sábado, 28 de marzo de 2026

"Generación X", de Douglas Coupland.

  Leí Generación X hace la friolera de treinta y tantos años, cuando un servidor andaba por los veintipocos, principalmente por recomendación de un amigo de la época que, a su vez, lo había oído mencionar como novela icónica para nuestra supuesta generación. Esa "supuesta generación" nuestra fue llamada por algún sociólogo con afán de notoriedad como "generación X". Aparentemente, a la generación X pertenecían los nacidos entre 1965 y 1980, con lo que, efectivamente ahí estaba yo. Está claro que esto de las generaciones es un tanto simplón, que sólo se aplica a las sociedades occidentales y que no deja de ser una generalización burda a la que no debería prestarse mucha atención... Pero, en fin, fuera por la influencia de aquel amigo, por la búsqueda un tanto desesperada de pertenencia a un grupo social o por puro seguidismo, lo cierto es que leí esta novela de Douglas Coupland que fue un éxito absoluto en Estados Unidos y después, con menor intensidad, en Europa. Tal fue el éxito, que la novela fue presentada (evidente estratagema editorial) como la obra que retrataba a esa generación, como una novela icónica, como un texto de referencia sin el cual no se comprendería a todo ese grupo humano.
 Y recuerdo que la novela me gustó razonablemente en aquel entonces. Sí me llegué a reconocer parcialmente (o lo forcé, no sé) en esa gente un tanto desilusionada antes de llegar a los treinta, quizá la generación con mayor nivel educativo hasta el momento, pero que sentía que eso no tenía gran valor, y que no sabía cómo adaptarse a la vida adulta. Pensándolo bien, supongo que sería más un "querer parecerse" que parecerse realmente. Bueno, lo cierto es que la relectura de la novela, treinta años después, me ha dejado un tanto frío. He visto muchos errores que no percibí antes, hasta el punto de poder afirmar que es ésta una novela de juventud del tal Coupland, pero no una novela de formación o aprendizaje, sino una novela de alguien que todavía no está muy ducho en las técnicas narrativas o en la capacidad de captar la atracción del lector. Esto implica que, como ya sospechaba, el rotundo éxito en su lanzamiento el año 1991 (en España, en 1994) tiene que ver con una espléndida campaña de mercadotecnia de la industria editorial.
 Pero también, he de ser sincero, juzgo desde mis cincuenta y cinco años, nada que ver con el chaval que fui hace treinta. Ahora ya no tengo ese afán de pertenencia a grupo alguno (años hace que me precio de no encajar en ningún grupo social, lo cual no deja de ser otro grupo social), ni quiero verme reflejado en las páginas de un libro. No sé si llamarlo madurez es un tanto pretencioso, pero la autoaceptación acaba por llegar, tarde pero llega, y deja uno de mirarse el ombligo, aceptando que todos tenemos cosas que nos asemejan y nos diferencian, ya sea de la misma generación o entre generaciones. 
 Generación X es, evidentemente, un texto para gente joven, que narra un pequeño fragmento de la vida de unos veinteañeros que rememoran la época segura y sin zozobra de la infancia, así como la difícil relación con los padres y la vida adulta en general. Eso, está claro, lo han sentido los jóvenes de toda época y lugar, ya sea en los años noventa del siglo XX, en la actualidad o en la Edad Media.
 Algo destacable, meritorio, aunque no único de la novela de Coupland es la inclusión de pequeñas definiciones, a modo de diccionario, de palabros de nuevo cuño que, supuestamente, esa generación usábamos de forma cotidiana. Aquí, la traducción rompe un poco el valor de esa aportación, aunque se entiende y refuerza el sentimiento de alienación que, ya digo, es propio de toda juventud.
 En fin, una vez más: no sé si es buena idea releer, especialmente cuando hace tantos años que se leyó por primera vez. Se hace muy patente el paso del tiempo en un servidor; vienen a la memoria muchos recuerdos de la época, y su inevitable comparación con la actualidad lo dejan a uno muy malparado.

viernes, 27 de marzo de 2026

Inciso musical: decimocuarto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Brahms y Schönberg.

  El concierto de ayer estuvo dirigida por Thierry Fischer, batuta oficial de la OSCyL; el solista invitado fue el violinista ruso Sergei Dogadin, quien sustituyó, por razones de salud, a Daniel Lozakovich. Las obras elegidas, una vez más, fueron del periodo romántico, de Johannes Brahms, aunque la segunda parte pasada por el inmenso talento de Arnold Schönberg, esta vez en el buen sentido, ahora lo explico.
 La primera parte del concierto fue para el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 de Brahms. Parece ser que Brahms consultó a su amigo, el insigne violinista Joseph Joachim, quien debió influir notabilísimamente en la partitura final, pues las exigencias al solista son verdaderamente infernales. El concierto está dividido en tres movimientos: Allegro non troppo, Adagio y Allegro giocoso, ma non troppo vivace. El primer movimiento es sin duda el menos afortunado, con un solo de violín de varios minutos que si bien permite el lucimiento del solista, aburre soberanamente al espectador. El mero hecho de ver durante minutos y minutos a los músicos de la orquesta con el instrumento en las rodillas, mirando con aburrimiento al solista, ya deja una sensación soporífera, por mucho que, ya digo, Dogadin estuviera impecable. El movimiento intermedio, el Adagio, al no tener ese solo y contener, por otro lado, unas frases musicales mucho más reconocibles se hace más ameno. Por último, el tercer movimiento recupera al público con melodías y ritmos enérgicos, sin aburridos solos. 
 Sergei Dogadin estuvo magnífico, su dominio de la obra salvó el concierto. Para bis escogió una obra popular, con arraigo español (muy típico en instrumentistas de allende las fronteras, que quieren empatizar con el público español), la Fantasía flamenca de Aleksey Igudesman, que, una vez más, exige unas virguerías extraordinarias al violinista, algo que los espectadores aprecian y premian con un largo aplauso.
 Después del descanso, de nuevo Brahms, con su Cuarteto con piano nº1 en sol menor, pero pasado por el talento como arreglista y adaptador a orquesta de Arnold Schönberg. Y claro, un servidor (y otros muchos, estoy seguro) se echa a temblar cuando se menciona a Schönberg, por mucho que se sepa que previo al desbarre insoportable del dodecafonismo, era un talentoso compositor además de arreglista. Y precisamente aquí es lo que hizo: arreglar y adaptar una obra para cuarteto con piano a orquesta sinfónica completa (en el sentido romántico además, con percusión y viento metal a tutiplén). El resultado, desde luego, fue óptimo, convirtiéndola en una obra de una fuerza arrolladora, que algunos musicólogos han llegado a equiparar a una sinfonía del compositor hamburgués. La obra está estructurada en cuatro movimientos: Allegro, Intermezzo, Andante con moto y Rondo alla Zingarese (Presto), de los cuales el más interesante sin duda es el último, cuando se aprovecha a toda la cuerda para recuperar melodías gitanas, algo muy característico y admirado de Brahms, recordándonos a todos las magníficas Danzas húngaras que tanto prestigio dieron al compositor alemán.

domingo, 22 de marzo de 2026

"Vida contemplativa", de Byung-Chul Han.

  Siempre me digo a mí mismo, y a quien me quiere escuchar, que no leo ensayo porque me parece siempre insatisfactorio: aunque me guste mucho la línea de pensamiento del ensayista, aunque coincida en muchos aspectos, siempre difiero en otros y, normalmente, no acabo compartiendo las conclusiones. Esto me ha pasado con Byung-Chul Han. Por otro lado, es fácil, leyendo entre líneas, encontrar pensamientos más profundos en cualquier obra de ficción, incluso las de ciencia-ficción, que pudieran parecer de puro y banal entretenimiento. Ahora mismo, por ejemplo, estoy leyendo otra vez a Chesterton, un volumen de Valdemar que han titulado Fábulas y cuentos, e incluso en esas fábulas se puede percibir las líneas de pensamientos social de alguien como Chesterton. Así, cabría decir que no es necesario leer ensayo para saber qué sociedad o qué individuo propugna, y es mucho más amena la lectura de cualquier ensayo.
 Es lo primero que leo, tal vez, lo último, del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Digo surcoreano, pero, aparentemente, cabría decir mejor coreano-alemán, pues está radicado en la ciudad de Friburgo de Brisgovia (Baden-Wurtemberg, curiosamente la ciudad de Martin Heidegger) y escribe todos sus ensayos en alemán. Por otro lado, pasa por ser un "filósofo católico", aunque, como ahora explicaré, parece ser una versión muy light, muy moderna de Catolicismo. Sí se aprecia desde luego una acerba crítica del Capitalismo, como sistema económico deshumanizante y  alienante.
 Vida contemplativa es, grosso modo, una defensa del tiempo libre, pero considerado como un tiempo para meditar, para pararse a pensar y ahondar en la espiritualidad que nos reconcilie con nosotros mismos. Está estructurado en seis capítulos, que, más o menos, podrían encajar con el "introducción, desarrollo y conclusión" clásico de cualquier ensayo. Iré citando algunas frases más destacables y las comentaré según mi entender.
 Comienza con Consideraciones sobre la inactividad, donde critica con dureza la vida moderna en la que "sólo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento", percibiendo, por tanto, que el tiempo libre es un tiempo perdido, por cuanto no rendimos nada. El Capitalismo alienante "transforma el propio tiempo en una mercancía. Con lo cual, este pierde toda festividad". "El capitalismo es la actividad en estado puro. Es la trascendencia que se apodera de la inmanencia de la vida y la explota por completo... El humano se degrada en forma de un animal laborans". Se apoya, en este primer capítulo de citas de Walter Benjamin, Marx e incluso de Peter Handke.
En Una nota marginal a propósito de Zhuangzi introduce a ese archiconocido filósofo chino del siglo III a. de C. para recordar su doctrina de la inactividad como una parte inolvidable de la ley natural.
 De la acción al ser es el tercer capítulo del ensayo, en el que cita a menudo a Hanna Arendt, también radicada (hasta que llegó el Tercer Reich, claro) en Friburgo de Brisgovia. Han considera que "la meditación inactiva va tras el esplendor de lo insignificante, lo inutilizable, lo indisponible, de lo que se sustrae a toda utilidad, a toda meta". En este capítulo, además de a Arendt, también cita numerosas veces a Heidegger.
 La absoluta falta de ser comienza con un poema de Rilke, para luego afirmar que "el corazón no puede brindar hoy ningún refugio a la perennidad. Si el corazón es el órgano del recuerdo y la memoria, en la era digital estamos absolutamente desprovistos de corazón. Almacenamos cantidades impresionantes de datos e informaciones sin recordar". Con respecto a la obsesión por durar lo más posible, Han dice: "hoy invertimos lo mejor de nuestro empeño en alargar la vida. En realidad, la vida se está reduciendo a supervivencia. Vivimos para sobrevivir. La histeria de la salud y la manía de la optimización son reflejos ante la falta de ser reinante". 
 De los tres pilares aristotélicos de la persuasión (páthos, ethos y logos), Han recurre al primero cuando afirma en El páthos de la acción: "El páthos de lo nuevo y del nuevo comienzo desarrolla rasgos destructivos, si no es inhibido por aquel otro espíritu que Nietzche llamó genio de la meditación".
 Por último, la supuesta conclusión es titulada La sociedad que vendrá, y comienza con lo que parece una salida de orientación cristiana cuando asevera: "La crisis actual de la religión no puede atribuirse simplemente al hecho de que hayamos perdido toda fe en Dios o a que nos hayamos vuelto desconfiados con respecto a determinados dogmas. En un plano más profundo, esta crisis apunta a que estamos perdiendo cada vez más la capacidad contemplativa". Sin embargo, cuando uno esperaba una defensa cerrada de la contemplación, en el sentido cristiano de la misma, es decir, en la atención a la espiritualidad en detrimento de lo material, Byung-Chul Han opta por una versión muy light del Cristianismo, que está, por otro lado, muy de moda, y que ha sido llamado "new age", es decir que liga la divinidad a la naturaleza, considerando lo contemplativo como la vuelta a lo natural.
 Así pues, como decía antes, la lectura de este ensayo me deja un poco frío. No encuentro verdaderos argumentos que refuercen la vida contemplativa, de nuevo, en un sentido cristiano, como la de aquellos de vida consagrada que no siguen la archiconocida regla benedictina del ora et labora, sino que apuestan todo a la espiritualidad, a la contemplación, al ora. Los planteamientos iniciales de Han son correctos, también cuando critica el Capitalismo actual que hace que nosotros mismos nos "autoesclavicemos", no dejándonos ni un minuto libre para la reflexión. Con ese afán de productividad, que sin duda tiene un origen capitalista o mercantil, nos explotamos a nosotros mismos como si fuéramos animales de trabajo, negligiendo nuestra parte espiritual, la más importante de nuestro ser. Pero luego no remata bien su ensayo al no promover ese "bajar los brazos para elevar el espíritu", es decir, dejar de producir para meditar, reflexionar, pensar y sentir.

sábado, 21 de marzo de 2026

"Read for Pleasure", by Grant Snider, (www.incidentalcomics.com).

 

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

Inciso musical: decimotercer concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Rimski-Kórsakov, Rodrigo, Ravel y Albéniz.

  Si días atrás tocaba repensar la música romántica rusa, y anteriormente, la germánica, ayer tocó lo propio con la española.  Bienvenido sea. Y, aunque digo "repensar música culta española" no digo que fueran españoles los compositores, de éstos sólo eran connacionales nuestros Rodrigo y Albéniz, pero nadie dudará de la hispanofilia de Maurice Ravel o de la inspiración ibérica del Capricho español de Rimski-Kórsakov.
 Defendía ayer ante un vecino de localidad y amigo que a un servidor le hubiera gustado que el himno nacional de su país hubiera sido tomado de algún fragmento de música culta en lugar de ser un himno militar. ¿Acaso no es el himno alemán el espléndido Deutschlandlied de Joseph Haydn? ¿Por qué no podía tomarse como himno de España un fragmento de este espléndido Capricho español de Rimski-Korsakóv, por ejemplo, o de obras claramente inspiradas en España y lo español de compositores como Ravel, Albéniz o Boccherini? Supongo que la historia de nuestro atribulado país, con tanta guerra, tanto conflicto y tanta violencia promovió la visión militarista sobre la cultural... Una pena. En fin, digresiones aparte, el concierto de ayer sí representaba esa españolidad, quizá un cierto tópica y estereotipada, pero perfectamente reconocible en el mundo entero.
 Ayer, la OSCyL recuperó a su batuta habitual, Thierry Fischer; el solista invitado fue el guitarrista malagueño Rafael Aguirre.
 El concierto comenzó con el estupendo y archiconocido Capricho español de Nikolái Rimski-Kórsakov, una de esas obras que no dejan indiferente a nadie, preñada de energía y alegría de vivir. Parece ser que el compositor ruso llegó a visitar España para inspirarse, además de tomar obras populares del folclore asturiano y andaluz para desarrollar esta magnífica composición. A ella me refiero cuando argumento que se podían tomar fragmentos de melodías de música culta y, mutatis mutandis, adaptarlo para ser nuestro himno nacional. En fin, ideas disparatadas que tiene uno... Volviendo a la obra de Rimski, su obra está estructurada en cinco movimientos, contrastando el tempo al usar alternativamente las músicas provenientes de danzas populares: la alborada asturiana o el canto gitano andaluz. Se podrá argüir que los motivos son clichés demasiado manidos, pero nadie podrá negar la belleza arrebatadora de la pieza.
 A continuación, el guitarrista Rafael Aguirre interpretó el Concierto para una fiesta, para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo. Obra menor si se compara con el Concierto de Aranjuez, pero es que cualquier obra es menor comparada con tal genialidad. Y, en realidad, esto se tiene presente en todo momento y el Concierto para una fiesta acaba por parecer un tanto anodino, con momentos en los que el oyente parece perderse un poco. Eso sí, la sobresaliente interpretación de Aguirre emocionó a todo el auditorio. Haré un inciso aquí para preguntar hasta qué punto es adecuada una sala sinfónica para un concierto de guitarra. Porque se hace imprescindible un mecanismo de amplificación para que el instrumento solista no quede tapado por completo por la orquesta. ¿No sería mejor para estos concierto hacerlos en salas de cámara, donde el sonido llegaría mejor a todos los oyentes? Bien, pregunta retórica. Rafael Aguirre obsequió al Miguel Delibes con un bis en el que se muestra que la guitarra, por muy clásica que sea, es un instrumento a medio camino entre la música culta y la popular, fue, en palabras del guitarrista "Campanera, de Joselito". Cito las palabras exactas de Aguirre porque ya en el momento me extrañó que ese pasodoble, muy conocido por una película del año 1953, difícilmente pudo ser compuesta por un niño de, entonces, diez años. Buscando en internet, Campanera fue compuesta por el maestro Genaro Monreal. Si ni siquiera los músicos dan la importancia merecida a los compositores...
 Después del descanso tocó el turno de Maurice Ravel, el más español de los compositores franceses, sin duda, incluso teniendo en cuenta Carmen de Bizet. De todos es conocido que la madre de Ravel era vasca y él mismo nacido en País Vasco francés, en Ciboure. Quizá estos orígenes lo acercaron a la música popular española o, mejor dicho, hicieron que tomara la música popular española para adaptarla a la música culta. Pero no hay duda, en todo caso, de la influencia española en el Bolero, en la Alborada del gracioso o, claro en esta Rapsodia española. Como decía antes, motivos musicales preñados de clichés, de estereotipos y tópicos, pero muy efectistas, de esos que o gustan mucho o se rechazan de plano. En mi caso, diré que, en pequeñas dosis, son obras que refuerzan el gusto nacional de un servidor, pero en exceso acaban por empachar un tanto.
 Una de las obras de carácter absolutamente españolas que son más bellas es la Suite Iberia de Isaac Albéniz, otra obra maestra. Pero, en mi humilde opinión, la adaptación para orquesta pierde mucha de la belleza y fuerza que tiene cuando se interpreta para piano. De toda la suite, quizá sea Almería una de las más hermosas y, sobre todo, evocadoras. También tiene mucho de cliché, pero con ese carácter evocador y sugerente, típico del llamado "impresionismo musical" transmite una idea de esa españolidad que está libre de patrioterismos y chovinismos. Lástima de la adaptación orquestal.
 Por último se interpretó La valse de Ravel, la única pieza que no tiene relación directa con lo hispánico, sino que nos lleva, como todos los valses a la capital austriaca, a esa Viena galante en la que la alta sociedad se desvivía por los valses de la familia Strauss. Quizá fuera el contrapunto a una velada muy española.

viernes, 20 de marzo de 2026

XXXIII Feria del libro antiguo y de ocasión. Valladolid.

  Otra edición más, nada menos que la trigésimo tercera de la Feria del libro antiguo y de ocasión que organiza la Asociación de libreros de viejo y antiguo de Castilla y León (ALVACAL); en su habitual y  privilegiada situación en la Acera de Recoletos. Casi veinte casetas de toda la comunidad ofrecen unos cien mil volúmenes (dicen) para lectores, bibliófilos y paseantes.
  Es una oportunidad excelente para descansar la vista en viejos lomos de libros. La verdad es que, en los últimos libros, no compro nada, a diferencia de hace algunos lustros, pero es que la biblioteca personal de un servidor supera los dos mil ejemplares, aparte de ser un feroz usuario y defensor de las bibliotecas públicas. En todo caso, el inmejorable marco, junto al Campo Grande, y el hogareño aroma a libro viejo lo reconcilia a uno con la vida. Lo visitaré, probablemente acompañado, algún día más.

Equinoccio de primavera.

De Madrazo y Agudo, José. (1819), Alegoría de la primavera [Óleo sobre lienzo]. Museo del Prado, Madrid.

lunes, 16 de marzo de 2026

"Enemigos del sistema", de Brian Aldiss.

  Un autor tan longevo y prolífico como Brian Aldiss (92 años de vida, centenares de relatos, más de treinta novelas, además de poemarios y obras de teatro) tuvo que tener por fuerza distintas épocas creativas además de altibajos de calidad. He leído bastante de este tipo; me gusta, pero reconozco que algunos relatos son demasiado enrevesados al intentar darle un sesgo intelectual que acaba siendo pretencioso e intelectualoide. En otros textos, sin embargo, Aldiss opta por una ciencia-ficción clásica, sin ambiciones ilegítimas. Enemigos del sistema es una de este último grupo, al igual que su obra más lograda, la trilogía de Heliconia. Con todo, que no se vaya por las ramas hasta perder el hilo de la narración no quiere decir que no haya alguna consideración sobre la sociedad o la civilización. En ese sentido Brian Aldiss siempre ha gustado de expresar reflexiones a través de personajes o de las situaciones que estos experimentan, para que el lector también medite sobre su propia sociedad. Y, bien pensado, es sencillo, toda vez que el escritor de ciencia-ficción ha de crear una sociedad paralela con semejanzas y diferencias a la actual sociedad humana, lo cual lleva irremediablemente  a comparaciones.
 En Enemigos del sistema se narra un futuro distópico en el que una evolucionada civilización derivada de la humana (ellos se llaman a sí mismos Homo uniformis para diferenciarse del Homo sapiens) que se ha desarrollado a partir del comunismo, con regímenes autoritarios, uniformador y utopista domina buena parte del Universo. Estos individuos dominan la ciencia hasta el punto de que no crían a sus propios hijos sino que son fertilizados in vitro y criados en una suerte de comunas donde son adoctrinados. Su instrucción política, social y económica es tan intensa que son todos copias uniformadas, con un pensamiento único que no dudan en delatarse unos a otros a la mínima diferencia. Son, a pesar de su supuesta brillantez, seres cuadriculados, carentes de imaginación; su individualidad ha sido sustituida por un comportamiento colectivo que facilita la prevalencia del sistema.
 Bien, pues seis turistas de estos Homo uniformis se encuentran en el planeta Lysenka II, un planeta que se encuentra en el periodo devónico (el de los helechos, los trilobites y los grandes peces acorazados) si no fuera por la existencia de extrañas criaturas mitad hombre mitad animal que los utopistas consideran que son formas humanas degeneradas a partir de naves espaciales de cientos de miles de años atrás, naves tripuladas y ocupadas por Homo sapiens a los que ellos llaman "colonos capitalistas". Para los protagonistas de la novela, los sapiens eran formas primitivas de las cuales evolucionaron ellos mismos, con lo cual, si esas criaturas son degeneradas de los sapiens se puede entender el desprecio con el que los tratan: como si fueran animales irracionales, con una mezcla de asco y miedo. Bien, pues una tribu de estas criaturas capturará a seis turistas tras una avería en el autobús que los transportaba. El comprensible terror de los más avanzados cuando son hechos prisioneros por unos individuos en estado paleolítico es sustituido por la sorpresa al descubrir hechos biológicos que consideran anacrónicos (fecundación, gestación y crianza de los hijos de la forma natural), así como que no pretendan matarlos sino más bien entronizarlos a la categoría de dioses. Todo esto hace que los menos adoctrinados de ellos empiecen a replantearse todo lo que creen como dogma indubitable. Finalmente serán rescatados, pero la guía de la expedición los denunciará como enemigos del sistema para que sean detenidos y reeducados.
 Como se puede ver, la novela tiene un afán reflexivo sobre esas sociedades comunistas que eran más estrictas en la creación de dogmas que las propias religiones en la Edad Media. Brian Aldiss escribió esta narración en 1978, cuando el comunismo arrasaba media Europa. Leído en 2026 hay que recordarse de cuando en cuando cómo eran esos países, aunque todavía quedan unos pocos como Corea del Norte, cuyos pobres súbditos, oprimidos e uniformados, son verdaderos esclavos.

sábado, 14 de marzo de 2026

"La bruja y el capitán", de Leonardo Sciascia.

  Dicen los de Tusquets en la contraportada (y tienen razón) que el argumento secundario de Caterina, recogida en Los novios del escritor romántico italiano Alessandro Manzoni (autor canónico para el estudio del Bachillerato en Italia, por cierto), "va a servir a Leonardo Sciascia para reflexionar sobre uno de sus temas predilectos: la Justicia". Es totalmente cierto, leyendo a Sciascia se puede apreciar su profundo amor a la tierra que lo vio nacer, pero su ansia, su anhelo de Justicia precisamente en una tierra en la que escasea. Y es que no hace falta retrotraerse al siglo XVII para encontrar injusticias brutales especialmente sobre los más débiles. Así, las reflexiones de Sciascia son aplicables a cualquier época y lugar, no sólo para el Milán del XVII. Pero Sciascia, en su sobresaliente maestría, critica esa brutalidad de forma sutil, suave, incluso amable. Hecho de otro modo hubiera quedado ingenuo e infantiloide, como la rabieta del adolescente ante la incontrovertible realidad. Sciascia publica La bruja y el capitán ("La strega e il capitano") en 1986, tres años antes de morir, cuando ya había probado todas las mieles del éxito sin abandonarse al elogio y al autobombo más vulgar, sino manteniendo los pies en la tierra y siendo consciente de los terribles defectos sociales de esa isla suya a la que tanto amaba. Bueno, pero como decía antes Sciascia no es siciliano, no es italiano, es universal, con lo que sus novelas son extrapolables, en este caso, al Milán del XVII.
 Al basarse en una trama secundaria de Los novios de Alessandro Manzoni, Sciascia no novela, sino que reseña, casi de forma notarial (aunque con las correspondientes reflexiones sociales), esa historia de la sirvienta Caterina. No hay, pues, diálogos ni personajes diferenciados, sino la mera recogida de datos, hechos y declaraciones ante el Tribunal de la Inquisición. 
 El juicio se presenta oficialmente como la confirmación de brujería por parte de Caterina de Medici (no confundir con la reina consorte de Francia), sirvienta cuasi analfabeta, que, según ella misma admitió, echó mal de ojo a su señor, el capitán del título, para que se casara con ella (ya que convivían carnalmente), así como para provocar dolores de estómago a otro señor al que sirvió con anterioridad. Evidentemente, Caterina no es bruja, es una pobre mujer sin cultura que pretende mejorar su vida con un matrimonio desigual, aprovechándose de un conjunto de supersticiones y supercherías que eran comunes en las clases populares del momento. La Inquisición se ensaña con ella en un juicio que ya estaba decidido de antemano, como Sciascia relata: "Pero el Senado y el tribunal no perseguían la verdad, perseguían crear un monstruo que se ajustase perfectamente al más alto grado de consubstanciación diabólica, de manifestación del mal, sobre el que los manuales de demonología, clasificando y describiendo, deliraban". En el culmen de la maldad, en el juicio basta con que se nombren a niños o adultos que han sufrido muertes inexplicadas (casi todas en aquel siglo XVII) para inculpar a la supuesta bruja, no hacía falta probar nada. Finalmente, como estaba previsto, se declara bruja a Caterina de Medici y se la condena a morir en la hoguera.
 La forma aséptica de relatar de Sciascia refuerza la sensación que tiene el lector de injusticia brutal y del tribunal inquisitorial como una salvaje máquina bien engrasada que trituraba a los más débiles de entre los débiles. Ahí es donde el autor busca esa Justicia que los hombres debieran aplicar a sus iguales y que nunca se dio.
 Es una pequeña novela de Sciascia, quizá más interesante para los lectores italianos que para los españoles (por aquello de que conozcan previamente la historia en la citada Los novios de Manzoni), pero en cualquier caso , buscando esa frialdad del relato para hacer más evidente la bestialidad del juicio, el autor incita al lector a reflexionar sobre la Justicia, esa entelequia con la que los hombres jugamos a ser Dios.

viernes, 13 de marzo de 2026

"El chino del dolor", de Peter Handke.

  Leí a Peter Handke varios años antes de que le dieran el Nobel (se lo dieron en 2019) y, releyendo las entradas en este blog, pensé lo mismo que pienso hoy, ahora agravado por el inmerecido Nobel de literatura. Decía también en este mismo blog que conocí al escritor austriaco a través del cine, pues fue guionista de varias películas de un controvertido director alemán, Wim Wenders. Pero, en todo caso, la sensación que me dejaba la lectura de Handke era insatisfactoria: la de un escritor demasiado intelectualizado, que usa la escritura para desarrollar temas seudofilosóficos que serán muy importantes para él, pero que para el resto son irrelevantes. El afán intelectualoide es tan evidente que acaba siendo prepotente, arrogante y vanidoso, como un adolescente que quiere aparentar ser adulto, así de ridículo es. Eso pensaba cuando lo leí, en 2014 y 2015, eso lo pienso, con mucho más fundamento, en 2026. Cuando supe de su premiación con el Nobel juzgue lo que otras veces, que ese famosísimo premio tiene mucho más que ver con temas geopolíticos y sociológicos que con los meramente literarios. Por último, diré hoy lo mismo que decía hace once y doce años: que no pienso leer más a este tipo, ¿lo cumpliré esta vez?
 El chino del dolor es una novela breve publicada en 1983, cuando Handke ya tenía cierto prestigio internacional, y narra un fragmento de la vida de un tal Andreas Loser, profesor de lenguas muertas en excedencia que vive solo en un piso de alquiler tras la separación de su esposa y sus dos hijos. Por cierto que se explica que el apellido, que tanto en inglés como en alemán significaría "perdedor" no es tal, sino que proviene del verbo alemán losen que se traduciría por "escuchar" o "aguzar el oído". Bien, el tal Loser es, como todos los protagonistas de Handke, un tipo anodino y sumergido en una suerte de marasmo (que el autor pretende que sea vida contemplativa y reflexiva), porque, efectivamente, la vida de Andreas se limita a observar absolutamente todo lo que le rodea y, se supone, anotarlo en algún sitio. Tanto es así que el autor se refiere a su personaje como "el observador". Por supuesto, la observación lleva a esa seudofilosofía y actitud intelectualoide de la que hacía mención. El resto es un vivir sin dirección, sin motivo, sin sentido. Y así, sin motivo, un día mata a un excursionista desconocido en un paseo por la montaña cercana a Salzburgo. Sin razón aparente, le lanza una piedra que lo acaba matando, y se desembaraza del cadáver arrojándolo por un precipicio. Así, porque sí. El asesino, aparentemente, no ha sido observado y como no le une relación alguna con su víctima, nunca será detenido. Es, pues, su "asesinato perfecto" si es que tal estupidez existe. Después de tamaña locura sin sentido, Andreas Loser reflexiona sobre el concepto de umbral, lo hará especialmente con amigos con los que juega a las cartas. Estos amigos son un pintor, un político y un cura. Discurrirán sobre el concepto de umbral como lugar de acceso a otro sitio desde los puntos de vista cultural, el pintor; sociopolítico, el político; y religioso, el cura. Es aquí cuando el desbarre intelectualoide se le va de las manos al bueno de Handke. Más tarde, tan inopinadamente como mata a un tipo, Andreas se acuesta con una desconocida. Esto es irrelevante (como todo) si no fuera porque ella le dice "mi chino del dolor", porque aparentemente notaba en él un dolor, una culpa, y porque miraba con los ojos rasgados, como un chino. Esto explicaría, digo yo, el extraño título de la novela. La novela acaba con un supuesto epílogo, que no es tal, pues no hay remate ni colofón de nada, sigue con sus observaciones minuciosas y absurdas.
 En fin, ya digo, una novela incoherente y sin sentido, que de puro pretenciosa no es sino ridícula. Ahora, acrecentado todo esto con el inmerecido Premio Nobel de literatura en 2019, habrá bobos que alaben al austriaco por puro seguidismo. ¡Qué poco criterio propio!