martes, 5 de mayo de 2026

"Animal acorralado", de Geoffrey Household.

 He hablado con frecuencia de la prolífica relación entre la literatura y el cine. Soy aficionado a las dos artes, con lo que, en mi caso, estoy siempre muy al tanto de qué novela ha podido originar un guion para cierta película. Considero, y no soy el único, que la época dorada de Hollywood incluiría principalmente las décadas de los años 40 y 50 del pasado siglo. A partir de los sesenta todo degenera hacia una comercialidad superficial, salvándose muy pocas excepciones. Por otro lado, tengo claro que la calidad del cine de Hollywood de aquellas décadas es  deudora de una serie de directores y actores europeos, principalmente de origen alemán, que, huyendo del nazismo, desarrollaron el cine californiano hasta esas excelsas cotas inalcanzadas a posteriori. Estoy hablando de grandes directores como Fritz Lang, Murnau, Lubitsch o Billy Wilder. Y precisamente de Fritz Lang, uno de mis directores favoritos, visioné una película que desconocía: Man Hunt, de 1941, protagonizada por Walter Pidgeon, Joan Bennett y George Sanders. Para ser de Fritz Lang (el inmortal director de Metrópolis, M, el vampiro de Düsseldorf -éstas en Alemania-, Perversidad o Mientras la ciudad duerme), la película no es maravillosa, pero consigue enganchar y tiene a un George Sanders excelente (como casi siempre que hacía de malvado educado y cultivado) en el papel de Quive-Smith. Me gustó lo suficiente para buscar de dónde provenía el guion: de una novela del escritor británico Geoffrey Household, Rogue Male, que aquí se tradujo (muy acertadamente, según mi opinión) como Animal acorraladoAsí que, ni corto ni perezoso, busqué en mi biblioteca habitual, la excelentemente dotada Biblioteca de Castilla y León, al autor y su novela, la encontré, la leí, me equivoqué.
  Y me di cuenta de que me equivocaba en cuanto leí unas cincuentas páginas. Esta novela poco tenía que ver con la película de Fritz Lang, en realidad, la novela de Household me ha recordado más a una guía de supervivencia, de esas que escribía el aventurero Rüdiger Nehberg, que otra cosa. La película de Fritz Lang tenía un gusto refinado típico del director vienés, mientras que la novela es sórdida y animalesca.
 Mientras leía la novela, visioné una segunda adaptación cinematográfica, esta vez manteniendo su título original, Rogue male, de 1976, dirigida por Clive Donner y protagonizada por Peter O'Toole. De ésta destacaré el gran papel del actor anglo-irlandés, porque lo demás no es destacable. Sí es, sin embargo, muy fiel a la novela de Household. En español, por cierto, el título fue traducido, también acertadamente, como Lejos de la manada.
  Describiré sucintamente el argumento de la novela: en un país centroeuropeo (no se menciona cual, pero se supone Alemania), un inglés, por puro afán deportivo, simula que caza al "Gran Hombre" (no se especifica, pero se intuye que es Adolf Hitler). Sin embargo, la guardia personal de ese "gran hombre" lo descubre y lo apresa. Es torturado y despeñado por un precipicio para que parezca un accidente. Sin embargo, el tipo (del cual tampoco se dice nunca el nombre, por cierto) sobrevive. A partir de entonces se produce una huida frenética de ese país centroeuropeo hacia Inglaterra, siendo perseguido por un tal Quive-Smith, refinado torturador, y sus secuaces. Cuando llega a Inglaterra, el protagonista se cree seguro, pero descubre que sus acosadores lo hostigan todavía, con lo que tiene que seguir escondiéndose para sobrevivir. La mayor parte de la novela se centra entonces en la creación de una suerte de refugio-tumba subterráneo en la que el perseguido trata de pasar desapercibido. En ese mínimo espacio horadado bajo un gran árbol, en el que  no se puede poner en pie en ningún momento, el fugitivo pasa semanas completas, hasta que es descubierto por el tal Quive-Smith, que tapa su salida y lo extorsiona para que firme un papel en el que asegura que no volverá jamás al Continente europeo. El perseguido, tras todo tipo de dilaciones, consigue matar a su perseguidor, huyendo por tierra y mar hasta Tánger.
 Lo he descrito muy brevemente, porque Household explica con pelos y señales cada una de los intentos de no ser descubierto del protagonista, cómo busca el mejor lugar para ocultarse, cómo excava su tumba en vida, cómo busca comida por los alrededores, cómo mantiene una higiene personal deficiente, cómo enferma y se recupera... Como decía antes, parece más una guía de supervivencia extrema que una novela.
 La comparación entre la película de Fritz Lang, a pesar de su dureza, con esa elegancia, esa fotografía cuidada, el enorme George Sanders como malvado refinado... y la burda sordidez de la novela me ha dejado totalmente anonadado. Ya digo, la versión de 1976 con Peter O'Toole es mucho más parecida en todo a la novela, incluida esa abyección que transmite la novela. 
 Por otro lado, la edición de Alfaguara está prologada por una tal Victoria Nelson, que eleva a Household a la categoría de criatura cuasi celestial, dando un empaque filosófico y discursivo a un autor, que, a juzgar solamente por esta novela, no merece en ningún momento.
 En fin, me equivoqué, ya dije. Tampoco quiero tirar por el suelo la novela. Está muy bien escrita. Lo único es que el argumento y los temas que trata no me interesan lo más mínimo. Yo busco una vida más elevada, más intelectual, menos arrastrada y animal.

domingo, 3 de mayo de 2026

"La nave estelar", de Brian Aldiss.

  Novela publicada en 1958 bajo el título original de Non-Stop, que hoy consideraríamos "muy clásica" dentro de la ciencia ficción, en el sentido de que tanto el argumento como los temas eran los más habituales en ese subgénero narrativo. Recordemos que, a finales de los cincuenta, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se habían enzarzado en una lucha por la conquista del espacio que finalizaría con el (discutido) alunizaje americano en 1969. Los temas incluidos estarían relacionados con los viajes espaciales: el comportamiento social humano dentro de la nave (que, en realidad, no deja de ser un estudio antropológico, aunque muy superficial, sobre la sociedad humana en general), o el comportamiento individual ante desafíos físicos (semejantes a las novelas de aventuras del siglo XIX en la conquista de los polos, las junglas o los ignotos océanos).
 La novela está muy bien pergeñada, ya que mantiene el suspense hasta el final, puesto que va desvelando poco a poco qué ocurre realmente en la nave espacial. Los personajes, aunque con las singularidades que los diferencian, son arquetípicos, pudiéndose el lector identificarse con ellos, hasta cierto punto, con sus dudas y sus zozobras. Las descripciones de la nave, único paisaje que los protagonistas conocen, son suficientemente detalladas para poder imaginar sus peripecias en ella sin que acaben siendo farragosas o excesivas.
 El argumento, grosso modo, es el siguiente: una nave estelar navega por el espacio sin rumbo. Parece que algo desastroso, no se sabe qué, ocurrió en un pasado no muy cercano. Como consecuencia, los tripulantes de la nave han llegado a involucionar con el paso de las generaciones, volviendo a un estado primitivo tribal, sosteniendo frecuentes enfrentamientos entre ellos. Se alimentan de unas plantas que crecen bajo la luz artificial, los "pónicos", y cazan animales, cerdos principalmente, que se han asilvestrado por los corredores y cubiertas de la inmensa nave. La novela se centra, como es habitual, en unos pocos tripulantes, especialmente en Roy Complain (el apellido es una pequeña broma del autor, toda vez que "to complain" significa quejarse) y una científica de otra tribu, Laur Vyann. Ellos y otros pocos más desarrollan una teoría según la cual viven en esa nave espacial, pero creen que ha de existir un cuarto de control en el que otra tribu o especie, a los que llaman los gigantes por su elevada talla, gobiernan la embarcación espacial. También, producto más en este caso de evolución que de involución, han de enfrentarse con ratas que se organizan para dominar a los humanos, llegando a emplear armas rudimentarias para ello. En ese viaje a través de las marañas de pónicos que crecen en los pasillos y corredores, tratarán de llegar al hipotético cuarto de control, encontrándose de cuando en cuando con esos misteriosos gigantes que parecen hablar y andar muy despacio.
 El lector, claro, va descubriendo todo a medida que los protagonistas lo hacen, manteniéndose así, como antes decía, la intriga. Poco a poco, ayudados por otros individuos, los llamados "forasteros", que también son altos (para ellos), van comprendiendo que ocurrió, que catástrofe pasada los mantiene sin rumbo en el espacio. Quien quiera leer la novela, que no lea de aquí en adelante, pues destriparé el argumento final. Lo que se desvela es que la nave partió hace generaciones de la Tierra con destino a la constelación del Can Menor, concretamente a su estrella Proción. Allí, los tripulantes pudieron aterrizar y formar una colonia relativamente estable, volviendo, bastantes años después, con la misma nave hacia la Tierra para contar las buenas nuevas. Lo cierto es que, aquí está la catástrofe, el agua que bebieron de Proción contenía en suspensión unas cadenas de aminoácidos que interactuó con las proteínas tisulares de sus organismos, provocando mutaciones irreversibles transmitidas de generación en generación. Esas mutaciones incluían una notable disminución de la talla, ninguno sobrepasa el metro cincuenta, y, sobre todo, una aceleración en el ciclo vital, ya que no viven más de veinte años en los que pasan por todas las fases de la infancia, juventud, madurez y senectud. Lo cierto es que la nave que volvía de Proción (rebautizado como "Nueva Tierra") a la Tierra debía tardar siete generaciones humanas, pero éstas han sido veintitrés. Cuando se relatan los hechos, la nave ya ha llegado a la Tierra hace años, estando orbitando a nuestro planeta desde entonces. Los que los habitantes de la nave llaman gigantes son humanos normales, mientras que éstos llaman a aquéllos "acelerados", en referencia a esa aceleración en el ciclo vital.
 El final, un tanto caótico, la verdad, consiste en una desmembración de la nave espacial en multitud de cubiertas independientes, las cuales seguirán girando en órbita terrestre con sus moradores.
 Como digo, es una muy buena novela, y aun cuando no se busque esto en la narrativa de ciencia ficción, hay un cierto estudio antropológico, por supuesto muy superficial y simplista, sobre las sociedades humanas, su respuesta a dificultades y obstáculos, las organizaciones más o menos autoritarias y jerarquizadas en función del primitivismo de las mismas... Un tema, por ejemplo, muy frecuente en la ciencia ficción de esta época es la importancia de la religión, con su punto de fanatismo, en las sociedades primitivas, como la de la nave estelar en cuestión. Al no poder entender qué ha pasado, por qué viven como viven, los humanos vuelven (o desarrollan) a una religión con sus dogmas de fe, sus libros sagrados y sus ritos.
 En fin, para quien le guste la ciencia ficción, como a un servidor, que disfruta por igual de ésta o del más crudo realismo, La nave estelar es una excelente novela, con un nivel, esta vez sí, semejante al que Brian Aldiss había alcanzado con la que para mí es su obra magna, la trilogía de Helliconia.

martes, 28 de abril de 2026

"Puertas abiertas", de Leonardo Sciascia.

  Otra estupenda novela breve de Leonardo Sciascia; otra gran reflexión vital del autor siciliano. La reflexión es sobre la pena de muerte, su más que discutible validez social y su invalidez moral, pero también sobre la indiscutible señoría de la muerte sobre la vanidad humana. La excusa para tal reflexión es la condena a muerte de un ciudadano siciliano por un tribunal palermitano. Y la cabeza en la que se da esa reflexión es la del juez de ese tribunal.
 Lo mejor de Sciascia es que se plantea de una forma tan natural, que el lector lee un ensayo como si fuera una novela. Uno acaba por convertirse en ese juez que, atribulado por la barbaridad de la pena de muerte (tan bárbara, al fin, como los asesinatos cometidos por el reo), asiste impotente a la aparente inevitabilidad de la máxima pena. Se explica esa inevitabilidad en que los hechos se dan en plena época fascista en Italia, en la que el propio Mussolini, alardeando de la seguridad ofrecida a la ciudadanía, había dicho que "en Italia se duerme con las puertas abiertas". Esa expresión del dictador es, precisamente la que da el título de la novela, claro.
 El argumento se basa en la exposición de los asesinatos: tres, primero el de su mujer, después el del tipo que le sustituye en el trabajo, y por último el del que lo despidió. Desde el primer momento, el fiscal es favorable a la pena capital, al igual que el jurado, formado por seis ciudadanos de la isla. Prácticamente toda la novela la ocupa la reflexión del juez,  que, aun a sabiendas de que la pena de muerte iba a ser la sentencia, duda de su eficacia en un plano social, y afirma su inmoralidad absoluta. El fallo, para sorpresa de todos, no es la pena de muerte, sino una condena perpetua; parece que las reflexiones del magistrado han calado en los miembros del jurado hasta escapar de lo que parecía irrefutable. Pero, claro, esto es Sicilia: el tribunal supremo anulará la sentencia y condenará al reo a muerte. El juez, por otro lado, se ha puesto él mismo contra el poder político del país, con lo que será tildado de socialista y perderá todos los privilegios que había ido adquiriendo con el paso del tiempo. El fiscal decide jubilarse y así quitarse de en medio.
 Sin duda, la situación política del momento juega un papel muy importante en la novela, pero no hay tanto un rechazo visceral del fascismo "mussoliniano" sino una velada crítica al seguidismo de la sociedad (en este caso cabría decir que no sólo de la siciliana o la italiana, sino de toda sociedad humana), que no llega a pensar por sí misma, se deja arrastrar por el poder, sobre todo cuando éste se ha impuesto con la brutalidad de la violencia.
 En fin, como decía al principio, una pequeña gran novela. Un texto para leerlo del tirón en unas pocas horas y que le propone a uno una reflexión de hondura para sobrellevar el muermo intelectual de la mayoría de nuestra sociedad.

lunes, 27 de abril de 2026

"El caballero sueco", de Leo Perutz.

  Otra novela de aquel narrador apasionado de la Historia, al que también le gustaba darle un giro mágico o sobrenatural a su narración. El caballero sueco tiene un trasfondo histórico, pues se ambienta en la época de Carlos XII de Suecia, que en apenas treinta y seis años de vida (1682-1718) trató de llevar a cabo sus grandiosas aspiraciones, fracasando en todas ellas. Concretamente, la más notable de esas aspiraciones fue que Suecia llegara a ser un imperio que desde el Báltico llegara hasta el Mar Negro. Tamaño anhelo quedó hecho trizas en la Batalla de Poltava (1709), donde las tropas del zar Pedro I de Rusia destrozaron las de Carlos XII. El personaje principal de la novela, el famoso caballero sueco, bien el verdadero, bien el fingido lucharán codo con codo con Carlos XII, y en esa Batalla de Poltava, el caballero sueco (el de verdad) morirá.
 El caballero sueco es una reflexión sobre la identidad personal y la muerte. Ese cambio en la identidad personal parece imposible, pero, bien en el ámbito literario o bajo algunas circunstancias extraordinarias, sí se produce, lo cual le da pie a Perutz para preguntarnos sobre nuestra verdadera identidad y la irreversibilidad de la misma.
 En esencia, el argumento de El caballero sueco es el de un cambio de personalidad. Dos infortunados se encuentran, un ladrón y un caballero, el ladrón  se convertirá en señor y el señor en ladrón. Por supuesto, Perutz nos presenta con su habitual minuciosidad a los dos personajes: el ladrón es un tipo curtido en mil batallas (no precisamente militares), con una cabeza muy bien amueblada y poco idealismo; el joven caballero es, por contra, un chico bien intencionado, ingenuo, todo ideales, sin experiencia alguna. Y en la frontera entre Alemania y Polonia intercambiarán sus personalidades. El ladrón, reconvertido en caballero, será el personaje principal de la novela: se casará con la prometida del caballero, expulsará a los malos administradores de sus tierras y las gobernará con mano de hierro para sacar el máximo rendimiento de las mismas; tendrá una hija a la que educará en el más estricto respecto a la moral cristiana.
 En el último capítulo, los dos protagonistas volverán a juntarse y a trocar papeles, y la muerte jugará su papel. El caballero, el original, retoma su casaca y parte para ayudar a su rey en batalla, donde morirá; el ladrón se despeñará en un precipicio cercano a sus antiguas posesiones. Así se cierra el círculo que el propio Perutz abrió cuando los dos personajes mudaron su destino.
 Bien mirado es una novela con una cierta inspiración filosófica, en el sentido del inmenso poder que tiene la rueda de la fortuna que, hasta cierto punto, gobierna la vida de la criatura humana. Ese concepto, el de la rueda de la fortuna, tiene origen en la Antigüedad Clásica, aunque fue en la Edad Media cuando más desarrollo tuvo y más aparece en obras literarias. Aquí, Perutz lo retoma para recalcar la escasa gobernanza que los hombres tienen de sus propias vidas. Además, algo muy típico de este autor, incluye un elemento sobrenatural en la persona del molinero muerto, que aparece como intermediario entre el Cielo y el Infierno.
 Es, como antes decía, una novela muy "perutziana", en la que el rigor histórico, muy bien documentado, es enriquecido por el elemento mágico que le da la chispa característica.
 Como siempre, la prosa de Leo Perutz está muy cuidada, con abundante adjetivación y frases subordinadas. Puede ser que su estilo, único, por otro lado, no esté muy de moda en estos tiempos, toda vez que aquel llamado "realismo mágico" pasó a mejor vida, pero lo cierto es que es un gustazo leer esa combinación de realismo narrativo, con adscripción histórica comprobable, y ese punto inverosímil que le aporta el picante para que no quede en otro bodrio histórico más.

martes, 21 de abril de 2026

"Nuevos cuentos de los mitos de Cthulhu. Edición de Ramsey Campbell". Editado por Valdemar.

  Todos aquellos que se han acercado aunque sea superficialmente al mundo literario de Howard Phillips Lovecraft sabrán que el propio autor de Providence animaba a sus colegas escritores, muchos de ellos en contacto epistolar con él mismo, a ahondar en los relatos que formaban parte de una mitología cósmica y que el propio Lovecraft denominó Mitos de Cthulhu. Son esos supuestos mitos una veintena de relatos (con alguna novela breve, como En las montañas de la locura) en los que ciudadanos de a pie o investigadores se ven arrastrados al descubrimiento de dioses antiguos y seres primordiales que cambian sus vidas (o acaban con ellas) para siempre. Son estos seres criaturas venidas de allende el espacio, bien en localizaciones geográficas concretas (como la de Cthulhu, el gigantesco dios antropomorfo con cabeza de cefalópodo, que habita en unas coordenadas fijas en el fondo del Océano Pacífico) o bien en realidades paralelas con portales de paso entre ambos mundos. Estos relatos fueron escritos por Lovecraft entre 1921 y 1935, poco antes de su muerte; e, inmediatamente, los cuentistas que quedaron deslumbrados por la creatividad del de Providence comenzaron a escribir nuevos relatos con esas criaturas como base argumental. Entre esos escritores se encontraban genios como Clark Ashton Smith, Robert E. Howard (el de Conan), Robert Bloch, Frank Belknap Long o August Derleth. Todos ellos engrandecieron la obra de Lovecraft, creando un verdadero subgénero narrativo dentro de la narrativa de terror, que algunos llamaron "Cosmicismo indiferente", por cuanto esas criaturas cuasi eternas destruían al género humano con una indiferencia total; eso era lo nuevo, que la muerte de los seres humanos era un simple accidente irrelevante en el devenir de los acontecimientos.
 Esos relatos se han ido publicando en distintas compilaciones efectuadas. En nuestra lengua y nuestro país, la editorial Valdemar se ha encargado de traducirlos y publicarlos en su más que conocidas colecciones, todas de gran calidad. El tomo que recensiono fue recopilado por Ramsey Campbell, quien incluye uno de su autoría (no el mejor, por cierto), crítico y gran entendido de la obra del "solitario de Providence".
 El tomo comienza con Crouch End, de un genio de la narrativa de terror contemporánea como es Stephen King, ambientado en el suburbio real del norte de Londres, en la que ocurren todo tipo de situaciones irreales a una pareja de estadounidenses que ha tenido la desgracia de perderse allí. Es un cuento muy parecido a La sombra de Innsmouth del propio Lovecraft, en el que un pueblo de Massachusetts se da un culto a Dagón, y los sectarios son mitad pez, mitad hombre, en distinto grado. Bueno, pues King imagina niños que son mitad rata y que llevan a los pobres americanos a la peor de sus pesadillas.
 El relato más flojo de todos, a mi parecer, claro, es el de A. A. Attanasio, titulado La charca de las estrellas, que ya por su nombre nos recuerda a El color surgido del espacio, en el que una suerte de meteorito caía en una zona rural del nordeste de EEUU, provocando terribles mutaciones en todos los seres vivos, humanos incluidos. El relato de Attanasio incluye a dos traficantes de droga de poca monta, perseguidos por matones, que tienen (todos) la mala suerte de cruzarse con miembros de una secta adoradora de Cthulhu.
 El segundo deseo, de Brian Lumley es, sin embargo, un extraordinario relato en el que una pareja inglesa, de turismo en Hungría, visita una vieja iglesia en ruinas. Allí, instados por el extraño custodio del templo, juran adorar a una momia situada en la cripta. Según ese raro guía, en esa iglesia no se daba culto cristiano sino al dios primordial Cthulhu. Después, en una fiesta gitana, una bella joven de esa etnia seduce al hombre; esa bella gitana se convertirá entonces en una momia putrefacta, provocando inmediatamente la momificación irreversible del inglés.
 En Oscuro despertar, de Frank Belknap Long, un amuleto de Cthulhu hallado en un pesquero naufragado en la orilla lleva a quien lo posee a querer sumergirse en el océano en busca del dios primordial con cabeza de cefalópodo. Es un gran relato, muy bien pergeñado.
 La sección 247 de Basil Copper cambia por completo de ambientación para llevar la acción a una estación espacial, en la que varios de sus trabajadores son fatalmente atraídos hacia esa sección, en la que se presume habita un ser primordial. Es un buen cuento, pero falla en la ausencia de remate final.
 Un negro con un saxofón, de T.E.D. Klein es un relato muy lovecraftiano (en el sentido de que se insinúa mucho, pero no se muestra de forma evidente nada), que sólo es plenamente comprensible para quien haya leído previamente los textos de Lovecraft, pues se hacen continuas referencias a los mismos y se deja que el lector continúe su argumento mentalmente. El negro del título, por cierto, es una figura que toca un cuerno, estampado en una antigua capa de indígenas malayos. Ni que decir tiene que, hoy en día, el título, así como alguna referencia a los asiáticos convertirían el texto en políticamente incorrecto. Esto es, por otro lado, otra virtud de Lovecraft, que nunca creyó en corrección política alguna, expresando ideas sobre las determinadas razas que observaba en Nueva York sin ningún tipo de recato (ni falta que hace).
 Maldita sea la oscuridad, de David Drake, está ambientado en el Congo belga, durante el reinado de Leopoldo II, época en la que el ejército belga sometía a la población indígena a sangre y fuego para explotar las riquezas naturales del país. En ese contexto de violencia y brutalidad, unos adoradores del dios primigenio Athu son confundidos con simples insurgentes. Es éste otro de los mejores relatos del volumen.
 El tomo finaliza con Las caras de Pines Dunes, del compilador de los relatos, Ramsey Campbell, y, es, en mi humilde opinión, claro, el relato más flojo de todos. Un joven sospecha que sus padres, ropavejeros seminómadas, son brujos; en realidad son sacerdotes de los antiguos dioses.
 En fin, ocho relatos que continúan los argumentos y temas iniciados por Lovecraft. Destacaré los de David Drake, Frank Belknap Long y Brian Lumley, aunque ninguno alcanza la excelsa calidad de los de Providence, pero no dejan de ser una forma de ahondar en esos temas tan arrolladoramente originales que incluso hoy en día siguen generando nuevos textos. 

viernes, 17 de abril de 2026

"La sima de Igúzquiza" e "Historia de una reina", de Alejandro Sawa.

  Tenía muchas ganas de leer a Alejandro Sawa. Convertido ya más en un personaje mítico y legendario que un verdadero escritor, hoy se le recuerda más por haber inspirado a Valle-Inclán el personaje de Max Estrella en Luces de Bohemia y como ejemplo de escritor bohemio, volcado en las artes y pasando más hambre y miseria que otra cosa. Así, para todos los "letraheridos", el nombre de un tipo como Sawa sólo puede mentarse con admiración, como quien nombra a una deidad periclitada; porque, ¿a quién no le hubiera gustado pasar los años de juventud entre la bohemia parisina, hablando de literatura hasta las tantas con Verlaine entre copa y copa de absenta? Bueno, pues a mis cincuenta y cinco tacos, he de decir que yo, decididamente, no. Tal vez en alguna melopea juvenil lo hubiera deseado, pero hoy no cambiaría mi vulgar pero acomodada vida por la excelsa pero arrastrada vida de Sawa, acabada con sólo cuarenta y seis años. No quiero decir que Alejandro Sawa esté sobrevalorado en ciertos ambientes, pero sí que esa aura de literato maldito supone que tenía gran talento que no pudo aprovechar por la mediocridad del mundillo literario oficial, pero lo cierto es que el pobre de Sawa llevó una vida de práctica indigencia y que su talento literario... no parece ser para tanto.
 Y de nuevo gracias a la editorial Valdemar se puede valorar este talento no tan descollante del escritor sevillano. Contiene dos de las obras más señeras de Sawa: La sima de Igúzquiza y la Historia de una reina, dos textos muy diferentes entre sí, tanto en su estructura como en su estilo.
 La sima de Igúzquiza es un relato con una prosa muy galdosiana, en prácticamente todos los sentidos: es un texto que narra con una minuciosidad en su documentación que parece propio de una narración notarial; por otro lado describe de forma muy profunda la psicología de los protagonistas, en este caso de los criminales; además muestra un anticlericalismo muy en boga en la época, personalizado en el Padre Contento, otro asesino sin salvación. Eso sí, los hechos narrados son tan brutales y se regodea tanto Sawa en ese salvajismo, que, ya puestos a hacer una crítica literaria clásica, estaríamos más ante un relato de corte naturalista (con especial hincapié en los aspectos más crudos y sórdidos) que realista. En esencia, La sima de Igúzquiza narra las barbaridades cometidas en la Tercera Guerra Carlista por una partida de combatientes carlistas, encabezada por un ex-presidiario, Félix Rosa Samaniego, que, no contentos con los muertos en batalla,  arrojaron a una sima natural cerca de la población navarra de Estella a un grupo de combatientes y civiles supuestamente ligados al bando realista. Lo más terrible es que esos hechos ocurrieron realmente. Otro recordatorio más de las barbaries de la actividad más animalesca del ser humano: la guerra.
  Pero Historia de una reina es algo completamente diferente: es un relato que cae por completo en el modernismo, con un preciosismo en la descripción, que busca la belleza formal, justo al contrario que el relato anterior; los lugares comunes del modernismo (palacios, princesas, cisnes...) está presente en todo el texto; y la descripción psicológica del personaje principal se centra en el intimismo melancólico. Difícilmente se puede escribir un texto más diferente del anterior. Desde el punto de vista estructural, Historia de una reina también es muy diverso, pues, de forma un tanto irregular, la verdad, conjuga formas propias de un drama teatral (con los personajes al inicio de sus diálogos y con acotaciones) con la de la novela  e incluso el diario. El argumento, que también se inspira en una historia real, habla de la princesa Beatriz (¿como la Beatriz de Dante?), que es todo idealismo y romanticismo en un mundo burdo y materialista. Su padre la casa, contra su voluntad, con el rey de Moravia, con la vista en asuntos terrenales y en absoluto teniendo en cuenta los sentimientos de su hija. Ésta accede finalmente y vivirá una vida triste y llena de frustraciones. En el texto, el caballero Dimitrio, consejero y voz espiritual de Beatriz, la anima a que sea "reina de los corazones de sus súbditos", que ansían poderla amar como mujer y no como reina.
 En fin, no sé si habrá mucho más de Sawa disponible hoy en día, pero supongo que esto será lo más destacable, y debo decir que, efectivamente, sobrevaloraba al bohemio escritor sevillano. Puede que su vida, por terrible y dura, contrastando con un cierto talento literario fuera chocante, pero lo uno (la vida dura y terrible) no justifica lo otro (la fama y el mito). No quiero ser duro, pero, una vez más, "las apariencias engañan" y "el tiempo pone a cada uno en su lugar", y mucho me temo que el lugar de Alejandro Sawa en la literatura española es  irrelevante. Tal vez su vida dé para una película sensiblera de esas que tanto gustan ahora, poco más.

miércoles, 15 de abril de 2026

"Reading is Dangerous", by Grand Snider. (www.incidentalcomics.com).

Image taken from the website www.incidentalcomics.com

"La locura de Almayer", de Joseph Conrad.

  Joseph Conrad pertenece a esa excelsa pléyade de escritores que todos los que somos lectores asiduos leímos en nuestra adolescencia y primera juventud. Además de Conrad, están Julio Verne, Emilio Salgari, Robert Louis Stevenson o Rudyard Kipling, es decir, los llamados escritores de novelas de aventuras. Sin embargo, hay grandes diferencias entre ellos: Verne y Salgari son, efectivamente, escritores para adolescentes (sobre todo el francés) por lo estereotipados que están los personajes (virtuosísimos, los héroes; abyectamente malvados, sus contrapartes), así como porque siempre triunfa el bien. En Stevenson se aprecia ya una mayor complejidad, no todo es tan evidente y previsible; con todo, desde el inicio de la novela se puede ver qué personaje será "de los buenos" aunque de primeras parezca uno "de los malos". Kipling también es bastante predecible; sus novelas muestran la admiración (un tanto infantiloide y propia del complejo de inferioridad del hombre blanco) hacia lo exótico, mostrándolo como una suerte de paraíso perdido. El autor angloíndio no parece ver que la miseria, material y moral, también abunda en ese supuesto paraíso. Pero Joseph Conrad, a pesar de sus ambientaciones exóticas, ya sea en el corazón de África, en el Sudeste Asiático o en el Caribe, no es, en absoluto, un escritor para adolescentes. Puede que sus novelas narren aventuras exóticas que atraen más en las primeras etapas de la vida, pero los personajes, todos, tienen una oscuridad en su interior que no les hace aptos para jóvenes lectores. Conrad es un gran conocedor del alma humana, de sus miserias, que sobre todo tienen que ver con ambiciones desbordadas, pasiones irrefrenables, odios que llevan a la violencia extrema. Todos sus personajes tienen alguna mácula, además, claro, de alguna virtud; es decir, su protagonistas son verosímiles, no están tan estereotipados como los de Verne o Salgari. Cuando de adolescentes leíamos a Conrad perdíamos una gran parte de sus matices, aunque sólo fuera por la inexperiencia vital propia de la juventud.
  La locura de Almayer es la primera novela del autor polaco, y está ambientada en el Sudeste Asiático, concretamente en lo que hoy es Malasia. Allí, en Simbar, está asentado un descendiente de holandeses, Kaspar Almayer, que pretende hacerse rico y huir hacia el Viejo Continente con su hija, Nina, mestiza. A pesar de haber vivido siempre en Malasia, Almayer se considera superior a los indígenas por el mero hecho de ser blanco, y si su hija es mestiza, espera que el dinero "lave la inferioridad racial". Con tanta superioridad se comporta, que los malayos entienden que debe tener algún tesoro escondido, lo cual pone su vida en riesgo, claro. Almayer aspira al dominio europeo en aquel remoto lugar, a orillas del río Pantai, que sirve de autovía para el comercio con distintos pueblos; y aunque practica un comercio lícito auspiciado por la metrópoli, no duda en hacer contrabando de armas y pólvora para enriquecerse. Por cierto, el título de la novela no hace referencia a una supuesta enfermedad o actitud enfermiza del protagonista, sino al nombre que dan los locales a la desproporcionadamente grande y lujosa casa que Almayer se construye a orillas del río. La relación del protagonista con los locales es siempre controvertida y peligrosa, ya sea con el rajá local, Lakamba, como con el "valido" de éste, Babalatchi, o el hijo del rajá de Bali, Dain Maroola, quien se enamorará perdidamente de Nina Almayer.
 Cuando la armada holandesa intenta controlar la situación de contrabando eliminando o capturando a Dain, éste huye con ayuda del rajá local, presentando un cadáver desfigurado al que han puesto sus joyas para suponer su muerte. El propio Almayer cree en la desaparición del joven insurgente, cuando, en realidad, está planeando huir con Nina. Finalmente, ante el disgusto y desesperación de Almayer, Dain y Nina huyen juntos de los holandeses, instalándose en Bali. Almayer, perdida la única razón de su existencia prende fuego a su palacete de juncos, a su "locura", y se abandona al opio, muriendo poco después.
 Como se puede ver, La locura de Almayer no es una novela para niños. Las pasiones desatadas, esas ambiciones absurdas, esa negritud en el alma de sus protagonistas no serían entendidas plenamente por un chico de quince años. Son novelas que muestran una profunda desafección hacia el género humano, hacia esa incapacidad que muestra el "mono con pantalones" para vivir en paz con sus congéneres. Sí, son novelas de aventuras, y, desde Occidente, se podría leer con ese punto de admiración por el lejano trópico y sus extraordinarias andanzas, pero, al margen de la ambientación, los hombres de aquí y de allá albergan los mismos sentimientos en sus corazones.

domingo, 12 de abril de 2026

Inciso musical: decimoquinto concierto de abono de la temporada 25-26 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Obras de Sibelius y Coll.

  En el día de ayer, la OSCyL estuvo dirigida por su batuta habitual, Thierry Fischer, mientras que el solista invitado fue el pianista Kirill Gerstein. Se programó un concierto de Sibelius, con el plato fuerte de la Sinfonía nº5 y el entremés de En saga (en sueco, Un cuento, Una saga); eso sí, también se introdujo, un poco con calzador, el Concierto para piano de Francisco Coll.
 La primera obra, En saga, de Jean Sibelius es un verdadero poema sinfónico, aunque no tan evidente como aquéllos de Debussy o Smetana. Es, sin embargo, una obra redonda, en la que en poco más de dieciocho minutos se pasa por todas las emociones posibles, de la tristeza más profunda a la alegría más desbordante, pasando por varios estados intermedios. El título puede ser engañoso, pues lleva a pensar que pudiera estar influido por alguna historia popular finlandesa, de hecho, algún sesudo crítico llegó a relacionarla con Kalevala (una epopeya nacional finlandesa), pero el propio Sibelius se encargó de desmentirlo, asegurando que la variedad melódica y rítmica tuvo su origen en los vaivenes emocionales por los que él mismo pasó, sin tener nada que ver con obra literaria alguna. En cualquier caso, la obra ha sufrido muchas modificaciones, pues inicialmente fue escrita para septeto de cuerda con flauta y clarinete, hasta acabar adaptado para orquesta sinfónica completa. La composición contiene muchos ostinato, frases melódicas que se repiten "obstinadamente", dando por momentos una sensación de stress y ansiedad; en otros momentos, por el contrario, la melodía se dulcifica notablemente. Esos contrastes enriquecen notablemente la obra.
 Después, tocó el turno de Francisco Coll y su Concierto para piano, interpretada por el pianista de origen ruso Kirill Gerstein. Es ésta una obra francamente difícil de escuchar, al menos para el espectador medio, que busca melodías reconocibles que encajen en ritmos tradicionales. Sin embargo, Coll ha recibido multitud de premios, tanto en nuestro país como en el extranjero, y recibe con frecuencia encargos. Este mismo concierto es encargo de las orquestas sinfónicas de la Radio Bávara, Boston, Estado de Sao Paulo, Castilla y León y Melbourne. El Concierto para piano es de una agresividad notable, excesiva, transmite un estado anímico alterado que el auditorio no acaba de entender plenamente. Los aplausos del público, quizá más destinados a la propia orquesta o a los innegables esfuerzos de Gerstein para llegar a tan exigente partitura, plantean la duda de hasta qué punto el respetable entendió la obra. Por cierto, Kirill Gerstein consideró innecesario ofrecer un bis.
 Afortunadamente, tras el descanso llegó el plato principal, mucho más entendible y agradable de la Sinfonía nº5 de Sibelius, una de las grandes obras que la OSCyL interpreta por quinta vez en su historia. En ese afán de programar conciertos contrastantes, de nuevo, el contraste entre Sibelius y Coll es absoluto, también, me temo, en calidad. La Quinta sinfonía no es la más interpretada de Sibelius, ese podio se reserva para la Segunda; con todo, la Quinta  es una de esas obras que caracterizan a un compositor y lo elevan al Parnaso musical. La obra, a diferencia de la estructura clásica, está dividida en tres movimientos, no en cuatro. El primero de ellos, Tempo molto moderato - Allegro moderato, que procede de la unión de dos, que daría los cuatro movimientos típicos de toda sinfonía. El segundo movimiento, Andante mosso, quasi allegretto, tiene varios pizzicatti de las cuerdas al completo. Pero, el tercer movimiento, Allegro molto - Largamente assai es, sin duda, el mejor: contiene una frase musical, iniciada por las trompas en solitario, a las que después se unirán el resto del viento metal, que lleva la composición a un nivel superior. Este motivo musical ha sido relacionado tradicionalmente con cisnes, bien porque el propio Sibelius afirmó haberse inspirado al ver un grupo de cisnes volar, bien porque se ha querido ver un final del estilo del "canto del cisne". Sea como sea, genera un sentimiento emotivo a la par que potente. Y es que las trompas, que son consideradas unos de los instrumentos menos melódicos de una orquesta sinfónica, sólo útiles para transmitir sentimientos épicos y un tanto apabullantes, en realidad pueden dar también una dulzura que pocos instrumentos consiguen. En el largo aplauso final, el público deparó una ovación especial a los cuatro trompistas, cuyo desempeño fue impecable.

sábado, 11 de abril de 2026

Inciso pictórico: Exposición temporal "Hammershoi. El ojo que escucha", del Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

  Voy a decir una obviedad: es un verdadero privilegio tener un museo con la calidad de obras (primerísimos genios de la pintura) y del rango temporal y estilístico (desde los "primitivos italianos y flamencos" del siglo XIII hasta las vanguardias del siglo XX, pasando por todo el Quattrocento y Cinquecento italiano, la pintura barroca holandesa, el vedutismo italiano, el impresionismo y el arte moderno el siglo XX) que tiene el Thyssen. Es, además, perdón por la falta de respeto religioso, la tercera parte de esa "Santísima Trinidad" que forma con el Museo del Prado y el Reina Sofía, creando así en Madrid un conjunto museístico único en el mundo. Por si esto fuera poco, debido a su inmenso prestigio internacional, el Thyssen es un activo participante en intercambios pictóricos y exposiciones temporales que facilitan la contemplación de obras poco accesibles al gran público, trayendo a España a autores que no podrían ser admirados si no fuera de este modo.
 En ese orden de cosas, el Museo Thyssen presenta la exposición temporal sobre Vilhelm Hammershoi, pintor danés nacido en 1864 y fallecido en 1916, especializado en retrato e interiores. Dentro de los interiores, destaca por el empleo de la luz, creando espacios de luz fría que atrapan al espectador. El Museo Thyssen ha titulado El ojo que escucha a esta exposición, recalcando la "relación metafórica entre su pintura, el silencio y la aparente calma que transmite".
 Como la forma de entender y admirar una obra pictórica es callar las palabras y contemplar las obras adjunto unas fotografías realizadas por mí, no sin pedir perdón por la escasa calidad de las mismas.
Hammershoi, Vilhelm. (1903). Sol en la sala de estar III. [Óleo sobre lienzo]. Nationalmuseum, Estocolmo.
 La fría belleza de los cuadros de Hammershoi transmiten, efectivamente, una calma y una sensación de perdurabilidad que enganchan al espectador, incluso aunque sea en la abarrotada sala de una pinacoteca.
Hammershoi, Vilhelm. (1906). Interior, sol en el suelo. [Óleo sobre lienzo]. Tate Gallery, Londres.
 Contemplando los cuadros me ha venido a la memoria la obra de un compositor coetáneo, el gran Erik Satie, precursor del minimalismo y del impresionismo musical, concretamente a sus Gymnopédies, maravillosas pequeñas composiciones para piano con una semejanza notable en el ritmo y la melodía, pero con diferencias suficientes como para ser obras distintas, claro. Cuentan que algún malhadado crítico artístico preguntó al compositor si esas obras no se parecían demasiado, y el contestó (no cito textualmente, claro, pero sí respeto el espíritu de la respuesta) que igual que una escultura de Rodin es distinta según se mire desde uno u otro punto de vista aunque se trate de la misma obra, sus composiciones son distintas aunque tengan gran semejanza. Esto es especialmente aplicable a la obra de Hammershoi cuando recrea la misma habitación con distinta iluminación en función de las horas. Así se puede comparar con la obra anterior, reforzando la idea de paso del tiempo.
Hammershoi, Vilhelm. (1900). Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30. [Óleo sobre lienzo]. Ordrupgaard, Copenhague.
 Ahora que lo pienso más detalladamente, la comparación entre Satie y Hammershoi no está mal traída, pues la obra de ambos genera esa calma melancólica e introspectiva, un tanto nostálgica que nos produce la reflexión sobre el paso del tiempo.
 En resumen, una excelente exposición temporal, como lo suelen ser las del Thyssen, tanto por la calidad de las obras como por la capacidad que tiene el museo para atraerlas de todos los puntos del planeta (Londres, Estocolmo, Copenhague...), así como la excelente documentación incluida y la incorporación de elementos interactivos como un video de Michael Palin (humorista británico, conocido por ser miembro del grupo Monty Phyton, y que es, según parece, uno de los mayores coleccionistas privados de la obra de Hammershoi). Todo ello redunda en una visión global para el espectador, que sale de la exposición con un conocimiento muy amplio del artista en cuestión.