Leí a Peter Handke varios años antes de que le dieran el Nobel (se lo dieron en 2019) y, releyendo las entradas en este blog, pensé lo mismo que pienso hoy, ahora agravado por el inmerecido Nobel de literatura. Decía también en este mismo blog que conocí al escritor austriaco a través del cine, pues fue guionista de varias películas de un controvertido director alemán, Wim Wenders. Pero, en todo caso, la sensación que me dejaba la lectura de Handke era insatisfactoria: la de un escritor demasiado intelectualizado, que usa la escritura para desarrollar temas seudofilosóficos que serán muy importantes para él, pero que para el resto son irrelevantes. El afán intelectualoide es tan evidente que acaba siendo prepotente, arrogante y vanidoso, como un adolescente que quiere aparentar ser adulto, así de ridículo es. Eso pensaba cuando lo leí, en 2014 y 2015, eso lo pienso, con mucho más fundamento, en 2026. Cuando supe de su premiación con el Nobel juzgue lo que otras veces, que ese famosísimo premio tiene mucho más que ver con temas geopolíticos y sociológicos que con los meramente literarios. Por último, diré hoy lo mismo que decía hace once y doce años: que no pienso leer más a este tipo, ¿lo cumpliré esta vez?
El chino del dolor es una novela breve publicada en 1983, cuando Handke ya tenía cierto prestigio internacional, y narra un fragmento de la vida de un tal Andreas Loser, profesor de lenguas muertas en excedencia que vive solo en un piso de alquiler tras la separación de su esposa y sus dos hijos. Por cierto que se explica que el apellido, que tanto en inglés como en alemán significaría "perdedor" no es tal, sino que proviene del verbo alemán losen que se traduciría por "escuchar" o "aguzar el oído". Bien, el tal Loser es, como todos los protagonistas de Handke, un tipo anodino y sumergido en una suerte de marasmo (que el autor pretende que sea vida contemplativa y reflexiva), porque, efectivamente, la vida de Andreas se limita a observar absolutamente todo lo que le rodea y, se supone, anotarlo en algún sitio. Tanto es así que el autor se refiere a su personaje como "el observador". Por supuesto, la observación lleva a esa seudofilosofía y actitud intelectualoide de la que hacía mención. El resto es un vivir sin dirección, sin motivo, sin sentido. Y así, sin motivo, un día mata a un excursionista desconocido en un paseo por la montaña cercana a Salzburgo. Sin razón aparente, le lanza una piedra que lo acaba matando, y se desembaraza del cadáver arrojándolo por un precipicio. Así, porque sí. El asesino, aparentemente, no ha sido observado y como no le une relación alguna con su víctima, nunca será detenido. Es, pues, su "asesinato perfecto" si es que tal estupidez existe. Después de tamaña locura sin sentido, Andreas Loser reflexiona sobre el concepto de umbral, lo hará especialmente con amigos con los que juega a las cartas. Estos amigos son un pintor, un político y un cura. Discurrirán sobre el concepto de umbral como lugar de acceso a otro sitio desde los puntos de vista cultural, el pintor; sociopolítico, el político; y religioso, el cura. Es aquí cuando el desbarre intelectualoide se le va de las manos al bueno de Handke. Más tarde, tan inopinadamente como mata a un tipo, Andreas se acuesta con una desconocida. Esto es irrelevante (como todo) si no fuera porque ella le dice "mi chino del dolor", porque aparentemente notaba en él un dolor, una culpa, y porque miraba con los ojos rasgados, como un chino. Esto explicaría, digo yo, el extraño título de la novela. La novela acaba con un supuesto epílogo, que no es tal, pues no hay remate ni colofón de nada, sigue con sus observaciones minuciosas y absurdas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.