sábado, 14 de marzo de 2026

"La bruja y el capitán", de Leonardo Sciascia.

  Dicen los de Tusquets en la contraportada (y tienen razón) que el argumento secundario de Caterina, recogida en Los novios del escritor romántico italiano Alessandro Manzoni (autor canónico para el estudio del Bachillerato en Italia, por cierto), "va a servir a Leonardo Sciascia para reflexionar sobre uno de sus temas predilectos: la Justicia". Es totalmente cierto, leyendo a Sciascia se puede apreciar su profundo amor a la tierra que lo vio nacer, pero su ansia, su anhelo de Justicia precisamente en una tierra en la que escasea. Y es que no hace falta retrotraerse al siglo XVII para encontrar injusticias brutales especialmente sobre los más débiles. Así, las reflexiones de Sciascia son aplicables a cualquier época y lugar, no sólo para el Milán del XVII. Pero Sciascia, en su sobresaliente maestría, critica esa brutalidad de forma sutil, suave, incluso amable. Hecho de otro modo hubiera quedado ingenuo e infantiloide, como la rabieta del adolescente ante la incontrovertible realidad. Sciascia publica La bruja y el capitán ("La strega e il capitano") en 1986, tres años antes de morir, cuando ya había probado todas las mieles del éxito sin abandonarse al elogio y al autobombo más vulgar, sino manteniendo los pies en la tierra y siendo consciente de los terribles defectos sociales de esa isla suya a la que tanto amaba. Bueno, pero como decía antes Sciascia no es siciliano, no es italiano, es universal, con lo que sus novelas son extrapolables, en este caso, al Milán del XVII.
 Al basarse en una trama secundaria de Los novios de Alessandro Manzoni, Sciascia no novela, sino que reseña, casi de forma notarial (aunque con las correspondientes reflexiones sociales), esa historia de la sirvienta Caterina. No hay, pues, diálogos ni personajes diferenciados, sino la mera recogida de datos, hechos y declaraciones ante el Tribunal de la Inquisición. 
 El juicio se presenta oficialmente como la confirmación de brujería por parte de Caterina de Medici (no confundir con la reina consorte de Francia), sirvienta cuasi analfabeta, que, según ella misma admitió, echó mal de ojo a su señor, el capitán del título, para que se casara con ella (ya que convivían carnalmente), así como para provocar dolores de estómago a otro señor al que sirvió con anterioridad. Evidentemente, Caterina no es bruja, es una pobre mujer sin cultura que pretende mejorar su vida con un matrimonio desigual, aprovechándose de un conjunto de supersticiones y supercherías que eran comunes en las clases populares del momento. La Inquisición se ensaña con ella en un juicio que ya estaba decidido de antemano, como Sciascia relata: "Pero el Senado y el tribunal no perseguían la verdad, perseguían crear un monstruo que se ajustase perfectamente al más alto grado de consubstanciación diabólica, de manifestación del mal, sobre el que los manuales de demonología, clasificando y describiendo, deliraban". En el culmen de la maldad, en el juicio basta con que se nombren a niños o adultos que han sufrido muertes inexplicadas (casi todas en aquel siglo XVII) para inculpar a la supuesta bruja, no hacía falta probar nada. Finalmente, como estaba previsto, se declara bruja a Caterina de Medici y se la condena a morir en la hoguera.
 La forma aséptica de relatar de Sciascia refuerza la sensación que tiene el lector de injusticia brutal y del tribunal inquisitorial como una salvaje máquina bien engrasada que trituraba a los más débiles de entre los débiles. Ahí es donde el autor busca esa Justicia que los hombres debieran aplicar a sus iguales y que nunca se dio.
 Es una pequeña novela de Sciascia, quizá más interesante para los lectores italianos que para los españoles (por aquello de que conozcan previamente la historia en la citada Los novios de Manzoni), pero en cualquier caso , buscando esa frialdad del relato para hacer más evidente la bestialidad del juicio, el autor incita al lector a reflexionar sobre la Justicia, esa entelequia con la que los hombres jugamos a ser Dios.

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