí, me equivoqué.
  Y me di cuenta de que me equivocaba en cuanto leí unas cincuentas páginas. Esta novela poco tenía que ver con la película de Fritz Lang, en realidad, la novela de Household me ha recordado más a una guía de supervivencia, de esas que escribía el aventurero Rüdiger Nehberg, que otra cosa. La película de Fritz Lang tenía un gusto refinado típico del director vienés, mientras que la novela es sórdida y animalesca.
 Mientras leía la novela, visioné una segunda adaptación cinematográfica, esta vez manteniendo su título original, Rogue male, de 1976, dirigida por Clive Donner y protagonizada por Peter O'Toole. De ésta destacaré el gran papel del actor anglo-irlandés, porque lo demás no es destacable. Sí es, sin embargo, muy fiel a la novela de Household. En español, por cierto, el título fue traducido, también acertadamente, como Lejos de la manada.
  Describiré sucintamente el argumento de la novela: en un país centroeuropeo (no se menciona cual, pero se supone Alemania), un inglés, por puro afán deportivo, simula que caza al "Gran Hombre" (no se especifica, pero se intuye que es Adolf Hitler). Sin embargo, la guardia personal de ese "gran hombre" lo descubre y lo apresa. Es torturado y despeñado por un precipicio para que parezca un accidente. Sin embargo, el tipo (del cual tampoco se dice nunca el nombre, por cierto) sobrevive. A partir de entonces se produce una huida frenética de ese país centroeuropeo hacia Inglaterra, siendo perseguido por un tal Quive-Smith, refinado torturador, y sus secuaces. Cuando llega a Inglaterra, el protagonista se cree seguro, pero descubre que sus acosadores lo hostigan todavía, con lo que tiene que seguir escondiéndose para sobrevivir. La mayor parte de la novela se centra entonces en la creación de una suerte de refugio-tumba subterráneo en la que el perseguido trata de pasar desapercibido. En ese mínimo espacio horadado bajo un gran árbol, en el que  no se puede poner en pie en ningún momento, el fugitivo pasa semanas completas, hasta que es descubierto por el tal Quive-Smith, que tapa su salida y lo extorsiona para que firme un papel en el que asegura que no volverá jamás al Continente europeo. El perseguido, tras todo tipo de dilaciones, consigue matar a su perseguidor, huyendo por tierra y mar hasta Tánger.
 Lo he descrito muy brevemente, porque Household explica con pelos y señales cada una de los intentos de no ser descubierto del protagonista, cómo busca el mejor lugar para ocultarse, cómo excava su tumba en vida, cómo busca comida por los alrededores, cómo mantiene una higiene personal deficiente, cómo enferma y se recupera... Como decía antes, parece más una guía de supervivencia extrema que una novela.
 La comparación entre la película de Fritz Lang, a pesar de su dureza, con esa elegancia, esa fotografía cuidada, el enorme George Sanders como malvado refinado... y la burda sordidez de la novela me ha dejado totalmente anonadado. Ya digo, la versión de 1976 con Peter O'Toole es mucho más parecida en todo a la novela, incluida esa abyección que transmite la novela. 
 Por otro lado, la edición de Alfaguara está prologada por una tal Victoria Nelson, que eleva a Household a la categoría de criatura cuasi celestial, dando un empaque filosófico y discursivo a un autor, que, a juzgar solamente por esta novela, no merece en ningún momento.
 En fin, me equivoqué, ya dije. Tampoco quiero tirar por el suelo la novela. Está muy bien escrita. Lo único es que el argumento y los temas que trata no me interesan lo más mínimo. Yo busco una vida más elevada, más intelectual, menos arrastrada y animal.

domingo, 3 de mayo de 2026

"La nave estelar", de Brian Aldiss.

  Novela publicada en 1958 bajo el título original de Non-Stop, que hoy consideraríamos "muy clásica" dentro de la ciencia ficción, en el sentido de que tanto el argumento como los temas eran los más habituales en ese subgénero narrativo. Recordemos que, a finales de los cincuenta, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se habían enzarzado en una lucha por la conquista del espacio que finalizaría con el (discutido) alunizaje americano en 1969. Los temas incluidos estarían relacionados con los viajes espaciales: el comportamiento social humano dentro de la nave (que, en realidad, no deja de ser un estudio antropológico, aunque muy superficial, sobre la sociedad humana en general), o el comportamiento individual ante desafíos físicos (semejantes a las novelas de aventuras del siglo XIX en la conquista de los polos, las junglas o los ignotos océanos).
 La novela está muy bien pergeñada, ya que mantiene el suspense hasta el final, puesto que va desvelando poco a poco qué ocurre realmente en la nave espacial. Los personajes, aunque con las singularidades que los diferencian, son arquetípicos, pudiéndose el lector identificarse con ellos, hasta cierto punto, con sus dudas y sus zozobras. Las descripciones de la nave, único paisaje que los protagonistas conocen, son suficientemente detalladas para poder imaginar sus peripecias en ella sin que acaben siendo farragosas o excesivas.
 El argumento, grosso modo, es el siguiente: una nave estelar navega por el espacio sin rumbo. Parece que algo desastroso, no se sabe qué, ocurrió en un pasado no muy cercano. Como consecuencia, los tripulantes de la nave han llegado a involucionar con el paso de las generaciones, volviendo a un estado primitivo tribal, sosteniendo frecuentes enfrentamientos entre ellos. Se alimentan de unas plantas que crecen bajo la luz artificial, los "pónicos", y cazan animales, cerdos principalmente, que se han asilvestrado por los corredores y cubiertas de la inmensa nave. La novela se centra, como es habitual, en unos pocos tripulantes, especialmente en Roy Complain (el apellido es una pequeña broma del autor, toda vez que "to complain" significa quejarse) y una científica de otra tribu, Laur Vyann. Ellos y otros pocos más desarrollan una teoría según la cual viven en esa nave espacial, pero creen que ha de existir un cuarto de control en el que otra tribu o especie, a los que llaman los gigantes por su elevada talla, gobiernan la embarcación espacial. También, producto más en este caso de evolución que de involución, han de enfrentarse con ratas que se organizan para dominar a los humanos, llegando a emplear armas rudimentarias para ello. En ese viaje a través de las marañas de pónicos que crecen en los pasillos y corredores, tratarán de llegar al hipotético cuarto de control, encontrándose de cuando en cuando con esos misteriosos gigantes que parecen hablar y andar muy despacio.
 El lector, claro, va descubriendo todo a medida que los protagonistas lo hacen, manteniéndose así, como antes decía, la intriga. Poco a poco, ayudados por otros individuos, los llamados "forasteros", que también son altos (para ellos), van comprendiendo que ocurrió, que catástrofe pasada los mantiene sin rumbo en el espacio. Quien quiera leer la novela, que no lea de aquí en adelante, pues destriparé el argumento final. Lo que se desvela es que la nave partió hace generaciones de la Tierra con destino a la constelación del Can Menor, concretamente a su estrella Proción. Allí, los tripulantes pudieron aterrizar y formar una colonia relativamente estable, volviendo, bastantes años después, con la misma nave hacia la Tierra para contar las buenas nuevas. Lo cierto es que, aquí está la catástrofe, el agua que bebieron de Proción contenía en suspensión unas cadenas de aminoácidos que interactuó con las proteínas tisulares de sus organismos, provocando mutaciones irreversibles transmitidas de generación en generación. Esas mutaciones incluían una notable disminución de la talla, ninguno sobrepasa el metro cincuenta, y, sobre todo, una aceleración en el ciclo vital, ya que no viven más de veinte años en los que pasan por todas las fases de la infancia, juventud, madurez y senectud. Lo cierto es que la nave que volvía de Proción (rebautizado como "Nueva Tierra") a la Tierra debía tardar siete generaciones humanas, pero éstas han sido veintitrés. Cuando se relatan los hechos, la nave ya ha llegado a la Tierra hace años, estando orbitando a nuestro planeta desde entonces. Los que los habitantes de la nave llaman gigantes son humanos normales, mientras que éstos llaman a aquéllos "acelerados", en referencia a esa aceleración en el ciclo vital.
 El final, un tanto caótico, la verdad, consiste en una desmembración de la nave espacial en multitud de cubiertas independientes, las cuales seguirán girando en órbita terrestre con sus moradores.
 Como digo, es una muy buena novela, y aun cuando no se busque esto en la narrativa de ciencia ficción, hay un cierto estudio antropológico, por supuesto muy superficial y simplista, sobre las sociedades humanas, su respuesta a dificultades y obstáculos, las organizaciones más o menos autoritarias y jerarquizadas en función del primitivismo de las mismas... Un tema, por ejemplo, muy frecuente en la ciencia ficción de esta época es la importancia de la religión, con su punto de fanatismo, en las sociedades primitivas, como la de la nave estelar en cuestión. Al no poder entender qué ha pasado, por qué viven como viven, los humanos vuelven (o desarrollan) a una religión con sus dogmas de fe, sus libros sagrados y sus ritos.
 En fin, para quien le guste la ciencia ficción, como a un servidor, que disfruta por igual de ésta o del más crudo realismo, La nave estelar es una excelente novela, con un nivel, esta vez sí, semejante al que Brian Aldiss había alcanzado con la que para mí es su obra magna, la trilogía de Helliconia.

martes, 28 de abril de 2026

"Puertas abiertas", de Leonardo Sciascia.

  Otra estupenda novela breve de Leonardo Sciascia; otra gran reflexión vital del autor siciliano. La reflexión es sobre la pena de muerte, su más que discutible validez social y su invalidez moral, pero también sobre la indiscutible señoría de la muerte sobre la vanidad humana. La excusa para tal reflexión es la condena a muerte de un ciudadano siciliano por un tribunal palermitano. Y la cabeza en la que se da esa reflexión es la del juez de ese tribunal.
 Lo mejor de Sciascia es que se plantea de una forma tan natural, que el lector lee un ensayo como si fuera una novela. Uno acaba por convertirse en ese juez que, atribulado por la barbaridad de la pena de muerte (tan bárbara, al fin, como los asesinatos cometidos por el reo), asiste impotente a la aparente inevitabilidad de la máxima pena. Se explica esa inevitabilidad en que los hechos se dan en plena época fascista en Italia, en la que el propio Mussolini, alardeando de la seguridad ofrecida a la ciudadanía, había dicho que "en Italia se duerme con las puertas abiertas". Esa expresión del dictador es, precisamente la que da el título de la novela, claro.
 El argumento se basa en la exposición de los asesinatos: tres, primero el de su mujer, después el del tipo que le sustituye en el trabajo, y por último el del que lo despidió. Desde el primer momento, el fiscal es favorable a la pena capital, al igual que el jurado, formado por seis ciudadanos de la isla. Prácticamente toda la novela la ocupa la reflexión del juez,  que, aun a sabiendas de que la pena de muerte iba a ser la sentencia, duda de su eficacia en un plano social, y afirma su inmoralidad absoluta. El fallo, para sorpresa de todos, no es la pena de muerte, sino una condena perpetua; parece que las reflexiones del magistrado han calado en los miembros del jurado hasta escapar de lo que parecía irrefutable. Pero, claro, esto es Sicilia: el tribunal supremo anulará la sentencia y condenará al reo a muerte. El juez, por otro lado, se ha puesto él mismo contra el poder político del país, con lo que será tildado de socialista y perderá todos los privilegios que había ido adquiriendo con el paso del tiempo. El fiscal decide jubilarse y así quitarse de en medio.
 Sin duda, la situación política del momento juega un papel muy importante en la novela, pero no hay tanto un rechazo visceral del fascismo "mussoliniano" sino una velada crítica al seguidismo de la sociedad (en este caso cabría decir que no sólo de la siciliana o la italiana, sino de toda sociedad humana), que no llega a pensar por sí misma, se deja arrastrar por el poder, sobre todo cuando éste se ha impuesto con la brutalidad de la violencia.
 En fin, como decía al principio, una pequeña gran novela. Un texto para leerlo del tirón en unas pocas horas y que le propone a uno una reflexión de hondura para sobrellevar el muermo intelectual de la mayoría de nuestra sociedad.

lunes, 27 de abril de 2026

"El caballero sueco", de Leo Perutz.

  Otra novela de aquel narrador apasionado de la Historia, al que también le gustaba darle un giro mágico o sobrenatural a su narración. El caballero sueco tiene un trasfondo histórico, pues se ambienta en la época de Carlos XII de Suecia, que en apenas treinta y seis años de vida (1682-1718) trató de llevar a cabo sus grandiosas aspiraciones, fracasando en todas ellas. Concretamente, la más notable de esas aspiraciones fue que Suecia llegara a ser un imperio que desde el Báltico llegara hasta el Mar Negro. Tamaño anhelo quedó hecho trizas en la Batalla de Poltava (1709), donde las tropas del zar Pedro I de Rusia destrozaron las de Carlos XII. El personaje principal de la novela, el famoso caballero sueco, bien el verdadero, bien el fingido lucharán codo con codo con Carlos XII, y en esa Batalla de Poltava, el caballero sueco (el de verdad) morirá.
 El caballero sueco es una reflexión sobre la identidad personal y la muerte. Ese cambio en la identidad personal parece imposible, pero, bien en el ámbito literario o bajo algunas circunstancias extraordinarias, sí se produce, lo cual le da pie a Perutz para preguntarnos sobre nuestra verdadera identidad y la irreversibilidad de la misma.
 En esencia, el argumento de El caballero sueco es el de un cambio de personalidad. Dos infortunados se encuentran, un ladrón y un caballero, el ladrón  se convertirá en señor y el señor en ladrón. Por supuesto, Perutz nos presenta con su habitual minuciosidad a los dos personajes: el ladrón es un tipo curtido en mil batallas (no precisamente militares), con una cabeza muy bien amueblada y poco idealismo; el joven caballero es, por contra, un chico bien intencionado, ingenuo, todo ideales, sin experiencia alguna. Y en la frontera entre Alemania y Polonia intercambiarán sus personalidades. El ladrón, reconvertido en caballero, será el personaje principal de la novela: se casará con la prometida del caballero, expulsará a los malos administradores de sus tierras y las gobernará con mano de hierro para sacar el máximo rendimiento de las mismas; tendrá una hija a la que educará en el más estricto respecto a la moral cristiana.
 En el último capítulo, los dos protagonistas volverán a juntarse y a trocar papeles, y la muerte jugará su papel. El caballero, el original, retoma su casaca y parte para ayudar a su rey en batalla, donde morirá; el ladrón se despeñará en un precipicio cercano a sus antiguas posesiones. Así se cierra el círculo que el propio Perutz abrió cuando los dos personajes mudaron su destino.
 Bien mirado es una novela con una cierta inspiración filosófica, en el sentido del inmenso poder que tiene la rueda de la fortuna que, hasta cierto punto, gobierna la vida de la criatura humana. Ese concepto, el de la rueda de la fortuna, tiene origen en la Antigüedad Clásica, aunque fue en la Edad Media cuando más desarrollo tuvo y más aparece en obras literarias. Aquí, Perutz lo retoma para recalcar la escasa gobernanza que los hombres tienen de sus propias vidas. Además, algo muy típico de este autor, incluye un elemento sobrenatural en la persona del molinero muerto, que aparece como intermediario entre el Cielo y el Infierno.
 Es, como antes decía, una novela muy "perutziana", en la que el rigor histórico, muy bien documentado, es enriquecido por el elemento mágico que le da la chispa característica.
 Como siempre, la prosa de Leo Perutz está muy cuidada, con abundante adjetivación y frases subordinadas. Puede ser que su estilo, único, por otro lado, no esté muy de moda en estos tiempos, toda vez que aquel llamado "realismo mágico" pasó a mejor vida, pero lo cierto es que es un gustazo leer esa combinación de realismo narrativo, con adscripción histórica comprobable, y ese punto inverosímil que le aporta el picante para que no quede en otro bodrio histórico más.

martes, 21 de abril de 2026

"Nuevos cuentos de los mitos de Cthulhu. Edición de Ramsey Campbell". Editado por Valdemar.

  Todos aquellos que se han acercado aunque sea superficialmente al mundo literario de Howard Phillips Lovecraft sabrán que el propio autor de Providence animaba a sus colegas escritores, muchos de ellos en contacto epistolar con él mismo, a ahondar en los relatos que formaban parte de una mitología cósmica y que el propio Lovecraft denominó Mitos de Cthulhu. Son esos supuestos mitos una veintena de relatos (con alguna novela breve, como En las montañas de la locura) en los que ciudadanos de a pie o investigadores se ven arrastrados al descubrimiento de dioses antiguos y seres primordiales que cambian sus vidas (o acaban con ellas) para siempre. Son estos seres criaturas venidas de allende el espacio, bien en localizaciones geográficas concretas (como la de Cthulhu, el gigantesco dios antropomorfo con cabeza de cefalópodo, que habita en unas coordenadas fijas en el fondo del Océano Pacífico) o bien en realidades paralelas con portales de paso entre ambos mundos. Estos relatos fueron escritos por Lovecraft entre 1921 y 1935, poco antes de su muerte; e, inmediatamente, los cuentistas que quedaron deslumbrados por la creatividad del de Providence comenzaron a escribir nuevos relatos con esas criaturas como base argumental. Entre esos escritores se encontraban genios como Clark Ashton Smith, Robert E. Howard (el de Conan), Robert Bloch, Frank Belknap Long o August Derleth. Todos ellos engrandecieron la obra de Lovecraft, creando un verdadero subgénero narrativo dentro de la narrativa de terror, que algunos llamaron "Cosmicismo indiferente", por cuanto esas criaturas cuasi eternas destruían al género humano con una indiferencia total; eso era lo nuevo, que la muerte de los seres humanos era un simple accidente irrelevante en el devenir de los acontecimientos.
 Esos relatos se han ido publicando en distintas compilaciones efectuadas. En nuestra lengua y nuestro país, la editorial Valdemar se ha encargado de traducirlos y publicarlos en su más que conocidas colecciones, todas de gran calidad. El tomo que recensiono fue recopilado por Ramsey Campbell, quien incluye uno de su autoría (no el mejor, por cierto), crítico y gran entendido de la obra del "solitario de Providence".
 El tomo comienza con Crouch End, de un genio de la narrativa de terror contemporánea como es Stephen King, ambientado en el suburbio real del norte de Londres, en la que ocurren todo tipo de situaciones irreales a una pareja de estadounidenses que ha tenido la desgracia de perderse allí. Es un cuento muy parecido a La sombra de Innsmouth del propio Lovecraft, en el que un pueblo de Massachusetts se da un culto a Dagón, y los sectarios son mitad pez, mitad hombre, en distinto grado. Bueno, pues King imagina niños que son mitad rata y que llevan a los pobres americanos a la peor de sus pesadillas.
 El relato más flojo de todos, a mi parecer, claro, es el de A. A. Attanasio, titulado La charca de las estrellas, que ya por su nombre nos recuerda a El color surgido del espacio, en el que una suerte de meteorito caía en una zona rural del nordeste de EEUU, provocando terribles mutaciones en todos los seres vivos, humanos incluidos. El relato de Attanasio incluye a dos traficantes de droga de poca monta, perseguidos por matones, que tienen (todos) la mala suerte de cruzarse con miembros de una secta adoradora de Cthulhu.
 El segundo deseo, de Brian Lumley es, sin embargo, un extraordinario relato en el que una pareja inglesa, de turismo en Hungría, visita una vieja iglesia en ruinas. Allí, instados por el extraño custodio del templo, juran adorar a una momia situada en la cripta. Según ese raro guía, en esa iglesia no se daba culto cristiano sino al dios primordial Cthulhu. Después, en una fiesta gitana, una bella joven de esa etnia seduce al hombre; esa bella gitana se convertirá entonces en una momia putrefacta, provocando inmediatamente la momificación irreversible del inglés.
 En Oscuro despertar, de Frank Belknap Long, un amuleto de Cthulhu hallado en un pesquero naufragado en la orilla lleva a quien lo posee a querer sumergirse en el océano en busca del dios primordial con cabeza de cefalópodo. Es un gran relato, muy bien pergeñado.
 La sección 247 de Basil Copper cambia por completo de ambientación para llevar la acción a una estación espacial, en la que varios de sus trabajadores son fatalmente atraídos hacia esa sección, en la que se presume habita un ser primordial. Es un buen cuento, pero falla en la ausencia de remate final.
 Un negro con un saxofón, de T.E.D. Klein es un relato muy lovecraftiano (en el sentido de que se insinúa mucho, pero no se muestra de forma evidente nada), que sólo es plenamente comprensible para quien haya leído previamente los textos de Lovecraft, pues se hacen continuas referencias a los mismos y se deja que el lector continúe su argumento mentalmente. El negro del título, por cierto, es una figura que toca un cuerno, estampado en una antigua capa de indígenas malayos. Ni que decir tiene que, hoy en día, el título, así como alguna referencia a los asiáticos convertirían el texto en políticamente incorrecto. Esto es, por otro lado, otra virtud de Lovecraft, que nunca creyó en corrección política alguna, expresando ideas sobre las determinadas razas que observaba en Nueva York sin ningún tipo de recato (ni falta que hace).
 Maldita sea la oscuridad, de David Drake, está ambientado en el Congo belga, durante el reinado de Leopoldo II, época en la que el ejército belga sometía a la población indígena a sangre y fuego para explotar las riquezas naturales del país. En ese contexto de violencia y brutalidad, unos adoradores del dios primigenio Athu son confundidos con simples insurgentes. Es éste otro de los mejores relatos del volumen.
 El tomo finaliza con Las caras de Pines Dunes, del compilador de los relatos, Ramsey Campbell, y, es, en mi humilde opinión, claro, el relato más flojo de todos. Un joven sospecha que sus padres, ropavejeros seminómadas, son brujos; en realidad son sacerdotes de los antiguos dioses.
 En fin, ocho relatos que continúan los argumentos y temas iniciados por Lovecraft. Destacaré los de David Drake, Frank Belknap Long y Brian Lumley, aunque ninguno alcanza la excelsa calidad de los de Providence, pero no dejan de ser una forma de ahondar en esos temas tan arrolladoramente originales que incluso hoy en día siguen generando nuevos textos. 

viernes, 17 de abril de 2026

"La sima de Igúzquiza" e "Historia de una reina", de Alejandro Sawa.

  Tenía muchas ganas de leer a Alejandro Sawa. Convertido ya más en un personaje mítico y legendario que un verdadero escritor, hoy se le recuerda más por haber inspirado a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella en Luces de Bohemia y como ejemplo de escritor bohemio, volcado en las artes y pasando más hambre y miseria que otra cosa. Así, para todos los "letraheridos", el nombre de un tipo como Sawa sólo puede mentarse con admiración, como quien nombra a una deidad periclitada; porque, ¿a quién no le hubiera gustado pasar los años de juventud entre la bohemia parisina, hablando de literatura hasta las tantas con Verlaine entre copa y copa de absenta? Bueno, pues a mis cincuenta y cinco tacos, he de decir que yo, decididamente, no. Tal vez en alguna melopea juvenil lo hubiera deseado, pero hoy no cambiaría mi vulgar pero acomodada vida por la excelsa pero arrastrada vida de Sawa, acabada con sólo cuarenta y seis años. No quiero decir que Alejandro Sawa esté sobrevalorado en ciertos ambientes, pero sí que esa aura de literato maldito supone que tenía gran talento que no pudo aprovechar por la mediocridad del mundillo literario oficial, pero lo cierto es que el pobre de Sawa llevó una vida de práctica indigencia y que su talento literario... no parece ser para tanto.
 Y de nuevo gracias a la editorial Valdemar se puede valorar este talento no tan descollante del escritor sevillano. Contiene dos de las obras más señeras de Sawa: La sima de Igúzquiza y la Historia de una reina, dos textos muy diferentes entre sí, tanto en su estructura como en su estilo.
 La sima de Igúzquiza es un relato con una prosa muy galdosiana, en prácticamente todos los sentidos: es un texto que narra con una minuciosidad en su documentación que parece propio de una narración notarial; por otro lado describe de forma muy profunda la psicología de los protagonistas, en este caso de los criminales; además muestra un anticlericalismo muy en boga en la época, personalizado en el Padre Contento, otro asesino sin salvación. Eso sí, los hechos narrados son tan brutales y se regodea tanto Sawa en ese salvajismo, que, ya puestos a hacer una crítica literaria clásica, estaríamos más ante un relato de corte naturalista (con especial hincapié en los aspectos más crudos y sórdidos) que realista. En esencia, La sima de Igúzquiza narra las barbaridades cometidas en la Tercera Guerra Carlista por una partida de combatientes carlistas, encabezada por un ex-presidiario, Félix Rosa Samaniego, que, no contentos con los muertos en batalla,  arrojaron a una sima natural cerca de la población navarra de Estella a un grupo de combatientes y civiles supuestamente ligados al bando realista. Lo más terrible es que esos hechos ocurrieron realmente. Otro recordatorio más de las barbaries de la actividad más animalesca del ser humano: la guerra.
  Pero Historia de una reina es algo completamente diferente: es un relato que cae por completo en el modernismo, con un preciosismo en la descripción, que busca la belleza formal, justo al contrario que el relato anterior; los lugares comunes del modernismo (palacios, princesas, cisnes...) está presente en todo el texto; y la descripción psicológica del personaje principal se centra en el intimismo melancólico. Difícilmente se puede escribir un texto más diferente del anterior. Desde el punto de vista estructural, Historia de una reina también es muy diverso, pues, de forma un tanto irregular, la verdad, conjuga formas propias de un drama teatral (con los personajes al inicio de sus diálogos y con acotaciones) con la de la novela  e incluso el diario. El argumento, que también se inspira en una historia real, habla de la princesa Beatriz (¿como la Beatriz de Dante?), que es todo idealismo y romanticismo en un mundo burdo y materialista. Su padre la casa, contra su voluntad, con el rey de Moravia, con la vista en asuntos terrenales y en absoluto teniendo en cuenta los sentimientos de su hija. Ésta accede finalmente y vivirá una vida triste y llena de frustraciones. En el texto, el caballero Dimitrio, consejero y voz espiritual de Beatriz, la anima a que sea "reina de los corazones de sus súbditos", que ansían poderla amar como mujer y no como reina.
 En fin, no sé si habrá mucho más de Sawa disponible hoy en día, pero supongo que esto será lo más destacable, y debo decir que, efectivamente, sobrevaloraba al bohemio escritor sevillano. Puede que su vida, por terrible y dura, contrastando con un cierto talento literario fuera chocante, pero lo uno (la vida dura y terrible) no justifica lo otro (la fama y el mito). No quiero ser duro, pero, una vez más, "las apariencias engañan" y "el tiempo pone a cada uno en su lugar", y mucho me temo que el lugar de Alejandro Sawa en la literatura española es  irrelevante. Tal vez su vida dé para una película sensiblera de esas que tanto gustan ahora, poco más.

miércoles, 15 de abril de 2026